---------------

Consígueme una cita – Eva River

Consígueme una cita – Eva River

Consígueme una cita – Eva River

Descargar libro Gratis   De Consígueme una cita – Eva River En PDF

La típica noche de no-ligue de Anne Richards en un bar de Carolina del Norte.
Miro hacia atrás para ver quién es la afortunada a la que el chico guapo de ojos verdes le hace señas, pero me sorprendo porque no hay nadie detrás de mí. Ni
hombre ni mujer… aunque eso puede significar que quizá sea a mí a quien esté haciendo señas… ¡Oh, no, joder, claro que no soy yo!
Tomo mi cerveza y dirijo la mirada a la pantalla en la que están pasando un partido de beisbol, me concentro en ello. Bueno, de acuerdo, en los pantaloncillos
apretados de los jugadores. ¡Definitivamente a los traseros masculinos les sienta el color blanco!
―Toma ―me dice el camarero, poniendo otra cerveza al frente.
―Oh, no. No he pedido nada, aun no me acabo esta. ―Levanto el botellín que conserva un poco menos de la mitad de su contenido.

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar Consígueme una cita – Eva River

El tipo se inclina hacia mí y me anuncia:
―Te ha invitado el tío de allá.
Me quedo boquiabierta al comprobar que el tío de allá es el de las señas. Esto me alegra un poco y me descoloca a partes iguales.
Para ponerlos en situación yo no soy el tipo de chica que llame la atención de nadie. Mido 1, 58 y peso sesenta y dos kilos, con eso resumo todo. No importa
que diga que soy inteligente, agradable, que tengo unos hermosos ojos azules o que soy graciosa, para el resto del mundo soy solo un cuerpo pequeño y pasado de kilos.
―Vaya, ¿está seguro que era para mí? ―pregunto.
El hombre me ve raro. Justo en ese momento llega una chica hasta la barra con un escote a lo Sabrina y pide algo mientras le sonríe descaradamente. Él no es que
le haga mucho caso y la verdad eso me sorprende un poco, siempre tiendo a creer que a los tíos las tetas grandes los ponen a mil. Cuando le entrega su bebida ella le
pasa un papelito entre los dedos, él sonríe sin decir nada y se voltea hacia mí.
―No veo a ninguna otra morena sentada en la barra así que es para ti.
―Vaya, bueno, gracias.
―No es a mí a quien tienes que agradecer.
Miro hacia el tío que me invitó la cerveza y lo saludo levantando la mano. Espero que eso valga como agradecimiento. Aunque lo que no entiendo es por qué no
vino hasta mí… ¿no es eso lo que se hace en los bares cuando alguien te llama la atención?
Lucy llega en ese justo momento, esta agitada por el baile y sabrá Dios por qué otra cosa, su cara está cruzada por una de sus enormes sonrisas. Becca aparece
segundos después en un estado similar, sin preguntarlo coge la cerveza que aún no comienzo y se pone a tomar a morro.
Yo pierdo un poco el color. No es que me moleste que tome mi cerveza pero la cosa cambia cuando esa es la primera cerveza a la que un tío guapo me invita, por
no decir que él debe de estar viendo… ojalá que no crea que la estoy despreciando… Ay, maldita sea.
―Los chicos nos han invitado a una fiesta en el sur de la ciudad, Anne. Nos acompañas, ¿no? ―comenta Lucy.
Esto es lo que siempre pasa cuando las chicas y yo salimos, los hombres solo se fijan en ellas. Lucy y Becca son a las que sacan a bailar, las que invitan a algún
nuevo sitio de moda, a las que le piden sus números… las que tienen sexo. Yo, por otra parte, soy la que el 99% de veces se queda sentada en la barra, sola como la una,
esperando a que sea lo suficientemente tarde para irme a casa, sola y en taxi.
Ellas no son malas amigas, siempre que las invitan a alguna, como ahora, insisten en que yo también me una a la fiesta y yo generalmente termino cediendo por
su insistencia pero adonde sea que vayamos me aburro aún más que en la barra de un bar.
