---------------

Libro PDF Contención Trapecio 1 – Tania Gialluca

Contención (Trapecio 1) – Tania Gialluca

Descargar Libro PDF Contención (Trapecio 1) – Tania Gialluca

Primero a mis padres; que si no fuera
por ellos, yo no estaría publicando. Y
gracias por darme un maravilloso
hermano, Ezequiel (esto es para vos
también).
A Daiana Merino, que fue la primera
en escucharme largas noches mientras
las ideas iban llegando.
A Daiana Anglada, mi hermana de la
vida, que me apoyo en este proyecto. Te
amo.
A Mailén que fue la primera en leer el
borrador terminado y me dejó delirar
con ideas nuevas.
A mi tía Cecilia y Candela; ellas me
ayudaron muchísimo con la trama
principal de toda la historia. Leyeron
mis primeros errores y se sentaron toda
una tarde a darme ideas.
Ayelén, Nerina, Romina y Camila que
me dieron la primer crítica de fan.
Gracias por el inmenso apoyo.
A Mariana Sciacca que hizo la
primera corrección profesional. Gracias
por tu tiempo y tu dedicación.
A Lina y Lily Perozo, que este
último tiempo le pusieron todas las
ganas, ayudándome a ordenar las
ideas y dándole una lectura final.
Gracias infinitas por su enorme
apoyo, por creer siempre en mí y
por estar en cada paso a pesar de la
distancia. Las quiero con el alma.
A mi familia, que siempre me apoyo
en todo momento y me alienta en cada
paso que doy.
A mi novio; gracias por estos
maravillosos años. Te amo muchísimo.
Y gracias a ti; por elegir mi libro para
leer. Espero que sea de tu agrado y que
te unas a esta emocionante vida del
circo.
Prólogo
La noche se encontraba en calma,
tanto, que el silencio era ensordecedor.
Los grillos se ausentaron, como si
anticiparan lo que estaba por ocurrir. De
pronto un grito desgarrador rasgó el
manto de los sueños. Las personas
comenzaron a despertar, sintiéndose
indefensas. Lo primero que sus sentidos
reconocían era el duro cartón al que
llamaban cama, abrían los ojos notando
que la oscuridad había sido reemplazada
por un resplandor naranja y una gran
cortina de humo se abría paso
comiéndose el oxígeno.
Los habitantes comenzaron a
levantarse de sus camas mientras sus
ojos buscaban un refugio. Al salir a la
calle se enfrentaron con el caos.
Esas personas se encontraban
desprevenidas y antes de poder pensar
en alguna solución comenzaron a
escucharse los pasos de los agentes
marchando en las calles adoquinadas.
Hace algunas semanas comenzaron
levantamientos en distintos puntos de la
ciudad. Estos habitantes, que estaban
siendo atacados, lucharon contra el
gobierno para tratar de hacer valer sus
derechos.
Las autoridades tuvieron que
relegarse a lugares seguros para poner
en marcha el Plan Cacería. En cuanto
los rebeldes le dieron descanso a sus
exigencias, el gobierno actuó. Puso en
marcha un proyecto implacable,
haciendo ojos ciegos a las
consecuencias.
Hoy era el día, el plan cacería
comenzaba. Muchas de esas personas
que estaban siendo masacradas no eran
más que familias que no tenían un lugar
donde vivir. Las castas impuestas por el
gobierno eran injustas, arrebatando la
posibilidad de una vida digna.
A diario, esas familias, trabajaban
quince horas donde se les pagaba un
monto tan mínimo que no alcanzaba para
la comida del día. No poseían
comodidades en sus hogares o control
de natalidad, lo único que existía era la
lucha contra el hambre, el frío y las
enfermedades que no tenían cura.
El caos social llevó a estos grupos
a actuar. No esperaban consecuencias,
sino soluciones. Pero los gobiernos de
todo el mundo se unieron para disponer
el resultado de sus actos: la muerte.
Los agentes marchaban por las
calles en grandes grupos. Entraban en
cada casa recitando siempre el mismo
discurso:
—Esto es el plan cacería.
Entreguen a los niños menores de tres
años y el resto de la familia tiene que
dirigirse hacia los camiones al final de
calle. — Anunciaron con voz autoritaria
mientras llegaban en grandes grupos.
