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Libro Crimen perfecto Crimen perfecto 1 – Domingo Plumaroja

Libro Crimen perfecto (Crimen perfecto 1) – Domingo Plumaroja

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frío. Andrés nunca había valorado su
trabajo. Él se creía un gran arquitecto,
era el que tenía vida social. Ana fue
importante en el cuerpo. Llegó a ser una
mujer importante hasta que Mario, su
propio mentor, le cortó la cabeza cuando
vio que cada vez tenía más peso en el
departamento.
Cuando Ana cayó, decidió tener un
hijo y se volcó en él, en ella más
concretamente, ya que María era una
preciosa niña.
El haber caído profesionalmente
alegró también a Andrés, pero sumió a
Ana en una extraña depresión que
únicamente era colmada por su unión
especial con María, un nexo casi
enfermizo, tanto que le costó 5 largos
años decidirse a escaparse un fin de
semana fuera.
Pero Mario se lo estropeó. Ana no
creía en las casualidades, sabía que
Mario se lo había saboteado adrede.
María apareció en la puerta de la
habitación mientras Ana se vestía. Se le
borró la sonrisa y le preguntó por qué se
ponía la ropa, si se iba a ir sin ella.
Ana le explicó que debía volver a
Madrid, que se quedaba con papá para
ver una cueva muy grande con una
cascada que caía desde abajo, y que
iban a subir a unos lagos con nieve.
Andrés ni preguntó, simplemente
cogió a María y se la llevó a desayunar.
Ana le dio un beso a Andrés, que
separó la boca, poniendo la mejilla,
visiblemente enfadado. Hacía ya mucho
tiempo que quería que Ana dejara de
trabajar y se quedara en la casa con la
niña, y esas cosas, y las salidas a horas
intempestivas de Ana, en un trabajo que
no la llenaba le ponía furioso.
Capítulo 2
Ana dio un fuerte abrazo a María y
bajó del apartamento directamente al
bar. En la puerta había un coche de la
Guardia Civil, pero entró a desayunar,
sin hacerles mucho caso.
Se tomó un café con leche y un
croissant y salió al coche. Se dirigió a
uno de los guardias que hablaban al lado
del coche interrumpiéndoles la
conversación.
– Soy Ana Lafuente
Santander, creo que me están
esperando.
Uno de los guardias civiles le abrió
la puerta del coche mientras el otro se
metía dentro. Dio la vuelta y se puso de
copiloto mientras el coche arrancó a
gran velocidad con la sirena puesta.
– Señores… ¿vamos a ir así
hasta Madrid? Anda, no creo que
haga falta.
– Perdone teniente, nos han
avisado de Madrid, diciendo que
era importante que la lleváramos lo
más rápidamente posible.
– Si, pero en silencio, por
favor
El coche enfiló el puerto del Pontón
a toda velocidad. Ana le tuvo que decir
que no corriera tanto, que iba a
investigar un asesinato, que ya no podía
hacer nada por la vida del finado.
Una vez llegaron a Cistierna la
carretera mejoró, desapareciendo las
curvas, lo cual agradeció Ana
enormemente ya que estaba francamente
mareada para cuando llegaron ahí.
Antes de coger la autovía pararon a
echar gasolina y Ana aprovechó a salir
del coche y tomar aire, despejarse un
poco. Entró al lavabo y se mojo la cara.
El mareo le había hecho olvidar el
enfado que tenía por haber tenido que
abandonar a su familia en el único fin de
semana que se escapaba de Madrid en
años.
Cuando entraron en el coche marcó
el móvil de Gutiérrez. Se imaginaba que
aún estaba en la escena del crimen.
Quería que le informara. Se imaginó un
ajuste de cuentas entre drogadictos o
traficantes de baja estofa, que era lo que
Mario le asignaba últimamente. Iba
recordando sus últimos casos mientras
sonaba el tono de llamada de Gutiérrez,
que era una canción de Motorhead, The
Ace of Spades. Siempre le reprochó que
en el móvil de trabajo pusiera ese tipo

