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Confesión de un asesino – Sophie Hannah

Confesión de un asesino – Sophie Hannah

Confesión de un asesino – Sophie Hannah 

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2010
¿Por qué sigues aquí, Francine?
Siempre he creído que las personas pueden morirse con solo desearlo. Si la mente es capaz de desvelarnos exactamente un minuto antes de
que suene el despertador, debe de ser capaz de parar nuestra respiración. Piénsalo: el cerebro y la respiración están vinculados de forma más
estrecha que el cerebro y la mesita de noche. ¿Qué puede hacer un corazón contra una mente que le dice que se pare y que no acepta una
respuesta negativa? Al menos es lo que siempre he pensado yo…
Y no puedo creer que quieras quedarte por aquí. Aun así, no pasará mucho tiempo antes de que deje de depender de ti misma. Alguien te
matará, y pronto. ¿Quién? No lo sé. Cada día cambio de idea al respecto. No siento la necesidad de intentar detenerlos, solo la de decírtelo y
darte la oportunidad de ponerte fuera de su alcance; así soy justa con todo el mundo.
De acuerdo, lo admito: si estoy tratando de convencerte de que te mueras es porque tengo miedo de que te recuperes. ¿Cómo puede lo
imposible parecer posible? Será que aún me das miedo.

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A Tim no. ¿Sabes qué me preguntó hace años? Estábamos los dos en tu cocina, en Heron Close. Sobre la mesa había aquellos servilleteros que
siempre me recordaban a un collarín. Los habías sacado del cajón junto con las servilletas de color marrón con patos estampados en el borde y los
habías dejado encima de la mesa sin decir nada más. Se suponía que Tim debía hacer el resto, creyera o no que era importante poner las
servilletas en los servilleteros para sacarlas un cuarto de hora más tarde. Dan había salido a por la comida china para llevar y tú te habías ido al
jardín, enfurruñada. Tim había pedido algo sano y con brotes que todos sabíamos que no soportaba, y tú le acusaste de elegir por los motivos
equivocados: complacerte a ti. Recuerdo que tuve que contener las lágrimas mientras ponía la mesa, después de arrebatarle los cubiertos de las
manos. No podía hacer nada para rescatarlo de ti, pero al menos podía ahorrarle el esfuerzo de colocar los tenedores y los cuchillos, y estaba
decidida a hacerlo. Tim solo nos permitía hacer cosas pequeñas en aquellos tiempos, así que eso era lo que Dan y yo hacíamos, tantas como
podíamos, con el máximo esmero posible. De todos modos, no pude tocar esos malditos servilleteros.
Cuando ya estaba segura de que no iba a llorar, me di la vuelta y vi una expresión familiar en el rostro de Tim, la expresión que significa «hay
algo que me gustaría que supieses, pero no estoy preparado para decirlo, de modo que, en vez de eso, voy a dejarte la cabeza hecha un lío». No
es posible imaginarse esa expresión si no se ha visto, y estoy segura de que tú no la has visto nunca. Tim dejó de intentar comunicarse contigo al
cabo de una semana de casaros.
—¿Cómo? —le pregunté.
—Siento curiosidad, Kerry —dijo él, con la intención de que captase una burlona sospecha en su voz. Sabía que no sospechaba nada de mí, y
supuse que, como era su costumbre, estaba tratando de hallar una forma disimulada de hablar de sí mismo. Le pregunté qué era lo que suscitaba
su curiosidad, y me respondió en voz alta, como si hablase a un público que llenaba varias filas en una gran sala:
—Imagínate que Francine está muerta. —Estas cinco palabras bastaron para plantar la semilla del anhelo en mi pecho. Deseaba tanto que
dejases de estar ahí, Francine… Pero teníamos que cargar contigo. Antes del ictus, creía que probablemente vivirías hasta los ciento veinte años.
—¿Seguirías teniéndole miedo? —preguntó Tim. Cualquiera que le oyese y no le conociera bien habría pensado que me tomaba el pelo y lo
disfrutaba—. Yo creo que sí, aunque supieses que estaba muerta y que nunca regresaría.
