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Libro PDF Cruzando el Amanogawa – Patricia Lopez Ortuño

Cruzando el Amanogawa – Patricia Lopez Ortuño

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sesiones de baile sin fin pasan factura.
Su marido, sentado ahora en el sillón
de la derecha, ojea la prensa deportiva y
la sacude de vez en cuando para poner
firmes las hojas sin cambiar de postura.
Es un sonido que me resulta molesto.
Todo en realidad me resulta molesto
cerca de él.
Mi madre está en la cocina y yo
jugueteo con sus revistas de súpermujeres.
El must have del otoño, un
bolso de dos mil euros que además es
feo, fotos de chicas imposibles, el multiorgasmo,
reportajes de lugares lejanos e
idílicos a los que nunca podré ir y mi
madre tampoco… Intento distraerme
entre tanta sandez y dejar de sentir su
mirada. Noto como clava sus ojos en mi
perfil. Lo hace por encima de las hojas
ruidosas de su revista, pero noto su
intensidad como si lo hiciera a diez
centímetros de mi nariz.
Me incomoda, me marea y me
aterroriza.
Intento no perder la objetividad.
Creer que este temor no es más que una
neurosis. Un individuo intentando
ocupar la figura paterna arrebatada de
forma traumática. Nada que en dos
sesiones de terapia psicológica no se
pueda desmontar.
Pero el espacio físico que me separa
de él se convierte en una barrera
infranqueable. Un muro invisible
convierte en una odisea entablar una
conversación. Un campo magnético le
rodea y me repele. Me desconcierta el
timbre de su voz que debí escuchar en
algún otro lugar, como si de un déjà vu
se tratara, me invade de nuevo la
aprensión.
—¡La comida ya está lista!
Mamá salvándome de nuevo.
Nos dirigimos a la cocina, sin duda el
mejor rincón de la casa. Mientras llena
tres copas de vino intento despojarme de
la angustia. Las notas de roble y frutos
rojos que ahora habitan en mi paladar
me calman como a un recién nacido
succionando la leche materna. Dejo que
el caldo color rubí y teja se deslice por
mi garganta.
Ahora todo está más sereno, incluso
la luz de la cocina se ha hecho más
amable.
Miro al marido de mi madre, que
ahora examina los taninos de su gran
copa de cristal a través de esta misma
luz y, creyéndose un experto enólogo,
frunce el ceño. Parece que interpreta
algo en los surcos de la copa, pero solo
lo parece.
Con su gesto humano, siento ahora
más lejos esa animadversión. Quizás mi
amiga Candela tenga razón. Mi afición a
los ácidos algún que otro fin de semana
está alterando mi percepción de la
realidad.
Nos acomodamos en la isla central de
la cocina, acerco el taburete y dejo mi
copa de vino ya medio vacía. El ritual
de preguntas sobre mi presente y futuro
se repite en un bucle sin salida, ya que
mis respuestas son siempre las mismas.
Adoro a mi madre, pero no sé si es la
edad o la preocupación por mí lo que la
ha convertido en una mujer tan pesada.
Su marido asiente con la cabeza la
colección de frases hechas que mi madre
va repitiendo:
—Es que hija, siempre has sido culo
de mal asiento, cada noche por ahí —
prosigue—. Llegas a las mil ¡Y seguro
que duermes fatal!
—Es un trabajo, mamaaaa —contesto
lentamente, como cuando aleccionas a
un niño.
—Un trabajo, un trabajo… Y esa
manera de echar tu futuro por la borda,
dejando tus estudios —continúa, por
supuesto, sin escucharme.
—… y todo el día en las nubes, con tu
cabeza vete a saber dónde, con esta
carita de pocos amigos. Hija, a veces
parece que no estás ¿desde cuándo te
tiñes el pelo de negro? Si pareces más
enfadada todavía…con lo bonito que es
tu color castaño claro. Y este aspecto,
tan blanca y delgaducha. Antes estabas
más gordita, más sana.
—Sí, claro, mamá —cambio el tono
—. A tu lado, con veinte kilos más y el
colesterol por las nubes. ¡¡No te jode!!
—replico.
Entonces su marido me mira, como lo
hace en otras ocasiones.