—No, por favor —Chillaba una
mujer a lo lejos- no me separe de mi
familia.
—Esto es el plan cacería.
Entreguen a los niños menores de tres
años y el resto de la familia tiene que
dirigirse hacia los camiones al final de
calle —repitió esa voz mecánica a
través de los altavoces despertando el
pánico en todas las personas.
—No, no. —su cuerpo la
traicionaba con temblores, demostrando
como los grupos de agentes la
intimidaban.
—Esto es el plan cacería.
Entreguen a los niños menores de tres
años y el resto de la familia tiene que
dirigirse hacia los camiones al final de
calle.
La voz monótona de los agentes,
sus miradas perdidas y el caminar
mecánico dejaban en evidencia el
desprecio que sentían por los
desamparados. El gobierno los
consideraba lacras.
—No iré a ningún lado —decía la
mujer en medio del llanto—. No me
separaré de mi hijo.
La mujer llevaba en sus brazos a un
pequeño bebé de cabello rubio, sus
grandes ojos marrones estaban
desconcertados. La piel blanca del niño
estaba oculta bajo una mancha oscura
proveniente de la ceniza que flotaba en
el aire. La pequeña mano del niño
permanecía metida en su boca, dejando
un rastro de saliva hasta el codo.
El agente se acercó a la mujer con
paso decidido. La postura de
uniformado mostraba el desprecio que
siempre le habían tenido, era la escoria,
un chupasangre de la sociedad. El
hombre miraba a su grupo sintiéndose
triunfante al notar las pocas
posibilidades de que la mujer saliera
con vida.
Eran hombres altos, entrenados de
manera intensa. Por el tamaño de su
cuerpo no parecían de este mundo, pero
era debido a la cantidad de drogas que
tomaban para aumentar sus músculos,
eran máquinas programadas, que no
tenían una pizca de piedad. Uno de los
agentes se acercó a la mujer, parecía
joven, como si estuviera cerca de los
treinta. De un tirón le arrancó al bebé de
los brazos a su madre.
—¡Francisco! —gritó con fuerza
mientras estiraba sus manos para volver
a tenerlo entre sus brazos. Estaba
sumida en la histeria.
—Atrás señora —expone la voz
tajante del agente.
La mirada se le ensombrecía al ver
el dolor de la madre del pequeño,
disfrutaba la vista torturada de la mujer
que se retorcía para evitar ser castigada
por anhelar a su hijo entre sus brazos.
—¡Deme a mi hijo! —vociferó con
desesperación mientras intentaba
alcanzar al bebé.
—Diríjase al camión al final de
calle —dijo el agente con calma.
La mujer perdió la compostura,
sabía que ese era el fin, no tenía sentido
luchar contra el dolor que le desgarraba
el pecho, que le anunciaba el
apocalipsis de su existir. Seguía
gritando como si no escuchara lo que el
hombre estaba diciéndole. Ella jamás
vería a su hijo de vuelta, algo en su
interior se lo confirmaba ¿era su instinto
de madre? ¿O la certeza de que la
humanidad se había vuelto malévola?
El agente perdió la paciencia con
rapidez, no estaba dispuesto a soportar
ese tipo de comportamientos. Levantó su
brazo libre sosteniendo un arma, apuntó
directamente hacia la mujer. Ella se
apaciguó, no evaluaba la posibilidad de
cumplir órdenes, sino que su cerebro no
lograba procesar la situación a la que se
estaba enfrentando. El pelo grasoso y
enmarañado caía sobre su rostro
creando una espesa cortina. Sus ojos
viajaron de su hijo al arma, entendido
que ese era el final. El objeto metálico
se burló de ella, dejó escapar un brillo
caprichoso, anticipando lo que le
esperaba.
Un arma letal. Un gatillo. Un dedo
decidido. Un destino: la muerte
El rostro se le fue desfigurando, la
compostura de la mujer se desvaneció.
Sin vacilar el disparo salió del arma
firmando el contrato con la muerte, y fue
directo a la cabeza de la mujer. El tiro
dio exacto entre los ojos. El cuerpo sin
vida cayó desplomando al piso.
