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Corazón fugitivo – Johanna Lindsey

Corazón fugitivo – Johanna Lindsey

Corazón fugitivo – Johanna Lindsey

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—Creía que ya se había marchado, señor Grant.
Degan miró al sheriff Ross, que le sonreía, y se inclinó hacia delante para refrenar a su montura antes de que reculara. Al palomino no le gustaba tener a desconocidos
cerca. Los disparos le daban igual, pero los desconocidos no.
—Me marcho hoy. Solo me aseguro de que no haya tiros en la iglesia.
—No se preocupe por eso. La enemistad terminó la semana pasada, en cuanto la feliz pareja se avino a casarse. Entonces ¿viene a la boda?
Degan miró hacia la iglesia situada al final de la calle. Las dos familias que se unían aquel día, los Callahan y los Warren, ya estaban dentro. Los del pueblo todavía se
dirigían hacia allí para presenciar el feliz acontecimiento, y miraban fijamente a Degan, que permanecía en medio de la calle, a lomos de su caballo. Por mucho que le
hubiera gustado hacer una cosa tan normal como asistir a una boda, sabía lo que su presencia provocaría. Además, ya se había despedido.
Así que negó con la cabeza.
—No quisiera que alguien se pusiera nervioso en un día como hoy.
Ross rio entre dientes.

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—Creo que la gente de Nashart ya lo conoce lo suficiente…
—Ahí está el inconveniente: en que me conocen.
Ross se ruborizó levemente. Era raro que un sheriff tratara a Degan con tanta amabilidad. Por lo general, en cuanto un sheriff se enteraba de quién era, le pedía que se
largara de su ciudad. Ross no lo había hecho, seguramente por deferencia a Zachary Callahan, que había contratado a Degan para mantener la paz hasta el día de la boda
de su hijo. Desde luego, no había garantía alguna de que la boda se celebrara, puesto que la novia Warren se había criado en la opulencia en el Este e iba a casarse con
Hunter Callahan, un vaquero nacido y criado allí, en Nashart, Montana, para ella un completo desconocido. Tiffany Warren había tratado de librarse del matrimonio
concertado. En el rancho Callahan había incluso fingido ser ama de llaves para encontrar el modo de acabar con la enemistad entre las dos familias sin tener que
sacrificarse en el altar.
A Degan le había gustado Tiffany desde el principio porque le recordaba el hogar, un hogar al que nunca regresaría. Sin embargo, había intuido que no era en realidad
un ama de llaves. La joven trataba con mucho ahínco de evitar ser correcta y formal, pero no podía evitarlo. La verdadera Tiffany, elegante y sofisticada, se manifestaba
cada dos por tres, aunque le había hecho dudar de su intuición haciéndose amiga de un cerdito y adoptándolo como mascota. Aquello lo dejó completamente
confundido. Tampoco le había hecho ninguna gracia a Hunter. No era de extrañar que se hubiera enamorado de su futura esposa antes de saber quién era en realidad.
Habían contratado a Degan para frenar la matanza entre las dos familias enfrentadas. Había funcionado, su trabajo estaba hecho. Había llegado la hora de marcharse.
Pero el sheriff tenía la misma cara que unos días antes, cuando había tenido las narices de pedirle a Degan que lo sustituyera temporalmente mientras regresaba al
Este para encontrar esposa. Las bodas en los pueblos tenían ese efecto sobre los solteros, por lo visto: conseguían que los que buscaban esposa quisieran todavía más
encontrar una. Y en el Oeste era difícil encontrar alguna joven que no estuviese prometida.
Degan había declinado la oferta del sheriff e impidió que volviera a hacérsela.
—Si alguna vez llego a ser sheriff, tendrá que ser donde nadie me conozca —le comentó.
—Pero si es precisamente su nombre lo que mantiene alejados los problemas —insistió Ross.
—No, mi nombre los acarrea. Lo sabe perfectamente, sheriff. Hasta que los pistoleros sean una raza extinguida, habrá tipos que disparan rápido queriendo demostrar
que son más rápidos que yo. Vamos, váyase o se perderá la ceremonia. Solo me quedaré hasta haber visto a la novia y al novio salir de la iglesia.
—Bueno, siempre encontrará un hogar aquí si usted quiere, Degan Grant. ¡Y podrá quedarse con mi trabajo también!
Degan sonrió levemente mientras el sheriff se marchaba. Nunca había tenido ganas de establecerse en ninguna parte hasta su llegada a Nashart, aunque por supuesto
tampoco solía quedarse en un lugar tanto tiempo ni estaba acostumbrado a que lo trataran como a uno más de la familia, y eso habían hecho los Callahan. Incluso lo
habían sentado a su mesa para cenar y le habían asignado un dormitorio de la casa. Por lo común, los patrones lo querían lo más lejos posible de la familia. Nunca se
relacionaban con él, desde luego. Incluso había llegado a sopesar brevemente la oferta del sheriff porque la gente de por allí le gustaba y lo entristecía dejar de verla. No
obstante, lo que acababa de decirle a Ross era cierto. Una vez resuelto el problema de la minería en Nashart y con las dos familias que habían estado enfrentadas unidas
ahora por aquel matrimonio, el pueblo sería pacífico durante una temporada, tal vez indefinidamente. Pero no sería así si él se quedaba.
Mucha gente opinaba que el término «pacificador» era poco adecuado para referirse a un hombre capaz de desenfundar más rápido que nadie. Una vez
desenfundada, un arma era un incentivo convincente, capaz de mantener la paz entre facciones enfrentadas incluso sin necesidad de dispararla. Degan había sido eso en
Nashart: un pacificador. No había tenido que matar a nadie y solo había desenfundado una vez, para dejarle las cosas claras a Roy Warren, antes de saber que Roy era
uno de los hermanos de Tiffany.
Una calesa se acercaba por la calle escoltada por tres jinetes. Degan había cabalgado hasta el pueblo con los Callahan y creía que ya estaban en la iglesia, pero por lo
visto no era así. La novia iba en la calesa con su madre y su padre, que la conducía. Los hermanos iban detrás, para mantener el polvo que levantaban los cascos de los
caballos alejado del vehículo.
Frank Warren detuvo la calesa y Tiffany se levantó y le hizo una elegante reverencia a Degan.
—Llega tarde a su boda —le comentó este.
Tiffany soltó una risita.
—A la novia se le permite llegar tarde, pero juro que no quiero que Hunter tema que me haya echado atrás. Quería estar perfecta para él en este día y he tardado un
poco más de lo previsto, eso es todo.
—Lo ha conseguido. Hunter es afortunado.
Degan envidiaba a su amigo en aquel momento. Tiffany era hermosa y aquel día tenía un aspecto magnífico con el sofisticado vestido de novia y el velo de finísima
gasa.—
¿Seguro que no quiere acompañarnos? —le preguntó.
Había cabalgado hasta el rancho Warren el día anterior para despedirse y le había dicho a Tiffany que no asistiría a la boda.
—Solo me quedaré hasta verlos salir a los dos de la iglesia convertidos en marido y mujer. Luego me iré a California.
—Hunter dice que su padre quiso volver a contratarlo para que vigile a su hijo Morgan mientras esté en Butte. ¿No va en esa dirección?
—En Butte soy demasiado conocido. Tomaré la ruta del norte, la que pasa por Helena. Zachary quería que le metiera miedo a su hijo para que volviera a casa, pero
es inútil si Morgan sigue con la fiebre del oro.
—Bueno, no puedo decir que no me alegre de que su trabajo haya terminado aquí. —Le sonrió—. Se ha asegurado de que no mataran a nadie mientras Hunter y yo
descubríamos que estábamos hechos el uno para el otro, por lo que le doy las gracias de todo corazón.
—Y yo también —convino Frank Warren.
—De hecho —añadió Rose, su mujer—, mis chicos admiten que tenían miedo de…
—¡Ma! —la interrumpió Roy Warren, avergonzado.
—Bueno, el control en todos los frentes ha sido sin duda una bendición —terminó Rose.
Frank se aclaró la garganta.
—No creo que el señor Grant quiera que se le compare con una bendición, querida.
—Bobadas —refunfuñó Rose—. Él sabe a qué me refiero.
—Tenemos que irnos. —Frank indicó la iglesia.
Degan siguió su indicación y vio a Zachary Callahan a las puertas de la iglesia mirando ansioso hacia todos lados y haciéndole gestos a Frank para que se diera prisa.
Tiffany soltó una carcajada.
—Supongo que tengo a Hunter preocupado, ¡o solo a mi suegro! Cuídese, Degan, vaya adonde vaya.
Volvió a sentarse.
Frank puso en marcha la calesa y los tres hermanos de la novia saludaron a Degan con un breve asentimiento.
—¡Si alguna vez encuentra esta clase de felicidad, traiga a su mujer para que la conozcamos! —le gritó Tiffany volviendo la cabeza.
Degan estuvo a punto de reírse. «Confía en una mujer que piensa que solo una mujer puede hacer feliz a un hombre.» Degan sabía que nunca se enteraría de si era
cierto porque las mujeres le daban miedo. Incluso Tiffany se lo daba. Además, no sabía cómo hacer que eso cambiara sin que su reputación se resintiera, así que no
estaba dispuesto a intentarlo.
—¡Eh, señor! ¿No es capaz de decidir hacia dónde ir?