Aprovecha el momento de
desaprobación general de mis palabras
para acecharme con su mirada
contaminada. Sé que en el fondo no le
importa absolutamente nada lo que dice
mi madre y menos lo que digo yo.
Pero yo sé distinguir este tipo de
mirada. Muchos hombres la emplean
para conseguir algo más que una copa
cuando estoy detrás de la barra. Solo
existe una gran diferencia. Con los
demás puedo sortear la situación,
incluso dejarlos en ridículo o seguirles
el rollo. Con Fernando solo puedo
esperar, muerta de miedo, que decida
mirar hacia otro lado.
Hundo mi ánimo en la lasaña casera
mientras ellos siguen hablando. Soy
incapaz de concentrarme en la
conversación. Me pregunto cómo mi
madre no se da cuenta de qué clase de
personaje ocupa el otro lado de su cama.
Quizás su cocina de ensueño no le deja
ver más allá de sus narices. O el salón,
parecido a los que ella limpiaba antes,
le nubla la razón.
—¡¡Que si quieres café, Vega!! —por
el elevado tono y la cara de mi madre,
parece que no es la primera vez que me
lo pregunta.
—¿Eh? ¿Qué? Café…. Sí, gracias —
contesto mientras mi madre resopla.
—Lo que te digo yo… ¡Estás en
Babia!
Por un momento se hincha,
conocedora de poseer la razón. Sigue
rezando cosas sobre mí en voz baja y
entre los ruidos de los platos entrando
en el lavavajillas reconozco algún
resoplido.
La escena empieza a adquirir tintes
melodramáticos, el género preferido de
mi madre, y decido levantarme.
No tengo la intención de ayudarla a
recoger la cocina. La colección de
reproches sobre mi aspecto y mi futuro
ha sobrepasado la dosis diaria
recomendada. Me llevo la pequeña taza
de café a la terraza de su ático e intento
disfrutar de los últimos minutos cálidos
de esta ya tarde de febrero.
Los tejados de Barcelona saturan el
paisaje y las miles de antenas afiladas
arañan el cielo. El día es despejado,
pero una nube de contaminación viste la
ciudad. Hace semanas que no llueve y
una niebla ligeramente marrón reposa
sobre la orilla de la playa. La tarde se
consume y me asalta la melancolía.
Triste como un niño frente a su plato
de acelgas.
Me acomodo en la hamaca de mi
madre y me llaman la atención sus
flores. Cuida su pequeño jardín con
dedicación y lo conserva incluso en
invierno. Mi mirada se pierde entre sus
macetas y desaparezco del mundo por un
instante. Las violetas tienen un color
insolente.
CAPÍTULO 2
La Estrella Circumpolar
Estrella que vista desde una
latitud dada en la Tierra, nunca se
pone. No llega a desaparecer bajo
el horizonte debido a su
proximidad a uno de los Polos
Celestes. Las estrellas
circumpolares son, por lo tanto,
visibles desde dicho lugar todas
las noches del año. También lo
serían de día si no fueran ocultas
por el resplandor del sol.
Château de l’Étoile, valle del
Loira, 1659
Las esencias florales inundaban su
nariz pequeña. Las azucenas, las rosas y
las violetas tenían un color insolente
aquel abril de 1659. Adoraba corretear
por el jardín y repasar con sus manos las
figuras esculpidas en los arbustos.
Mientras sorteaba los obeliscos
vegetales que rodeaban el pequeño
palacio, regresaba por unos instantes a
su hogar.
El edificio no ostentaba ser el más
imponente del valle, pero nadie podía
negar que sus formas renacentistas
legaban un placer visual a todo aquel
que se atrevía a contemplarlas.
Saltando los escalones de dos en dos,
escalaba traviesa hacia la entrada. Sus
manos blancas sostenían su vestido
largo y pesado, dejando entrever sus
pies inquietos.
Una vez dentro, intentó bruscamente
cambiar su gesto para no llamar la
atención sobre sus compañeras, que
habían girado ya la cabeza hacia sus
pasos.
—¡Viviane! ¿No te educó tu madre en
el caminar? ¡Jamás vi a una joven
corretear como un chiquillo!
—Disculpe, Anne, siento interrumpir
en su menester —contestó mientras, con
un gesto reverente, continuó su camino.
