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Crímenes sin castigo – Fernando Martínez Lainez

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El crimen
Se llamaba Sir Harry Oakes, pero en los círculos financieros lo conocían como el Rey del Oro. Era uno de los hombres más ricos del mundo y vivía en el paraíso, aunque
eso no le sirviera de mucho, aquella noche de julio de 1943, cuando alguien le asesinó brutalmente. El asesino o asesinos se ensañaron con él hasta extremos truculentos.
No se trataba, desde luego, de un personaje normal y por eso tampoco lo fue la noticia de su muerte, aunque se intentó —y se consiguió en gran parte— que los
titulares de prensa no salpicasen demasiado a la buena sociedad de las Bahamas con la que alternaba la víctima. Oakes tenía relaciones importantes, empezando por su
amigo y Gobernador General de las islas, duque de Windsor, y ex-rey de Inglaterra con el nombre de Eduardo VIII, nada menos.
Los hechos conocidos empezaron la noche del siete al ocho de julio de 1943, a altas horas de la madrugada. El duque de Windsor dormía en su residencia oficial de
Nassau, capital de Bahamas, en la isla de New Providence, cuando le despertó su ayuda de cámara para darle la noticia. Sir Harry, el poderoso multimillonario de las
islas, había sido encontrado muerto en su propiedad de Westbourne, próxima a Nassau. No hay testimonio de la reacción del duque en ese momento, pero debemos
suponer que prevaleció en él la típica flema aristocrática de sus ancestros. A fin de cuentas un caballero es alguien que procura evitar escándalos y molestar lo menos
posible. Eso, quizá, explique la tardía reacción. Eran las diez de la mañana, unas tres horas después del hallazgo del cadáver, cuando el duque de Windsor llamó al
capitán Edward Walter Menchen, jefe de la brigada de homicidios de la policía de Miami, a quien conocía por motivos profesionales. Menchen era el encargado de velar
por la seguridad del duque y Gobernador, y protegerle como guardaespaldas en los frecuentes viajes que éste realizaba a la cercana Florida. Allí, el aristócrata descargaba
el tedio y el aislamiento de su alto cargo —en realidad un destierro dorado— en Bahamas desde hacía tres años. «Podría usted venir a Nassau inmediatamente, —dijo el
duque por teléfono al asombrado Manchen—. Ha muerto un ciudadano muy importante, probablemente se trate de un suicidio. Me gustaría que viniera a confirmarlo».
Extrañas palabras, puesto que el duque, al parecer, ni siquiera se había dignado a ver el cadáver de su amigo y muy importante ciudadano.
Bahamas era dominio británico y, desde luego, no formaban parte de la jurisdicción policial norteamericana, pero el duque no quiso entregar el caso a la policía local, que
tenía poca experiencia en homicidios, ni tampoco a Scotland Yard. Prefirió ocultar durante algún tiempo la noticia del asesinato, invocando la autoridad que le otorgaba
la Ley de Poderes de Emergencia en Guerra, antes de llamar personalmente a la policía de Miami pidiendo ayuda para corroborar el «suicidio».

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Menchen, acompañado del capitán James Otto Barker, jefe del servicio de identificación de Miami, tomó el primer avión. Ambos detectives aterrizaron en Nassau a las
trece y treinta del mismo día, y se pusieron inmediatamente a trabajar después de que se produjera un hecho sorprendente: al capitán Barker le fue incautado en la
aduana el material gráfico que llevaba para realizar su cometido, aunque los aduaneros se lo devolvieron esa misma tarde. Aún hubo un hecho más extraño. Barker tomó
fotografías de la habitación del crimen, pero cuando regresó a Miami y reveló los carretes descubrió que todas se habían velado. También averiguó que los aduaneros de
Nassau le habían estropeado la cámara, una Speed Graphic, durante el tiempo que la retuvieron en su poder.
La llegada de los dos policías norteamericanos dinamizó la investigación. Instalaron una oficina temporal en Westbourne donde interrogaron a los criados de la residencia
y a los allegados de Sir Harry que pudieron encontrar. Poco a poco, los detalles del sórdido crimen fueron saliendo a la luz. A la vista del cadáver, cualquier hipótesis de
suicidio quedaba descartada. Se trataba de una muerte violenta, un asesinato en toda regla. El mismo día siete de julio, Oakes estuvo haciendo los preparativos para un
importante viaje de negocios a Sudamérica, donde tenía pensado realizar grandes inversiones financieras. A modo de despedida, esa noche invitó a cenar a un reducido
grupo de amigos, o más bien compañeros de negocios: la señora Dulcibel Effie Heneage, Charles Hubbard y Harold G. Christie. Hacia las once de

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