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Cuéntaselo a Debby – Chloe Santana

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Descargar libro En PDF sufrido en la infancia y las continuas infidelidades de su primer amor parecen haber construido una nueva Debby que poco tiene que ver con la chiquilla débil de la que
todo el mundo se burlaba. (…) ¿Pero qué se esconde tras la inalcanzable rubia? ¿Una buena campaña de marketing? ¿Una mujer implacable capaz de pisar a todo
aquel que se interponga en su camino?
Por Holly Turner
1. El sueño americano
A aquella hora de la mañana el gimnasio estaba desierto, a excepción de las dos personas que se lanzaban golpes en el ring central. Tan sólo se escuchaba el sonido de
los guantes de boxeo cortando el aire, y la respiración agitada de la mujer que trataba de esquivar los ataques rápidos de su oponente. En posición de guardia, con una
pierna adelantada y los brazos flexionados para defenderse, eludió el broche de izquierda de su contrincante y atacó con un directo de derecha. La figura masculina
apenas se movió a causa del impacto, pero le lanzó una mirada satisfecha. Furiosa consigo misma, la mujer arremetió con una patada circular baja.
─¡Mantén la mente fría! La ira no te servirá de gran ayuda. Piensa los golpes, anticipa mis movimientos… ─le indicó el instructor.
Debby trató de hacerle caso, pero al recibir un gancho amortiguado por su casco, soltó un gruñido y cargó contra él con todas sus fuerzas. Parecía un toro bravo al
que le habían colocado un pedazo de tela roja delante de los ojos. Lo cierto es que detestaba perder.
Con un único movimiento, Ted la derribó al suelo.
─En el kick boxing están prohibidos el codo y la rodilla ─le recordó.
Debby aceptó la mano que él le ofrecía para levantarse. En aquel momento, se sentía patética y débil.
─Para ti es fácil decirlo, no te están dando una paliza ─bufó.
Se llevó las manos al costado derecho, que le ardía a causa del puñetazo recibido. Sospechaba que al día siguiente luciría un antiestético moratón. El deporte de
contacto ─la actividad física en general─ , nunca había sido su principal talento. Tal vez por ello estaba tan empeñada en superarse a sí misma. Quería creer que no
existía disciplina en el mundo que se resistiera a Debby Parker.
─Auch ─se quejó.
─Podríamos parar ─sugirió Ted.
Debby lo fulminó con la mirada. En su mente, fantaseó con la idea de propinarle un codazo, pero todo lo que hizo fue atacarlo con una patada circular alta que él
frenó sin esfuerzo alguno.
─¿Sabes cuál es tu problema? Que golpeas por encima de tus posibilidades ─la provocó.
─¡Y un cuerno!
Lanzó una ofensiva de múltiples movimientos que el instructor sorteó mientras reía, hiriendo su orgullo.
─Debby… Debby… apuesto a que estás demasiado ocupada pensando en el nuevo color de tu laca de uñas.
Con toda su fuerza, el directo que empleó golpeó la protección de la cabeza de él. Entusiasmada, emitió un sonido parecido a una carcajada mientras se felicitaba a sí
misma. El timbre de su teléfono móvil provocó que ella girara la cabeza hacia la mochila situada en el otro extremo del ring, olvidándose por un segundo de su
contrincante. Aprovechando su despiste, Ted la abatió de una patada.
Debby despegó el belcro de sus guantes, los arrojó todo lo lejos que pudo y se tumbó boca arriba, jadeando con la lengua fuera.
─¡Me rindo!
─Si sigues así, tendrás una carrera tan corta como la de Hillary Swank en Million dollar baby.
Debby hizo una mueca. Acabar con una silla estrellada en la cabeza no era su idea, aunque tal y como estaban las cosas últimamente…
─Algún día haré que te tragues tus palabras ─bromeó.
