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Libro Código estelar – Carter Damon

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PDF Descargar advertía que había sido alcanzado por un objeto contundente. Sin embargo sobre el cansancio y el dolor se imponía una emoción con mucha más fuerza. Era miedo, puro
miedo.
Un clamor apocalíptico, un retumbar sordo afectaba a todo cuanto le rodeaba.
La tierra vibraba en un terremoto interminable.
El polvo del cemento desmenuzado flotaba irreal en el aire, mientras las luces de su despacho iban y venían. En la semioscuridad Manley palpaba el suelo.
Necesitaba imperiosamente localizar su portátil. Sus manos frágiles le parecían ancianas y torpes. Al fin dio con la funda de cuero que recubría el pequeño ordenador y
miró en torno a sí. Parecía que todo estaba cambiado de lugar, los muebles arrinconados por los temblores, junto a la pared. Una estantería caída impedía acercarse
siquiera a la puerta. Tironeó de la misma pero sus fuerzas eran escasas. Se sentía como un viejo decrépito. A duras penas, casi a cuatro patas, logró sortear el mueble
caído, y a pesar de las vibraciones del suelo, se situó junto a la puerta.
El edificio gemía cruelmente, como una bestia moribunda, o como una caja de sonajero que un niño agita ignorando que en su interior una hormiga pelea por

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su vida.
Forcejeó con la cerradura, pero resultaba casi imposible desplazar la puerta y apenas logró entreabrirla unos pocos centímetros. Algo de la claridad del
exterior del edificio alumbraba el pasillo y la sala de estar. Unas piernas tendidas en el suelo, uniformadas y pertrechadas de botas militares, indicaban un cuerpo por lo
demás semienterrado por una avalancha de escombros. Manley no tenía tiempo para sentimientos. Sólo una idea, una certidumbre, alumbraba su cerebro con una luz
cierta, con una idea de cuánto debía hacerse. Agarró con más fuerza su portátil. Allí estaba su salvación… la de todos.
De pronto, Manley no supo si fue por un aumento repentino de las vibraciones, o porque el edificio se desmoronaba, parte de la pared que incorporaba la
puerta a la que estaba arrimado, se resquebrajó, y al hacerlo, la hoja de madera se separó de sus goznes abriendo un paso como si se tratara de un nuevo milagro del Mar
Rojo retrocediendo ante Moisés. Manley se abalanzó por la apertura en busca de la salida del edificio. Se apoyó en una de las paredes mientras avanzaba a trompicones.
Un fulgor luminoso, pero antinatural, se filtraba por entre ventanas resquebrajadas y las grietas de las paredes, proveniente del exterior. Pero era una claridad que no era

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diurna. Manley esquivó las piernas del cadáver sepultado y se dirigió a la antesala del edificio. Las puertas estaban abiertas, deshechas. A su espalda se oían cascotes
que caían, cristales rotos… el caos.
Por fin salió al exterior.
Los árboles se agitaban desacompasados mientras un rumor sordo hacía gemir el suelo. Una densa polvareda impedía distinguir el horizonte, y el valle, que
debía desparramarse a sus pies, con las luces de la ciudad en lontananza, resultaba indistinguible y oscuro. Manley tosió y se cubrió la cara con la manga de la camisa,
intentando así filtrar el aire.
Pero a pesar de la atmósfera cargada, una luminosidad insana confería al paisaje un aspecto irreal, como de ensueño. Elevó la vista al cielo, y en la noche,

