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Libro Compromiso de conveniencia – Amanda Quick

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PDF Descargar —Señora, ¿por casualidad viaja
usted en el Estrella del Norte?
Era una voz masculina, con
acento británico, educada y cargada
de algo que parecía dolor
descarnado y consternación.
Procedía de la entrada de un
callejón cercano. Amity Doncaster
se detuvo en seco.
Iba de camino al barco, con sus
notas y sus bocetos de la isla
guardados en el maletín.
—Sí, viajo en el Estrella del Norte
—contestó ella.
No hizo el menor intento por
aproximarse al callejón. Aunque no
veía al hombre oculto entre las
sombras, estaba bastante segura
de que no era un pasajero del
barco. Habría recordado esa voz tan
seria y fascinante.
—Necesito que me haga un
grandísimo favor —dijo el
desconocido.
En ese mismo instante intuyó, sin
error a equivocarse, que el hombre
sufría un dolor tremendo. Tenía la
sensación de que necesitaba de
todas sus fuerzas solo para poder
hablar.
Aunque claro, a lo largo de sus
viajes se había topado con algunos
actores fantásticos y no todos ellos
se dedicaban a ese oficio de forma
profesional. Algunos eran
embaucadores y criminales con
mucho talento.
Sin embargo, si el hombre estaba
herido, no podía darle la espalda.
Bajó la sombrilla y sacó de la
cadena de plata que llevaba en
torno a la cintura el elegante
abanico japonés fabricado
expresamente para ella. El tessen
estaba diseñado para parecer un
abanico normal y corriente, pero
con sus afiladas varillas de acero y
su país metálico era, en realidad,
un arma.
Tras aferrar el tessen cerrado, se
acercó con recelo a la entrada del
callejón. Había visto suficiente
mundo como para recelar de un
extraño que se dirigiera a ella
desde las sombras. El hecho de
que, en ese caso, el hombre
hablara con un aristocrático acento
inglés no garantizaba que no fuese
un criminal. El Caribe estuvo en
otro tiempo abarrotado de piratas y
corsarios. La Marina Real y, más
recientemente, la Armada de
Estados Unidos habían eliminado
dicha amenaza casi en su totalidad,
pero no había solución permanente
para el problema de los ladrones
corrientes y los asaltantes. Había
descubierto que eran tan
omnipresentes en el mundo como
las ratas.
Al llegar a la entrada del callejón,
vio que no tenía nada que temer
del hombre sentado en el suelo con
la espalda apoyada en la pared.
Parecía encontrarse en un apuro.
Tendría unos treinta años y su pelo,
negro como el azabache, estaba
empapado de sudor. El nacimiento
de dicho pelo conformaba un pico
en la frente y, aunque normalmente
lo llevaría peinado hacia atrás, en
ese momento colgaba lacio a
ambos lados de su cara,
enmarcando los ángulos de un
rostro de rasgos fuertes e
inteligentes que en ese instante
lucía una expresión firme y seria.
Sus ojos, de color castaño claro,
estaban empañados por el dolor.
Había algo más en esos ojos, una
voluntad feroz y acerada. Ese
hombre estaba aferrándose a la
vida, literalmente, con uñas y
dientes.
Tenía la pechera de la camisa
empapada de sangre fresca. Se
había quitado la chaqueta, que
había doblado y presionaba contra
un costado. La presión que ejercía
no era suficiente para detener el
constante flujo de sangre que
manaba de la herida.
La carta que le tendía también
estaba manchada de sangre. La
mano le temblaba por el esfuerzo
de realizar ese pequeño gesto.
Volvió a colocarse el tessen en la
cadena y corrió hacia él.
—¡Señor, por el amor de Dios!
¿Qué le ha pasado? ¿Lo han
atacado?
—Un disparo. La carta. Cójala. —
Jadeó por el dolor—. Por favor.
Amity soltó el maletín y la
sombrilla, tras lo cual se arrodilló a
su lado, haciendo caso omiso de la
carta.
—Vamos a echar un vistazo —
dijo.
