---------------

Libro PDF Compromiso con la Mafia – May Blacksmith

Compromiso con la Mafia - May Blacksmith

Descargar Libro PDF Compromiso con la Mafia – May Blacksmith  


Me dirigía sin demora al restaurante
Donatello a dejar el pedido que habían
solicitado a primera hora.
Desde que el teléfono había sonado
en la pequeña tienda de ultramarinos, de
la que mi padre era el dueño, la mañana
se había vuelto una locura. Dino, el
chico de los recados que tenía
contratado, no había podido venir
porque su madre se había caído por las
escaleras la noche anterior. Así que allí
estaba yo, faltando a la escuela para
ayudar a mi padre en la tienda.
Estaba nerviosa y me sudaban las
manos, aquel no era un buen barrio, pero
se suponía que todo el mundo me
conocía, nadie me haría daño y menos a
la luz del día, o eso me decía a mí
misma. No era la primera vez que servía
un pedido, pero nunca me había tocado
alejarme tanto y menos hasta ese local.
El restaurante estaba cerrado a esas
horas, así que di la vuelta con la
bicicleta de Dino, con cuidado de que el
carro con las verduras y la carne no
volcara, y me dirigí al callejón donde
estaba la puerta de las cocinas.
Jamás imaginé que fuera él el que
estuviese entre los fogones. Todo el
mundo lo conocía y no había nombre que
se pronunciara con más respeto y temor
en aquel barrio. Yo hacía mucho que no
lo veía. Solo estaba atenta a los rumores
y a todo lo que se hablaba de él. Desde
que había vuelto y se había hecho cargo
de los negocios de su padre, y de otros
de los que nadie se atrevía a comentar,
Johnny Macchitella era el dueño y señor
de casi todo lo que le rodeaba.
Tan solo podía ver su perfil, y ya no
quedaba nada de aquel chico de veinte
años que vi en el mercado, y al que su
padre pegaba una colleja por coger una
pieza de fruta que había en la cesta
destinada al restaurante. Yo era una niña
de siete años que, al igual que él,
acompañaba a mi padre ese día entre los
puestos. Recuerdo cómo él me sonrió al
percatarse de que los observaba. Al
marcharse y pasar por mi lado, cogió mi
mano, y dejó un racimo de uvas rojas de
vid guiñándome un ojo. Era muy alto y
delgado, sus ojos azul zafiro estaban
llenos de vida. Su pelo rizado y negro,
como la noche, lucía indomable mientras
sus finos dedos se perdían en él en un
gesto casual.
Habían pasado diez años de aquello.
—Si no te importa, chico, cierra la
puerta, si no los fogones con el aire se
apagan —dijo con su ronca voz.
—Sí, claro —contesté. Mientras él
al escuchar mi voz se giró sorprendido
—, no me había dado cuenta. Pero
tardaré en descargar el carro.
—¿Dónde está Dino? Tú eres la
bambina de Tom, ¿verdad?
Asentí sin palabras.
Había cambiado mucho; su rostro
había perdido esa dulzura e inocencia de
la juventud. Ahora era un hombre de
rasgos agresivos y belleza salvaje. Su
abundante cabello lo peinaba con raya a
un lado, y llevaba una barba poco
poblada en los laterales de su
mandíbula, pero más cerrada en su
barbilla y bigote, las espesas cejas
oscuras acentuaban el color azul de sus
ojos. Mi corazón comenzó a latir
desaforado, reconocí el temor de forma
inmediata; era un hombre impresionante
e intimidante.
—Él… Su madre… no ha podido
venir esta mañana; y yo estoy ayudando
a mi padre —tartamudeé.
—¡Rocco! —llamó con su potente
voz—. Descarga tú el pedido.
Un hombre, de unos cuarenta años
con una cicatriz que cruzaba su cara,
apareció de inmediato y, con un gesto de
asentimiento, se dirigió a la puerta de
servicio.
—Es… esperaré fuera —susurré
dispuesta a salir por la puerta.
—No. Quédate aquí mientras Rocco
acaba —me ordenó.
Me quedé quieta donde estaba,
incapaz de reaccionar, mientras lo
observaba cocinar con las mangas de la
camisa recogidas en sus musculosos
antebrazos. No había ni rastro del
personal de cocina.
Sabía que había estado estudiando en
la universidad la carrera de derecho, y
que interrumpió sus estudios para
alistarse en el ejército. Cuando acabó la
guerra, volvió a la universidad a
terminar su licenciatura, pero tuvo que
volver al enfermar su padre y morir en
tan solo unas semanas. Decían que tenía
un gran futuro como abogado en Nueva
York, sin embargo, se había quedado en
aquel barrio corrupto y lleno de
delincuentes convirtiéndose en el que
los dirigía a todos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó sin
volverse para mirarme.