Desde luego hoy es distinto. Hey qué tengo a un chico guapo al otro lado y bueno… la esperanza es lo único que se pierde.
―No puedo, chicas.
Ellas se miran con extrañeza, eso me ofende un poco.
―¿No tendrás que trabajar sábado? ―investiga Becca.
―No, no. Es que… ―Me aclaro la garganta―. El chico de allá, el del polo blanco y ojos verdes, no volteen a ver si no van a ser disimuladas ―advierto―, me
ha invitado una cerveza.
El sonido de una copa golpeándose en una superficie me distrae y al levantar la vista veo al camarero tratando de recogerla, él también me mira y en sus ojos hay
culpabilidad. ¡Será chismoso!
―¿Ojos verdes? ―pregunta Lucy.
―Sí, ¿cómo coño puedes saber el color de los ojos de alguien en un bar y a la distancia? Vamos, que eso ya es difícil de cerca ―sigue Becca.
Esto la verdad es que no sé cómo explicarlo. No puedo afirmar que tenga los ojos verdes porque no se los he visto, pero siempre he creído que el color de los
ojos tiene que ver con ciertas características fisonómicas y raciales. Es un método que pocas veces falla, pero es algo así como mi método y ellas no podrían entenderlo.
―Bueno, no sé, supongo que son verdes.
Ellas sueltan una carcajada y cada una me planta un beso en una mejilla.
―Pues, está muy atractivo. Esta es mi chica ―me dice Becca―, acabalo, matadora. Nos vemos luego, cuídate.
―Disfruta la noche, Annie ―se despide Lucy―. Mañana te llamo, que no se te olvide contarme ni un detalle.
Dios, esto es tan extraño. Me despido de ambas, sonriendo como una tonta. Es tan jodidamente raro que me sorprende que las chicas crean que voy a tener una
noche apasionada de sexo… Creo que me estoy poniendo nerviosa. ¿Ahora qué hago? Quizá habría sido más fácil que él fuera quien se acercara a mí. Supongo que es un
hombre tímido.
Me levanto y voy al cuarto de baño. Ya que estoy planteándome lo de acercarme a él, debo asegurarme de que me veo bien. Ahogo un grito frente al espejo.
Como es de esperar mi cabello ha tomado vida propia, esto es normal pero las circunstancias han cambiado así que me preocupo de ello; además, mi nariz y frente están
brillantes. Reviso en mi bolso rezando porque allí estén los polvos esos que te quitan el brillo.
Los encuentro, sin embargo me entra el pánico. Nunca los he usado porque al tener una piel grasosa siento que si me echo demasiada cosa en la cara terminaré
con una máscara. Lucy dice que los polvos estos… traslúcidos son exactamente para evitar esto pero de seguro que lo dice porque fue ella la que me los regaló. ¡Qué va
a servir un polvo blanco para esconder la grasa! Además, ¿por qué blancos?, mi piel es bronceada y…
Sí, sí, ya lo capté. Traslúcidos, ¿no? Bueno, eso espero.
Me pongo encima los dichosos polvos, que espero no sean los únicos de esta noche… Oh, por Dios, ya me estoy excitando. Maldición, tienen que comprender
que hace como un año que no me echo un polvo y eso me pone hambrienta.
Me miro en el espejo y se me olvida todo lo demás, miro los polvos, vuelvo a mirar el espejo… La madre que me parió, ese brillo del demonio ha desaparecido.
¡Pero por qué nadie nunca me avisó que esto sí que sirve! ¡Voy a matar a Lucy por no ser más convincente!
Después de repasarme los labios salgo del cuarto de baño, erguida como una aguja y entonces el pánico vuelve a tocar a mi puerta. Y si ese hombre solamente me
invitó a la cerveza porque desde donde estaba solo me podía ver de hombros para arriba… Si fue así ya lo eché a perder.
No, no… aún. El tipo está sentado en el taburete al lado del mío y me está mirando con una sonrisa que me vuelve a recordar cuánta falta me hace el sexo.