Degan volvió la cabeza y vio que un desconocido se le acercaba a caballo por el centro del pueblo. Vestía una gabardina amarilla sin abrochar para que se viera la
pistola que llevaba al cinto, señal inequívoca de que buscaba problemas de algún tipo. A medida que el desconocido se aproximaba, vio que era joven, delgado, con el
cutis tan terso que podrían haberlo tomado por una niña.
No tenía por qué responder a la sarcástica pregunta. Podía simplemente marcharse antes de ver a sus amigos felizmente casados saliendo de la iglesia, pero sabía que
a los chicos como aquel no les gustaba que los ignoraran.
—¿Qué edad tienes, chico?
—No es de su incumbencia, pero diecisiete, así que no me llame chico. Me llamo…
—No me interesa.
El chico pareció contrariado.
—¿Todos los de este pueblo son tan malhumorados como usted?
¿Malhumorado? Degan arqueó una ceja. Lo habían llamado un montón de cosas, pero eso nunca. El chico había detenido el caballo a pocos pasos. Evidentemente
tenía algo más que decir, y no había nadie cerca. En la calle principal no había un alma porque todos los asistentes a la boda habían entrado ya en la iglesia. Solo los
tenderos seguían en el pueblo, la mitad de ellos por lo menos mirando por el escaparate. Los desconocidos no pasaban desapercibidos.
Degan se dijo que no debía ser tan suspicaz con todos los desconocidos que se le acercaban, fuesen o no pistoleros. Había mucha gente amigable en el Oeste y
docenas de buenas razones para que un hombre fuera armado. No todos se dedicaban a hacerse un nombre desafiando a cualquier tipo rápido desenfundando del que
tuvieran noticia. Así que se enderezó un poco.
—¿Necesitas ayuda? —le preguntó.
—Sí. Oí decir a unos mineros de Butte que Degan Grant vive aquí.
—Acaba de pasar por aquí.
—¿Llego tarde, entonces?
—Depende de para qué.
—¿Cómo?
—Si quieres un enfrentamiento cara a cara con él, hoy es tu día de suerte. Si quieres contratarlo, puede que siga siendo tu día de suerte. Para cualquier otra cosa,
seguramente no es tu día de suerte. ¿Qué quieres de él?
—Entonces ¿sabe dónde puedo encontrarlo?
—Ya lo has encontrado.
El chico sonrió abiertamente, lo que hizo que Degan se preguntara por un instante si su instinto no lo había engañado. No lo había hecho.
—A mediodía, mañana, aquí mismo —dijo el muchacho, sonriendo confiadamente.
No hacían falta más explicaciones. La mayor parte de los duelos eran a mediodía, porque a esa hora el sol no deslumbraba a ninguno de los duelistas.
Degan miró hacia arriba para comprobar cuál era la posición del sol.
—Falta poco para mediodía, así que, si vamos a hacerlo, hagámoslo ya. Ata el caballo si no quieres que lo hiera una bala perdida —le propuso. Llevó su palomino
hasta el palenque más cercano, desmontó y ató las riendas.
El chico lo siguió e hizo otro tanto, porque no esperaba que Degan rodeara los caballos con la pistola desenfundada.
El muchacho le lanzó una mirada asesina apartando despacio la mano de su arma.
—¿Cómo diablos se ha labrado la reputación que tiene si hace trampas? —le espetó, escupiendo las palabras.
—Matando a hombres, no a niños. Y esto no es hacer trampas, es salvarte la vida. —Le cogió el arma y fue tirando al suelo las balas del tambor. Luego se la
devolvió—. Pero supongo que todavía no lo entiendes. Sigamos, pues. Si ganas, puedes recargar y te daré otra oportunidad. Si gano yo, te marcharás dando gracias de
seguir vivo. ¿Te parece justo?
—Ni hablar. ¿Por qué no lo hacemos como es normal, delante de testigos?
—Mira a tu alrededor. Te están observando. Yo te ofrezco exactamente lo que has venido a buscar: la oportunidad de ver si eres más rápido que yo, pero sin
derramar sangre en la calle, y sin que te mees en los pantalones de miedo pensando que estás a punto de morir. Pensándolo bien, es un modo mucho mejor de comprobar
cuál de los dos es más rápido, de hecho. Estarás relajado, no tendrás miedo ni las palmas sudadas. El sudor puede volverte torpe. Y seguirás teniendo derecho a
fanfarronear si ganas.
Degan se quitó la chaqueta y la colgó del cuerno de la silla de montar. Por el hecho de vivir en el Oeste no tenía por qué renunciar a las cosas buenas de la vida a las
que estaba acostumbrado. Bueno, tenía que renunciar a unas cuantas, pero no a su modo de vestir. La chaqueta negra era de corte impecable, el chaleco de seda, la camisa
blanca de lino fino. Llevaba las botas negras muy lustradas y las espuelas no de alpaca sino de plata de ley. Además la funda de la pistola estaba hecha a medida.
Salió a la calle, lejos del cruce. No quería que sus amigos vieran aquello si salían pronto de la iglesia. El chico había seguido su ejemplo y dejado el impermeable con el
caballo antes de poner cierta distancia entre ambos. Seguía nervioso. Degan se preguntó si había hecho algo parecido alguna vez o si era su primer duelo. Era una pena
que los chicos como él no aprendieran de sus errores y se volvieran a casa. A lo mejor aquel lo haría cuando hubiera acabado con él.
—¿No vas a vaciar el tambor como has hecho con el mío? —le preguntó el muchacho, indeciso.
—No. Hay testigos, ¿recuerdas? No soy un asesino, solo soy rápido con el revólver. Eso demuestra que sabes cómo hacer esto.
Pasaron varios segundos en los que el chico mantuvo la mano a milímetros de su arma. Seguía estando nervioso, a pesar de lo que le había asegurado Degan, que veía
cómo le temblaban los dedos y suspiró.
—Voy a darte una oportunidad de desenfundar antes —le dijo por fin—. En cualquier momento a partir de ahora estará bien.
—Entonces ¿va a dejarme ganar?
—No. —Desenfundó y volvió a enfundar su revólver con la misma rapidez—. ¿Lo ves? Ahora, desenfunda.
El chico trató de hacerlo, pero todavía no había sacado el arma de la funda y Degan ya estaba apuntándole al pecho con la suya.
—La cuestión es, muchacho, que tampoco fallo nunca. ¿Damos este asunto por concluido?
—Sí, señor, se acabó.
2
—Max, despierta. ¡Max Dawson!
Abrió por completo los ojos oscuros y parpadeó varias veces antes de localizar a la bonita dama de la noche haciendo un mohín junto a la cama.
—No hace falta que grites, Luella, sobre todo no hace falta que proclames mi nombre completo a gritos.
—Perdona, cariño, pero no tendría que hacerlo si no te costara tanto despertarte. Es increíble que puedas dormir siquiera un poco en este establecimiento, con tanto
gemido y tanto gruñido a altas horas de la noche.
Max sonrió.
—Mientras tú estés callada y no te importe compartir esta cama maravillosamente blanda, todo lo demás me parece el murmullo del viento.
—Me sorprende que todavía no te hayan pillado con lo profundamente que duermes.
—La puerta está cerrada con llave, ¿no?
—Sí, claro.
—Y nadie ha entrado jamás por la ventana, ¿no es cierto?
—Solo tú.
—Bueno, pues lo dicho, estoy completamente seguro descansando en una cama blanda. Solo aquí puedo dormir profundamente. En el campamento de las colinas, el
menor ruido, por leve que sea, me despierta. Además, nadie me busca aquí.
—Entonces ¿por qué querías que te despertara al amanecer, antes de que los alguaciles hagan la primera ronda? Por cierto, eso ha sido hace media hora. La media
hora que he tardado en conseguir despertarte…
—¡Maldita sea! ¿Por qué no me lo has dicho antes? No me gusta nada estar en el pueblo de día.
—Pero si nadie mira…
—Nadie mira a propósito, pero los carteles de SE BUSCA ya han llegado hasta tan al norte como aquí. Arranco los que encuentro, pero el sheriff de este pueblo
vuelve a pegarlos. Por lo que se ve le han mandado un montón.
Max apartó las mantas. Iba completamente vestido. El sombrero y el abrigo eran lo único que no llevaba. Agarró ambas cosas. Tampoco se había quitado la funda
con la pistola. A Luella no le gustaba dormir al lado de un Colt de cañón largo, aunque estaba acostumbrada a las armas y guardaba una pequeña derringer en la cómoda
para las emergencias. Sin embargo, había otra cosa que le molestaba todavía más.
—Por lo menos podrías haberte quitado las botas para acostarte —le reprochó, mirando fijamente las botas gastadas que acababan de abandonar su cama.
—No por si tengo que marcharme a toda prisa… como ahora. —Abrió la ventana, se dejó caer al tejado del porche delantero del burdel y luego al suelo.
Luella lo observaba desde su ventana. Mientras estaba allí de pie en paños menores oyó un silbido proveniente de la acera de enfrente. No trató de cubrirse. Al fin y
al cabo, parte de su trabajo era atraer clientes al burdel Chicago Joe. En Helena había muchas más casas de putas y la competencia era feroz.