Imprimió a su tono de voz la
serena autoridad que su padre
siempre había usado cuando
hablaba con sus pacientes. George
Doncaster afirmaba que dar la
impresión de que el médico sabía lo
que estaba haciendo infundía
esperanza y valor al paciente.
Sin embargo, ese paciente en
concreto no estaba de humor para
que lo animasen. Tenía un objetivo
en mente y lo perseguía con las
pocas fuerzas que le quedaban.
—No —replicó entre dientes. Sus
ojos la miraron con una ardiente
determinación para asegurarse de
que ella comprendiera lo que

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estaba diciendo—. Demasiado
tarde. Me llamo Stanbridge. Tengo
un pasaje reservado en el Estrella
del Norte. Pero parece que no
conseguiré hacer el viaje hasta
Nueva York. Por favor, señora, se lo
pido por favor. Es muy importante.
Acepte esta carta.
No iba a permitirle que lo
atendiera antes de asegurarse de
que se encargaría de la carta.
—Muy bien. —Abrió el maletín y
guardó la carta en el interior.
—Prométame que se encargará
de que la carta le llegue a mi tío en
Londres. Cornelius Stanbridge.
Ashwick Square.
—Voy de camino a Londres —
replicó ella—. Entregaré su carta.
Pero ahora debemos atender su
herida, señor. Por favor, permítame
examinarlo. Tengo alguna
experiencia en estos asuntos.
La miró con una expresión
fascinante. Por un brevísimo
instante, Amity habría jurado
atisbar en sus ojos una mirada
socarrona.
—Señora, tengo la impresión de
que posee usted mucha experiencia
en muchos asuntos.
—No lo sabe usted bien, señor
Stanbridge. Cuidaré de su carta.
La miró con firmeza durante un
instante antes de entrecerrar los
ojos.
—Sí —dijo—. Creo que lo hará.
Amity le desabrochó la
ensangrentada camisa y apartó la
mano con la que él presionaba la
chaqueta arrugada contra la herida.
Un vistazo le dijo todo lo que
necesitaba saber. Tenía una herida
en el costado que no paraba de
sangrar, pero no se trataba de una
hemorragia arterial. Devolvió la
mano y la chaqueta a su sitio y se
puso en pie.
—La bala lo ha atravesado
limpiamente y creo que no hay
ningún órgano vital afectado —
anunció. Con rapidez, se levantó las
faldas de su vestido de viaje y se
desgarró las enaguas para hacer
unas improvisadas vendas—. Pero
debemos controlar la hemorragia
antes de llevarlo al barco. La isla no
cuenta con atención médica
moderna. Me temo que tendrá que
apañárselas conmigo.
Stanbridge murmuró algo
ininteligible y cerró los ojos.
Amity usó una de las tiras de tela
más largas para hacer una gruesa
compresa. Después, volvió a
apartarle la mano y la chaqueta del
costado. Tras unir los bordes de la
herida lo mejor que pudo, colocó la
venda sobre la piel y lo instó a
ejercer presión con la mano para
mantenerla en su sitio.
—Apriete con fuerza —le ordenó.
Él no abrió los ojos, pero su fuerte
mano aferró con decisión los bordes
de la tela.
Sin pérdida de tiempo, Amity le
pasó dos tiras de tela alrededor de
la cintura y las ató para mantener
la compresa en su sitio.
—¿Dónde ha aprendido a hacer
esto? —masculló Stanbridge, sin
abrir los ojos.
—Mi padre era médico, señor.
Crecí en un hogar donde la
medicina era el tema de
conversación habitual durante las
comidas. Lo ayudaba a menudo en
su trabajo. Además, viajé por todo
el mundo con él mientras estudiaba
distintas formas de practicar la
medicina en tierras extrañas.
Stanbridge logró abrir un poco los
ojos.
—Desde luego, este es mi día de
suerte.
Amity observó la ensangrentada
camisa y la chaqueta.
