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Libro Colores prohibidos – Josune Murgoitio

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PDF Descargar confirmado aún— se ha liado con otra hace poco.
Se dispone a retomar el camino, enfadada («¿Dónde coño estará?»). Lo imagina acariciando a otra chica, como ese desgraciado; deslizando su mano entre los
muslos e incitándola al gozo, besándole el cuello, sintiendo su piel suave… «¡Se va a enterar cuando lo vea!… ¿¡Dónde estará!?», continúa para sí con rabia.
—Tendría que haber venido a saludarme —masculla.
Observa por fin la esquina que Frank, Manuel, Juan y Guti ocupan habitualmente. Unos metros más adelante, divisa la entrada al bosque del área oeste.
Seguidamente vuelve la vista hacia la esquina vacía: no es momento de pensar en el bosque.
—¡¿Dónde coño estarán?! —exclama sin reprimirse.
No está donde debería estar. Percibe esa rabia sutil que a veces siente, sin poder controlarse. No le gusta que no aparezca, tampoco que no le haya avisado. Marta
le susurraría: «Tranquila, no ocurre nada, no te pongas así». Quiere verlo. Ahora. Marta lo justificaría: «Habrá ido al baño, cómo va a irse con otra, si te quiere
muchísimo». Sí, seguro. Por eso no aparecía, como ese desgraciado con su novia, o su exnovia, o lo que fuera.
Martínez y sus agrupados la observan. Lleva un buen rato de pie, mirando a la nada. Mara gira la vista hacia ellos.
—¿Habéis visto a Frank y a los demás? —pregunta directamente a Martínez.
—¿Frank? ¿Quién es Frank?
—Ya sabes quién es —responde Mara con tono desagradable.
(«Qué tonto es este chico»). Necesita que le diga si le ha visto o no. «Si no se lo creyera tanto, sería aprovechable», lo evalúa mirándolo, «pero es un maldito
chuleta que se pasea con aires de tío bueno».

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—El novio de Karmela, mi amiga —puntualiza—. No te hagas el tonto, que ya sabes quiénes son, lleváis toda la vida viniendo aquí a beber.
—Ah… —afirma el joven, haciendo un gesto de esforzarse por recordarlos. Acerca el cigarro de Humo a sus labios y le da una calada como para ayudar a refrescar
la memoria—. Ah, sí…, ya me acuerdo. —Aguarda unos instantes para demostrarle que es lo suficientemente fuerte como para soportar una buena bocanada de Humo
en su interior sin mostrar un ápice de rechazo fisiológico—:
—¿Estás sola?
—Anda, chaval, déjate de rollos —le corta tajante y le quita el Humo acariciándole sutilmente los dedos. Le gusta hacer ese tipo de cosas, tentarlos, averiguar hasta
dónde pueden llegar, incitarlos a abandonarse a lo que ella desea, sin más miramientos que su propio placer. Sus labios sostienen el cigarrillo; le da una calada fuerte,
cierra sus pestañas. Reprime el Humo en su pecho para que surta más efecto; no quiere que salga de ella, lo retiene durante el máximo tiempo posible. Le es indiferente
que el muchacho la observe con descaro, quiere placer, desvanecerse de felicidad, percibir, sentirse en otra dimensión, dejarse llevar.
—Sabe tan bien… —reconoce con sensualidad.
Esa ola de mareos intensificados que la hacen virar desde el interior en todas las direcciones; esa explosión de Espirituosa y Humo que la retuerce de gozo, sin
necesidad de luchar contra el paso del tiempo. Se desvanece en su quietud, deja de importarle dónde y cómo esté, los demás desaparecen, incluso lo que ellos quieren, lo
que esperan de ella, lo que puedan pensar de ella. Queda solo ella misma, Mara, la «no Mara», en realidad, y se sitúa en la cúspide del no sentir, le abre las puertas
internas del verdadero sentir.
A punto de caerse, sin que Martínez haga el mínimo esfuerzo por ayudarla, consigue erguirse.
—Claro que sabe bien… —repite Martínez, arrebatándole el cigarro de Humo y analizándola, como si quisiera devorar cada centímetro de su debilidad anímica.