Demasiados burdeles, demasiados millonarios, demasiados mineros, qué diablos, demasiada gente. Pero Helena era la población con más habitantes del territorio de
Montana, lo era desde que habían encontrado oro en un barranco cercano, allá por 1864. Ochenta años después, la gente seguía mudándose a Helena mientras que la
mayoría de las poblaciones florecidas gracias al oro se habían convertido en ciudades fantasma. Incluso la ciudad de Virginia, bastante más al sur, languidecía, y eso que
había albergado una población de tres mil almas en su buena época. Helena, sin embargo, con centenares de negocios, no dependía únicamente del oro para ser próspera.
Era también la capital del territorio y el ferrocarril pasaría por allí. Al cabo de un año o dos llegaría a Helena y eso aseguraría que la ciudad no tocara fondo cuando lo
hiciera el oro.
Luella pensó que Helena sería un lugar agradable donde echar raíces si podía encontrar un hombre que la quisiera. Hasta entonces solo le habían propuesto
matrimonio unos cuantos mineros, y los mineros no tenían casa propia ni ganaban mucho dinero, así que no tenían los medios para fundar una familia en aquel lugar.
Normalmente, si un hombre tenía medios, no le interesaba tomar por esposa a una ramera: podía acostarse con ella por un puñado de monedas.
Luella miró a Big Al, el hombre que le había silbado. Estaba en la calle temprano, barriendo el porche de su salón, situado al otro lado de la calle. Era uno de sus
clientes habituales y siempre la había tratado con amabilidad. De hecho, había sopesado la idea de considerarlo un marido potencial hasta la noche en que Max la había
rescatado y se había enamorado de él. Que alguien como ella sucumbiera a tal emoción era bastante estúpido.
Big Al tenía tierras, un negocio y estaba soltero, así que seguía siendo una opción viable. Su salón era uno de los muchos de la ciudad que nunca cerraban. En el
trabajo de Luella tampoco se cerraba nunca. Josephine Airey, Chicago Joe, como la llamaba casi todo el mundo, era la propietaria de aquel burdel y de muchos otros
similares. En opinión de la madama, un hombre que no se veía sometido a un horario, al menos cuando se trataba de satisfacer sus necesidades amorosas, era un hombre
feliz. Big Al le estaba sonriendo a Luella, sin fijarse en lo que barría. El polvo flotó hasta uno de sus clientes, que estaba apoyado en una columna del porche, con una
copa en la mano. Aquel tipo, un hombre elegante, seguramente era un hombre de negocios, se dijo la joven, hasta que vio el revólver que llevaba al cinto y apartó
rápidamente los ojos de él. Supuso que Big Al también le tenía miedo, porque le había permitido beberse la copa en el porche, fuera del local, y Big Al nunca se lo
permitía a nadie. Órdenes del sheriff: estaba prohibido beber en la calle. Al entró en su establecimiento antes de que el hombre se viera el polvo en las botas relucientes.
A Luella no le gustaban los pistoleros, aunque sabía Dios que se había acostado con un montón. Los pistoleros le daban miedo porque cuando perdían la cabeza no
daban puñetazos sino que desenfundaban el arma. Seguramente Max también, pero Max era diferente. ¿Y qué no le gustaba de Max Dawson?
—¡Hasta la semana que viene, Luella! —le gritó Max.
—Claro, cariño —le gritó ella, y le dijo adiós con la mano, pero él ya salía al galope de la ciudad.
Luella cerró la ventana y volvió a la cama. Esperaba que el pistolero no la hubiera visto y que no le hiciera una visita.
3
Degan observó al muchacho marcharse al galope de la ciudad. Lo había visto saliendo del burdel, también. Cuando alguien se marcha precipitadamente por una
ventana normalmente otra persona aparece pronto con un arma en la mano y se pone a pegar tiros, pero no pasó tal cosa. En vez de eso, una guapa rubia en paños
menores se asomó a la ventana para despedirse.
La escena era tan inusitada que Degan se fijó en más detalles de lo habitual, y eso que siempre estaba pendiente de lo que pasaba a su alrededor. Sin embargo, no
solía fijarse más que en lo que intuía que podía representar un peligro. El abrigo largo que usaba el chico por encima de los pantalones y la camisa blancos no era la típica
gabardina sino una prenda cara de suave ante. El sombrero tostado de ala ancha que llevaba era nuevo o estaba muy bien cuidado porque no tenía abolladuras todavía.
Las botas ligeras marrones gastadísimas y el pañuelo blanco demostraban que no tenía estilo. Con los ojos oscuros y el pelo corto, casi blanco de tan rubio, tenía cara de
niño. Otro chico tan joven que todavía no le crecía la barba pero que llevaba un arma al cinto. ¿Por qué buscaban la violencia tan jóvenes?
Aquel, sin embargo, parecía amar la vida. Degan lo había notado por su expresión al saltar a su caballo y lo había oído en el rastro de su risa mientras se alejaba al
galope. Una buena noche con una mujer hermosa podía surtir tal efecto, supuso Degan, o un amor de juventud. Y entonces se acordó de un detalle que solo había notado
vagamente. Retrocedió un paso y se fijó en el cartel pegado a la columna del porche en la que había estado apoyado.
Ya lo tenía visto, solo que no le había prestado atención. Quien había dibujado el retrato tenía que conocer al forajido porque el parecido era asombroso. ¿Un forajido
que visita un burdel situado al otro lado de la calle en la que han pegado un cartel ofreciendo mil dólares por su captura? Degan cabeceó, incrédulo. Los chicos eran
demasiado osados, aunque aquel no era problema suyo. Lo contrataban como pistolero, pero no estaba dispuesto a hacerle el trabajo al sheriff.
Entró con el vaso vacío al salón y se acercó a la barra. Solo había otro cliente, que dormía con la cabeza apoyada en la mesa. Degan ni siquiera se habría parado en
aquel salón de no haber pasado toda la noche cabalgando para llegar a Helena y de no haber sido el primero que había encontrado abierto a esas horas. Detestaba
acampar al raso, en el monte, y lo hacía únicamente cuando dos poblaciones estaban demasiado alejadas entre sí. Tampoco le gustaba viajar de noche, pero la anterior no
había estado lo bastante cansado para detenerse y el ansia de una cama y un baño caliente lo había mantenido en marcha.
—Me llevaré una botella de su mejor whisky, y un trapo para las botas.
El camarero, ruborizándose, le pasó el trapo por encima de la barra inmediatamente. La botella tuvo que ir a buscársela.
—Debo advertírselo: hay una ley aquí que prohíbe beber en la calle —le dijo sin aplomo en cuanto volvió.
—No tengo intención de hacerlo. —Después de pagar, añadió—: No considero que su porche sea la calle.
—Tiene razón. —El camarero se relajó al ver que Degan no se había ofendido.
—¿El mejor hotel de la ciudad?
—Seguramente el Internacional. Es un edificio de ladrillo. No tiene pérdida si se adentra en el pueblo. ¿Está de paso?
Degan no le respondió. Lo fastidiaba que una sola pregunta por su parte diera pie a todo un interrogatorio por parte del otro, aunque entendía que era una reacción
nerviosa de las personas intimidadas que esperaban que mientras estuviera hablando no estuviera disparando. Cogió la botella y se acercó a la puerta.
—Debería presentarse ante el sheriff si quiere trabajo, señor —le dijo el camarero—. La gente le cuenta los problemas a él en primer lugar, pero no siempre tiene
tiempo de ayudar a todos, a pesar de contar con ocho ayudantes. Es un pueblo grande. Muchos de por aquí contratan a un pistolero, si lo es usted.
Degan se tocó el ala del sombrero en un gesto de despedida y siguió su camino. Todavía no buscaba trabajo. Había ganado suficiente dinero en el Oeste como para
retirarse diez años si quería. Para qué, sin embargo. Lo habían educado para hacerse cargo de un imperio, pero le había dado la espalda a eso.
Aquel pueblo era demasiado grande para su gusto, se dijo mientras lo recorría. Prefería los pueblecitos en los que uno veía venir los problemas desde un kilómetro.
Aunque si estaba allí era solo para darse un baño, dormir en una cama y tomar una comida antes de volver a ponerse en marcha hacia California, hacia donde se dirigía
cuando Zachary Callahan lo había localizado y le había ofrecido demasiado dinero para poder rechazarlo, simplemente para mantener la paz un par de semanas.
No era la primera vez que le pagaban más de la cuenta. De hecho, le sucedía más bien a menudo. Era una de las ventajas de que lo precediera a uno su reputación. La
única otra ventaja de esa reputación era que podía hacer el trabajo sin derramamiento de sangre.
Solía fastidiarlo mucho poner tan nerviosa a la gente. Les aseguraba que no debían tenerle miedo. Aquello funcionaba solo hasta que lo veían desenfundar, y raras
veces pasaba por un pueblo donde no tuviera que hacerlo por una u otra razón si descubrían quién era. Así que había dejado de ser sociable y de hablar con cualquiera
con quien no tuviera necesidad de hacerlo; también había dejado de dar su nombre. Maldita sea, la mitad de las veces daba igual que supieran quién era. No podía poner
un pie en un banco sin que todos se echaran al suelo, creyendo que estaban a punto de ser víctimas de un robo. Aquello sí que era un verdadero fastidio. A lo mejor
había llegado la hora de volver al Este, aunque no fuera a su casa.
Encontró el hotel Internacional con facilidad, pero desde luego no esperaba toparse con un conocido en el vestíbulo.
—¡Vaya, dichosos los ojos, Degan Grant!
Degan dio un respingo al oír gritar su nombre.
—No grites —dijo al volverse, aunque sonriente.