Abandonó la estancia, dejando atrás
el olor de la lavanda y el jabón. Ella
sabía que era la protagonista de los
susurros y las risas de las mujeres en la
lavandería, que enmarañaban con sus
rumores la primavera nueva de Viviane.
Continuó por el pasillo hasta llegar a
su dormitorio, empujando con ímpetu la
pesada puerta de madera.
Ni la modesta estancia, ni la
penumbra que la asolaba, podían
ensombrecer el éxtasis que la ocupaba
en cada rincón de su cuerpo. Ella era el
centro del universo, y en su universo
solo existía él. Sus mejillas se
sonrojaban con solo pronunciar su
nombre. No supo cuánto tiempo pasó
sumergida en el pensamiento.
Recorriendo el perfil de Jacques con su
mente olisqueaba el jazmín, hasta que
alguien golpeó su puerta.
—Pequeña, debes ir preparando el
baño de la Señora. Bendito el día que
caíste en las garras de Eros, ¡Porque con
él se quedó tu sensatez!
A pesar de sus palabras, Anne la
trataba como una hija. Fue su instructora
y todavía hoy la aleccionaba en las
duras labores del castillo.
—No por más fuerte golpear se harán
tus palabras entender —bromeó
mientras se desperezaba.
Escondió sus rizos rojos bajo el
pañuelo, ajustó el corsé que la oprimía y
se dirigió hacia los aposentos de su
Señora, Diana de Bovier.
Diana, viuda desde los treinta y uno,
mantenía una belleza aristócrata y un
halo de enigma a su alrededor. Vestía
desde entonces prendas negras y
blancas, pero el erotismo que rebosaba
a sus cuarenta años de edad no dejaba a
nadie indiferente. Administradora
inteligente de su herencia y fortuna,
ocupaba el castillo del valle de Loira,
en el que Viviane trabajaba no hacía
mucho.
Aficionada a la caza, coleccionaba
figuras de bronce con formas de
animales. Incluso llegó a retratase como
cazadora, desnuda con un arco en sus
manos, emulando a las diosas del
Olimpo. El impresionante lienzo
colgaba del salón principal. La imagen
de Diana se extendía sobre Viviane y se
tornaba cóncava, creando una bóveda
asfixiante sobre ella y sobre el castillo.
Solo viendo su retrato ya se podía
adivinar el poder que poseía.
Viviane preparaba su baño de manera
litúrgica. Mezclaba el jabón con el agua
caliente y disolvía unas gotas de
perfume concentrado. No podía evitar
deleitarse con todo aquel ritual, pues,
incluso en la corte, la higiene personal
por aquel entonces era prácticamente
nula, pero la obsesión de la Madame por
su belleza y la eterna juventud la llevaba
más allá de las costumbres de la época.
Viviane introducía a escondidas su dedo
índice en el elixir y humedecía su
escote, mucho menos generoso que el de
su Señora. El olor de aquellas flores le
recordaba a la manos de Jacques.
—Puedes retirarte.
La presencia de Diana llenaba
siempre la estancia.
—Sí, Madame —contestó con la
mirada en el suelo. La mezcla de miedo
y admiración que sentía por ella la
confundía y no siempre encontraba las
formas exactas de protocolo.
Viviane, de origen humilde y padres
campesinos, intentaba adaptarse a su
nueva vida. Echaba de menos
terriblemente a su madre y en muchas
ocasiones se sentía ajena a su nueva
existencia.
La vida en el castillo seguía el ritmo
de una melodía desconocida para la
joven labriega. Todavía guardaba
gestos de su infancia y los
acontecimientos que rodeaban al castillo
y a sus gentes fácilmente escapaban a su
comprensión.
Su rostro redondeado le daba un
aspecto infantil y contrastaba con la
sensualidad de su boca. Su piel era
completamente blanca y miles de pecas
color naranja invadían su cuerpo. Sus
hermanos se burlaron de ella mientras
Viviane no levantó más de un metro del
suelo, pero cuando empezó a crecer no
tuvieron más remedio que rendirse a la
evidencia. Los pigmentos de su dermis
la convertían en una hermosa joven que
desprendía belleza por cada poro de su
pálida piel.
Pero ella seguía odiando sus pecas.
Los chicos con los que compartió su
infancia siempre pensaron que Viviane
sabía a leche y azúcar, pues desprendía

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