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de tonos poco serios, pero Gutiérrez era
especial, era un hombre libre en la
esclavitud del cuerpo y se permitía esos
pequeños devaneos libertarios.
Gutiérrez no respondía, cosa que le
extrañó. Dejó el móvil en el asiento y se
puso a mirar por la ventanilla. Su
trabajo no funcionaba, desde lo de ETA
la tenían en un segundo plano, su propio
jefe la había defenestrado, y desde
entonces estaba en sus manos. Veía a sus
compañeros crecer, promocionar, pero
ella ya había llegado a lo más alto, ya no
la dejarían subir más y la ahogaron en su
éxito.
Su matrimonio no funcionaba. Se
había casado con uno de los arquitectos
más prometedores de Madrid que se
quedó en el camino, en eterna promesa.
Y aunque sus éxitos profesionales no
consiguieron avanzar, su ego sin
embargo creció hasta límites
insospechados. No sólo era arquitecto,
sino que también ejercía de arquitecto.
Sólo su niña le mantenía con vida,
impedía que mandara todo a la mierda,
que pidiera un traslado, que se
divorciara, que empezara de nuevo.
Estaba encerrada en un mundo que lo
único que la hacía feliz le impedía
romper con lo que la martirizaba,
maldita paradoja.
Sonó el móvil. Era Gutiérrez.
– Anda, cuéntame los
detalles… ¿crimen pasional?
¿ajuste de cuentas?
La voz de Gutiérrez sonó baja, como
si no quisiera que le escucharan los que
le rodeaban, hablando susurrante.
– Ana, no te lo vas a creer.
Mario te ha mandado a estudiar un
crimen bastante tonto, una especie
de ajuste de cuentas. He sido yo el
que le ha convencido para que te lo
diera. Estoy en el baño del cuartel,
no puedo hablar en voz alta.
Escucha, un individuo disparó
sobre otro que salía del metro. Le
pegó un tiro en la cabeza. La bala
le atravesó la cabeza. Saliendo por
la boca, un espectáculo muy
desagradable, ya te puedes
imaginar. Pero los forenses
encontraron la bala, y cuando la vi
me ha parecido algo raro.
– ¿Por qué hablas en pasado?
– Porque fue ayer por la tarde
– Mierda, ¿y no podíais haber

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esperado al lunes?
– El lunes igual habrían dado
el caso a otro, y este es tu caso.
Déjame que te cuente. Encontramos
la bala y esta noche he investigado
sobre esa bala, y no te puedes
imaginar qué es lo que me he
encontrado. Esa bala sólo se utiliza
en un revólver de calibre 32, no en
pistola, y lo más importante, ha
habido dos asesinatos iguales, uno
en Barcelona y otro en Bilbao. En
la salida del metro, por la tarde en
estaciones concurridas, hombres de
mediana edad, y con revolver
calibre 32. Tres asesinatos iguales.
Ana asimiló lo que le estaba
contando Gutiérrez, tres asesinatos
iguales. Los patrones no correspondían a
un sicario. Que las víctimas y los
escenarios fueran similares y que se
utilizara un revolver en vez de una
pistola hacían de los asesinatos algo
especial.
– ¿Se trata de un asesino en
serie, Gutiérrez?
– Si, por eso he hecho que
Mario te lo asignara. Nadie lo sabe
todavía, nadie sabe el potencial de
este caso, salvo yo… y bueno,
ahora tú.
– ¿No se investigaron los
otros asesinatos?
– Por supuesto, Ana, uno los
mossos de escuadra, el otro la
ertzaintza.
– O sea, que no hay datos.
– No, ya sabes, cada uno a su
rollo. No se han cruzado datos. He
buscado en la red común de la
Interpol, ahí ha aparecido todo.
Mira, vente para el escenario del
crimen, está en la boca de Sol.
– ¿Tan céntrico ha sido?
– Si. Intentamos hacer una
jaula, pero te puedes imaginar que
ahí poco se podía hacer.
– Bueno, si ha actuado en
Madrid, Bilbao y Barcelona,
acabará saliendo de la ciudad.
Habrá que plantear…
Ana se dio cuenta que los dos
agentes que la conducían escuchaban
atentamente y se incomodó. Si Gutiérrez
había mantenido el secreto, no era
cuestión ahora de hacer público el
planteamiento de la investigación.
– Vamos para Sol, espérame
allí, quiero ver el escenario yo
misma. Lleva todo el material, lo
estudiaremos sobre el terreno.
– Ok.
Colgó el teléfono y llamó a Andrés.
Se puso María, que excitada le contó
que había visto una cueva enorme con
una cascada, y un río donde había tirado
una moneda y pedido un deseo. Le
mandó besos y se fue. Se puso Andrés y
le contó que estaban en la Santina, que
no podían subir a los Lagos porque aún
había mucha nieve, pero que se irían a
Ribadesella, que a María le apetecía
conocer donde había nacido la princesa
de Asturias. Parecía fastidiado.
Enseguida con la excusa de que la niña
se iba colgó.