No había hecho demasiados amigos en el Oeste, pero John Hayes se contaba entre ellos. John tenía ya cuarenta y tantos, aunque Degan lo había conocido poco
después de llegar por primera vez al Oeste, cinco años antes.
—¿Qué te trae tan al norte, sheriff?
—Ahora soy marshal de Estados Unidos.
Degan arqueó una ceja.
—¿Debo felicitarte?
—Me permite viajar por el país más de lo que nunca creí que viajaría, pero no, no quería el cargo. Me propuso para él un viejo amigo que ahora es senador. El
ferrocarril presiona mucho a los políticos de Washington para que limpien el Oeste. Contrataron detectives de la agencia Pinkerton hace unos años para que se ocuparan
de los robos de trenes, pero no fue suficiente. Ahora nuestro gobierno también ha tomado cartas en el asunto. Pero, dime, ¿qué te trae por Helena?
—Acabo de terminar un trabajo de pacificación por esta zona.
—Entonces ¿no tienes trabajo?
—No.
—¡Menudo alivio!
Degan se estaba divirtiendo.
—Sigo respetando la ley, John. ¿De verdad crees que deberías arrestarme?
—No, claro que no, pero como no tienes trabajo me gustaría pedirte que me devolvieras el favor que me debes.
—¿Qué favor?
—Te salvé la vida.
Degan soltó un bufido.
—Me estaba curando. No hacía falta que me llevaras al médico.
—Estabas medio muerto y sangrando.
John era el sheriff de un pueblo en el que habían disparado a Degan. Un trío de ladrones de bancos se había abierto paso a tiros en su huida después de sonar la
alarma. Había mucha gente en la calle aquel día. Degan había echado una mano para evitar que muriera gente inocente y había acabado recibiendo el impacto de una bala
perdida. Se había marchado del pueblo herido y John le había seguido el rastro.
Debía admitir que habría muerto aquel día si hubiera seguido viajando. La herida no le dolía demasiado… todavía, así que no se había enterado de que perdía tanta
sangre que iba dejando un reguero a su paso.
—Reconozco que ese médico tuyo hizo un buen trabajo cosiéndome —dijo—. Apenas me quedó cicatriz. ¿Qué favor necesitas?
—Solo será temporal. Necesito atrapar al menos a tres forajidos de mi larga lista durante los próximos dos meses. No solo me han encargado limpiar el Oeste sino
que tengo que hacerlo dentro de un maldito plazo.
Degan estaba bastante sorprendido.
—¿Quieres convertirme en un cazarrecompensas? No soy rastreador.
—No te hace falta serlo. La mayoría de esos chicos se oculta a plena vista en pueblos populosos como este, o en otros demasiado pequeños para tener un buen
sheriff. La paga es buena y dos de los hombres buscados han sido vistos por la zona. A un tercero lo vieron por última vez en Wyoming. Si lo prefieres, puedes escoger
detrás de quién ir. Como te he dicho, tengo una lista muy larga.
—¿Y por qué no vas tú mismo tras ellos?
—Porque mi madre se está muriendo. Recibí un telegrama ayer. Ya he comprado nuestros billetes para marcharnos hoy mismo.
—¿Has dicho «nuestros»?
—Mi mujer y mis hijas están aquí conmigo.
—No sabía que estuvieras casado.
John sonrió.
—Felizmente desde hace ya diez años —se ufanó—. Las niñas tienen siete y seis años, y mi Meg espera otro bebé. Como me veo obligado a viajar tanto, cuando sé
que voy a quedarme una temporada en algún sitio me llevo conmigo a la familia. El ferrocarril llega hasta tan al Oeste que lo hace posible. Este viaje a Virginia puede
llevarme un par de meses porque tengo que dejar los asuntos de la finca de mi madre en orden. Podría costarme el trabajo si no consigo tachar al menos a tres forajidos
de la lista en ese tiempo.
—Siento lo de tu madre.
John asintió.
—Sabía que estaba enferma, pero no que fuera tan grave.
—Supongo que ya le habrás pedido ayuda al sheriff local.
—Hablé con él ayer, pero está demasiado ocupado, cosa que no me sorprende. ¡Demonios! ¿Cómo puede haber un pueblo tan grande en Montana? ¡Si ni siquiera es
todavía un estado!
—Es por el oro.
—Seguramente —convino John—. Entonces ¿vas a ayudarme, Degan? Solo necesito capturar a tres forajidos durante los próximos dos meses. Si terminas antes,
puedes seguir tu camino. Eso sí, tendré que nombrarte ayudante del marshal durante el tiempo que actúes en mi nombre.
—¡Ah, eso sí que no! Si hago esto no llevaré una placa de agente de la ley.
John sonrió.
—No tienes por qué decírselo a nadie si crees que empañará tu reputación. Será solo por si tienes que verificar que tienes jurisdicción, lo que, conociéndote,
seguramente no tendrás que hacer. Te quedarás con las recompensas ofrecidas. Algunas son más lucrativas que los trabajos que sueles hacer.
—Lo dudo.
—Bueno, lo serán cuando las juntes. Además no te será difícil encontrar a esos hombres. He recabado mucha información sobre los bribones que te entregaré, mucha
más de la que hay en los carteles: amigos, conocidos y familiares, todos los lugares donde han delinquido, cualquier socio que puedan tener o si actúan en solitario.
Tengo un montón de notas y ya llevo haciendo esto un par de años. Solo te pido que me mandes un telegrama a Virginia cada vez que atrapes a uno, para que mis
superiores sepan que, a pesar de estar ocupándome de los asuntos familiares, sigo cumpliendo el programa.
Degan asintió.
—Siempre y cuando tus superiores no me vayan detrás luego para tratar de que continúe con el trabajo.
John soltó una risita.
—Tu nombre quedará fuera de esto.
4
La cartera de piel que John Hayes le había dado a Degan era como una maletita fina sin asa, pero con cerradura y llave.
No la abrió cuando llegó a la habitación del hotel después de despedirse del marshal. Simplemente la dejó en el suelo con las alforjas y su maleta. Dormir era su
máxima prioridad, pero cuando se tumbó en la cama, no se durmió de inmediato.
Daba vueltas a las palabras «agente de la ley» y «cazarrecompensas». No tenía temperamento ni para una cosa ni para la otra, pero sin embargo había aceptado el
trabajo. Porque un amigo le había pedido que lo hiciera. No porque, aunque nunca lo había admitido, de hecho le gustaba ayudar a la gente. De ese modo su vagabundeo
tenía un propósito. Además, John Hayes era una buena persona.
Cuando se despertó a media tarde, demasiado temprano para cenar pero demasiado tarde para comer, tenía hambre. Siguió ignorando la cartera de John y bajó. Tal
como esperaba, el comedor estaba cerrado.
El mismo empleado que había registrado a Degan le dio el nombre de algunos restaurantes cercanos, aunque no estaba seguro de si seguirían abiertos.
—Pero si quiere esperar en el comedor, le traeré algo —añadió el hombre inmediatamente cuando vio la cara de enfado de Degan.
—¿Qué tal a mi habitación?
—Por supuesto, señor. Enseguida.
Degan volvió a subir.
Su habitación estaba decorada con gusto, con más elegancia que ninguna de las habitaciones de hotel en las que se había alojado desde su llegada al Oeste, así que no
iba a importarle pasar allí unos cuantos días si hacía falta. Poder comer en la habitación era una ventaja añadida. Cuanto menos tiempo pasara con gente, mejor.
Esperaba que el camarero al que había conocido aquella mañana no fuese un chismoso. Si lo era, a esas alturas el sheriff seguramente ya sabía que estaba en el pueblo y,
aunque desconociera de quién se trataba, eso no impediría necesariamente que lo buscara.
Se quedó junto a la ventana unos minutos, disfrutando de una amplia panorámica de Helena, que se extendía por las colinas bajas que circundaban el centro del
pueblo. Las calles, que no eran pocas, le recordaban su hogar porque a esa avanzada hora de la tarde estaban abarrotadas. El Oeste había sido siempre un lugar donde la
gente podía empezar de nuevo, pero buena parte de la región todavía no era segura para los colonos. Pronto lo sería. La misión de John de atrapar a los forajidos que
abusaban de los colonos era importante. El progreso, el verdadero progreso, estaba llegando al Oeste de la mano del ferrocarril.
Mientras esperaba la comida, Degan abrió el maletín de John y esparció su contenido sobre la cama. Contó veinte carteles de SE BUSCA. Cada uno llevaba adjuntas
una o dos páginas de notas de John. Un cartel era el de Big Jim Mosley. Eso resultaba conveniente. A Degan iba a bastarle con capturar a dos forajidos. Podía tachar a
Mosley de la lista, puesto que lo había matado el año anterior en Wyoming. No sabía entonces que buscaban a Mosley por asesinato, pero puesto que el tipo había
querido dispararle por la espalda, no le sorprendía. Por lo visto el sheriff de aquel pueblo no había podido confirmar su identidad y por eso Mosley seguía en busca y
captura. Degan se preguntó cuántos otros de la lista de veinte nombres de John podían haber muerto también. Los tipos que quebrantaban la ley no podían contar con
hacerse viejos.
