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Libro PDF Colmillos de Plata – Laura Naranjo

Colmillos de Plata – Laura Naranjo

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pecho tuviera una pesada viga de hierro.
Parecía estar tumbado encima de una
superficie fría, dura y plana que tanteé
con las manos. El olor a humedad,
moho, y lo que deduje sería orina;
invadió mis fosas nasales haciéndome
arrugar la nariz. Escuchaba a lo lejos el
incesante goteo de alguna fuga de agua y
me obligué a abrir los ojos para poder
ubicarme por fin.
Al despegar los párpados; entre la
tenue luz de la luna que se colaba por la
raída persiana de una ventana,
contemplé las diminutas virutas de
polvo suspendidas en el aire, con tal
nitidez, que me resultó sorprendente no
llevar puestas las gafas.
Por alguna razón, continué
tumbado. Mirando aquel desconocido
techo sucio, viejo y lleno de manchas de
colores diversos. Hasta que noté algo
raro en la boca. Me llevé una de las
manos a los dientes y sin ninguna
dificultad, me quité el aparato dental. Al
mirarlo me di cuenta de que eran un
amasijo de hierros destrozados. Ni le di
importancia, porque sentí otra cosa aún
más incómoda. Lancé lo que quedaba de
mis viejos brackets a algún lugar y me
llevé los dedos al fondo de la lengua,
sentándome en el proceso. Creía que de
un momento a otro vomitaría, pero
conseguí agarrar aquel objeto ajeno y
tirar de él.
Cuando lo tuve en la palma de mi
mano, lo contemplé sorprendido: era una
flor, de un blanco lechoso y forma
alargada. Quise examinarla con mayor
detenimiento, intentando descifrar por
qué razón estaba en el interior de mi
boca, pero el eco de unas pisadas me
hicieron olvidarme por completo de la
flor.
Me puse en pie instantáneamente;
en estado de alerta, al darme cuenta de
que los pasos parecían acercarse a mí,
así que agudicé el oído todo lo que
pude. Eran singulares. Inseguros y lentos
a intervalos. Como alguien que estuviera
perdido y no supiera donde se
encontraba. O alguien que estuviera
buscando algo. Algo así como yo.
Examiné mi alrededor. Aparte de la
evidente suciedad y abandono, el sitio
estaba vacío. Era una habitación sin
muebles. La ventana estaba cerrada a cal
y canto, y la persiana amarillenta
parecía a punto de romperse al más leve
contacto. No había nada que yo pudiera
coger y usar como arma para
defenderme. Solo un cochambroso
ventilador atornillado al techo.
Maldije la situación mentalmente
una y otra vez sopesando mis
posibilidades. No tenía sitio alguno en
donde esconderme. Salir por el marco
que en viejos tiempos seguro rodeó una
puerta, implicaba encontrarme con el
dueño de las pisadas. Y romper la
ventana crearía demasiado escándalo.
Estaba perdido. No me quedaba otra y
me puse de espaldas a la pared, junto a
la entrada, para pillar desprevenido a
quien apareciese.
Pero me quedé paralizado. Una
especie de animal cruzó el umbral ante
mis pasmados ojos. Medía al menos dos
metros de altura y andaba erguido, con
las dos patas traseras. Era una mata de
pelo de color plateado, sobretodo
abundante por la zona de la nuca y se le
extendía hacia el lomo. Sus ojos eran de
un naranja vivo, similar a las llamas de
una hoguera; y enormes colmillos le
sobresalían a ambos lados del hocico
que parecía otear el aire en busca de
algo… o de alguien.
Contener la respiración no me
supuso ningún problema, pero la criatura
fijó sus ojos en mí a los pocos segundos
de haber entrado. Soltó el pesado
aliento por la nariz, que era tan oscura
como la piel de una berenjena, e incluso
parecía ser similar al tacto. Estiró el
cuello en mi dirección, mientras
continuaba aspirando y espirando el
oxígeno con rapidez. Tenía unas garras
impresionantes, con negras y afiladas
uñas. Ambas suspendidas en el aire. El