—Yo no llegaría al extremo de
llamarlo «su día de suerte», pero
creo que sobrevivirá. Todo un logro
dadas las circunstancias. Y ahora
debemos conseguir llevarlo a bordo.
Aunque su padre había muerto un
año antes, Amity siempre llevaba el
maletín con sus utensilios cuando
viajaba al extranjero. Dicho maletín
médico se encontraba en el barco,
en su camarote. Una vez contenida
la hemorragia, debía encontrar el
modo de llevar a Stanbridge al
Estrella del Norte.
Se puso en pie, caminó hasta la
entrada del callejón y detuvo a las
dos primeras personas que vio, dos
isleños que iban de camino al
mercado. Lo dispuso todo en
cuestión de minutos. Una mirada a
Stanbridge, que seguía en el
callejón, les indicó a los hombres lo
que había que hacer.
Con la ayuda de dos amigos,
ambos pescadores, trasladaron al
casi inconsciente Stanbridge de
vuelta al barco en una camilla
improvisada que hicieron con una
red de pesca. Amity les agradeció el
esfuerzo con una generosa propina,
pero parecieron más entusiasmados
con su sentido agradecimiento que
con el dinero.
Unos cuantos miembros de la
tripulación del Estrella del Norte
trasladaron a Stanbridge a su
camarote y lo dejaron en la
estrecha litera. Amity pidió que le
llevaran el maletín médico que se
encontraba en su camarote. Cuando
lo hicieron, se dispuso a limpiar la
herida y a cerrarla, aplicando varios
puntos de sutura. Stanbridge gimió
de vez en cuando, aunque se
mantuvo inconsciente la mayor
parte del tiempo.
Amity sabía que el paciente era
todo suyo. Ya no había médico a
bordo del barco. El médico del
Estrella del Norte, un hombre de
rostro rubicundo y gordo, proclive al
tabaco y a la bebida, había muerto

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de un ataque al corazón poco
después de que el barco zarpara del
último puerto en el que había hecho
escala. Amity había ocupado su
lugar en la medida de lo posible, y
había tratado las distintas heridas y
algún que otro brote de fiebre que
había sufrido la tripulación.
En el barco viajaban pocos
pasajeros, casi todos británicos o
estadounidenses. Algunos más
embarcarían cuando el barco
atracara en otras islas durante la
travesía, pero era poco probable
que el capitán Harris pudiera
encontrar otro médico antes de
llegar a Nueva York.
La fiebre apareció más o menos
hacia la medianoche. La piel de
Stanbridge adquirió una
temperatura alarmante al tacto.
Amity mojó un trapo en el agua
fresca que le habían llevado y lo
colocó sobre la frente del paciente.
El señor Stanbridge abrió los ojos.
La miró con una expresión
desconcertada.
—¿Estoy muerto? —preguntó.
—Ni por asomo —le aseguró ella
—. Está a salvo, a bordo del Estrella
del Norte. Vamos rumbo a Nueva
York.
—¿Está segura de que no he
muerto?
—Segurísima.
—No me mentiría sobre algo así,
¿verdad?
—No —respondió ella—. No le
mentiría sobre algo tan importante.
—¿La carta?
—Segura en mi maletín.
La miró fijamente durante un
buen rato. Después, pareció llegar
a una conclusión.
—Tampoco me mentiría sobre eso
—dijo.
—No. Tanto usted como su carta
llegarán a Nueva York, señor
Stanbridge. Le doy mi palabra.
—Hasta entonces, prométame
que no le mencionará la carta a
nadie.
—Por supuesto que no la
mencionaré. La carta es un asunto
personal suyo, señor.
—No sé por qué, pero creo que
puedo confiar en usted. En todo
caso, parece que no me queda
alternativa.
—Señor Stanbridge, su carta
estará segura conmigo. A cambio,
debe prometerme que se
recuperará de la herida.
Aunque no estaba segura, juraría
que el señor Stanbridge estuvo a
punto de sonreír.
—Haré todo lo posible —replicó
él, tras lo cual cerró los ojos de
nuevo.