Max Dawson, el de la cara de niño, no estaba muerto y le sería fácil encontrarlo, teniendo en cuenta que lo había visto aquella misma mañana en el burdel. Con Kid
Cade, otro de la lista, Degan ya se había cruzado en Wyoming. De treinta y muchos, el niño ya no era un niño y lo había evitado, así que Degan no creía que fuera un
pistolero sino más bien un simple ladrón. John mencionaba en sus notas que Cade había intentado hacerse con tierras, sin éxito; se había dedicado una temporada a los
robos, con éxito, y perpetrado un asalto a un banco en el que había estado a punto de perder la vida porque había tratado de hacer el trabajo en solitario. Había logrado
evitar que lo pillaran por ese y por los muchos otros robos que se le atribuían. Había sido visto en la zona de Butte, al suroeste, hacía pocos meses.
Degan no tuvo que leer más. Cade había evitado a propósito pasar por Butte y cabalgado hacia el norte, hacia Helena, gracias a que los mineros de Butte le habían
dicho que Degan estaba por los alrededores. No era propenso a cambiar de opinión, pero Cade y Dawson seguramente eran los dos forajidos que John había dicho que
estaban por la zona, y los dos a los que Degan podía apresar más rápidamente. Podría proseguir su viaje hacia California al cabo de una semana o dos.
En aquel momento otro cartel le llamó la atención. Era el único, aparte del de Max Dawson, en el que se ofrecía una recompensa de mil dólares. John explicaba en sus
notas el porqué. Charles Bixford, alias Red Charley, había matado a tres mujeres, dos niños y quince hombres al volar el ayuntamiento de un pueblo de Nebraska
porque su mujer estaba dentro. La esposa había sido una de las víctimas y los dos niños eran hijos suyos. Aquello, sin embargo, solo había sido el principio de un
reguero de asesinatos que recorrió Nebraska hasta Colorado y acabó en Utah, donde había sido visto por última vez. Bixford no estaba loco, pero había matado a
inocentes sin razón aparente. También había acabado de paso con la vida de un marshal de Estados Unidos que había tratado de apresarlo y había herido al siguiente
que lo había intentado.
¿Y John tenía que atrapar a aquel asesino? ¿John, casado y con hijos a su cargo? ¿Qué clase de favor le estaría haciendo a John si solo capturaba a los forajidos
menos peligrosos de la lista? Decidió pillar a los dos que estaban en las proximidades y encerrar a Bixford como plus antes de marcharse a California.
Degan metía otra vez los carteles en el maletín de John cuando llamaron a la puerta. La abrió y un joven con delantal blanco le entregó nervioso una bandeja de
sofisticados bocadillos antes de retirarse precipitadamente. Era más comida de la que necesitaba y solo se comió la mitad. Luego usó el baño del final del pasillo,
después de que el encargado del mismo le asegurara que lo limpiaban después de cada uso y le entregara una toalla limpia. Había una bañera pequeña detrás de un
biombo en su habitación, pero no estaba conectada al sistema de cañerías y no quería tener que esperar a que le trajeran el agua.
Una hora después ponía las alforjas a su caballo en el establo de al lado cuando el sheriff de Helena dio con él.
—Aquí no queremos problemas, señor, así que espero que le esté poniendo las alforjas al caballo para marcharse del pueblo.
A Degan no le apetecía quedarse allí dándole explicaciones al sheriff.
—Soy amigo del marshal Hayes —se limitó a decirle—. Creo que lo conoce.
—Sí.
—El marshal me ha pedido que lo ayude a cumplir su programa, así que si le traigo a uno o dos forajidos para que los encarcele, supongo que tendrá dónde meterlos.
—Seguro que sí. Esa clase de ayuda siempre es de agradecer.
Degan montó, saludó tocándose el ala del sombrero y salió del establo antes de que al sheriff se le ocurriera preguntarle cómo se llamaba. Posiblemente su fama no
había llegado tan lejos, pero no podía contar con ello porque la gente de Nashart y Butte sabía que estaba en la zona. Además el sheriff tenía que saber tan bien como él
que su presencia atraería a otros pistoleros ávidos de gloria al pueblo.
Cabalgó directamente hasta el burdel que frecuentaba Dawson. Las mujeres ligeras de ropa apoltronadas en el salón se espabilaron cuando entró. Oyó saludos
melosos y promesas salaces. Dos de ellas incluso se liaron a codazos para acercársele antes. Una tercera caminó seductora hacia él pero notó su actitud y su arma y
cambió de opinión. Su expresión seguramente alertó al resto. Las mujeres dejaron de intentar atraer su atención. Unas cuantas abandonaron la habitación
apresuradamente. Estaba acostumbrado a esa reacción. Las mujeres le tenían más miedo que los hombres y eran menos propensas a ocultarlo, incluso aquellas cuya
compañía podía comprar cualquiera, como era el caso. Y eso que no lo conocían, que no sabían nada de él. Sin embargo, les había bastado echarle un vistazo para evitar
instintivamente mirarlo a los ojos.
La madama, que también estaba en el salón, fue la única excepción. Su trabajo era asegurarse de que cualquier hombre que entrara en sus dominios saliera de ellos
contento, pero incluso ella se le acercó intranquila, aunque no lo pareciera cuando le habló.
—Pocas veces conozco a un hombre que me haga lamentar estar casada. Me llaman Chicago Joe. ¿Qué se le ofrece, señor?
Había tres rubias en el salón, pero ninguna tan bonita como la tal Luella, a la que había visto asomada a la ventana aquella mañana, despidiéndose de Dawson, y era a
ella a quien quería ver.
—Busco a Luella.
—¡Una de nuestras preferidas! —Chicago Joe sonrió—. Está arriba, pero ahora mismo no puede atenderlo. Puedo ofrecerle una copa mientras espera o tal vez a otra
de nuestras encantadoras…
Degan no esperó a que terminara. Subió la escalera. Nadie trató de detenerlo. Luella había estado en la habitación de la esquina que daba a la calle. La puerta no
estaba cerrada con llave, pero estaba con un cliente. Al menos solo ella estaba acostada entre las sábanas arrugadas. Su cliente se estaba desvistiendo para reunirse con
ella. Los dos miraron inmediatamente a Degan en cuanto entró.
—Solo necesito tener una breve conversación con la señorita —le dijo al hombre—. Puede esperar en el pasillo o bien buscar a otra chica si no quiere hacerlo, pero
de todos modos largo de aquí.
El cliente, que ya había recogido la camisa y las botas, salió como una exhalación con la cabeza gacha. Luella salió de la cama y se cubrió con una bata fina antes de
volverse hacia Degan.
—Una breve conversación, ¿eh? No es usted guapo ni nada. Aparte ese revólver y nos llevaremos bien, señor.
Degan no supo si trataba de ser valiente. Las mujeres solían enrollarse con él cuando bajaba el arma, pero Luella iba directamente hacia la cómoda, donde
seguramente guardaba un arma. Degan se desplazó para impedirle hacer alguna estupidez.
—No he venido por tus encantos. Vas a decirme dónde se esconde Max Dawson cuando no te visita.
La chica parpadeó sorprendida y frunció el ceño.
—No, no se lo diré.
—¿Estás segura?
Luella corrió hacia el lado opuesto de la cama para poner un obstáculo entre ambos. Degan se dio cuenta de que su modo de hablarle la había aterrorizado. No había
sido su intención. Le habría gustado tranquilizarla, pero habría frustrado su propósito, así que volvió a hablarle.
—Si tengo que rondar el burdel una semana esperando a que Dawson vuelva a colarse por tu ventana, alguien recibirá un balazo durante el arresto, sobre todo
Dawson, en caso de que intente huir. En su cartel de SE BUSCA no pone «vivo o muerto», pero tampoco dice que tenga que ser vivo.
—¿Cómo sabe que…? ¡Ah! Era usted el que estaba en la acera de enfrente esta mañana. Si quiere a Max, ¿por qué no lo ha seguido entonces?
—Entonces no lo quería. Lo quiero ahora.
Hubo un largo silencio antes de que la chica hablara.
—¿No va a dispararle a Max si no se ve obligado a hacerlo? —le preguntó dolorosamente esperanzada.
—No lo haré… si no me veo obligado.
Degan había supuesto que el joven Dawson sentía algo por aquella chica, pero le sorprendió que ella, al menos aparentemente, lo correspondiera o que, como
mínimo, hubiera entre ambos algo más, porque ella no solo estaba tratando de proteger a un cliente solvente.
—Si me indicas hacia dónde debo ir para dar con él y consigo pillarlo desprevenido, puedo garantizarte que no habrá derramamiento de sangre. Pero si tengo que
capturarlo cuando venga a verte, puede acabar muerto a tus pies. Sea como sea, voy a encontrarlo. Así que, ¿tratarás de salvarle la vida o no?
Ella se sentó al borde de la cama y volvió únicamente la cabeza para mirarlo y que viera que lloraba. Por educación, Degan no soltó un bufido, pero no iba a dejarse
embaucar por unas lágrimas que podían ser fingidas. No lo habrían conmovido aunque las hubiera dado por auténticas. Tienes que sentir algo por una persona para que
sus lágrimas te afecten y él no lo había sentido en mucho tiempo.
Tuvo que esperar mientras ella luchaba por decidirse, se mordía el labio inferior varias veces y le suplicaba con sus bonitos ojos azules inútilmente. Cuando por fin
lo comprendió, soltó un bufido, frustrada.
—Max encontró una choza abandonada en las colinas. Algún minero loco la construyó hace años con la idea de encontrar oro por su cuenta, lejos del barranco donde
todos los demás lo buscaban —le dijo.