El grito de la mujer se apagó, junto
con la fiereza de su lucha. Solo quedó un
cuerpo tendido en la calle. Ella ya no
pertenecía a este mundo, era el cuerpo
de nadie. La madre de un hijo que no la
recordaría.
El agente se acercó, escupió el
cuerpo inerte, mostrando en ese acto el
insignificante valor que tenía para él.
Entregó el bebé a una mujer de su grupo.
—Llévenlo con el resto y si alguien
más se resiste no duden en aniquilarlo.
Son escoria, recuérdenlo —dijo en un
grito de aliento.
Los agentes siguieron con su labor.
Allanaron cada casa, en aquellas que se
resistían morían y en las que no,
también. Al final de cuenta era el
objetivo de la operación, arrasar con la
escoria para tener la sociedad limpia,
era la mejor solución. El aniquilamiento
se abría paso por las calles. Y muchas
de esas personas no conocían su destino,
caminaban con la esperanza de un futuro
mientras se acercaban a su inminente
muerte.
Algunas mujeres se resistían a
separarse de sus familias, gritaban
desgarrándose las cuerdas vocales
mientras las alejaban de sus pequeños.
Los niños que eran separados para
reubicarlos en hogares de familias no
ponían resistencia. Ellos no conocían
los planes del destino que les esperaba,
su inocencia los cegaba, no eran
conscientes de que sus recuerdos se
perderían con el paso del tiempo, y allí
ocuparía lugar la frustración del
abandono. Los pequeños rompían en
llanto, ya que el caos, los gritos y la
desesperación los ponían nerviosos. Al
separar a los bebés y llevarlos a los
camiones les ponían pulseras metálicas
en sus pequeñas muñecas, ellos tenían
una oportunidad, aunque seguían siendo
considerados escoria y de esa manera
podrían controlarlos para siempre.
El camión que se encontraba al
final de la calle llevaría a la mitad de la
población a su fusilamiento. Para
aquellas personas era su último viaje,
pero ellas ni siquiera lo sabían.
El Plan Cacería era la evolución
del Holocausto. En el siglo pasado no
supieron ponerlo en marcha de manera
eficiente, las cámaras de gas tenían
todavía su debilidad artesanal. Hoy
contaban con una tecnología
evolucionada, disminuía el proceso a
cuarenta segundos y sin dejar rastros.
—La escoria será reducida —
hablaban dos agentes jóvenes que se les
había asignado el cuidado de los
pequeños.
—Sí, ya era el momento —le dijo
el otro relajándose contra el muro de la
parte trasera del camión.
Era una masacre mundial.
Las tropas y el fuego se abrían paso
por las calles, cada vez eran menos las
casas que quedaban en pie. Todo ocurría
como una escena que se aceleraba.
Pocos camiones quedaban a la espera de
los que faltaban. Pero a lo lejos se veía
una mujer que cargaba a una niña. Ella
recorría las calles evitando ser vista por
los agentes. Cualquier persona pensaría
en escapar, pero ella se estaba
introduciendo en aquella batalla.
Zigzagueaban los callejones
evitando aquellos concurridos por los
agentes. Las llamas todavía no habían
llegado por donde la mujer se adentraba
a la ciudad.
—Shh… shhh —decía mientras
mecía sobre su pecho a la niña—.
Estarás a salvo a aquí.
Miraba en todas las direcciones
fijándose si era conveniente la frase que
acababa de decirle al fruto de su vientre.
Pero ella lo sabía. Su hija estaría
mejor ahí.
—Te amo —el labio inferior le
tembló de forma espasmódica sin poder
contenerlo.
La pequeña tenía la piel blanca y el
pelo castaño que le llegaba a los
hombros. Mientras miraba a su madre
con gran admiración y seguía
atentamente cada movimiento.
La mujer le pasó un guardapelo por
encima de la cabeza. Le quedaba grande
para su tamaño, la cadena era larga y le
pasaba las piernitas. La niña, sin saber
todavía su destino, reía al ver a su
madre buscando algo entre su abrigo.
—Te estoy protegiendo —volvió a
besarla mientras ponía un papel doblado
de forma apresurada sobre el vientre de
la niña.
Dejó a la niña en la puerta de una
casa y corrió en dirección contraria.