—Lo dices como si fuese una alternativa —señalé—. Muerta y de regreso.
—¿Seguirías oyéndola en tu cabeza, diciendo las mismas cosas que diría de estar viva? ¿Te sentirías más libre de ella de lo que lo eres en este
momento? Si no pudieses verla, ¿te la imaginarías observándote desde alguna otra parte?
—Tim, no seas bobo. Tú eres la persona menos supersticiosa que conozco.
—Pero estamos hablando de ti —repuso con un tono de refinada inocencia, de nuevo con el ánimo de atraer la atención sobre sí mismo.
—No, no tendría miedo de ninguna persona que estuviese muerta.
—Si tuvieses el mismo miedo de ella una vez muerta, matarla no tendría ningún sentido —prosiguió Tim, como si yo no hubiese hablado—. Salvo
por una probable sentencia de cárcel.
Cogió de un armario cuatro copas de vino con gruesos pies de vidrio opaco verde. Siempre las había odiado, porque hacían que pareciese que
había lodo en el fondo de la bebida.
—Nunca he entendido por qué alguien encuentra interesante especular sobre la diferencia entre los asesinos y el resto de las personas. —Tim
sacó una botella de vino blanco del frigorífico—. ¿A quién le importa lo que hace que una persona quiera y pueda matar y otra no? La respuesta es
obvia: los niveles de sufrimiento y la posición de cada uno en el espectro valentía–cobardía. Eso es todo, nada más. La única diferencia que merece
la pena investigar es la que hay entre aquellos cuya presencia en el mundo, por mediocre y caótica que sea, no aplasta el espíritu de otras
personas, y aquellos de quienes no es posible afirmar esto, por muy amables que queramos ser. Todas las víctimas de asesinato son personas que
han inspirado, al menos en una persona, el deseo de que dejasen de existir. Y se supone que debemos compadecernos cuando acaban mal —
concluyó con un ruidito despectivo.
Me reí de su violencia, y luego me sentí culpable por caer en la trampa. Cuando a Tim se le da mejor alegrarme es cuando no tiene esperanza
de consuelo para sí mismo; se supone que tengo que sentirme más feliz e imaginarme que él sigue el mismo recorrido emocional.
—¿Me estás diciendo que todas las víctimas de asesinato se lo están buscando? —pregunté, mordiendo voluntariamente el anzuelo. Si quiere
hablar de algo (por ridículo que sea, como en este caso), yo discuto con él hasta que decide que ya ha tenido suficiente. Dan también lo hace. Es
una de las muchas formas extrañas que puede adoptar el amor, aunque dudo que lo entiendas.
—Estás suponiendo, erróneamente, que la víctima de un asesinato es siempre la persona que muere, no la que mata. —Tim se sirvió una copa
de vino; a mí no me ofreció—. Causarle a una persona tantas molestias como para que esté dispuesta a arriesgar su libertad y sacrificar lo que le
queda de humanidad con tal de eliminarte de la faz de la tierra debería considerarse un delito mucho más grave que coger una pistola o un
instrumento contundente y acabar con una vida, en igualdad del resto de condiciones.
Con «molestia» se refería a «dolor».
—Tu opinión está sesgada —contesté. Sabía que Dan podía volver en cualquier momento con la comida, y quería decirle algo más directo de lo
que normalmente haría. Llegué a la conclusión de que, al iniciar esta extraordinaria conversación, Tim me había dado su permiso tácito—. Si crees
que Francine es una de esas personas que aplastan el espíritu, si el único motivo por el que no la has matado es que te daría más miedo muerta
que viva…
—No sé de dónde has sacado todo eso —sonrió burlonamente Tim—. ¿Estás volviendo a tener alucinaciones auditivas?
Los dos entendimos por qué sonreía: yo había recibido su mensaje y no iba a olvidarlo. Sabía que estaba a salvo conmigo. No fue hasta años
después de conocer a Tim cuando averigüé que él nunca busca el cambio: lo único que quiere es descargar la información importante en alguien
en quien pueda confiar.