─¡Mira cómo tiemblo! ─río Ted. Suspiró al ver que ella se arrastraba hacia su mochila para buscar el teléfono móvil con ansiedad─. Por tu bien, deberías aprender a
dejarlo sonar alguna que otra vez. Te tiene esclavizada.
Debby lo ignoró, descolgando la llamada.
─Debby Parker ─saludó, con aquella voz estudiada y formal que empleaba para las cuestiones relacionadas con su trabajo.
─¡Oh, Debby, menos mal que te encuentro! ─la alterada voz de Paolo, su ayudante personal, le retumbó en el cerebro─. Te he llamado varias veces al teléfono de tu
apartamento, y te he dejado miles de mensajes en el contestador. ¿Dónde demonios estás? ¡Se supone que deberías estar en la peluquería arreglándote para la entrevista
que tienes en dos horas.
Debby se llevó las manos a la cabeza. Había olvidado por completo la entrevista para Actuality. En los últimos días había tenido la agenda tan apretada que apenas

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pensó en ella. Se suponía que una tenía un ayudante personal para que funcionara como aquella memoria que a veces se empeñaba en olvidar ciertos eventos
importantes. Por desgracia, estaba tan absorbida por el trabajo y la preocupación de los últimos índices de audiencia del programa que tenía la cabeza en mil cosas.
─Necesito que me recojas en cinco minutos. Estoy en el gimnasio.
Paolo soltó un alarido.
─¡Sudada y despeinada, lo que faltaba! ─gritó una retahíla de palabrotas que en alguien como él resultaron demasiado cómicas para ser tomadas en serio─. Date una
ducha. Traeré conmigo a la peluquera. Tendrá que hacer lo que pueda dentro del coche.
Colgó el teléfono y se echó la mochila al hombro para dirigirse hacia el vestuario.
─¿Un día duro? ─se interesó Ted.
Debby pensó en los malditos índices de audiencia. No importaban los éxitos pasados, sabía de sobra que la victoria en televisión era algo efímero. Hoy eras alguien y
al día siguiente aparecías en una revista del tres al cuarto con el rótulo: ¿Qué fue de Debby Parker? ,y varios kilos de más repartidos de forma injusta en su cuerpo. Se
estremeció de sólo imaginarlo. Si no hacía algo pronto, alguien llegaría para arrebatarle su querido programa. Intuía que se avecinaba la guerra, por lo que dejarse ver en
los medios de comunicación para mostrar su cara más radiante podía ser una buena jugada.
Debby le dedicó su mejor sonrisa.
─Sobreviviré.
***
Se encontraba en un embotellamiento, con los nervios a flor de piel y el presentimiento de que Holly Turner la destrozaría.
Que lo intente, masculló para sí.
Holly era una arpía periodística cuyo pasatiempo favorito era inventar chismes sensacionalistas con los que inflar los titulares. Durante los años que Debby llevaba
en pantalla, había despotricado tanto veneno sobre ella que ya estaba curada de espanto. Desde ídolo de lesbianas hasta feminista absurda, había perdido la cuenta de
los insultos que le había dedicado la periodista. Estaba acostumbrada a encontrarse en el candelero, siendo al mismo tiempo alabada con fervor y odiada con entusiasmo
a partes iguales.
Para Debby había dos clases de hombres, y ninguno de ellos servía en absoluto para nada: los que querían llevársela a la cama, y los que con gusto le hubieran
ofrecido una fregona para limpiar sus pisadas. Del mismo modo, existían dos clases de mujeres: las que requerían su ayuda y las que despotricaban de sus métodos.
Era feliz siendo una celebridad, con sus ventajas y desventajas. Con la devoción de unos cuantos y el desprecio de otros. Durante años había sabido lo que era ser
ignorada. Invisible. Así que llevaba a la máxima aquella gran verdad: que hablen de ti, aunque sea mal.
Se sentía imparable. Triunfadora. Era un volcán en erupción que arrasaría con todo aquel dispuesto a truncar sus planes. La vida le había enseñado que ser buena y
jugar de acuerdo a las reglas no servía para nada. Bueno, a no ser que quisieras ser recordada como una pringada a la que todo el mundo pisoteaba cual chicle pegajoso
escupido en la acera.