—¿Y cómo sabes que estaba abandonada?
Luella le lanzó una mirada asesina.
—Max no ha matado al minero, si eso es lo que sugiere. Había herramientas de minería abandonadas dentro y hoyos alrededor, incluso una cueva polvorienta
excavada en la colina junto a la cabaña. Max fue quien lo dedujo, no yo.
—Entonces ¿no has estado allí?
—No, nunca salgo del pueblo. Max simplemente me mencionó que la había encontrado el mes pasado cuando vino a verme y me dijo que la usaría una temporada.
Aseguró que tiene buenas vistas de Helena, así que supongo que tiene que estar en un lugar alto, seguramente en las colinas boscosas que hay de camino hacia las
montañas Big Belt.
—Pero no es más que una suposición.
—Bueno, tiene que haber caza cerca, porque Max nos trajo un ciervo la semana pasada y un montón de conejos la anterior.
—¿Es así como paga por tus servicios?
—No, lo hace por simple amabilidad.
—¿Un ladrón de bancos y un asesino amable?
Luella alzó la mandíbula.
—Max es inocente de esos cargos.
—Eso le corresponde decidirlo a un jurado, no a ti ni a mí —dijo Degan, y salió de la habitación.
5
Zachary y Mary Callahan tomaban café en el porche de su rancho cuando vieron a lo lejos una nube de polvo que se aproximaba.
—¿Esperas compañía esta mañana? —le preguntó Zachary a su mujer.
—No.
—Bueno, yo no tengo amigos que vengan a verme en calesa. ¿Ves a quien va en ella?
—No están lo bastante cerca —repuso Mary forzando la vista—. Pero me parece distinguir dos sombreros, así que supongo que son Rose Warren y su doncella.
—No. Los escoltas no son hombres de los Warren. Conozco sus caballos. Además, ¿no me habías dicho que Rose te visitó ayer mientras yo estaba en los pastos?
—Así es, pero Tiffany y Hunter se irán pronto a Nueva York y Rose está muy preocupada por su matrimonio. No la culpo por querer ver con sus propios ojos
qué tal les va.
—Solo ha pasado una semana desde la boda y esos dos no salen de la habitación lo bastante para que nadie se entere de nada.
Mary ahogó una risita.
—De hecho, sería yo la preocupada si lo hicieran. ¿Tanto hace que ya no te acuerdas cómo éramos de recién casados?
Zachary se inclinó a besarla con ternura.
—Si no tuviera que ocuparme del rancho…
Mary se rio.
—Ya te recordaré esta noche lo que acabas de decir.
Zachary volvió a mirar la nube de polvo.
—Creo que tienes razón —admitió—. Uno de los sombreros lleva una pluma enorme. Nadie aparte de nuestra nuera se pondría un sombrero como ese, salvo su
madre.
—He cambiado de opinión. No creo que Rose haya desembalado los sombreros todavía. Además, ella nunca se los ponía cuando vivía aquí. Prefiere los de ala ancha,
como el que llevo yo, para que no le dé el sol en las mejillas.
—Pues me rindo.
—Bien, porque si refrenas la curiosidad unos minutos sabrás exactamente quién viene a visitarnos. —Sin embargo, cuando la calesa se detuvo frente al porche, Mary
se levantó para recibir a los visitantes y añadió—: O no.
La joven no era de Nashart, eso seguro, ni de por los alrededores. Si no hubiera ido lujosamente vestida de seda azul, por el pelo negro, los ojos azules y la edad, que
Mary supuso que era de unos veinticinco años, hubiera dicho que se trataba de Jeniffer Fleming, a quien Frank Warren había contratado en Chicago como ama de llaves,
la chica que Tiffany había fingido ser mientras había sido su propia ama de llaves. Mary no podía apartar los ojos del elegante traje de la joven con una triple hilera de
volantes desde los hombros hasta la cintura a ambos lados de la pechera de la chaqueta y otra de botones de perla en el centro. Una tercera hilera de volantes le bajaba
por la falda recogida en un polisón. Era un conjunto de viaje, pero eclipsaba el vestido más elegante de cualquier fiesta de Nashart.
Se trataba de una dama, de una dama adinerada de ciudad, y Mary sintió más curiosidad incluso que su marido. Las damas como aquella no iban a Montana a no ser
que tuvieran una buena razón.
La otra mujer era mayor y no iba tan elegante. Los dos escoltas que habían cabalgado a ambos lados de la calesa tampoco eran de la zona. Llevaban traje de ciudad,
bombín y canana, así que eran sin duda escoltas de algún tipo. Uno de ellos desmontó para ayudar a las mujeres a apearse de la calesa. Zachary se levantó y fue hasta
los escalones del porche, seguido por Mary. Solo la dama y su doncella se les acercaron.
—El señor y la señora Callahan, supongo —afirmó la joven.
—Hay muchos Callahan por aquí y más de uno casado —repuso Zachary.
La dama estuvo encantada a pesar de que no le había respondido directamente.
—Entonces he venido al lugar adecuado. Soy Allison Montgomery. Esta es mi doncella, Denise. Hemos viajado desde Chicago para reunirnos con mi prometido,
Degan Grant. Los detectives que contraté para encontrarlo lo localizaron en su rancho.
—Llega un poco tarde —dijo Zachary—. Degan trabajó para mí, pero terminó lo que estaba haciendo. Se marchó la semana pasada, después de la boda.
Allison estaba consternada.
—Se… ¿Se ha casado?
—No. Nuestro hijo, Hunter, se casó —terció rápidamente Mary—, pero Degan no mencionó nunca que estuviera prometido.
Zachary soltó una carcajada.
—No. El tipo nunca hablaba de sí mismo.
Allison suspiró.
—No voy a negar que me decepciona que no siga aquí. ¿Saben hacia dónde se dirigía cuando se fue?
—Hacia el Oeste, pero el Oeste es muy grande. Podría estar en cualquier parte —admitió Zachary.
—Puede que Hunter sepa algo más. ¿Por qué no vas a buscarlo mientras preparo café? —le sugirió a su marido—. Entre. Puede esperarlo en el salón, señorita
Montgomery. Dentro se está más fresco.
—Gracias, es usted muy amable. —Allison subió los escalones del porche con su doncella.
En el piso de arriba, Zachary llamó a la puerta de Hunter.
—Te necesito abajo, chico.
—¡Vete, pa, estoy ocupado! —gritó su hijo sin abrirle.
Zachary insistió, también a gritos.
—Pues deja de estarlo y trae a tu mujer. Tenemos que…
—Tiffany también está ocupada, y no tengo intención de interrumpirla —lo cortó Hunter—. ¡Vete!
Zachary pegó la oreja a la puerta y oyó una risita y luego un gemido de pasión. Puso los ojos en blanco y golpeó con fuerza la puerta nuevamente.
—La prometida de Degan está abajo y quiere saber dónde puede encontrarlo. El asunto es urgente.
Al cabo de un momento Hunter abrió la puerta, sujetándose los pantalones desabrochados y el resto del cuerpo desnudo.
—¿Degan está prometido? No me lo creo.
—Ven a verlo tú mismo.
Ya vestidos, Hunter y Tiffany bajaron las escaleras prácticamente corriendo. Se detuvieron en cuanto llegaron al salón y vieron a la mujer sentada en el sofá. Hunter
pensaba que su padre les había contado una trola para que salieran del dormitorio porque llevaban toda la semana encerrados en él. Tiffany sabía que su suegro no
bromearía acerca del hecho de que Degan estuviera prometido, así que no se sorprendió al ver a la hermosa joven y se acercó para presentarse.
Hunter sonrió con timidez y besó la mejilla a Mary antes de que su madre dejara la bandeja que acababa de traer.
—Buenos días, ma… ¿Todavía es de mañana?
—Sabrías en qué hora del día vives si no hubieras decidido pasar aquí la luna de miel.
—Nueva York va a ser un frenesí de compras. Vamos a llegar, finalmente.
—Bueno, compórtate. Tenemos visita.
—Ya lo veo. —Hunter se sentó en el brazo del sofá, al lado de su mujer, pero no estuvo nada cordial cuando miró a Allison fijamente y le dijo—: Si Degan estuviera
prometido no iría por todo el Oeste alquilando su pistola. ¿Quién es usted en realidad?
—¡Hunter! —lo reprendió Tiffany.
La joven se había puesto muy colorada. Acababan de tacharla de mentirosa.
—Creo que voy a tener que explicarme.
—Sí, no es mala idea —dijo Hunter.
Mary había servido café a las invitadas, pero Allison no había tocado la taza cuando habló.
—Tiene razón. Degan y yo ya no estamos prometidos, pero lo estuvimos, y si no se hubiera marchado de Chicago nos habríamos casado. No sabe que lo he
perdonado.
—¿Perdonado? ¿Por qué motivo? —le preguntó Tiffany.
Allison tenía lágrimas en los ojos y parpadeó para serenarse.
—Somos amigos de la infancia y estábamos muy enamorados. Sin embargo, Degan hizo algo más que flirtear con otra joven la noche de nuestra cena de compromiso.
No lo culpo. Todavía no estábamos casados y, bueno, entiendo que pasen esas cosas, pero mis padres no fueron tan comprensivos. Me hicieron romper el
compromiso. No quería hacerlo, pero no podía desafiar su autoridad. Esperaba que mis padres transigieran al final y poder reconciliarme con Degan, pero se marchó de
Chicago antes de que reconsideraran su postura.
