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Libro Como de la familia – Paolo Giordano

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PDF Descargar Fue su propensión a cuidar de los demás, casi religiosa (o quizá tristemente accidental), la que la condujo hasta nosotros en un principio. Cuando el
embarazo de Nora resultó no ser el cuento de hadas que nos habíamos imaginado y el feto empezó a mostrar ganas de salir en la semana
veinticuatro, le pedimos ayuda, ya que sabíamos que estaba libre desde el día en que mi suegro se había dado cuenta de que podía sobrevivir sin
servicio doméstico. Estando mi mujer inmovilizada en la cama, tuve que enseñarle yo la casa y apañármelas para explicarle detalles que no conocía
del todo bien: dónde echar el suavizante y dónde el detergente, cómo cambiar las bolsas de la aspiradora y con qué frecuencia regar las plantas
del balcón. No íbamos ni siquiera por la mitad de la visita turística cuando la señora A. me interrumpió:
—¡Bueno, bueno, váyase! Váyase y no se preocupe de nada.
Por la tarde, cuando volvía del trabajo, me la encontraba sentada a la cabecera de la cama, al lado de Nora, como un perro guardián con las
orejas tiesas. Charlábamos, pero la señora A. ya se había puesto los anillos, había prendido el broche en el centro de su rebeca y tenía el abrigo
listo sobre los hombros. Al verme, se levantaba con la energía de quien no está en absoluto cansado, y luego me escoltaba hasta la cocina para
darme instrucciones sobre los platos que había preparado para cenar, sobre cómo calentarlos de forma que no perdieran su jugo y sobre dónde
dejar después los cacharros usados.
—No se moleste en fregar, ya me encargaré yo mañana —añadía siempre.
Al principio la desobedecía, pero, cuando me di cuenta de que al día siguiente repasaba igualmente todo lo que había lavado, me rendí a su
imperio.
Tal infalibilidad acabó resultando molesta a veces, y ella, difícil de soportar, con todas sus certezas y sus sentencias ricas en sentido común y
pobres en originalidad. Después de haber pasado una buena parte del día con la señora A., Nora solía descargar contra ella la frustración de llevar
varias semanas encarcelada en la cama.
—¡Es una pesada! —se quejaba—. ¡Una pesada y sobre todo una pedante!
El período en que nos habíamos visto obligados a encomendarnos a los cuidados de otra persona (cuidados que dudábamos poder encontrar y
merecer todavía) fue el mismo en que pusimos a punto los primeros subterfugios para eludirlos.
Había un restaurante al que Nora y yo íbamos de vez en cuando, aunque en realidad no era un restaurante propiamente dicho, sino una simple
pescadería que por las noches sacaba algunas mesas estrechas con manteles y cubiertos de plástico, y servía frituras de pescado en bandejas de
aluminio. Habíamos tropezado con aquel local al poco de casarnos, y desde entonces nos lo habíamos apropiado. Antes de empezar a aventurarme
con mi mujer hasta aquel rincón del extrarradio, ni siquiera me gustaban los crustáceos y los moluscos (antes de estar con Nora, no me gustaban
muchas de esas cosas), aunque me encantaba mirarla mientras se los comía; me encantaba la concentración que ponía en pelar las gambas para
luego ofrecerme la mitad e insistir hasta que la aceptara, me encantaba su forma de sacar los caracoles de mar del caparazón, y cómo se chupaba
los dedos entre plato y plato. Hasta que el restaurante cerró no hacía mucho y nos privó de otro punto de referencia, secundario pero esencial: la
pescadería era el escenario de uno de nuestros ritos más íntimos y tribales. Las conversaciones importantes, los anuncios cruciales, los brindis por
nuestras efemérides secretas siempre tuvieron lugar allí. Al salir, la ropa estaba impregnada del olor a fritanga (también el pelo de Nora), y nos
llevábamos aquel rastro a casa, como señal de las decisiones tomadas, de las verdades alcanzadas.
La señora A. se opuso a que Nora, en su estado, probara ni siquiera un bocado de «esas cosas», como las llamó después de inspeccionar,
frunciendo el ceño como un oficial de aduanas, el contenido de los paquetes de comida para llevar que yo había ido a buscar a la pescadería.