—Puedes dejarla más fácilmente de lo que crees —le dije, intentando provocar el cambio, uno de esos enormes e irreversibles, más que
suficiente para ambos, él y yo—. No tiene por qué haber enfrentamiento alguno. No es necesario que le digas que te vas, ni tener contacto con
ella una vez que te hayas ido. Dan y yo podemos ayudarte. Deja que Francine se quede esta casa; tú ven a vivir con nosotros.
—No podéis ayudarme —repuso Tim con firmeza, e hizo una pausa lo bastante larga como para que yo le entendiese (o le malentendiese,
porque sabía que, si yo ponía demasiado empeño, él insistiría) antes de añadir—: Porque no necesito ayuda. No hay problema.
Ayer le oí por casualidad hablar contigo, Francine. No estaba sopesando cada palabra, planificando la conversación con varias jugadas de
adelanto; no hacía más que hablar, contarte otra de las historias de Gaby; aparecía un aeropuerto, claro está. Parece que Gaby vive en los
aeropuertos; eso cuando no está en el aire. No sé cómo puede soportarlo; a mí me volvería loca. Esta historia en concreto hablaba de cuando el
escáner de equipajes de Madrid-Barajas se tragó uno de sus zapatos, y Tim se lo pasaba bien al contarla. Parecía estar diciendo todo lo que le
pasaba por la cabeza sin censurarse para nada, sin artificio, sin teatralidad. Muy poco propio de Tim. Mientras escuchaba sin ser vista, me di cuenta
de que ya hacía tiempo que no sentía ningún miedo. Pero hay algo que soy incapaz de averiguar: ¿quiere eso decir que es probable que te mate,
o que necesita que vivas eternamente?
1
Jueves, 10 de marzo de 2011
La joven que está sentada a mi lado está más alterada que yo. Bueno, no solo más que yo: lo está más que todo el resto de personas del
aeropuerto juntas, y está dispuesta a que todos lo sepamos. Detrás de mí hay personas quejándose y diciendo «oh, no», pero ella es la única que
llora y tiembla de furia. Es capaz de acosar al empleado de Fly4You y llorar copiosamente al mismo tiempo. Me impresiona que no parezca
tener la necesidad de interrumpir su diatriba para tragar y respirar de forma desordenada, como suelen hacer las personas que sollozan.
Tampoco parece tener la capacidad de distinguir, como la gente corriente, entre un retraso y la pérdida de un ser querido.
No me da ninguna lástima; quizá me la daría si no hubiese reaccionado de forma tan extrema. Suelo sentir más lástima por las personas que
sostienen que no les pasa absolutamente nada aunque un bicho carnívoro esté devorando sus órganos internos a toda velocidad. Creo que esto
no dice mucho a mi favor.
Yo no estoy alterada en absoluto. Si no llego a casa esta noche, llegaré mañana, y eso será más que suficiente.
—¡Contésteme! —vocifera la chica al pobre alemán de suaves modales que ha tenido la desgracia de estar destinado en la puerta de embarque
B56—. ¿Dónde está el avión ahora mismo? ¿Sigue aquí? ¿Está allá abajo? —dice, señalando el pasillo cerrado con paneles de acordeón situado
detrás del empleado; el mismo pasillo que, hace cinco minutos, pensábamos recorrer para encontrar nuestro avión al nal—. Está allá abajo, ¿a
que sí? —pregunta con insistencia. Su rostro no tiene arrugas ni defectos, y es plano como el de una extraña y cruel muñeca de trapo—. Oiga,
nosotros somos cientos y usted solo uno. ¡Podríamos quitarle del medio de un empujón y meternos en el avión, un montón de británicos
furiosos que se niegan a bajar hasta que alguien nos lleve a casa! ¡Yo en su lugar no me metería con un montón de británicos furiosos!
Se quita la chaqueta de cuero negro como preparándose para una pelea. En el brazo derecho lleva tatuada la palabra «PADRE» en grandes
letras mayúsculas azules. Lleva unos vaqueros negros ajustados y varias tiras en los hombros, de un sujetador blanco, una camisola rosa y un
top rojo sin mangas.