—Hannah, señor.
Se giró sonriendo y secándose las
manos en un trapo que llevaba colgado
de la cintura del pantalón.
—No estoy acostumbrado a que una
chiquilla me llame señor. Anda, siéntate.
—Apartó una silla de madera que había
junto a una gran mesa—. ¿Quieres un
refresco?
—No, gracias señor… Macchitella.
—Sabes quién soy. —Levantó sus
espesas cejas sorprendido.
—Claro, le recuerdo. Nuestros
padres se conocían —dije en un susurro.
Se quedó mirándome fijamente; y yo
aparté la mirada.
—Por supuesto. Algo más que
conocidos. Tu padre es un hombre que
los tiene bien puestos. El único irlandés
en este barrio tomado por los italianos.
Pero la gente le aprecia y le respeta.
—Últimamente las cosas no le van
tan bien.
—Lo sé. Ahora tiene mucha
competencia. Incluso ha habido quien se
ha atrevido a criticarme por seguir
teniéndolo como proveedor de mi
cocina, pero mi padre confiaba en él, y
yo también lo hago.
—Es un buen hombre, señor, y él se
lo agradece —pronuncié con la vista en
mis pantalones de chico. Era incapaz de
sostener su penetrante mirada más de
cinco segundos.
—Todo almacenado, señor
Macchitella —dijo Rocco detrás de mí.
Me levanté instantáneamente
deseando salir de aquella cocina y
alejarme de allí cuanto antes.
—Espera, Hannah. —Metió la mano
en su bolsillo rebuscando unas monedas.
—No —dije demasiado alto—. No
me tiene que dar nada, gracias.
Se quedó mirándome extrañado; y
me giré para salir deprisa por la puerta
del callejón, montándome en la bicicleta
sin mirar atrás.
Llegué a casa más deprisa de lo que
imaginaba, había pedaleado rápido.
Estaba jadeante cuando entré a la tienda.
—¿Ha ido todo bien, hija? Siento
que hayas tenido que salir tú, pero si no
preparaba el resto de los pedidos
perderíamos los pocos clientes que nos
quedan.
—Tranquilo, papá, todo ha ido bien.
Uno de los empleados del señor
Macchitella ha vaciado el carro.
—Me alegro. Tú no deberías de
coger tanto peso. Mañana podrás ir a la
escuela. La madre de Dino tiene varias
fracturas, pero la llevaran a casa y su
hermana pequeña la atenderá.
Todo volvió a la normalidad al día
siguiente.
Jeremy vino a buscarme como todos
los días para ir al instituto. Era un chico,
tímido, moreno y de ojos oscuros, con el
que salía desde hacía unos meses y que
se limitaba a llevarme los libros a clase,
apenas me había cogido de la mano un
par de veces. Los fines de semana
quedábamos para tomar un batido, y una
vez al mes me llevaba al cine. Nuestra
asignación no nos daba para más, y
tampoco podíamos ir a bailar porque él
madrugaba mucho para repartir
periódicos los fines de semana y sacarse
unas monedas, que muchas veces
gastaba en algún nuevo cómic de súper
héroes. Así que parecíamos más un par
de amigos que novios, aunque para
despedirse rozaba sus labios con los
míos desde hacía más o menos un mes, y
algo íbamos avanzando.
Cuando me pidió salir me pregunté
que habría visto en mí; era delgada y
con muy poco pecho, nada comparado
con las chicas curvilíneas que venían
con nosotros a clase, mi pelo rubio
oscuro era lo único que destacaba entre
todas aquellas chicas morenas de ojos
grandes y largas pestañas. Jeremy me
gustaba, pero su contacto no me hacía
sentir nada especial, y al vernos o
rozarnos los labios, en mi estómago no
revoloteaba nada parecido a las
mariposas de las que hablaban mis
compañeras de curso.
—¿Qué tal en clase?
—Bien, la clase de ciencias fue
divertida, fuimos al laboratorio —
contesté.
Jeremy me esperaba en la puerta del
instituto y me ofreció sus manos para
cargar con mis libros, como ya era
habitual.
—Seguro que sí. Las ciencias son lo
tuyo. Sonreí y caminamos uno junto al
otro. Solo había cuatro manzanas hasta
mi casa, pero a veces el silencio entre
nosotros se hacía tedioso.
—¿Y tú qué tal? —pregunté.
—Bien, un día más en la jungla.
Jeremy estaba ansioso porque
acabara el semestre e ir a la
universidad, alejarse del ambiente que
rodeaba al instituto y a nuestro barrio en
particular. Decía que los chicos no se
centraban en nada que no fueran los
coches, las chicas y el Rock & Roll. A
mí todo aquello me parecía de lo más
normal, pero Jeremy era diferente.
Demasiado serio e introvertido.
Demasiado centrado para su edad. No es
que eso fuera malo, pero había que
encontrar cierto equilibrio entre una
cosa y otra.
Lo único que no encajaba en su