─Detesto el tráfico de Manhattan ─se quejó.
Paolo le masajeó los hombros para relajarla, mientras recibía los tirones de cabello producto del trabajo de la peluquera. Apretó los ojos, mortificada por el dolor.
Para presumir hay que sufrir.
Trabajando en televisión, aquella era una premisa que había tenido que aprender hacía bastante tiempo. Como si ser mujer y fea fuera incompatible con triunfar frente
a la pantalla. Algo absurdo teniendo en cuenta que presentadores masculinos y anodinos se veían todos los días.
─Una lista rápida de los hechos que esa petarda teñida de Holly Turner puede utilizar en tu contra
─decidió Paolo, en un intento por tranquilizarla.
─Demasiados para ser enumerados en veinte minutos.
─¡Sé positiva, piccolina!
Debby sonrió al escuchar el apelativo. Paolo siempre le dedicaba alguna palabra italiana cuando quería animarla.
─Hablará de mamá
─Te ha llamado esta mañana, por cierto.
─Creí que estabas intentando ser útil ─le recriminó.
La expresión de su ayudante intentó sermonearla, pero Debby hizo caso omiso a su indignación.
─Eres la única persona en el mundo que no adora a Linda Parker.
─Será porque no es tu madre.
─¡Linda es fantástica! ─exclamó entusiasmado─. Escritora superventas del New York Times y cuatro veces ganadora del premio RITA. Sus obras han sido
traducidas a más de una veintena de idiomas, y forma parte del paseo de la fama de los escritores románticos. ¿Estás bromeando? ¡Es la caña, tía!
─Has buceado por la Wikipedia, por lo que veo ─respondió con sequedad.
Sí, aquella era su madre. Había vivido demasiado tiempo solapada bajo su sombra, convertida en un fantasma. La pequeña e insignificante Debby a la que nadie
prestaba atención, con enormes gafas de culo de botella, ortodoncia dental y fea hasta la médula. Gracias a Prada que la pubertad, el ejercicio físico y un buen estilista
habían obrado milagros en su patético aspecto.
─¿Has leído su última novela? ¡Candice es la heroína romántica del siglo! ¿Y qué me dices de Marcus? Oh… Dios… mío…
Paolo se abanico con las manos, soltando una risilla. Debby puso los ojos en blanco.
─No la he leído ─mintió.
En la vida admitiría que leía las novelas de su madre.
─¡Pues no sabes lo que te pierdes! ─le agarró las manos para limarle las uñas─. Deberías dejar el boxeo, te está destrozando la manicura─, Debby chilló al sentir un
nuevo tirón de pelo─. Las novelas de Linda son maravillosas. Lacrimógenas. Te hacen soñar…
─Literatura rosa ─desdeñó Debby, poniendo cara de asco.
El rostro de Paolo manifestó fastidio, pero decidió ignorar el tema por el momento. Por todos era comentado la diferencia de trabajo de las mujeres Parker. Mientras
una se dedicaba a crear maravillosas historias de amor, la otra presentaba un programa en prime time orientado a ayudar a las mujeres a pasar página.
─¿Qué más cosas podría utilizar esa arpía en tu contra?
A Debby empezó a entrarle jaqueca.
─Escarbará en mi pasado. La relación con Kevin, probablemente.
Paolo la miró con lástima, cosa que puso a Debby de instantáneo malhumor. Que se compadecieran de ella le producía una fatiga insoportable, pues le recordaba
aquella infancia mediocre y asquerosa en la que había sido Deborah, aquella niñita estúpida de la que todo el mundo se reía. Debby la pringada.
─Intenta responder de manera educada y distante, que no te altere. Tratará de tergiversar tus palabras.
Debby comenzó a hiperventilar.
─Me dejas más tranquila.