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—Bueno, a lo que iba. ¿Los habéis visto? —insiste, menos enfadada y medio riéndose. Todo se ha vuelto muy gracioso de repente.
—No me acuerdo —responde él, molesto de que le pregunte por Frank. ´
«¿Cómo se llamaba?», se pregunta, intentando recordar el nombre de Mara. «Qué más da», se responde, «está bien». No es guapa, tampoco fea; más bien,
atractiva. La agarraría de su cuello largo y blanco, la impulsaría hacia arriba para memorizar el impacto de sus ojos grandes y negros al verla alcanzar el clímax al que la

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empujaría desde dentro, con mucha fuerza; le estrujaría las tetas para que percibiese qué es el dolor, pero no le dejaría gozarlo al máximo, hasta que no le rogase una y
otra vez que por favor le dejara llegar.
—¿Cómo te llamabas? —pregunta finalmente.
«¡Qué mirada de pervertido!», piensa ella, a su vez.
—Manuel… Ya le voy a decir cómo funcionan las cosas —intenta vocalizar, retomando el camino hacia el lugar donde están sus agrupadas. Siente la boca seca.
Necesita un trago de Espirituosa.
A estas alturas se ha reafirmado ya la esencia oculta de la parte trasera del comedor social, que se ha convertido en un desfiladero nocturno de borrachos: vómitos,
orines, deseos que realizar y alegría desbordante, muy lejos del asfalto tranquilo que suele ser la acera de atrás del edificio donde muchos de los residentes de la zona
oeste acuden para alimentarse.
Algunos compañeros de clase parecen estar hablando sobre cómo ha sido la cena a la que han ido antes de trasladarse aquí para beber. Un chico, sentado en el suelo
contra la pared, esconde la cabeza entre sus piernas flexionadas, arropándolas con los brazos como si fuesen mocos tendidos. La Espirituosa lo ha derrotado a escasas
horas de comenzar la fiesta: no habla ni reacciona al alboroto.
«Le habrán echado agua», piensa, observando su nuca mojada. Detiene su mirada ante él, los demás continúan comentando el menú de este año. No recuerda cómo
se llamaba el muchacho, pero le pusieron un apodo que le iba muy bien. Lo observa nuevamente. «Cómo era», intenta recordar. «Cómo era…».
—¡El Borrachín! —dice en alto—.

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«Este chico siempre acaba igual». Rememora cada una de las fiestas en las que sus agrupados acaban cuidándolo. «Qué mala suerte cargar con él — lamenta para sí
—. ¡Eres un pesado! Aprende a mear para beber», le recrimina en silencio, omitiendo preguntar si el Borrachín ha ingerido mucha Espirituosa en poco tiempo o si
quizás lo ha mezclado con Humo.
(«Manuel, dónde estás. Luego dices que soy yo la que me porto mal. Yo no te hago estas cosas. Ya te vale. Te vas a enterar. Seguro que has estado con otra y me
dices que has ido al baño o que tengo que beber menos porque no me sienta bien»).
Empezaría con sus discursitos: que por qué no iba a querer estar con ella, que cómo podía pensar que había estado con otra… Le pregunta a una compañera de
clase si ha visto a Frank y a los demás; le responde que precisamente hace poco que han pasado por ahí. La deja allí plantada, sin molestarse en despedirse, acelerando
el paso hasta el extremo de la parte trasera del comedor social, más próximo a la plaza central de la zona oeste; Mara y sus tres compañeras eligieron ese sitio para beber
Espirituosa, el lugar del desfiladero más alejado del bosque. Les asusta la oscuridad del arbolado, aunque Mara no lo comprenda: le encanta perderse entre los árboles.
—¿Dónde estabais? —pregunta irritada, acercándose a Manuel y fijando la mirada en él—. He ido a vuestro sitio y no os he visto.
—Nos hemos juntado con unos de clase y hemos ido un rato con ellos —contesta él, restándole importancia al asunto.
—Claro. —Mara se sienta en el suelo junto a él. El simple hecho de verlo le relaja—. Le he preguntado a Martínez por vosotros y no sabía nada.
—¿Y desde cuándo Martínez se entera de algo? Con esas fumadas que se pega… —responde entre sonrisas, empujándola delicadamente hacia un lado para que ella
también se ría y desaparezca esa cara de ruin que tanto la afea—. ¿Qué tal la cena? ¿Has comido mucho? —le pregunta con entusiasmo.
Quiere forzarla a olvidar, la conoce y puede imaginarse qué ha estado pensando para molestarse en recorrer toda la acera.
—No te creas —contesta Mara—. Me gustó más la del año pasado. Yo creo que han puesto menos cantidad, y los pimientos estaban asquerosos. —Y concluye,
ya algo más tranquila—: Pero lo hemos pasado genial.
—Para mí ha estado muy bien, aunque sí es verdad que el año pasado pusieron más variedad. Los fritos estaban riquísimos —opina Marta, desde el otro lado del
círculo.—
El que parece que no ha cenado mucho es… ¿Sabéis a quién he visto? Cómo se llamaba este chaval, joder…, ¡se me ha vuelto a olvidar! —Se ríe doblándose
hacia delante con el brazo derecho sobre el estómago, intentando recordar—. A ver, ¿cómo era?… Sí, hombre, ese…, el que siempre acaba fatal, cómo era… ¡Ah, sí, el
Borrachín! No sé cómo le aguantan. Y eso que acabamos de empezar. Estaba completamente perjudicado.
—Ya… En fin —interviene Karmela—, debería controlarse, y si no que se apañe, van a tener que aguantarle los demás porque no sabe beber —dice volviéndose
hacia Frank, y él permanece callado, tras haber escuchado reproches continuos por no haberse acercado a darle un beso durante la cena.
—¡Qué malas sois! —les reprocha Marta, aunque Karmela ya no le escuche, continúa machacando a Frank—. Pobrecito. Yo creo que tiene un problema. Y sus
amigos… me dan mucha pena. Menos mal que nosotras no tenemos a nadie así, si no…
Marta ve a Mara rellenando un vaso; tampoco parece que la estuviera escuchando, acaba de tirar lo poco que quedaba en la botella. «¡Qué torbellino es!», piensa,