―Hola ―saludo intentando que la sonrisa que le devuelvo provoque en él lo mismo que la suya en mí.
―Hola, te estaba esperando ―responde con un sexy acento del sur al mismo tiempo que confirmo que sus ojos son verdes.
―¿Ah, sí? ―Uso el tono que las chicas siempre usan con sus ligues.
―Sí. Pero dime ¿quieres tomar algo?
Pido una cerveza puesto que de las otras dos no queda nada y él pide lo mismo al camarero que ya me había atendido antes. Cuando regresa con nuestras
cervezas una rubia se acerca a la barra y pone una servilleta con un número de teléfono en el mostrador, él la guarda en su bolsillo y nos da la cerveza. Guau, el tío tiene
pegue. Al mirarlo con atención veo que no es nada fuera de serie, es un tipo normalito. Ni tan feo para que ninguna chica no lo vuelva a ver, ni tan guapo como para que
dos en una misma noche le dejen su número.
Me maldigo al darme cuenta de lo que estoy pensando. Yo siempre juzgo a las personas que solamente se fijan en mi apariencia y que pasan de mí por la misma
y de repente es eso exactamente lo que hago.
―Señorita ―dice el del bar.
―¿Eh, sí… qué?
―Mi mano.
¿Qué le pasa a su mano? Dirijo mi mirada hacia ahí y compruebo que tengo su mano atrapada junto con la cerveza.
―Oh, lo siento. Qué pena.
―No se preocupe.
El hombre desaparece para encargarse de los pedidos de los demás y entonces mi acompañante habla.
―Oye ¿qué se hizo esa amiga rubia tuya?
―¿Becca? Se ha ido con unos amigos, tenían plan en otro sitio.
La cara de él de repente se pone seria, comienza a mirar de un lado a otro como para comprobar que le estoy diciendo la verdad. Yo empiezo a presentir lo peor.
―Oh, vaya. Bueno, creo que es tarde ―dice mirando su reloj―. Fue un gusto conocerte…
Gilipollas, ni si quiera sabe mi nombre. Le doy la espalda sin más y me zampo toda la cerveza de un trago.
Estúpida, estúpida, estúpidaaaa. Sí ya sé que a mí los chicos guapos nunca se me acercan por qué me ilusiono con una jodida cerveza… Claro, el idiota solo
quería que lo presentara. ¡Es eso para lo único que servimos las amigas feas!
CAPÍTULO DOS
El camarero se acercó con una nueva cerveza.
―Esta te la invito yo.
Quise morir de vergüenza. El muy idiota me escuchó cuando les contaba a las chicas lo de Ojos Verdes y seguramente también escuchó lo que el susodicho me
dijo.
―Es un gilipollas ―volvió a hablar―. Es su forma particular de ligar, busca a una de las amigas de la tía que le llama la atención y cree que a través de ella
logrará llegar a la otra. ―Se encoge de hombros.
―¿Qué, sabías lo que estaba haciendo y no me lo dijiste?
―No es mi asunto. Se supone que las mujeres saben cuándo le interesan a un hombre…
―No somos adivinas ―chillo indignada.
―¡Ni siquiera te mandó a decir algo cuando te invitó a la cerveza! ¿Eso no te dijo nada?
―¡Nunca en mi vida me habían mandado una cerveza, no sé una mierda sobre tíos!
Me quedo en silencio cuando comprendo que quizá las cervezas me estén perjudicando… Él arquea sus cejas con… nah, no es incredulidad, es… no sé, me ve
raro.
No es precisamente guapo, a mí me da que tiene un aire a lo Bradley Cooper, con el pelo castaño y desordenado, ojos azules brillantes y una sonrisa enorme.
―¿Tu trabajo es espiar a los clientes? ―lo acuso.
―No, pero siempre lo hago ―contestó sonriendo mientras servía algunos tragos a otras personas, cuando termina con ellas se vuelve hacia mí―. Además,
también les doy consejos. ¿Quieres escuchar el que tengo para ti?