—El avión va a ser desviado a Colonia —le explica con paciencia, por tercera vez, el empleado alemán de Fly4You. En el uniforme marrón
lleva una placa con el nombre: Bodo Neudorf. A mí me costaría hablarle con rudeza a alguien llamado Bodo, aunque no creo que otros
compartan conmigo este escrúpulo en concreto—. Hace un tiempo demasiado peligroso. Yo no puedo hacer nada, lo siento —dice, apelando a la
razón.
Si yo estuviera en su lugar, lo más probable es que intentase utilizar la misma táctica; no porque fuese a funcionar, sino porque, si una
persona posee raciocinio y está acostumbrada a utilizarlo de forma habitual, posiblemente sea una especie de fan y sobrevalore su utilidad,
aunque esté tratando con alguien que prefiere acusar a personas inocentes de estar ocultándole aviones.
—¡Sigue diciendo que va a ser desviado! Eso signica que aún no lo han enviado a ninguna parte, ¿verdad? —La mujer se frota las húmedas
mejillas, una acción lo bastante violenta como para que parezca que se está golpeando la cara, y se da la vuelta para dirigirse a la multitud—:
¡No lo ha desviado! —dice; la vibración de su airada voz sale victoriosa de la guerra de sonido en la puerta de embarque B56, ahogando los
timbres electrónicos que indican los anuncios de apertura inminente de puertas de otros vuelos más afortunados que el nuestro—. ¿Cómo iba a
hacerlo? Hace cinco minutos estábamos todos aquí sentados, listos para embarcar. ¡No es posible enviar un avión a ninguna parte tan rápido! Yo
estoy por no dejarle que lo haga. Nosotros estamos aquí, el avión debe de estar aquí y todos queremos irnos a casa. ¡Nos importa una mierda el
tiempo que haga! ¿Quién está conmigo?
Me gustaría darme la vuelta y ver si todo el mundo cree que su espectáculo en solitario es tan bochornoso como lo creo yo, pero no quiero
que los demás no-pasajeros imaginen que estamos juntas solo porque nos hallamos de pie una al lado de la otra. Lo mejor será mostrar a las
claras que ella no tiene nada que ver conmigo, así que sonrío de modo alentador a Bodo Neudorf. Él me responde con una sonrisa discreta,
como diciendo: «Se agradece el gesto de apoyo, pero supongo que no es usted tan ingenua como para creer que nada de lo que haga podría
compensar la presencia de esa monstruosidad a su lado, ¿no?».
Por suerte, no parece que sus amenazas alarmen excesivamente a Bodo. Probablemente ha notado que muchas de las personas que tienen
reserva en el vuelo 1221 son niñas de una coral, de entre ocho y doce años y extremadamente bien educadas, que aún llevan puesto el uniforme
después de dar un concierto en Dortmund. Lo sé porque, mientras esperábamos para embarcar, su director y los cinco o seis padres
acompañantes estaban recordando con orgullo lo bien que las niñas habían cantado algo llamado Angeli Archangeli. No parecían el tipo de
personas dispuestas a tumbar a un empleado de un aeropuerto alemán en una estampida, ni a exponer a sus talentosas hijas a una tormenta
peligrosa con tal de llegar a casa en el tiempo previsto.
Bodo toma un pequeño dispositivo negro unido al mostrador de la puerta de embarque mediante un cable enrollado y habla, después de
pulsar el botón que produce el sonido metálico que precede a todos los mensajes en el aeropuerto: «Esto es un aviso para los pasajeros del
vuelo 1221 de Fly4You a Combingham, Inglaterra. Su avión va a desviarse al aeropuerto de Colonia, desde donde iniciará el vuelo. Les rogamos
que se dirijan a la zona de recogida de equipajes y luego esperen en el exterior del aeropuerto, junto al vestíbulo de salidas. Estamos intentando
organizar la recogida y el traslado de los pasajeros al aeropuerto de Colonia en autocares. Por favor, diríjanse al punto de recogida en el
exterior del vestíbulo de salidas lo antes posible».
A mi derecha, una mujer elegantemente vestida, con el cabello de un rojo llamativo y acento estadounidense, dice:
—No hace falta que nos demos prisa. Estamos hablando de autocares hipotéticos; esos son los más lentos.