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descubrió la Luna.
Pero no era la luna de siempre, pálida e inamovible, que observaba a la Tierra impasible desde su órbita perpetua y conocida. Era una Luna
amenazadoramente cercana, tanto que Manley al descubrirla de improviso así, sintió un repentino miedo que le sobrecogió. Intuía el Fin.
La Luna abarcaba medio horizonte bañando la noche de la Tierra con una luz pálida pero potente, que era capaz de atravesar la atmósfera caliginosa e
iluminar la oscuridad como un raro día de niebla. Era fácil distinguir sus montañas, sus cráteres contoneados pero abruptos, la sombra del sol en los valles dibujando
puntiagudas siluetas. Su cercanía, la nitidez de sus detalles, quitaba el aliento.
Pero a pesar de esa vista de por sí aterradora, Manley sabía que no iba a chocar con la Tierra. Intuía de alguna manera, tal vez a través de cálculos
complicados que en ese momento ya no recordaba cómo había realizado, que el satélite iba a pasar cerca de la Tierra en un último giro y en aquel momento se encontraba
en su perigeo de despedida, porque la Luna iba a dejar de orbitar la Tierra para siempre. Según creía recordar en su profunda desorientación, saldría despedida en una
órbita expansiva, alrededor del sol. Era prácticamente seguro que en no demasiadas orbitas solares, colapsara contra Júpiter.
Y la Tierra… la Tierra tenía un futuro aún más comprometido. Su órbita se había alterado irremisiblemente, en una cuyo radio iba a decrecer paulatinamente.
El impulso que había generado la rotura del enlace Tierra-Luna era lo suficientemente fuerte para arrastrar a la Tierra en una apocalíptica caída hacia el Sol. Nada podía
sobrevivir a ese desenlace. No haría falta esperar demasiado tiempo para ver cómo la vida en el planeta se volvía impracticable.
Manley salió de su estupor. Parecía una auténtica pesadilla. ¿Qué había que hacer para despertar?
Desplegó el teclado de su portátil. La batería estaba en su nivel más bajo, a punto de consumirse por completo. Esta circunstancia sobresaltó al científico.
“No tengo tiempo de realizar una transmisión de video… tal vez algo más simple” Su cerebro bullía en dos clamores enfrentados de pánico contra serenidad.
Se sentó en un banco en mal estado, junto al antiguo parking, y a pesar de las vibraciones del suelo, con el aparato apoyado en sus rodillas, tecleó
concienzudamente. Una sensación como de pesadilla le atenazaba. Sintió que de su frente resbalaba sangre, que al alcanzar la ceja se acumulaba hasta caer como una
espesa gota. Algún cascote debía haberle alcanzado… pero no recordaba nada.
Sobre su cabeza las copas de los pinos agitaban sus ramas, vibrantes, en un murmullo antinatural y perturbador. Parecía como si le susurrasen algo al
oído…”todo es inútil”.
“Una comunicación sencilla ha de bastar”, se dijo.
CAPITULO 2
Manley se despertó sobresaltado, víctima de una fuerte resaca, experimentaba el estómago revuelto, intenso dolor de cabeza y una sensación desagradable
producto sin duda de un mal sueño. Sí, había sufrido una pesadilla sumamente desagradable.
Recordó la víspera y sonrió. La despedida de sus colegas había sido bárbara. Al menos se lo habían pasado bien. Recordaba vagamente escenas
entremezcladas sin sentido alguno; la sensación de reírse a mandíbula batiente con sus amigos, un arranque de ira que a punto estuvo a punto en derivar en una pelea de
bar, o la más placentera de haber ligado con varias chicas de un pub ubicado en la zona victoriana de San Francisco. Sí, recordaba un pub chillout en el que predominaba
una música extravagante y rítmica, en donde habían iniciado la noche. Le habían dado un número de teléfono… ¿o eran dos? Rachel, una chica estrafalaria, hippie, que
estudiaba ciencias políticas o algo así. Recordaba que no había dejado de hablar en toda la noche y Manley la había provocado incesantemente asumiendo el papel de
joven republicano proclive a resolver todos los conflictos del mundo a través de las pertinentes intervenciones militares. Sus puntos de vista imposibles, radicales y

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disparatados, enfurecían a la vez que hacían reír de impotencia a su preciosa antagonista. Había sido divertido. Pero esa había sido sólo una de sus poses… recordaba
vagamente otras.
Sí, a Manley le gustaba de vez en cuando hacer un reseteo mental, como él mismo lo denominaba. Emborracharse de tal manera que resultaba imposible
pensar en otras cosas. Eso y no parar de reír. ¡Qué terapia tan buena! Y verdaderamente era importante conseguirlo, porque el paso profesional que acababa de dar le

