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Contrato sin preaviso – Juliette Sartre

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orientarse.
—¿Qué pasa? ¿Qué sucede? ¿Dónde estoy?
Bruce había tomado el sillón floreado que estaba colocado en una esquina y lo había trasladado a los pies de la cama de Miranda. Llevaba el pantalón del pijama y el torso
descubierto, permitiendo que ella se recreara con su musculado cuerpo y sus marcados abdominales. Aquel trabajo iba a ser demasiado sencillo. Sería como si le estuvieran
regalando el dinero. Era fácil sentirse atraída por él y disfrutar de su cuerpo; pensaba mientras trataba de espabilarse.
—Necesito que hagas algo por mí—sentenció Bruce.
—Dame un minuto y estoy contigo—. Él estuvo conforme. Miranda entró en el baño que disponía su habitación. Se peinó, se lavó los dientes y se refrescó un poco dispuesta a

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satisfacer a su cliente. Miranda salió dispuesta a lanzarse sobre él. Bruce alzó la mano y la detuvo—. Recuerda las reglas. Sin juegos.
—Está bien. Dime qué deseas.
—Súbete a la cama y tócate para mí—. Ella lo miró confundida, pero como era parte del trato, se tumbó sobre la cama, abrió sus piernas, se deshizo del camisón y
completamente desnuda inició el espectáculo para Bruce.
Miranda lamió su mano derecha y la llevó a los pliegues de su sexo. Comenzó a acariciarse mientras que, con la otra mano, acariciaba sus pezones. Se pasaba la lengua por los
labios, mientras contoneaba sus caderas y cerraba los ojos de manera intermitente llevada por el placer. Bruce la observaba desde su asiento en primera fila, con los brazos
descansando sobre el reposabrazos, con el gesto serio e impasible.
“¿No le gusta lo que hago?”, Miranda se sentía frustrada. T enía que esforzarse. Los 200.000 dólares que pensaba pagarle lo merecían.
Él seguía frío como el hielo. Ella no estaba dispuesta a achantarse, lo haría lo mejor que sabía y si a él no se le gustaba, sería porque necesitaba un médico. Optó por seguir con
su juego evitando prestarle atención a él.
Acariciaba sus pechos mientras saboreaba sus propios labios. Un gemido se escapó de su garganta. Gritaba, gemía y se estremecía de placer. Cada vez el ritmo era más rápido,
los ligeros espasmos la avisaban de que pronto llegaría al orgasmo. Decidió probar una última vez. Sin dejar de tocarse, le miró fijamente.
—Por favor, hazme tuya. Te necesito. No puedo parar, ven aquí. Por favor, por… favor… —Un calambre recorrió todo su cuerpo y exhausta, se dejó caer sobre las sábanas.
Satisfecha y avergonzada, se hizo un ovillo, abrazándose a sus piernas. Bruce se levantó de su asiento.
—Buenas noches. Descansa—. Y abandonó la habitación dejándola allí tendida, sola y confundida. Una extraña sensación recorrió su cuerpo, llevándola a preguntarse qué
hubiera sucedido si años atrás, no se hubiera escapado de casa.
Capítulo 2
Becky, como realmente se llamaba Miranda, tenía 17 años cuando su padre, un alto ejecutivo de una importantísima compañía, las abandonó a ella y a su madre y escapó con
la chica de contabilidad y varios millones usurpados a la empresa. Becky y su madre se encontraron de la noche a la mañana, solas y sin dinero ni lugar donde vivir; ya que la
propiedad, a nombre de su padre, les había sido expropiada por un juez. Becky y su madre (Magda), con un dinero que tenían ahorrado, compraron una vieja caravana y se
instalaron en el suburbio. Los sueños de Becky de ir a la Universidad se vieron frustrados mientras su madre trabajaba en el servicio de limpieza de un hotel. Becky
compaginaba su último curso de instituto con su empleo de media jornada en la cafetería.
Una tarde, pocos días después de cumplir 18, una elegante mujer de negocios se lamentaba en su mesa.
—Maldita sea, ¿cómo voy a encontrar alguien con tan poco tiempo? —se lamentó cubriéndose la cara con las manos y se derrumbó.
—¿Se encuentra bien?
—Lo siento, querida. Una de mis chicas me ha fallado y necesito a alguien para dentro de dos horas—. La miró de arriba a abajo—. ¿Estarías interesada en ganarte un dinero
extra?
—No sé…
—¿A qué hora terminas tu turno?
—En cinco minutos.
—Perfecto—. Le dio su tarjeta: “Marcela B. Agente de RRPP” —. Me dedico a dar fiestas y a contratar azafatas para animar el ambiente y alegrarles las vistas a mis
millonarios clientes. Lo de esta noche es muy sencillo. Sólo tienes que ir a esta dirección—se la apuntó en una servilleta— para que te arreglen y vistan, y de ahí mi chófer te
llevará a casa de mi cliente. T iene que acudir a una recaudación de fondos y no quiere ir solo. Ya sabes como son los hombres, inseguros y ególatras.
—No estoy segura de saber hacerlo.
—¿Sabes sonreír y hablar? —Ella asintió—. Pues entonces puedes hacerlo. Además, te pagaré 300$. No es lo habitual, pero por la urgencia te mereces el plus. ¿Qué me dices?
Becky aceptó. Ese fue su primer trabajo con Marcela, el primero de muchos. Pronto comenzó a ganar dinero, pero no el suficiente. ¿Estaba haciendo algo mal? Decidió
reunirse con Marcela.

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