—¿Cuánto se tarda en llegar de aquí a Colonia en autocar? —pregunta un hombre.
—No dispongo de detalles sobre el horario de los autocares —anuncia Bodo Neudorf, pero su voz se pierde en la marea de quejas.
Me alegro de poder ahorrarme el paso por recogida de equipajes; la idea de todo el mundo pasando por allí para recoger las maletas que hace
poco más de una hora facturaron después de esperar en una larga, lenta y zigzagueante cola encerrada entre dos cuerdas me hace sentir una
oleada de agotamiento. Son las ocho de la tarde; se suponía que iba a aterrizar en Combingham a las 8:30, hora inglesa, llegar a casa y
sumergirme en un largo y cálido baño de burbujas con una copa de vino blanco muy frío. Esta mañana me he despertado a las cinco para tomar
el vuelo de las siete de Combingham a Düsseldorf. No soy una persona madrugadora y me molesta tener que despertarme antes de las siete de la
mañana. Este día ya ha durado demasiado.
—¡Esto es una tomadura de pelo! —vocifera la muñeca de trapo psicótica—. ¡Una broma absurda! —Si Bodo se imaginaba que amplicar su
voz y proyectarla electrónicamente tendría por efecto intimidar a su némesis para que se callase y obedeciese, se equivocaba—. ¡No pienso
recoger mi equipaje!
Un hombre calvo y delgado enfundado en un traje gris da un paso al frente y dice:
—En ese caso, probablemente llegue a casa sin su maleta y todo lo que contiene.
Por dentro, grito una ovación; el primer héroe tranquilo del vuelo 1221. Lleva un periódico bajo el brazo; lo agarra con la otra mano,
esperando represalias.
—¡Tú cállate la boca! —grita en su cara la muñeca de trapo—. Fíjate en el tío este: ¿crees que eres mejor que yo? ¡Ni siquiera llevo maleta,
para que te enteres! —Se vuelve de nuevo hacia Bodo—. ¿Qué, vas a descargar todos los equipajes del avión? ¿Cómo se come eso? Anda,
cuéntamelo. ¡Lo siento por la palabrota, pero eso es una puta estupidez!
—O a lo mejor —me sorprendo diciéndole a la mujer, porque no puedo dejar que el héroe calvo se enfrente en solitario a ella y no parece
que nadie más esté dispuesto a ayudar— la estúpida es usted. Si no ha facturado equipaje, claro que no va a recoger ninguna maleta. ¿Por qué
iba a hacerlo?
Se me queda mirando. Las lágrimas siguen brotando de sus ojos.
—Además, si el avión estuviera aquí ahora y pudiera volar con seguridad hasta el aeropuerto de Colonia, podríamos ir allí en avión, ¿no? O
incluso ir a casa, que es lo que nos gustaría a todos. —Mierda. ¿Por qué he tenido que abrir la boca? No es ni mi trabajo, ni siquiera el de Bodo
Neudorf, corregir su defectuoso razonamiento. El hombre calvo se ha alejado con su periódico y me ha dejado sola; capullo ingrato…—. Nuestro
avión no puede volar a Düsseldorf por culpa del tiempo —prosigo con mi misión de pacicación y entendimiento—. Nunca ha estado aquí, no
está aquí ahora y su maleta, si la tuviera, no estaría en él, y no sería necesario sacarla de él. El avión está en el cielo, en alguna parte. —Señalo
hacia arriba—. Se dirigía a Düsseldorf y ahora ha cambiado de rumbo y se dirige a Colonia.
—No, no —dice con voz temblorosa, mirándome de arriba abajo con una expresión como de sorpresa y asco, como si la horrorizase tener que
dirigirse a mí—. Eso no es verdad. Estábamos todos allí sentados —agita un brazo hacia las las de asientos de plástico de color naranja con
patas metálicas negras— y nos dijeron que fuésemos a la puerta de embarque. Eso solo lo dicen cuando el avión está allí, listo para embarcar.
—Generalmente eso es cierto, pero esta noche no es así —respondo enérgicamente

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