Amity le quitó el trapo, lo
humedeció otra vez y lo usó para
refrescarle las partes del torso y de
los hombros que el vendaje no
cubría y que estaban acaloradas por
la fiebre.
Alguien llamó a la puerta del
camarote.
—Adelante —dijo ella en voz
baja.
Yates, uno de los dos asistentes,
asomó la cabeza.
—Señorita Doncaster, ¿necesita
algo más? El capitán me ha dicho
que ponga a su disposición
cualquier cosa que necesite.
—De momento es todo, señor
Yates. —Sonrió—. Ha sido usted
muy amable. He limpiado la herida
en la medida de lo posible. Los
puntos de sutura han detenido la
hemorragia. De momento, está en
manos de la naturaleza. Por suerte,
el señor Stanbridge parece gozar de
una constitución fuerte.
—El capitán dice que Stanbridge
habría muerto en Saint Clare si no
lo hubiera encontrado en aquel
callejón, embarcado en el Estrella
del Norte y cosido el agujero que
tenía en el costado.
—Sí, bueno, dado que no ha
muerto, no tiene sentido reflexionar
sobre lo que habría podido pasar.
—No, señora. Pero no es el único
pasajero a bordo que tiene motivos
para estarle agradecido. La
tripulación sabe que gracias a usted
Ne d el Rojo no murió de fiebre la
semana pasada y que el señor
Hopkins no perdió el brazo después
de que se le infectara la herida. El
capitán no para de decirle a todo el
mundo que le gustaría que se
quedara usted en el Estrella del
Norte. La tripulación estaría
encantada si lo hiciera, es un hecho
confirmado.
—Gracias, señor Yates. Me alegro
de poder ser de ayuda, pero debo
regresar a Londres.
—Sí, señora. —Yates inclinó la
cabeza—. Llame si me necesita.
—Lo haré.
La puerta se cerró una vez que el
hombre se marchó. Amity extendió
el brazo para coger otro trapo
húmedo.
La fiebre bajó hacia el amanecer.
Satisfecha porque el señor
Stanbridge estuviera fuera de
peligro, al menos de momento,
Amity se acurrucó en el único sillón
del camarote e intentó dormir un
poco.
Se despertó sobresaltada. La
abrumó una sensación extraña que
le puso los nervios de punta.
Parpadeó varias veces y aguzó el
oído en un intento por descubrir
qué la había sacado de su inquieto
sueño. Solo escuchó el zumbido de
los enormes motores de vapor del
Estrella del Norte.
Estiró las piernas y se sentó con
la espalda tiesa. Stanbridge la

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observaba desde la litera.
Comprendió que era eso lo que la
había despertado. Había percibido
su mirada.
Se sintió un poco azorada. Para
disimular la incomodidad del
momento, se alisó las tablas de su
vestido marrón de viaje.
—Señor Stanbridge, lo veo muy
mejorado —comentó.
Era cierto. Sus ojos ya no tenían
una expresión enfebrecida, pero
había otro tipo de ardor en su

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mirada. Algo que le provocó cierta
emoción y un escalofrío en la nuca.
—Me alegra saber que parezco
haber mejorado. —Se cambió de
posición en la litera. Su rostro se
tensó por el dolor—. Porque,
ciertamente, me encuentro fatal.
Amity miró el maletín médico que
había dejado en la cómoda.
—Me temo que puedo hacer poco
para mitigar el dolor. Apenas me
quedan suministros. Tengo un poco
de morfina, pero los efectos
durarán poco.
—Ahórrese la morfina, gracias.
Prefiero tener la cabeza despejada.
No estoy seguro de haberme
presentado correctamente.
Benedict Stanbridge.
—El capitán Harris me dijo su
nombre. Un placer conocerlo, señor
Stanbridge. —Sonrió—. Dadas las
circunstancias, tal vez sea
exagerado decir que es un placer,
aunque es mejor que la alternativa.
Soy Amity Doncaster.
—¿Doncaster? —Esa cara tan
interesante adquirió una expresión
concentrada al fruncir el ceño—.