forma de ser era su pasión por los
cómics. Era un chico al que las
relaciones sociales parecían no
interesarle.
—¿Te apetece que vayamos a ese
nuevo local que han abierto el sábado?
—le pregunté.
—¿Estás segura? Estará medio
instituto.
—¿Y eso es un problema? —dije
asombrada.
—Bueno, preferiría no ver las
mismas caras y a los mismos chulos
cubiertos de brillantina, alardeando de
sus últimas proezas o conquistas en mi
tiempo libre, pero si te apetece, iremos.
—Solo a tomar un batido, nada más,
luego nos marchamos.
Habíamos llegado a mi casa, donde mi
padre me esperaba para comer. Al
pararme pude ver un coche oscuro
aparcado en la acera de enfrente. Un
hombre estaba de pie apoyado en la
puerta del conductor. Sentí como mi
corazón se sobresaltaba. Era Johnny
Macchitella, estaba segura. Parecía
mirar hacia donde nosotros estábamos.
Sus brazos estaban cruzados en su pecho
y en una de sus manos sujetaba un
cigarrillo, daba la sensación de que
estuviera esperando a alguien. Giré mi
cabeza para mirar detrás de mí, pero no
había nadie, solo la acera vacía y la
puerta de la tienda de mi progenitor.
Cuando volví la mirada al coche este
estaba sentado en el asiento del
conductor y salía de su aparcamiento sin
volver a mirarnos, si es que era a
nosotros a quienes había estado
observando.
—Mañana no puedo acompañarte —
continuó hablando Jeremy—. Mi padre
necesita que le acompañe a Nueva York.
—No te preocupes. Nos vemos el
sábado a las seis y media, ¿te parece?
—dije más bien distraída.
—Te pasaré a buscar.
Me devolvió los libros y después de
titubear un poco me besó los labios de
forma casual. Me pregunté si alguna vez
se animaría a hacerlo de verdad.
Ya era sábado, y estaba haciendo la
comida cuando mi padre me llamó desde
la tienda para que bajara con urgencia.
Apagué el fuego y corrí escaleras abajo.
—¿Qué ocurre, padre?
—Tienes que llevar esto al
restaurante Donatello, al parecer ayer se
les olvidó apuntarlo en el pedido del fin
de semana y lo necesitan con urgencia
para el postre. Dino está repartiendo
otros pedidos y no volverá hasta dentro
de una hora o más. Es queso
Mascarpone, es muy caro. Corre, pero
que no se te caiga. No podemos perder
como cliente al señor Macchitella.
—No te preocupes, papá. —Cogí el
paquete besando su mejilla—. En menos
de quince minutos estaré allí.
Anduve deprisa, corriendo a ratos, y
en poco más de un cuarto de hora me
encontraba en la puerta del restaurante.
Me asomé a la puerta principal, al ver
movimiento dentro entré sin pensármelo
dos veces jadeando por el esfuerzo. Las
mesas de manteles a cuadros rojos y
blancos decoraban la estancia. Me
acerqué a un muchacho, le pregunté por
el encargado y me señaló, de forma
distraída, una puerta al fondo de la sala.
Toqué suavemente con los nudillos y al
no obtener respuesta entré sin permiso.
De reojo detecté movimiento en el lado
derecho, donde dos personas, un hombre
y una mujer, se encontraban sentados en
un amplio sofá. No pude evitar
observarlos unos segundos sin que mi
presencia se hiciera evidente.
Johnny se encontraba con la mujer en
su regazo. Se estaban besando, y la
mano de él se perdía bajo su falda;
haciendo que se balanceara. Ella frotaba
sus pechos contra el torso del hombre,
agarrándose a su nuca como si así
evitara caer al suelo.
Jadeé asombrada por la imagen y di
media vuelta para salir por donde había
entrado.
—¿Hannah? —me llamó el señor
Macchitella.
Me quedé congelada en el sitio. Ni
siquiera me atreví a girarme.
—¿Qué haces aquí?
Contesté desde la misma posición
sin volverme.
—Vine a traer algo de la tienda con
urgencia. Yo… pasé por la entrada
principal del restaurante y alguien me
señaló esta puerta. Siento… yo… me
voy a la cocina, señor.
Y salí corriendo de allí sin darle
tiempo a amonestarme.
Unos pasos resonaron tras de mí y
acto seguido alguien agarró mi brazo
haciendo que me diera la vuelta. Estaba
aterrorizada. Había interrumpido
posiblemente a un capo de la Mafia en
un momento de intimidad y no me había
hecho notar, al contrario, me había
quedado mirando y seguramente lo iba a
lamentar.
—Perdóneme, señor. No era mi
intención interrumpirle. Me equivoqué
de estancia.
—Hannah —dijo en voz baja—, te
creo, no pasa nada, ¿de acuerdo?
Tragué saliva asintiendo, dirigiendo
la mirada hacia mis pies

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------