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mientras fija la atención en su camiseta manchada. Admira la capacidad que tiene para ignorar el borrón oscuro de su ropa. Le da igual, no para de reírse, algo ha debido
de fumar.
La observa repitiendo la operación. Esta vez, ha conseguido no derramar la copa. Acerca el extremo del vaso a los labios, mientras mira de reojo a Manuel; es
consciente de que se deleita con ella. Ella desea provocarle, a veces parece que lo hace queriendo, como si necesitara cerciorarse de que puede doblegar sus impulsos.
«No necesita hacer algo así», piensa Marta, «él la quiere muchísimo».
Mara desliza su mano izquierda hacia el extremo inferior de la falda, sosteniendo con la otra mano el vaso que acaricia suavemente sus labios, todavía con la mirada
seductora hacia Manuel, que clava sus ojos en los muslos cubiertos por las medias. Los dedos largos y delicados deslizan la prenda en dirección norte, hacia la parte
inferior del ombligo, pero la jugada se para a escasos centímetros de alcanzar la ropa interior.
Marta continúa observándoles: Mara cierra los ojos enrojecidos en forma ovalada, explotando al máximo el deseo de su muchacho, y haciendo destacar, con una

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sorprendente seguridad, lo que sabe que llama más la atención en ella, sus órganos visuales. Sus ojos son grandes, sin resultar exagerados; envuelven cada objeto con
pasión deslumbradora, acentuada por pestañas gruesas y negras, que concuerdan a la perfección con su nariz estrecha y sus labios delgados y carnosos, deseosos de
besar y ser besados en una fiesta como la Legalización de la Muralla.
Y a él, absolutamente maravillado, se le cae la baba con ella. «Me estás mirando las piernas», le oye decir a Mara. «Eh…, bueno, perdona, no quería», titubea él. Se
la ve encantada cuando él se queda sin habla; equivale a ganar la batalla de cortarle el aliento en el momento en que le place, descentrarlo de sí mismo y obligarle a
rendirse ante sus deseos.
Marta gira la vista hacia Karmela. Mara continúa con Manuel:
—No te has acercado a saludarme, eso dice mucho de ti. No te importo.
—¿Cómo no vas a importarme?
«Enzarzados en una discusión sin sentido», piensa Marta. En cuanto a Karmela y Frank, este la quiere muchísimo, y cree que Karmela a él también, aunque no
podría decirlo con seguridad: a veces hace cosas que no están bien. Se pone histérica por chorradas y se pasa cuatro pueblos con él. Gira la vista hacia Sira, ella sí que es
feliz, se convierte en otra persona cuando está con Guti, «Me gusta verla así», se dice. «¡Qué bonito es el amor!», piensa con un suspiro, viéndolos besarse. No han
parado desde que Guti ha llegado. Mientras, Juan rebaña las últimas gotas de la botella… «Céntrate en lo tuyo, no debes distraerte», se convence una vez más. «Eres
demasiado joven para atarte a nadie, ya tendrás tiempo para eso; tienes que centrarte en estudiar y sacar buenas notas, ya verás…».
Pega un pequeño salto cuando de repente escucha el sonido de los fuegos artificiales. Mara ha gritado, y se ríe ahora de su reacción exagerada. Karmela y Frank
miran al horizonte. Al menos observando los fuegos artificiales Karmela se callará un rato. Sira y Guti no se inmutan. Empalaga el simple hecho de mirarlos, aunque sea
bonito sentir el amor que desprenden… Se pasan el día besándose y susurrándose cosas al oído. El cielo se tiñe de colores y figuras geométricas. Quince minutos
después de que el espectáculo llegue a su fin, Marta ordena: «A recogerlo todo —con dulzura, en referencia a los desechos—. Cada cosa a su sitio: las botellas de cristal
a su contenedor, los vasos de plásticos al suyo y las colillas a la basura». Todos obedecen. La música folclórica suena ya en la zona de Progreso Social. Llega el
momento de bailar… Bailar mucho.
Accede a los servicios mientras los demás la esperan fuera. El único retrete libre se sitúa al fondo. Empuja la
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