―No, gracias.
―No importa igual te lo voy a dar. Eres la tía más elegante de todo el bar y seguramente vayas donde vayas consigues lo mismo.
Me atraganto con la cerveza, es te imbécil va saber lo que es burlarse de alguien, antes de que él vuelva a parpadear yo ya le arrojado la cerveza encima.
―Eso te pasa por cabrón, ve a burlarte de la más vieja de tu casa…
―¿Qué demonios? ―maldice. Me ve con ojos sorprendidos y cuando creo que va a echarme a patadas del bar, da un manotazo en el mostrador y comienza a
reírse a carcajadas y balbucir―. ¿Crees que me estaba burlando de ti? ¿Por qué habría de hacer algo así? Escúchame… ¿Cómo te llamas?
―¡Qué te importa!
―Escúchame, Qué Te Importa, eres una mujer preciosa. Pero pareces algo seria…
―¿Quieres decir que soy una amargada? ―interrumpo.
―No, quiero decir que no das la impresión de venir a divertirte sino la de venir a conocer el amor de tu vida.
―¡Claro que vengo a divertirme y no busco el amor de mi vida!
―¿Entonces por qué no te diviertes y por qué siempre lanzas miradas de odio a los chicos que eligen a tus amigas y no a ti, o a las parejas que bailan en la pista?
―Esas son estúpidas mentiras… Un momento, ¿tú por qué sabes lo que yo hago?
―Con que estúpidas mentiras, eh… Conozco a todos los clientes habituales, es parte del trabajo. Tú y tus amigas lo son, así que sé que siempre que vienen
ellas se divierten y tú no.
Ese fue un jodido golpe bajo.
―Pues, no es mi culpa que los tíos solo piensen con la polla y siempre se vayan tras las chicas guapas…
―Eres una chica guapa.
―… ¿Cómo podría divertirme si nadie me saca a bailar o se sienta a hablar conmigo?
―Exacto. Por eso digo que no te diviertes, porque supongo que eres una mujer inteligente que ya ha comprobado que venir a este bar no es un plan divertido. O
sea, que si sigues viniendo es porque conservas la esperanza no sé… ¿de conocer al príncipe azul?
―Oh, no, no y definitivamente nooooo.
―Si tú lo dices.
Comenzó a retirar copas, vasos y botellas con una mano mientras con la otra limpiaba.
Yo me quedé ensimismada pensando en lo que había dicho. De acuerdo, si soy el tipo de chica a la que la estabilidad en una relación le parece mejor opción que
la promiscuidad. Aunque eso seguramente es porque si no puedo conseguir a un chico menos a uno distinto cada semana… Pero lo del príncipe azul… si tan solo
existiera.
―Oye ―lo llamo―, entonces tu teoría de que soy guapa y eso cómo se sostiene si nadie parece pensarlo.
―Oh, claro que lo piensan. Te aseguro que más de un tío aquí lo piensa.
―Ja, ja, ja. Sí, ya. ¡Se nota!
―¿Por qué no me crees?
―No tengo un cuerpo de infarto, mi cara no es nada del otro mundo, ni siquiera soy rubia, en resumen no soy lo que le gusta a los hombres.
―Vamos, no todos los hombres pensamos como neandertales.
―No me digas, lo dice el tío al que todas las chicas impresionantes le dan su número de teléfono.
―Ya veo que no soy el único que espía. ―Suelta una carcajada y me pone una Coca Cola―. Nunca he pedido el número a una cliente. Así que ya lo ves, no soy
un neandertal.
―Hasta la ciencia lo dice. Me refiero al cerebro masculino, la química o lo que sea. Inconscientemente buscan a la tía más atractiva. ¿No has leído esos estudios
acerca de que los hombres prefieren una cierta proporción entre cadera y cintura? Supuestamente que porque da la impresión de que es una mujer más fértil y entonces
podrán engendrar una descendencia fuerte… Luego está la piel clara y cabello brillante, que sugieren salud y buenos genes. No pueden evitarlo. Esa en su naturaleza,
tener la mejor pareja para una mejor semilla. ―Tomé un trago largo de mi bebida, él no me había quitado los ojos de encima―. Y por eso ningún hombre volvería a
verme, yo no calzo en esas especificaciones, no soy una perfecta máquina reproductiva.