─Eres la mejor dejando a la gente con la palabra en la boca y cara de lerdo, ¡Ganarás! ─le aseguró. Paolo era maravilloso dando ánimos. Entonces, aplaudió
complacido al contemplar su aspecto final. La melena lisa y recta sobre los hombros, el maquillaje impecable que destacaba los ojos azules y disimulaba su mandíbula
recta, y el vestido ambarino que dejaba sus esculpidos hombros al descubierto, compitiendo con el brillo dorado y natural de su cabello.
─Pupa, ¡Estás espectacular!
Ella sonrió con modestia.
─El maquillaje hace milagros.
El coche se detuvo frente al hotel Sheraton. A Debby comenzaron a sudarle las manos.
─Bobadas, tú eres preciosa ─le palmeó el trasero cuando ella salió del auto─. ¡Y ahora sal a comerte el mundo!
Sí, Debby Parker es una triunfadora.
Pero en cuanto cruzó el vestíbulo del hotel, empezó a angustiarse. Delante de todos podía fingir seguridad y una actitud implacable, pero no iba a mentirse a sí
misma. El éxito costaba mucho esfuerzo, y ella iba desvivirse por mantenerlo.
***
El sofisticado mobiliario de la suite del hotel Sheraton y las inmejorables vistas de Central Park que ofrecía la inmensa cristalera, no impedían que Debby apartara de
su mente la maravillosa idea de emplear alguna de sus llaves de Kick Boxing contra Holly Turner.
Se estaba pasando de la raya.
Sus peores sospechas se habían confirmado. En realidad, para ser honesta estaba siendo peor de lo que había esperado en un principio. De hecho, no habría aceptado
la entrevista de saber la que se le venía encima. Porque una cosa era eludir ciertas preguntas de índole personal, y otra detener los continuos ataques de Holly. Le daba la
impresión de haber salido del ring de boxeo para ir a parar a una verdadera competición de pressing catch. Y Debby estaba tirada en la cancha, desorientada y con una
masa enloquecida que le gritaba: ¡Perdedora!
De pronto, Holly apagó la grabadora.
─Vamos Debby, no te enfades conmigo. Sólo intento arrojar un poco de luz sobre tu vida. Eres un personaje muy atractivo para los lectores de esta revista
─murmuró la palabra personaje con retintín.
─Responderé a lo que me dé la gana, ya te lo he dicho. Si no encuentras preguntas más interesantes que formularme que una simple mención a los artículos de
sociedad, probablemente tienes un problema, no yo. Y para ti soy Deborah.
El rostro de Holly pareció haber chupado un limón. Las comisuras de su boca se contrajeron en una mueca de disgusto, o asco, y el rostro pálido se arreboló por la
ira. Bien, al menos no era la única que empezaba a enfadarse.
─Estoy segura que no poseías ese aire prepotente y altanero cuando tenías diez años ─la provocó.
La simple mención de su infancia hizo que el estómago se le removiera. Holly lo averiguaba todo, incluso las desavenencias de la cría que fue en la escuela.
Holly volvió a encender la grabadora. La competición de balón prisionero continuaba, y Debby estaba dispuesta a asestarle un balonazo con todas sus fuerzas.
Directo a las gafas de pasta, si se ponía chula.
─Dicen que el talento es hereditario, al igual que el amor por las cámaras. ¿Salir en la televisión forma parte de tu interés por imitar los pasos de tu madre?
Imitar. Aquella palabrita se le atragantó en la garganta. Comenzaban las comparaciones odiosas con el éxito deslumbrante de su madre. Obviamente, por muy Debby
Parker que fuera, ella siempre salía perdiendo ante una figura tan portentosa como adorada.
─Mi carrera profesional no tiene nada que ver con el trabajo de mi madre. Siento una gran admiración por todo lo que ella hace ─se justificó, tratando de ofrecer una
respuesta acertada─; pero lo cierto es que la escritura nunca llamó a mi puerta. Soy una gran lectora, pero lo mío es la televisión.