—¿Por qué ha esperado tanto para venir a buscar a Degan y arreglar las cosas? —le preguntó Hunter, esta vez en un tono más amigable.
—Todos me decían que le diera un año o dos para divertirse con otras, que ya volvería. ¡Pero han pasado cinco años! He tratado de olvidarlo. He permitido que
otros me cortejaran. He intentado enamorarme, pero no consigo olvidar a Degan. Nosotros dos estamos hechos para estar juntos. Solo tengo que recordárselo y decirle
que sigo queriéndolo, que lo he perdonado.
—Jamás habría dicho que Degan fuera un tipo de ciudad —comentó Zachary.
—Yo lo suponía —dijo Tiffany.
—Le dijo la sartén al cazo —se burló Hunter de su mujer.
—¿Sabe alguno de ustedes dos adónde iba Degan? —preguntó Allison a los recién casados—. No lo busco solo por mí. Su padre está enfermo. Degan tiene que
volver a casa.
—Iba hacia California pasando por Helena, por el camino del norte —dijo Tiffany.
—Pero podría detenerse en cualquier parte y seguramente lo hará —añadió Hunter—. Al fin y al cabo es un pistolero.
—Eso me han dicho. —Allison sonrió cálidamente—. Muchísimas gracias. Si me doy prisa, a lo mejor lo alcanzo antes de que abandone la zona.
—Nunca habría imaginado que la razón por la que vino al Oeste fuera un corazón roto —comentó Hunter cuando Allison Montgomery se hubo marchado.
—Yo no me lo imagino, a él precisamente, con el corazón roto —aseguró Tiffany.
Hunter arqueó una ceja.
—Creía que ya no recelabas tanto de él.
—Y no lo hago; aunque, francamente, ¿te imaginas a Degan Grant languideciendo por una amor perdido?
—No, pero me gustaba Degan, mucho. Si esa chica de ciudad puede hacerlo feliz, espero que lo pille. Hablando de pillar… ¿Subimos?
6
Degan tardó cuatro días y cinco noches en encontrar la barraca de las colinas. No confiaba en que Luella lo hubiera orientado en la buena dirección. El bosque de
camino a las montañas Big Belt estaba demasiado lejos de Helena, a un día de viaje, y seguramente había que cruzar el río Missouri para llegar. Aunque habría un ferry
en algún punto del río, dudaba que un forajido como Max Dawson quisiera pasar cerca de una hora en compañía del patrón, que podría identificarlo y dar parte al sheriff
cuando visitara a Luella. Además, Degan no iba a perder tiempo localizando el ferry. Pasaría la semana en el pueblo esperando a que Dawson hiciera una visita antes de
ir a buscarlo en esa dirección. Sin embargo, había unas cuantas zonas boscosas próximas a Helena, así que podía buscar a Dawson por allí de día y volver al hotel por la
noche. La del sureste y la del suroeste eran bastante extensas, por eso la búsqueda estaba siendo tan larga.
Luego dos buscadores de oro de distintos lugares por los que pasó le mencionaron unos antiguos terrenos más arriba de una colina determinada y allí había estado
buscando ese día. Empezaba a dudar de esa información también porque pasó dos cabañas de troncos y una casa de madera escondida entre los árboles antes de dar
finalmente con lo que era sin duda una choza en la cima de la colina. Era ya de noche, tarde, y podría haber vuelto al pueblo sin verla si la luz de la luna no hubiera
destellado en el tejado de lata. Se acercó y vio una tenue luz que salía por las rendijas de los tablones que hacían las veces de paredes. ¿Había un farol dentro? No lo
sabría con seguridad hasta que no se acercara más, cosa que hizo.
Construida con pedazos de cajones, tableros de diversas longitudes y otros restos de madera, era apenas lo suficientemente grande como para albergar una cama
pequeña y quizás una mesa y una silla. Con tantas rendijas en las paredes, seguro que el frío del próximo invierno se colaría dentro. Pero en los meses cálidos al menos
mantenía a cubierto de la lluvia y era sin duda mejor que acampar a la intemperie.
Estuvo a punto de no ver la cueva que le había mencionado Luella, al final de un camino levemente empinado, porque estaba a la sombra de los árboles, a unos seis
metros de la barraca. Fue lo primero que revisó. No era más que un agujero excavado en la ladera de la colina, oscuro como boca de lobo. Le preocupaba que Dawson
durmiera allí. No imaginaba en qué estaría pensando el minero que la había excavado. ¿Quitar la maleza y luego cavar hasta dar con la roca, cuando podía incluso no
haber roca bajo aquella colina?
Sacó una caja de cerillas del bolsillo de la chaqueta y encendió una, agachando la cabeza y entrando en la cueva. No era profunda, solo lo justo para que un caballo
pernoctara en ella. El animal volvió la cabeza para mirarlo, pero no hizo el menor ruido, así que Degan salió del agujero y volvió al sendero de la barraca.
Caminó alrededor de la estructura hasta dar con la entrada. Habían limpiado la zona de árboles y matorrales. Vio los restos de una fogata, una sartén sobre una
parrilla. Habían apagado el fuego. Había una silla de montar cerca, en el suelo. No le sorprendió. La barraca impedía ver el fuego desde más abajo de la colina. El minero
había querido mantener oculto aquel lugar, sin duda.
Se acercó a la entrada. Si alguna vez había tenido puerta, ya no la tenía. La barraca no era de su misma altura, la entrada no. Tuvo que agacharse para ver el interior.
La luz procedía de un farol que había en el suelo, tan tenue que de poco servía. A pesar de todo le permitió ver que Dawson dormía en el suelo. Luella no había
tratado de despistarlo. El amor de juventud, en aquel caso, se dijo, era condenadamente jodido.
Había pasado casi una hora desde que Degan había localizado el lugar. Había dejado el caballo al pie de la colina para que no se oyera desde arriba ningún posible
ruido que hiciera el animal y se había movido despacio, con cuidado, para evitar pisar alguna ramita. Por eso había tardado tanto en llegar. Había montones de ramitas.
En cuanto puso un pie en la barraca, la madera crujió, algo inevitable porque el suelo estaba hecho de pedazos de cajón.
Dawson lo oyó, pero como dormía boca abajo, aunque se hizo con el arma tuvo que darse la vuelta para disparar.
—Tu espalda es un blanco fácil —le dijo Degan—, y eso que nunca fallo, dispare donde dispare. No intentes hacer lo que te propones: se tarda un solo segundo en
morir, hijo.
—¿Puedo por lo menos volverme?
—Con ese revólver en la mano, no. Déjalo en el suelo, con cuidado, y cruza los dedos detrás de la cabeza.
El muchacho podría haber hecho lo que le decía, pero no lo hizo lo bastante rápido. Era evidente que seguía sopesando las opciones que no incluían la cárcel. Así que
Degan avanzó y le pisó la muñeca derecha hasta que el arma se le escapó de los dedos y de la boca salió una sarta de improperios.
—Tienes suerte de que nunca pierda los estribos —comentó Degan como si tal cosa, recogiendo el Colt de cañón largo y metiéndoselo bajo el cinturón antes de
apartarse—, pero me cabreo cuando estoy cansado y esta noche lo estoy mucho, así que no vuelvas a poner a prueba mi paciencia: sigo sin ver esas manos tuyas detrás
de la cabeza.
Max estaba sacudiendo la mano derecha para asegurarse de que no tenía la muñeca rota, pero obedeció rápidamente y se llevó ambas a la nuca. El chico seguramente
seguía maldiciendo, pero Degan solo oía un murmullo y le daba igual. Dejó caer el rollo de cuerda que llevaba al hombro y echó un vistazo al resto de la habitación. No
había en ella más que el farol, dos alforjas con un rifle apoyado en la pared entre ambas y el sombrero tostado colgado de una estaca que sobresalía. El chico iba
completamente vestido. Lo único que no llevaba era el abrigo, que tenía enrollado y le servía de almohada.
—¿Duermes sobre un montón de hojas? ¿En serio? —le preguntó divertido Degan.
—¿Se supone que tengo que convertir este cajón desvencijado en un hogar? No tenía pensado quedarme más que unos cuantos días.
—Pues te has quedado demasiados. ¿Por qué no has alquilado una habitación en el pueblo para disfrutar de unas cuantas comodidades? Helena es lo bastante grande
como para ocultarse allí.
—No cuando mi cara está en tantos postes.
—Entonces eres Max Dawson. Gracias por confirmármelo tan rápido.
—¡Maldita sea! ¿No estabas seguro?
—Bastante seguro, pero aquí dentro no hay demasiada luz, ¿verdad?
Degan corrigió la situación agachándose para intentar sacarle algo más de luz al viejo farol. Consiguió que iluminara un poco más.
—Queda poco combustible —le advirtió Dawson.
—Sobreviviremos si se acaba. Ya puedes sentarte.
Max obedeció y se quitó las hojas polvorientas de la pechera de la camisa antes de abrocharse el chaleco de piel. A excepción del chaleco, iba vestido exactamente
igual que como Degan lo había visto unos días antes, incluido el pañuelo blanco. Parecía que se había caído en el barro desde entonces. Bueno, el día anterior había
llovido, recordó, así que podía haber resbalado en el fango mientras subía la colina. Tenía barro seco en una mejilla, una manga y en ambas rodillas. Incluso en el pelo
rubio, que se le había quedado tieso en algunas zonas.