Arrastrando sus pies, con la cabeza
hundida entre sus hombros, sin atreverse
a mirar atrás.
La decisión que había tomado era
dura, pero en su interior ella sabía que
la vida de su hija estaba en juego. No se
trataba de la sociedad. Eso tenía que ver
con su origen.
Capítulo 1
— ¡Isabella!
Abro los ojos, y escucho un
golpe en seco, se siente lejano, no logro
asimilarlo. Mi cabeza todavía está
desconectada de la realidad. Perezosa
doy un giro sobre el colchón mientras
estiro mi cuerpo acalambrado por el
fino colchón.
— ¡Isabella levántate ya!
Me siento en la cama en un
movimiento rápido, todavía llevo puesta
la misma ropa con la que me recosté y
mi libro de Historia Mundial está en el
piso al lado de mi cama. Eso explica el
extraño sueño. El olor del humo, la
noche oscura, las casas precarias
ardiendo en llamas, la mujer que se
aleja de su hijo… la mujer que me deja.
¿Por qué sueño con ella? Sé que ese
sueño es parte de mi inconsciente,
entonces porque anhelo que ella me ame.
Todavía resuena la voz en mis oídos
diciendo Te amo. Tomo una respiración
y me convenzo de que solo fue un sueño.
Es solo una traicionera
fantasía.
Los gritos no cesan detrás de
la puerta. Rápidamente me levanto y la
abro. Está mi tía Mary con los brazos en
jarra frunciéndome el ceño, su cuerpo se
ve tenso. No la recuerdo de joven,
ocuparse de mí siempre ha provocado
que luzca diez años mayor. Su pelo
negro tiene betas blancas de canas que
han ido apareciendo mostrando sus
batallas contra el tiempo. Miro su piel
morena, su boca carnosa y sus ojos
verdes que me escrutan con
desaprobación. En sus tiempos ella
debió haber sido una muchacha hermosa,
pero debajo de toda esa piel está la
víbora. Sé que nunca debo quedarme
dormida, escarbo en mi cabeza para
recordar cómo es que me rendí ante la
cama incómodamente dura, pero es
inútil, solo tengo el recuerdo del sueño,
no hay atisbos de mis acciones antes de
caer en la inconsciencia, lo último que
recuerdo es que estaba sosteniendo el
libro entre mis manos.
—Lo siento —digo agachando
la cabeza tratando de ocultar mis
pensamientos anteriores.
Siempre sentí que ella podía
saber lo que pasaba por mi cabeza con
solo mirarme a los ojos.
— ¿Tienes idea de lo que has
retrasado mi día? —me siento pequeña
ante su voz enfadada y cierro los ojos
con fuerza.—
Sí. Lo lamento, no volverá
a pasar —susurro temerosa.
—En cinco minutos te quiero
abajo. —Su mirada penetra todas mis
capas de inseguridad. Pero en el centro
sé que soy una esfera de luz, potente, a
punto de explotar.
Tomo una gran bocanada de
aire para apaciguar mi furia, mi mano se
cierra con fuerza sobre la perilla de la
puerta deseando que sea la paleta del
frontón, para descargar todo el veneno
que estoy acumulando dentro. Sus ojos
escrutadores me llenan de malos
recuerdos y el enojo comienza a crecer
en mi interior. Mi visión se nubla y solo
puedo sentir el temblor de mi cuerpo
que se contiene para no golpearla en un
arrebato de ira.
Estoy tan concentrada
conteniendo el aire para apaciguar mi
recelo a la vida que no le contesto,
infinidad de ideas pasan por mi cabeza.
La manija que tengo agarrada con fuerza
se está uniendo a mi mano, sintiendo
como el metal besa mi piel invitándome
a usarlo. Mi tía se queda mirándome fijo
a los ojos con… ¿compasión? No, no lo
creo. El aire está cargado de tensión. Sé
cuáles son mis obligaciones y como
debo comportarme si quiero seguir con
vida en El Imperio, así que trago mis
rencores como si fuera una bola espesa
que se forma en mi garganta. La miro
tratando de demostrar sumisión y
contesto con voz dulce.
—Estaré en cuatro minutos.