Capítulo 3
La pareja de guardias civiles que
llevaban el coche apenas conocían
Madrid. Sacaron un GPS del coche e
intentaron ponerlo en marcha, pero era
un viejo aparato que ninguno de los dos
sabía utilizar. Por fin lo arrancaron bajo
la mirada indiferente de Ana. Uno de
ellos le preguntó por la dirección a la
cual debían dirigirse. Ana les dijo que
no se preocuparan, que ella les guiaba, y
le fue indicando como ir.
Aparcaron el coche patrulla en
medio de la plaza, lo cual provocó una
estampida de carteristas, vendedores del
top manta y de un número indeterminado
de habitantes habituales de la Puerta del
Sol.
Ana se despidió de los agentes,
diciéndoles que no los necesitaba y
agradeciéndoles el viaje. Los dos
agentes se cuadraron y saludaron
militarmente. No en vano Ana era
teniente de la guardia civil y si les
habían levantado de la cama con tanta
urgencia para que la llevaran a Madrid
de inmediato, sería un importante
miembro del cuerpo. Ana les devolvió
el saludo indiferente, ya no estaba para
esas filigranas sin sentido, y se dirigió
hacia Gutiérrez, que observaba la
escena sonriendo al lado de la boca del
metro.
– Teniente O´Neal, parece
que sus soldados se entristecen de
dejarla.
– Mira que graciosillo el
nene… en fin, ya se van. Vamos a
tomar un café, tengo el estómago
como una lavadora, y necesito
meterle algo. Vaya viajecito me han
dado, no sé quien les has dicho que
era, pero la verdad, estaban
cardiacos.
Entraron en una cafetería y se pidió
una pulga de tortilla con una caña, y
Gutiérrez se repitió con lo mismo. Se
sentaron en una mesa y empezó a
comentarle el caso. Le enseñó las
fotografías tomadas el día anterior, el
preinforme que había hecho de acuerdo
a los datos que había obtenido, de las
dos declaraciones que había tomado a
dos testigos que en realidad tampoco
aclararon nada, ya que se contradecían
en exceso.
– Al parecer el asesino se
apostó en el lado izquierdo de la
boca de metro, y allí esperó a su
víctima, que se trataba de un

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hombre de 58 años, Álvaro Pérez
Sarmiento, casado, con dos hijos.
Trabajaba en una carpintería.
– Deja los datos de la víctima
para más adelante, céntrate
únicamente en el asesinato.
– Ok. Cuando la víctima subía
por las escaleras, le disparó en la
cabeza desde arriba. Un tiro
certero. La bala le entró por la