—¿Dónde está el cuchillo con el que te has destrozado el pelo? —le preguntó Degan, fijándose en los escalones de su corte.
—Ya no lo tengo.
—Si tengo que preguntártelo otra vez, tendré que desnudarte para encontrarlo.
Max se sacó el cuchillo de una bota, lo arrojó furioso hacia los pies de Degan y lo miró con el ceño fruncido.
Dejó de fruncirlo y abrió mucho los ojos oscuros, pero no de miedo. El miedo es fácil de reconocer, al igual que la sorpresa, que era precisamente lo que denotaba el
rostro del muchacho en aquel momento.
—Nunca había visto a un cazarrecompensas vestido así. —Bajó de nuevo la mirada.
Degan se metió el cuchillo en una bota.
—No soy un cazarrecompensas.
—Tampoco había visto nunca a un agente de la ley tan elegante.
—No soy agente de la ley, solo le estoy haciendo un favor a uno.
—¿No podría encontrar otro momento para ser tan condenadamente generoso? —le espetó Max.
Degan soltó una carcajada. Dios mío, estaba realmente cansado si se le escapaba la risa. No podía permitirse demostrar emoción alguna haciendo aquel trabajo. Una
sonrisa podía ser engañosa. Una carcajada hacía desaparecer el miedo cuando no quería que desapareciera. Un fruncimiento de cejas podía conseguir que alguien asustado
desenfundara. Y Dawson todavía no parecía asustado, solo furioso, pero era un chiquillo. No aparentaba tener más de quince o dieciséis años. Los críos de esas edades
pueden ser audaces hasta la insensatez y aquel lo estaba mirando con unos ojos abiertos como platos de la sorpresa porque se había reído.
Degan acercó de una patada el rollo de cuerda a Dawson.
—Átate los tobillos con un extremo. Si no aprietas el nudo, seguramente no te gustará cómo lo haré yo.
Otro ramalazo de rabia; la frente fruncida, los labios apretados. El chico tardó lo suyo en atar el nudo. Degan estaba demasiado cansado para apretárselo. En cuanto
Dawson estuviera atado, podría dormir un poco.
—¿Por qué te has quedado por los alrededores de Helena, chico? ¿Por una muchacha?
—¿Qué muchacha? —preguntó Dawson sin levantar la vista.
—¿Visitas a más de una del pueblo?
Enojado, Max intentó levantarse, pero con los pies atados no lo consiguió.
—Si le haces daño a Luella…
—¿Parezco de los que hacen daño a las mujeres?
—¡Demonios, sí!
—¿Pudiendo enterarme de lo que quiero saber sin esforzarme siquiera?
—¿Porque parece peligroso? —bufó Max—. Parecerlo no significa mucho por estos lares.
Degan se encogió de hombros.
—Solo hablé con ella. No me dijo mucho. De hecho, intentó confundirme acerca de dónde encontrarte.
Dawson sonrió.
—Es una buena amiga, y sabe que soy inocente.
—No lo sabe, no; simplemente se cree lo que le dices.
—Pero soy inocente.
El muchacho no estaba siendo beligerante. Su tristeza conmovió extrañamente a Degan. Luego supuso que seguramente de aquella manera había convencido el
muchacho a Luella y a cualquiera que hubiera podido reconocerlo de que no era culpable. Podía guardarse la comedia para el jurado.
—La inocencia no se publica en los carteles de busca y captura. ¿Tu amada es la única razón por la que te has quedado tanto tiempo por aquí o planeas robar otro
banco de la zona?
—Iba hacia Canadá, pero me enteré de que la mayoría de los de allí habla francés y cambié de idea. Hablo español, pero francés no. A lo mejor debería ir a México.
—A la cárcel es adonde irás. Seguramente ya lo has entendido, ¿no?
—No soy estúpido, petimetre —refunfuñó Dawson.
Eso era discutible. Quebrantar la ley implicaba cierto grado de estupidez, o de desesperación. Al menos en el caso de los hombres, porque los chicos como aquel
podían hacerlo por pura diversión, porque eran demasiado jóvenes y temerarios para tener en cuenta las consecuencias. Max Dawson llegaría finalmente a esa
conclusión.
—Ponte de rodillas.
—¿Por qué?
Degan no le respondió. Se limitó a esperar. No tenía costumbre de hablar tanto. Nunca lo hacía. Lo más que le había dicho en años a alguien había sido recientemente
a Tiffany Warren, cuando se hacía pasar por el ama de llaves de los Callahan. Pero Tiffany le recordaba muchas cosas a las que había renunciado y no paraba de hacer
preguntas, a pesar de lo nerviosa que la ponía, así que le había sido difícil no hablar con ella.
Dawson había despertado su curiosidad desde que lo había visto escapar por la ventana del burdel en Helena, tan exuberante y risueño. Un forajido feliz. Aunque
había supuesto que el amor de juventud explicaba tal contradicción.
El chico por fin se puso de rodillas. Degan se arrodilló detrás de él para comprobar el nudo y le pasó la cuerda alrededor de los tobillos unas cuantas veces.
—Ahora, las manos.
Al cabo de unos minutos tenía a Dawson maniatado, con la cuerda alrededor de los pies y atándole las manos y luego subiendo hasta el cuello, rodeándolo y bajando
de nuevo hasta los pies.
—¿Tiene idea de lo incómodo que es esto? —le gritó Max furioso cuando Degan lo empujó para que se tumbara de lado.
—Digamos que sí. Pero yo no quebranto la ley, no dejo que me pillen desprevenido y ten por seguro que no me quejo como una nena. Así que cierra el pico,
Dawson.
—¿No vas a prenderme ahora?
—Por la mañana. Llevo cuatro días sin dormir apenas, desde que empecé a buscarte.
Degan agarró el rifle del chico antes de salir de la barraca en busca del caballo para pasar la noche. El palomino lo advertiría si se acercaba alguien, aunque no esperaba
compañía. Si Luella hubiera sabido dónde estaba Dawson, habría ido a avisarlo mucho antes.
Volvió a entrar en la barraca y vio que el chico estaba exactamente donde lo había dejado, acostado en el lecho de hojas, aunque había alzado los pies tanto como
había podido para aflojar la tensión de la cuerda en su cuello. Esperaba que no se estrangulara antes de que él se hubiera dormido. No habría ningún peligro si el chico se
quedaba quieto, así que Degan no tenía intención de aflojarle las ataduras. Se sentó y apoyó la espalda en la pared con precaución, temiendo que la barraca se
derrumbara si se dejaba caer contra ella. Se quedó dormido inmediatamente.
7
Lo despertó el leve crujido de la madera. Degan abrió los ojos y vio a Dawson saliendo de puntillas con las alforjas en la mano. Se había puesto el abrigo y el
sombrero. Que no hubiera comprobado el montón de hojas que el forajido usaba como colchón demostraba lo cansado que estaba después de atar al prisionero. Debajo
de las hojas podía haber cualquier cosa escondida. Evidentemente había otro cuchillo.
—Yo en tu caso no lo haría —gruñó.
El muchacho lo hizo: huyó por la puerta. Degan soltó una maldición y fue tras él. Estuvo a punto de tropezar con las alforjas que el otro había dejado caer en el
umbral. No desenfundó a pesar de que tenía un blanco perfecto a la luz de la luna. Nunca le había disparado a un hombre por la espalda y no iba a ser aquella la primera
vez que lo hiciera. Además, tenía la sensación de que Dawson estaba demasiado desesperado como para detenerse por un arma, aunque le disparara.
El chico no fue a buscar su caballo. Hacerle dar la vuelta en la pequeña cueva en la que estaba oculto le habría hecho perder demasiado tiempo. Simplemente corría
colina abajo para escapar, zigzagueando entre los árboles, seguramente con la esperanza de que Degan lo perdiera de vista, ocultarse y volver más tarde a por su
montura. Podría haber funcionado. Había bastantes árboles tras los que esconderse, pero era bajo y Degan tenía las piernas largas. Agarró al chico por el abrigo de ante y
tiró de él. Debería haber bastado para detenerlo, pero Dawson sacó los brazos de las mangas sin parar de correr y Degan se quedó con la prenda en las manos. La tiró al
suelo y volvió a acortar la distancia que lo separaba de su presa. Esta vez lo agarró por el chaleco, pero el maldito muchacho volvió a zafarse del mismo modo. Sacó los
brazos y Degan se quedó con la prenda de cuero y la risa del joven que le llegaba desde lejos. ¿Así que Dawson lo había planeado esta vez y se había desabrochado el
chaleco al tiempo que corría? ¡Increíble! Aquello empezaba a parecer una broma de la que Degan era la víctima.
No había perseguido a nadie de aquel modo desde que era un niño que jugaba con sus hermanos pequeños. Desde su llegada al Oeste, nunca se había visto en la
situación de tener que perseguir a alguien. Con el arma podría haber puesto fin a aquel sinsentido, pero no desenfundó. No volvería a caer en la trampa de Dawson, sin
embargo. El chico seguramente se estaba desabrochando la camisa para escurrirse por tercera vez.
—¡Ríndete, petimetre! —le gritó Max sin mirar atrás—. ¡No vas a pillarme!
Degan se echó encima de Max, derribándolo al suelo. Dada la diferencia de peso entre ambos, seguramente

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