Entonces sus ojos cambian,
me recorren de arriba abajo con asco y
sin pensarlo se aleja a paso ligero por el
pasillo, dejándome un sabor amargo en
la boca y llena de cosas que tendría que
saber, pero jamás voy a decirle.
Cierro la puerta, me dejo caer
al piso con el peso de mi error, la
desafié, no pude contenerme. Llevo las
rodillas a mi pecho y me agarro la
cabeza con ambas manos, sé que esto no
lo puedo hacer. Pero ella me trata como
una empleada, yo no pongo objeción
alguna, se ha hecho cargo de mí desde
que mi madre falleció aquella noche en
la que el gobierno decidió hacer una
cacería con todas las personas de los
barrios bajos, ni siquiera recuerdo nada,
solo tenía dos años cuando eso sucedió.
Sacudo esos recuerdos que no me
pertenecen, solo están ahí por el sueño
reciente, y sé que son historias que
conocí por medio de mis tíos ¿serán
ciertas? El tiempo que he perdido es
demasiado precioso para quedarme
lamentando de algo de lo que no soy
responsable.
Comprendo que no me
quieran, no soy de su familia. Mary era
la mejor amiga de mi madre ¡Menuda
amiga! Ni siquiera se tendría que hacer
cargo de mí, pero aquí estoy porque ella
le debe un favor a mi madre, la cual
murió la noche de la Cacería… ese
favor lo pago yo. Limpio, cocino,
plancho y atiendo las necesidades de los
tres habitantes de esta casa. Tengo que
decir que Mary y su marido son mis tíos,
y que Ángela es mi prima para que las
personas no comiencen a hacer
preguntas.
—Gracias madre —murmuro.
Sí, madre. Ya que nunca fue una mamá.
Me levanto del piso alejando
esos pensamientos, anclándolos dentro
de una caja que jamás tendré que abrir.
Pero, por más que intente dejarlos
guardados, mi tía cada vez que ve una
oportunidad me lo recuerda
dolorosamente, me deja muy en claro
que soy la escoria de la que tuvo que
hacerse cargo. Todos los días ella trae a
colación lo que soy, no me hace falta
que me lo diga, ya que la marca en mi
muñeca es un recordatorio constante de
mi procedencia. Es lo que nos diferencia
del resto y nos deja muy en claro de
dónde venimos.
La noche de la Cacería, nos
colocaron unas pequeñas pulseras
metálicas. Servían a la perfección para
identificar a los niños con genética de
los desertores. Pero con el tiempo esos
pequeños cuerpos crecieron y las
muñeca quedaron prisioneras de las
pulseras dejando un patrón impreso ya
que el material de cual estaban hechas
reaccionó químicamente dejándonos
tatuados un relieve de por vida. El
gobierno Imperio, como lo llaman ahora,
ordenó sacar las pulseras rastreadoras,
pero ya era tarde, sobre la piel quedó
impresa nuestra marca. Todos nos
reconocen por eso, somos parte de la
escoria, así es como nos llaman.
Intento no seguir añadiendo
gris a mi vida, y ver el lado bueno de las
cosas. Por lo menos estoy viva, estar en
esta casa me dio una oportunidad de
vivir. No soy un alma atormentada
encerrada en algún limbo, si es que este
existe. No importa la cantidad de burlas
o marcas que lleve, soy fuerte y puedo
soportarlo. Aunque a veces me planteo
cómo sería tener otra vida…
Busco una muda de ropa
limpia, algo que logre verse decente
para ir a mis clases. Pero nada parece
adecuado, todos mis atuendos gritan que
soy una lacra, la escoria que todos en la
sociedad aborrecen. Ropa pasada de
moda, que he tenido que remendar
porque mi prima Ángela le daba
profundos tijeretazos antes de
entregármela. Observo mi reflejo en el
espejo, no me siento yo, es como estar
en el cuerpo de alguien más. No
pertenecer a ningún lado, soy como el
óxido, visible pero sin importancia.
Mi piel blanca me da la
sensación de volverme transparente,
como si faltara poco para desaparecer,
pero el color de mis ojos me dicen que
no, ese gris intenso que por momentos se
vuelve verde o azul profundo.
—No voy a desaparecer así
nomás —me recuerdo. Sería bueno si
eso pasara.