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daba vértigo. Sabía que se iban a acabar las juergas por una buena temporada. ” Y ¡qué diablos!… aún no he llegado a los treinta”, se dijo.
Se duchó con agua tibia que fue enfriando progresivamente y tuvo la impresión de que parte del malestar se iba por el desagüe del plato de ducha. Se
enfundó un mullido albornoz y se dirigió a la cocina. Se preparó un desayuno a conciencia a base de huevos fritos y tocino, acompañado de algo de arroz que tenía en la
nevera. Le gustaba empezar el día con fuerza.
Mientras contemplaba el lejano Golden Gate en un azulado día de verano por la ventana del salón y revolvía los huevos fritos con el tocino, recordaba
alguno de los momentos divertidos de la noche. Se sonreía mientras lo hacía. Activó el contestador del móvil para que sonara a través de los altavoces del equipo.
-Hola Manley- una voz juvenil, de una chica con tono divertido y mucho ruido de fondo, voces, música – Soy Rachel… quedamos en que te llamaba para que
tuvieras mi número. Llámame antes de que te embarques en esa misión secreta a otro planeta de la que hablabas- finalizaba con algunas risas. Manley sonrió. Lástima
que fuera a abandonar San Francisco.
-Cabrón- Era Max Cooper, un amigo de estudios que se había colocado en una empresa de ingeniería- ¿Se puede saber qué has estado diciendo toda la noche? ¿Qué
es eso de que vas a empezar a comunicarte con marcianos y todas esas tonterías? Hablabas con tanta convicción que Jennifer y Karl están convencidos de que hablabas
completamente en serio. Ya les he dicho que estas colgado. En fin… creo que ayer te pasaste con el ron, siempre te lo digo, a ti el ron no te sienta. – Max colgó. Nunca se
despedía, era así.
Manley enarcó las cejas. “¿En serio que había dicho eso?” Pensó que a fin de cuentas era un desliz inocente.
Un pitido avisó que no había más mensajes.
Su mirada se posó finalmente sobre los papeles esparcidos en la mesa redonda del comedor. Era la parte de la casa en la que le gustaba trabajar. Manley
disfrutaba con su trabajo, física teórica, astronomía, cosmología, y todo ello aglutinado por la argamasa de las matemáticas… El trabajo jamás finalizaba cuando
abandonaba las aulas de la Universidad donde impartía clases, siempre, inexorablemente, le acompañaba a casa. Su mente era un hervidero de ideas que necesitaban
plasmarse en un papel y que con el tiempo se habían confinado en varias libretas en las que anotaba esmeradamente. A menudo mientras explicaba un tema en las aulas,
su discurso se alejaba más y más del objeto de la clase y divagaba hasta llegar a curiosas reflexiones, aventuras matemáticas decía él, que le conducían a relacionar un
teorema con otro, a aplicar en medio de una explicación de lo más prosaica una teoría extraída de otra rama de la física a la que quería poner a prueba. En ocasiones se
sumía en un profundo ensimismamiento, se rascaba el pelo castaño claro esporádicamente … y dejaba de hablar a la clase mientras la pizarra se iba llenando de fórmulas
que después fotografiaba con su móvil para seguir trabajando con ellas en casa. Más de una vez la clase finalizaba, los alumnos la abandonaban… y él seguía trabajando
hasta que llegaban los empleados de la limpieza así, saliendo abruptamente de su profundo estado de concentración, se daba cuenta… de que estaba hambriento.
Ojeó los papeles que tenía sobre la mesa del escritorio. Era información relevante que había reunido en las últimas semanas. Desde hacía algo menos de un
año se había fijado un objetivo para desarrollar una línea de investigación que consideraba apasionante. Pero para ello había llegado a la conclusión que necesitaba
recluirse en un lugar aislado, con un equipo de personas que pudiera dirigir… o controlar, o al menos confiar en ellas y sentirse cómodo. Debía ser un número de
colaboradores reducido. Después de tener una lista de casi una veintena de laboratorios, departamentos de universidad, y emplazamientos diversos de todo género de
investigaciones que fueran susceptibles de aceptar su propuesta, eligió uno. Le había llevado tiempo tomar aquella decisión, pero se sentía seguro. Allí tenía sobre la
mesa una serie de flejes ordenados en los que, agrupados por cinta elástica cada uno, figuraban los nombres, fotografías, y logros científicos de media docena de
astrónomos que vivían recluidos y casi olvidados por el mundo de la ciencia, en un pequeño observatorio, en el Monte Lemmon, dedicados a la loable tarea de localizar
y catalogar NEOs, es decir, asteroides cercanos a la Tierra, que tal vez tuvieran un día el aventurado atrevimiento de impactar contra nuestro planeta.
Manley los había estudiado concienzudamente. Y sí, aquel era su lugar. En esa espléndida mañana de julio, mientras saboreaba

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