―Estás tan equivocada.
En ese momento llegó una chica negra y le habló a él:
―Oye, tío, le gustas a mi amiga. Es esa rubia de vestido rojo. Quiere que le des tu número.
Busqué a la rubia del vestido y comprobé, como temía, que es preciosa. Volví a mirar al camarero y vi que había abierto una cerveza y se la estaba tomando. Le
presté suficiente atención.
―Joder ―contestó a la chica―, a veces es una mierda tener novia.―Se encogió de hombros disculpándose con una sonrisa―. Pero dile a tu amiga que me alaga,
Dios, no todos los días una chica guapa me pide el número.
La chica hizo un puchero a su amiga desde donde estaba, la rubia le respondió con un encogimiento de hombros y una cara de resignación, luego volvimos a
quedar solos.
―Muy bien hecho―le dije al hombre―, los hombres deben respetar a su pareja.
Él sonrió y se inclinó. Creo que su sonrisa es muy bonita, de hecho si la forzara un poquito más le marcaría dos hoyuelos.
―No tengo novia.
Me quedo boquiabierta. Madre mía, está tan cerca que me dan ganas de besarlo… Deben ser las cervezas, insisto.
―¿Entonces para qué le dijiste eso?
―Porque no quería darle mi número y tampoco podía ser desagradable.
―Ah… ¿Pero por qué no ibas a querer el número de esa chica? Es guapísima y sexy.
―Ya te lo dije, no soy un neandertal, para mí un bar, por no decir mi trabajo, no es un lugar para quedar con chicas.
―Ajá y ¿entonces adónde conoces chicas?
―Hay un millón de lugares mejores, cualquiera prácticamente es mejor. Esto es lo que tú deberías hacer… suponiendo que quieras encontrar a un chico, por
supuesto ―aclaró al ver que lo fulminaba con la mirada.
―Pues, yo creo que los bares son el lugar ideal para encontrar a alguien. La gente se desinhibe más, los desconocidos se acercan… Mis amigas siempre conocen
a alguien nuevo.
―Lo repito, estás equivocada. Si tú y tus amigas se encontraran en otro lugar, una fiesta en una empresa por ejemplo, apuesto a que habría un montón de chicos
que se acercarían a ti antes que alguna de ellas. Aquí, en un bar, una mujer como tú no llama la atención porque te ves un poco aburrida, y no quiero decir que lo seas, en
comparación con las demás mujeres que por tener más confianza en sí mismas atraen con su actitud desenfadada, fiestera y llamativa.
»De hecho, si te pararas a bailar en la barra y arrojaras tu sujetador más de un tipo se te acercaría, te vería con otros ojos: una tía enrollada. ¿Ves? Así funciona
esto, los hombres que vienen a buscar mujeres a un bar piensan de ese modo, por eso no puedes buscar un novio en un bar. Es la regla número uno.
Miro la barra con atención, ni de broma me subiría ahí a bailar, por mucho que quisiera compañía masculina y sacarme de encima el puto año de abstinencia
sexual.
―¿Siempre buscas compañía en un bar? ―pregunta.
―Sí ―susurro un tanto avergonzada.
Él planta las manos sobre el mostrador.
―¿Acaso quieres ser corrompida por los perdedores?
Suelto una carcajada.
―De acuerdo, voy a suponer que tu teoría es cierta.
―No quiero que la supongas, quiero que la compruebes.
Frunzo el ceño, él levanta las cejas.
―De acuerdo, lo comprobaré. Ahora debo irme a casa. ¿Me pasas la cuenta?
―La casa invita.
―¿La casa sabe que tú invitas por ellos?
―No y tú no se lo vas a decir.