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parte superior del cráneo y se salió
por la mandíbula. La muerte fue
inmediata. El cuerpo se cayó
escaleras abajo, sobre la gente que
subía. Dos testigos vieron alejarse
a un individuo tranquilamente, y
ambos creen que es el asesino,
pero en la descripción apenas
coinciden.
– Encontraste la bala.
– Si, la encontré enseguida,
una bala del calibre 32, de un
revólver. Además, no había
casquillo, cosa que corrobora el
uso de un revólver.
– ¿La víctima?
– Ya te he dicho, 58 años, con
dos hijos. Salvo multas de tráfico,
está limpio. He mandado a dos
chicos a investigar en su entorno,
pero no creo que aporten nada
nuevo. No hay un motivo para que
lo asesinaran.
– ¿Lo de Barcelona y Bilbao?
– Crímenes muy similares. El
de Barcelona en septiembre, el 12.
El de Bilbao el 7 de noviembre.
– Hoy es… 14 de enero. Ayer
era 13.
– Las tres víctimas hombres
de mediana edad, limpios, casados,
con familia. No tienen nada en
común salvo eso, la edad, el de
Barcelona 55 años y el de Bilbao
61. Similar complexión, 1.75 más o
menos los 3, canosos, ni gordos ni
delgados. Parece que se sigue un
patrón con las víctimas. Los tres
asesinados con un revólver de
calibre 32, un solo disparo, no
aparecieron casquillos. Los tres en
horas concurridas, en la boca del
metro, y con un tiro en la cabeza
hecho desde arriba. Es el otro
patrón que coincide.
– Vamos a ver la boca de
metro.
Capítulo 4
Fueron hasta la boca. Gutiérrez se
colocó fuera, en la calle, asomado hacia
dentro, desde donde el asesino había
disparado. Ana se imaginó el asesinato,
lo visualizó.
– El asesino le disparó en la
cabeza desde atrás, por eso salió la
bala por la mandíbula. Se colocó
aquí y disparó, pang. Con el
barullo de la calle nadie aquí fuera
escuchó el ruido del disparo. Los
que salían se encontraron con el
cuerpo de la víctima cayéndoles
encima. Nadie se fijó en él. Los
testigos pudieron identificar a
cualquiera en la calle que se
alejara del lugar, pero nadie está
seguro de que fuera el asesino.
Gutiérrez la miraba. Era lista Ana, le
gustaba su manera de pensar, siempre en
voz alta, pero siempre de forma certera.
– Fíjate, para poder disparar
lo tuvo que hacer desde aquí, y
apuntando a la cabeza, sólo pudo
disparar con la mano izquierda. El
asesino es zurdo.
– Bueno, puede ser una
estratagema de engaño…
– No. Es zurdo. Hay que
forzar mucho la postura para poder
disparar, si no lo haces con tu mano
habitual la probabilidad de error es
alta, y no quiere fallar. Los mata de
un solo disparo. No corre riesgos,
no necesita engañarnos. Nadie le
ve. ¿Qué mejor manera de ocultar
su crimen que disparando entre la
multitud? Cualquiera de los que
estaban en la zona pudo ser. Nadie
le ve disparar. Fíjate cómo sube la
gente las escaleras, todos mirando
hacia abajo, hacia la escalera que
pisan. Si alguien escucha el tiro
tiene al asesino encima, a la vez
que cae la víctima. Para cuando
quiere reaccionar el asesino ha
desaparecido. Esquivando a la
víctima y dándose cuenta de lo que
está pasando no reacciona, y
aunque lo hiciera y saliera, para
cuando llega arriba el asesino se ha
confundido entre la gente. Desde
arriba nadie le ve hacer nada
sospechoso. Sólo tiene que sacar
rápidamente el arma y disparar, un
disparo fácil. Nadie le va a
escuchar, guarda el arma, se da la
vuelta y ha desaparecido. Los de
arriba no se enteran del drama que
ocurre debajo, y los de abajo se
desconectan de lo que hay arriba.
El secreto del éxito es no fallar. El
tener que realizar un segundo
disparo supondría que la gente se
daría cuenta de lo que pasa, se
eliminaría el factor sorpresa,
podrían identificarle. No quiere, no
puede fallar. Y desde aquí sólo se
puede disparar con éxito con la
izquierda. No lo dudes. Es zurdo.
Ana hizo el ademán de sacar un arma
y disparar. Repitió el gesto varias
veces. Se quitó los zapatos de largos
tacones y se los dio a Gutiérrez,
quedándose descalza sobre el frío suelo
invernal. Sacó con disimulo su propia
arma y Gutiérrez dio un respingo. Pasó
el arma por encima de la barandilla, y
un peatón se percató de ello y se asustó,
parándose en seco, asustado
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