monstruo entero se me echaba encima.
Escuché un gruñido ronco salir del
fondo de su garganta cuando ya estaba a
escasos centímetros de mí. Yo
permanecía aturdido. Seguía sin
moverme, ni un ápice. No quería
escandalizar a aquella cosa. Parecía
peligrosa. Irreal. Se me pasaron por la
cabeza teorías absurdas; quizás me
había quedado dormido mientras jugaba
a la consola. Seguramente era eso.
Pronto Kyle me despertaría con su
música a todo volumen o pidiéndome
café. Pero todo se destruyó cual castillo
de naipes, cuando el morro de aquel
engendro rozó la piel de mi cuello. Noté
la humedad de su saliva y no pude evitar
una mueca de asco. No era una
pesadilla. Su cálido aliento dio de lleno
en mi clavícula y enterró la nariz en los
cabellos de mi sien. No dejaba de
olfatearme y reaccioné.
Iba a matarme, eso estaba claro y
yo no iba a permitirlo. Mi mano tanteó
la madera que enmarcaba la inexistente
puerta. La agarré y tiré de mí mismo con
una inusitada fluidez. La criatura bufó
por la sorpresa, pero mis piernas
corrieron muy rápido. Nunca lo habían
hecho tan deprisa. Las puertas cerradas
o rotas pasaban a cada lado de mi
cuerpo a una velocidad vertiginosa a
través del largo pasillo. Era como si yo
fuera montado en bicicleta, pero sin el
cansancio que el ejercicio físico
implicaba. Oía con claridad el ruido que
hacían sus pezuñas contra el suelo. Se
precipitaba hacia mí casi tan rápido
como yo huía de él.
Encontré unas escaleras al final del
corredor y fui consciente de que estaba
dentro de un edificio en ruinas. Las
paredes, adornadas de incontables
graffitis y de algunos boquetes, parecían
advertirme del peligro que suponía el
simple hecho de estar allí.
Inexplicablemente, de un solo salto,
sorteé todos los escalones del primer
tramo y con la misma facilidad, me quité
del medio el segundo. Aunque antes de
llegar al tercero, el techo se desplomó
frente a mí. Por fortuna, no me cayó
encima.
Entre la polvareda que se levantó y
los escombros que cayeron, atisbé a la
criatura. Gruñó sonoramente, con furia,
y supe que no podría escapar por más
que lo intentase. Se puso en pie, regio,
imponente y amenazador. Entonces, saltó
hacia mí.
Me tiró al suelo, golpeándome de
lleno en la espalda. En su arrebato,
arañó mi camiseta, convirtiendo la tela
que cubría mi pecho en jirones. Pero al
contrario de lo que me esperaba… su
áspera lengua barrió mi mentón hasta la
ceja derecha. Llenándome de sus fluidos
en el proceso.
Me olfateó durante lo que me
parecieron interminables horas. Lamió
mi cara y mis manos cada vez que
intentaba cubrirme con ellas. No pude
levantarme y menos cuando se quedó
dormido y su peso muerto cayó sobre
mí. El paso del tiempo se convirtió en
algo insoportable y no podía moverme
por miedo a despertarle.
Pero curiosamente, ante mis ojos,
la criatura se transformó en una persona.
Poco a poco su forma animal dio paso a
una humana y cuando quise darme
cuenta, un tipo completamente desnudo
estaba dormido sobre mí. No me cabía
duda. Se trataba de un hombre lobo.
—Eh, tío… ¡despierta! —grité con
rabia porque no me atrevía a tocarle. Sin
embargo, obtuve el resultado que
deseaba, porque se movió ligeramente.
A los pocos segundos, alzó la cabeza y
me miró. Había asombro en su cara.
Aquellos ojos rasgados y grises como
plata fundida me miraban interrogantes.
Sin parpadear. Hasta que fue consciente
de que no me conocía de nada y aun así,
estaba desnudo sobre mi cuerpo.
Se levantó rápidamente, pero sin
apartar la vista de mí.
Era alto, algo más que yo a simple
vista. De piel clara. Cabello negro, pero
abundante y con flequillo. Su oreja
izquierda llamaba la atención porque
estaba llena de piercings plateados de
diferentes tamaños. Por sus rasgos

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