―De acuerdo. ―Me levanto y me quedo sin saber qué hacer―. Eh, bueno, gracias por la charla y tal.
―Fue un gusto.
Me giro para irme, pero antes de dar el primer paso vuelvo a mi posición inicial.
―No me llamo Qué Te Importa, soy Anne Richards ―le digo al tiempo que extiendo mi mano sobre el mostrador.
―Vale, que bueno que lo aclaras. Ja, ja. ―Se seca las manos en un trapo que lleva encima y estrecha la mía. Un escalofrío me recorre hasta los dedos de los pies,
maldición―. Adam Walker.
CAPÍTULO TRES
Lo que Adam me dijo ha dado muchas vueltas en la cabeza. Y, sí, tengo que ser sincera y admitir que también me ha llenado de esperanza. No lo conozco y
perfectamente puede ser un mentiroso de lo peor, pero mejor no pensar en esa opción y quedarse con otra más positiva, que es creer que su teoría es muy cierta y no
un invento para mujeres con baja autoestima.
Me estoy planteando lo de comprobar la dichosa teoría tal como le dije que haría. No pierdo nada y a ver si de esa manera me lo saco de encima porque desde
esa noche no lo consigo y eso es como mínimo inquietante.
Además, estoy harta de estar sola como la una. Tengo veintinueve años y por todos los santos que quisiera conocer a un tío interesante y, sí, tener sexo
desenfrenado, pero también salir al cine, acurrucarme a su lado en las noches de lluvia, que me regale flores y demás chorradas que no admitiría que me gustan ni aunque
mi vida dependiera de ello.
Como sé que no va a llegarme ninguna invitación de una fiesta en alguna empresa y no sé exactamente dónde puedo conocer hombres que no sean neandertales,
como dijo Adam, me voy por la opción más fácil y vergonzosa.
Una página de citas en internet.
Muchas veces me he puesto frente al ordenador, sobre todo esos días lluviosos en que me sentía tremendamente sola, dispuesta a crearme un usuario en esas
páginas para buscar pareja, pero al final nunca terminaba de registrarme.
Abro el navegador y busco una conocida página de citas, me registro y me repito hasta la saciedad que solo lo hago para comprobar una teoría.
Internet es lo de los nuevos tiempos, ¿no? Así que buscar pareja por ese medio no puede ser tan malo, solo es moderno y ya. Además, yo soy una mujer hecha
y derecha, no es como si me fueran a estafar, violar o esa clase de cosas que les pasa a las adolescentes que ligan de este modo.
Finalmente creo mi anuncio, como debo comprobar esa teoría soy sincera con mis características físicas, personalidad y ambiciones. Cuando me aparece el
recuadro de que mi anuncio se publicó con éxito me doy cuenta de una cosa.
Es terrible, da la impresión de que quien lo escribió sea un cachorro abandonado que suplica por una casa donde vivir. Por un segundo me entran unas ansias al
imaginar que cualquiera de mis amigas lea ese anuncio y lo relacione conmigo. Entonces comprendo que me estoy poniendo demasiado paranoica. Eso es imposible,
¿cierto?
Tengo que admitir que recibí catorce correos de distintos prospectos en el primer día, pero la gran mayoría de los tíos que me han escrito desde entonces me
parecen unos perdedores. Dos de esos usuarios me han llamado mucho la atención y me he citado con ambos hoy.
Eso no porque esté desesperada, puede que lo esté un poco pero no tanto, si no porque era el único día en que ambos podían hacerlo. He dejado tres horas entre
cita y cita.
Con John me he citado a las 3.00. Según su perfil es de mi tipo. Alto, con una profesión, parece culto y apenas me llevaba cinco años.
Según un manual de citas en línea que encontré colgado en un blog el mejor lugar para citarse con alguien que conoces así es una cafetería. Así que tuve que
buscar una por internet ya que la única que frecuento y conozco a la perfección es la que queda en la esquina de mi piso y no me pareció apropiado ni mucho menos
seguro.