¿Por qué me resulta familiar ese
apellido?
Amity carraspeó.
—He escrito varios artículos de
viaje para El divulgador volante.
Quizás haya leído alguno.
—No lo creo. No leo esa basura.
—Entiendo —replicó, ofreciéndole
su sonrisa más fría.
Él tuvo la decencia de parecer
avergonzado.
—La he insultado. Nada más lejos
de mi intención, se lo aseguro.
Amity se puso de pie.
—Llamaré al asistente. Lo
ayudará con sus necesidades
personales mientras yo voy a mi
camarote para asearme un poco y
desayunar.
—Espere un momento, ya sé por
qué conozco su apellido. —Benedict
parecía satisfecho consigo mismo—.
Mi cuñada mencionó sus artículos.
Es una gran admiradora suya.
—Me alegra escucharlo —replicó
Amity con voz fría.
Tiró con fuerza del cordón de la
campanilla y se recordó que
Benedict se estaba recuperando de
una herida importante y que, por
tanto, no podía echarle en cara sus
malos modales. Sin embargo, ser
consciente de ese hecho no
apaciguó su irritación.
Benedict miró el maletín que ella
había dejado sobre la cómoda.
—La carta que le di para que la
guardara —dijo—. ¿Todavía la
tiene?
—Sí, por supuesto. ¿La quiere?
Sopesó la pregunta un instante y
después negó con la cabeza.
—No. Déjela en el maletín, por si
acaso…
—¿Por si acaso qué, señor
Stanbridge?
—La travesía hasta Nueva York es
larga y tal vez sufra una recaída —
contestó.
—Es poco probable.
—De todas formas, prefiero tener
un plan para lidiar con dicha
eventualidad.
Amity sonrió.
—¿Debo suponer que es usted un
hombre preparado para cualquier
eventualidad?
Benedict se tocó el borde del
vendaje e hizo un gesto de dolor.
—Ya ha visto lo que sucede
cuando no planeo bien las cosas.
Como le decía, si no llego a Nueva
York, me haría un favor grandísimo
si prometiera entregarle la carta a
mi tío.
—Cornelius Stanbridge, Ashwick
Square. No se preocupe, anoté la
dirección para no olvidarla. Pero le
aseguro que no será necesario que
yo la entregue. Se recuperará de la
herida y la entregará usted mismo,
señor.
—Si me recupero, no habrá
necesidad de entregarla.
—No lo entiendo —repuso ella—.
¿Qué significa eso?
—No tiene importancia. Usted
prométame que no se separará de
ese maletín hasta que me sienta lo
bastante fuerte para hacerme cargo
de nuevo de la carta.
—Le doy mi palabra de que no
me separaré del maletín ni de la
carta en ningún momento. Pero
dado lo que ha sucedido, tengo la
impresión de que me debe una
explicación.
—A cambio de su promesa de
cuidar de la carta, le doy mi palabra
de que algún día se lo explicaré en
la medida de lo posible.
Amity concluyó que eso era lo
único que iba a conseguir a modo
de garantía de que algún día sabría
la verdad.
Yates llamó a la puerta para
anunciar su regreso. Amity cogió el
maletín y atravesó la corta
distancia que la separaba de la
puerta.
—Vendré a echarle un vistazo tras
el desayuno, señor Stanbridge —
dijo—. Entretanto, asegúrese de no
hacer nada que ponga en peligro mi
labor con la aguja.
—Seré cuidadoso. Una cosa más,
señorita Doncaster.
—¿Qué quiere?
—Según las escalas que tiene
programadas el Estrella del Norte,
no llegaremos a Nueva York hasta
dentro de diez días. Además de los
pasajeros que ya están a bordo,
subirán algunos más en las distintas
escalas.
—Sí. ¿Por qué?
Benedict se incorporó sobre un
codo y el dolor hizo que su
expresión se tensara.
—No le mencione esa carta a
nadie. Ni a los pasajeros ni a los
miembros de la tripulación.

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