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—Y usted tampoco —añadió, señalándome con el índice—. Ya he preparado un pastel de carne.
Hizo un fardo con los cuarenta euros de pescado frito y se encargó personalmente de que acabaran en el cubo de la basura de la calle.
Sin embargo, aprendimos a engañarla. Cuando Nora manifestaba unas ganas irresistibles de anillos de calamar o sepia rebozada, yo visitaba en
secreto nuestro restaurante y luego dejaba el paquete escondido en el coche, hasta que la señora A. se había ido. A fin de no levantar
sospechas, tirábamos a la basura una parte suficiente de la cena que nos había preparado.
—¿Crees que notará el olor a fritanga? —se preocupaba Nora.
Entonces yo hacía una ronda por todas las habitaciones echando ambientador con aroma a cítricos, mientras ella me rogaba que no la hiciera
reír, porque iba a tener contracciones.
—¡Enséñame los dientes, a ver si se te ha quedado algún trozo de gamba! —le ordenaba.
—Pero ¡si no me repasa la boca!
—¡Ésa lo ve todo!
Después le daba un beso en los labios y le deslizaba una mano por el escote para sentir el calor de debajo del camisón. Buscábamos juntos
grietas de sombra en las que meternos, al abrigo de la mirada omnipresente de Babette, que desde lo alto lo iluminaba todo, como el sol en su
cénit.
Cuando nació Emanuele, estábamos ya demasiado viciados para renunciar a sus atenciones. De enfermera de Nora, la señora A. pasó a ser la niñera
de nuestro hijo, como si existiera una continuidad natural entre ambas ocupaciones. Y, aunque hasta entonces nunca se había ocupado de un
recién nacido, demostró desde un principio que tenía muy claro, mucho más que nosotros, lo que se hacía y dejaba de hacerse.
Su retribución repercutía en la economía familiar, pero no todo lo que habría podido: no llevaba la cuenta exacta del tiempo que nos dedicaba,
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—¡Pues claro! —exclama entonces Nora, convenciéndonos tanto a ella como a mí de la versión que acabamos de concebir.
Estamos tumbados en la cama, son las once de la noche.
—Seguro que ha sido eso. Ya sabes lo susceptible que es… —añade.
—O sea, que estás sugiriendo que ella abolló el portón.
Pero Nora me hace callar.
—¿Qué más nos da el portón? Hay que llamarla.
De modo que, a la mañana siguiente, durante una pausa de las prácticas de teoría de grupos en las que, a juzgar por las miradas atónitas de los
chavales, he estado más confuso de lo habitual, telefoneo a la señora A. Me disculpo por el tono acusatorio y falto de tacto con el que la
La breve experiencia con una au pair no da mejores resultados. A Nora le parece lenta y apática, se queja de que no habla bastante bien el
italiano para entender sus instrucciones y de que no tiene ningún sentido del orden.
—Y no deja de mirarte.

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—¿De mirarme?
—Está colada por ti, es evidente.
—Has perdido la cabeza.
—Por eso me hace tantos feos, como cuando rompió la tetera. Sabía que le tenía mucho cariño. No digo que lo hiciera adrede. No es eso
exactamente. Fue una especie de desaire inconsciente.
Insisto en que, al final, encontraremos a alguien, es sólo cuestión de seguir buscando, pero Nora casi no me escucha.
—No. No encontraremos a nadie —murmura entre dientes—, a nadie que valga la pena. A nadie como ella.
Mientras mi mujer da rienda suelta a su turbación durante el día, cada vez más resentida y más caprichosa, a mí se me manifiesta por las noches,
otra diferencia que siempre nos ha caracterizado (su sueño, desde que la conozco, es un misterio imperturbable). El insomnio no se me
presentaba con tanta fuerza desde los tiempos del doctorado, cuando acepté que hubiera una diferencia de cuatro o cinco horas entre la rutina
del resto de la ciudad y la mía propia, como si viviera solo en un meridiano en el centro del océano Atlántico, o como si tuviera otro empleo con
turno de noche. Durante los últimos años, el trastorno se había reducido a poco más que una molestia que había que gestionar con prudencia, y
solamente se agudizaba con los cambios de estación. Sin embargo, ahora he alcanzado una nueva regularidad preocupante: todas las noches me
desvelo a las tres en punto y me quedo mirando los tenues juegos de luz de las ventanas durante mucho rato, a veces hasta el amanecer. Si en la

interesante», cada vez que le expongo hasta qué punto la colaboración con mi jefe está desgastando partes invisibles de mí y le explico todos los
beneficios que sacaría si me apartara de su influencia (volvería a dormir por las noches, estoy convencido), pone mala cara. Me dedica un murmullo
de asentimiento distraído y con el silencio que instaura a continuación me suplica que no siga insistiendo.
La época en que nos enteramos de su embarazo fue la misma en que el traslado a Zúrich, donde yo había conseguido una beca de cuatro
años, parecía cosa decidida. Iba a adelantarme unos meses para que ella pudiera parir en Italia, y, en cuanto tuviéramos los documentos del niño,
nos dirigiríamos los tres al cantón más foráneo de la foránea Suiza. Hicimos juntos una visita de inspección, para buscar piso. Vimos tres en la misma
zona, donde se instalaban la mayoría de los físicos porque garantizaba
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