Llego al lugar y me enamoro al instante. Pareceese tipo de lugar que recomiendan las revistas de turismo de las grandes ciudades europeas. Persianas verdes se
extendían alrededor de las ventanas de montura negra y lámparas de gas parpadeaban a cada lado de la entrada.
Empujo la pesada puerta de roble y al entrar me sorprendo al descubrir que el interior hacejuego con el exterior. Las mesas y sillas son de madera, las paredes
simulan el interior de una cabaña, una chimenea crepita en el fondo, huele a flores, café y caramelo, la música esuna suave pieza clásica. Pero la mejor parte esel arte.
Una colección muy bien elegida adorna una de las paredes.
Me dirijo hacia una de las mesas más cercana a la chimenea y compruebo la hora.
―¿Anne? Lo siento, llego tarde ―dice una voz por encima de mí.
Me levanto y me quedo sin saber qué hacer. ¿Cómo se saluda a alguien a quien se conoce de esta forma? Finalmente le extiendo la mano y contesto.
―Hola. Es un placer conocerte. No llegas tan tarde. ―Sonrío, tratando de sonar tranquilizadora y no nerviosa.
―¿De verdad? ―Mira su reloj y frunce el ceño―. ¿Quieres algo de tomar?
―Me encantaría un té.
―De acuerdo, ya vuelvo. ―Sonríe antes de desaparecer de mi lado e ir por dos tés.
Su sonrisa es encantadora. Y su físico también, de hecho es un tío atractivo, cosa que me sorprende bastante. Ya saben, uno imagina a puros perdedores y frikis,
no a hombres atractivos que parecen normales
―Lindo lugar ―me dice al regresar, tomando asiento―. ¿Vienes aquí a menudo? ―Tan pronto como las palabras salen de su boca se sonroja.
―Es muy lindo, ¿verdad? Y pues, no, esta es mi primera vez aquí. Creí que en un lugar donde no se nos conociera sería más fácil y como me dijiste que nunca
habías venido…
―Vaya, una idea inteligente.
Suspiré.
―Para ser honesta esta es la primera vez que hago algo así, o sea a una cita de este tipo. Y existe un manual con «reglas para citas en línea».
―¿Ah, sí y qué reglas hay en ese manual?
―Oh, cosas como llegar a tiempo, aunque eso son modales y no reglas. Pero hay otras como pedir café y no la cena. ―Lanza una carcajada, yo lo imito―. No
puede ser en un lugar demasiado cerca de casa y así. ―Me encojo de hombros―. La verdad es que la mayoría son tonterías.
―¿Nada realmente extraño?
Quiero probar si tiene sentido del humor.
―Decía que debía colocarme lo suficientemente cerca de ti… para olerte. Si olías como una mascota, entonces tu casa apestaría a animales y si nos casáramos yo
estaría atrapada en una casa con olor a perro para el resto de mi vida.
Se echa a reír, un sonido profundo. Obviamente la mención de olores extraños y matrimonio en los primeros cinco minutos no lo asustan, lo que significa que sí
tiene sentido del humor. ¡Oh, vaya, esto está pintando bien!
―No tengo mascotas. Me gustaría tener un perro, pero mis horarios son un poco locos. No creo que sea justo para un animal quedarse encerrado en la casa todo
el día. ¿Y tú tienes animales?
―No, yo tampoco tengo. No me gustan mucho. Pero, John, cuéntame acerca de tu trabajo.
Hago exactamente lo que el manual decía. Preguntar por él, sonreír, inclinarme como si lo que dijera fuera de lo más atrayente, mirar interesada aun cuando no lo
estuviera…
Aunque para ser honesta escuchar a un guapo médico de éxito hablarme de su pasión y su práctica como médico de atención primaria y sus vacaciones de
senderismo en Europa, no es lo más divertido del mundo.
―¿Por qué estás en una página de citas en línea? ―interrumpo. La verdad es que la curiosidad me mata, ¿cómo un hombre así iba a estar aquí en estas
circunstancias? No, algo no pega.