El pelo castaño que me llega a
la cintura está enredado, es lacio, pero
me muevo mientras duermo, haciendo
que mi pelo sea una maraña por las
mañana. En fuertes tirones con un peine
viejo que le quedan pocos dientes me
vuelve a la normalidad, lo ato. Y caigo
nuevamente en mi imagen reflejada. Esa
chica que me mira del otro lado no soy
yo.
Pero ¿cómo saber quién soy?
Si lo único que me ata a un vínculo real
es mi madre, y ella nunca estuvo para
mí, eligió vivir como escoria y me dejó
esa herencia.
Bajo las escaleras de dos en
dos apresurando el paso en cada
peldaño. Me dirijo directamente hacia la
cocina, al entrar encuentro a todos
tomando el desayuno de forma veloz,
pero se toman una pausa para
acuchillarme con la mirada. Me siento
responsable por la pérdida de tiempo de
los demás, tomo la culpa en esto ya que
a primera hora de la mañana, antes que
todos despierten, tengo que levantarme a
hacer el desayuno, despertarlos para que
se preparen para sus obligaciones y
servirles su primera comida del día.
Mi tía no hace otra cosa que
balbucear sobre lo mal que hago las
cosas, mi prima está con su móvil como
siempre evitando mi mirada, riéndose,
quizás de mí. Tiene las piernas
extendidas sobre la cuarta silla que está
alrededor de la mesa, sé que es para que
no me siente, ya que tendría que
pedírselo y ella tendría la satisfacción
de sacudir su pelo azabache sobre su
hombro para decirme que no.
Mi tío Henry tiene el diario
sobre su rostro, el cual baja solo un
poco para mirarme cuando llego a la
puerta de la cocina, pero rápidamente
prescinde de mi presencia.
Tomo aire, entro a la cocina y
ahora soy una sombra, ignorándome de
la manera más obvia posible. Se
levantan y se van, dejándome con la
presencia del batallón de suciedad que
yace sobre la mesa, es todo un campo de
batalla que limpiar, sin importarles que
tenga que ir a la escuela.
Tomo aire tratando de calmar
la furia que emerge en mí, ya que por
alguna razón extraña me siento débil, es
agotamiento mental que recae sobre mi
cuerpo. Comienzo a limpiar todos los
platos, y guardando las cosas que ellos
dejan tiradas por ahí. Leche, miel, tazas
a medio tomar, los cubiertos pegajosos.
Limpio las cáscaras de huevos que
dejaron desparramadas sobre la mesada,
sin importar donde, ya que ellos no
tenían que preocuparse por ese
desorden. Cuando acabo tomo mi
mochila, que en realidad es la vieja
mochila de mi prima, y salgo casi
corriendo hacia el Instituto.
Tengo que tomar el autobús
cada mañana, pero jamás lo hice, nunca
llego a tiempo para ir en él. Mis tíos
siempre encuentran la manera de
retrasarme.—
Malditos—digo cada día en
voz alta al salir.
Hoy no puedo permitirme
caminar, me lanzo en una carrera contra
el tiempo, inhalando aire comienzo a
correr entre las calles de la ciudad. Al
no ir en el autobús puedo tomar los
atajos por los distintos callejones. No
logro llegar antes, pero por lo menos no
tengo un gran retraso, siempre mi tiempo
es el justo. Pero hoy, parece burlarse de
mí. Mis entrenamientos contra el frontón
me han dado resistencia física, al
contrario de todas las niñas de uñas
impecables. Mientras yo y un pequeño
grupo de lacras somos obligados a
elegir un deporte, ellas nos observan
desde el otro sector del gimnasio donde
practican yoga, la cual es solo para los
que no son como nosotros. El yoga es
una actividad de pureza, donde se
equilibra cuerpo y alma, nosotros no
tenemos permitido hacerla. El sector de
ejercicio donde se encuentran tiene unas
cortinas blancas que han puesto de
forma delicada, sobre el piso alfombras
de piel de conejo para suavizar el
incómodo suelo. Mientras se sientan
horas tras horas se escucha un coro de
gemidos que nacen en la garganta pero
nunca salen, mientras se encuentran
rodeados de aromas dulces de las
hierbas que arden en cada punto de las

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------