―Trabajo con médicos y enfermeras durante todo el día, de hecho es con el único tipo de personas que me relaciono. Sé el tipo de horario y presiones que
tenemos quienes trabajamos en los hospitales, por lo tanto quería conocer a alguien fuera de ese mundo. Alguien un poco más suave… Lo sé, suena horrible. ―Se encoje
de hombros―. No soy un bicho raro ni nada de eso, me describiría como demasiado centrado… Mi mejor amigo me dijo que necesitaba conocer a alguien que le
proporcionara equilibrio a mi vida y eso intento hacer.
Puedo entender eso. Todo el mundo necesita equilibrio, yo sin duda lo necesito. Mi último, bueno, mi único novio, con el que terminé hace cuatro años, no
entendía que trabajar en una galería era más que un horario de siete a cinco… algunas veces tenía que presentarme a eventos por las noches e incluso trabajar fines de
semana. Con lo que entiendo a John perfectamente.
―¿Y tú? ¿Por qué citas en línea? ―pregunta él.
Porque quería probar una teoría que me dio un camarero al que no conozco de nada.
―Bueno, la mayoría de mis amigos cercanos están casados, así que mi vida social a menudo gira en torno a lugares en los que no coincido con otros solteros.
―Miento descaradamente, esta frase la tomé del manual.
Charlamos durante casi tres horas. Jamás habría creído que mi primera cita sería con un tío con el que no solo querría compartir tiempo tomando un té en una
linda cafetería sino un montón de momentos más. ¡Creo que esa teoría sí tiene sentido! John me ha dicho tres veces, llevo la cuenta, que soy mucho más guapa que en
mi perfil.
Este tío es el tipo de hombre que de no haber conocido de esta forma sino de una más habitual igualmente me habría llamado la atención. Es básicamente lo que
siempre he estado buscando, por muy estúpido que suene. Estamos totalmente emparejados. Por primera vez creo que el destino por fin está moviendo sus hilos de la
forma correcta.
Por desgracia, he planeado conocer al otro tío esta misma tarde, así que este encuentro debe terminar. Justo cuando John y yo quedamos para la otra semana
oigo a alguien detrás de mí.
―John, ¿qué pasa?
Miro por encima de mi hombro para encontrar a un hombre de buen aspecto en un jersey azul que nos sonríe como si fuésemos sus amigos de toda la vida… Me
quedo paralizada cuando noto que se parece sospechosamente a la foto de perfil de mi cita dos, Jim. Me apresuro a darle un vistazo a mi reloj, compruebo que es la
hora en que me cité con él…
―Hey, hombre. ―John se levanta y estrecha la mano del otro― ¿Qué estás haciendo aquí?
Pero qué diantre ¿por qué este tío conoce a John?
―He quedado con alguien.
Yo literalmente me atraganto e intento que nadie lo note.
―¿Estás bien? ―me pregunta John, asiento y entonces me ofrece su mano mientras dice―: Esta es Anne.
―¿Anne? ―La voz del intruso me lo dice todo, este va a ser un chasco― ¿Chica del arte, Anne?
Sí, sí, santa mierda, yo soy Chica del arte.
Lo sabía, mi cita con John no podía ser una cita perfecta. Hey, que soy Anne Richards, la tía que jamás tiene citas perfectas.
―Eh, sí ―contesto―. ¿Jim?
―¿Cómo es que se conocen? ―pregunta John.
―Nosotros no nos conocemos… Quiero decir que acabamos de hacerlo, al menos de cara a cara… Jim y yo nos conocimos por la página de citas… ya sabes.
―Jim y John me miran con expresión indescifrable mientras yo deseo cavar mi propia tumba y no salir nunca más―. Lo que sucede es que estaba pasándola tan bien,
John, que el tiempo se me fue sin darme cuenta y pues, yo ya me había citado con él, que solo podía este día.
¿Han escuchado que no siempre es bueno decir la verdad? Pues, es cierto, creo que en

Consígueme una cita – Eva River

image host image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------