─¿No es cierto que hace un par de años le dijiste a una de tus amigas, y cito textualmente: “los libros de mi madre son un bodrio infumable que sólo disfrutaría una
ama de casa resentida y aburrida por el sexo que le ofrece su marido”?
¿Amiga? ¡Amiga y un cuerno! Más bien una conocida distante que la había pillado con la lengua suelta tras varias copas de más.
Debby fingió sentirse ofendida.
─¿Qué? ¡Por supuesto que no! ¿Quién diría algo semejante sobre el trabajo de su madre? La literatura romántica merece todos mis respetos, y admiro a Linda Parker
con todas mis fuerzas. Ella es un ejemplo a seguir ─dijo, deseando sonar convincente.
─Sin embargo, tú presentas un programa que cataloga el amor como algo cínico ─la contradijo, encantada de dejarla en evidencia.
─Tu descripción es bastante errónea. En mi programa, en el que cuento con un profesional equipo humano, ayudamos a mujeres que lo han pasado mal por relaciones
tormentosas y destructivas. Tratamos de decirle a la gente que debe quererse a sí misma. No estoy en contra del amor, eso es absurdo. Tan sólo pienso que hay ciertos
tipos de amor tóxico que hacen daño.
─¿Cómo tu relación con Kevin O´brian, tu novio de la universidad?
La pregunta consiguió hurgar en la herida, que aún escocía pese al paso de los años.
─No trataré temas personales ─zanjó de manera brusca.
─Supongo que aún te duele lo suficiente. Es comprensible ─enunció, con falsa lástima─. Tuviste que ir a tratamiento psiquiátrico durante algunos años, ¿No es
cierto? Tal vez por eso sientes un resentimiento tan palpable hacia los hombres…
─Eso no es… ─Debby trató de no entrar en su juego, pero dejarse a sí misma como un ser patético y vulnerable que aún lloraba por las esquinas la pérdida del primer
amor no iba con ella─. Ir al psicólogo es sano. Mi relación con Kevin no tuvo nada que ver en ello. Suponer que sólo los desequilibrados mentales asisten a terapia es
una creencia frívola y desfasada que hoy en día está superada. Por cierto, te la recomiendo. Te vendría muy bien.
Holly le dedicó una sonrisa glacial.
─Así que Kevin no tiene nada que ver con la feminista consagrada que eres y de la que te enorgulleces.
Debby se encogió de hombros.
─Si ser feminista es abogar por la igualdad entre hombres y mujeres, entonces lo soy ─clamó orgullosa.
─¿También implica odiar a los hombres?
─No odio a los hombres.
─¿Tampoco a Kevin?
─Te agradecería que dejaras al margen a una persona anónima que no puede defenderse. Sería descortés por mi parte hablar de alguien que no es un personaje público.
Tras sus palabras, Holly comenzó a rebuscar en los papeles que guardaba en su maletín. Con ojos brillantes que destilaban malicia, agitó algunos folios. Debby se
temió lo peor.
─Bueno, él no ha tenido la misma consideración hacia ti ─clavó la mirada en el papel, y leyó con voz poderosa─: hace cuatro años, cuando al señor O´Brian se le
preguntó acerca de vuestra relación tras tu estrellato televisivo, él dijo: “Debby es una mujer fría como el tempano, ambiciosa y capaz de pisar a cualquiera que se
interponga en su camino. Me hubiera gustado saber todo eso antes de haberla conocido. A los hombres les digo, ¡Huid!”
Maldito Kevin.
─Veo que has hecho los deberes ─respondió fríamente.
Holly se relamió de gusto.
─Un tipo encantador Kevin O´Brian ─Holly meneó la cabeza con fingido pesar. A teatrera no la ganaba nadie ─¿Tiene algo que ver tu experiencia personal con los
consejos que das a las mujeres que acuden en tu ayuda al programa?
─Me implico emocionalmente con todas ellas, si es lo que quieres decir. Doy lo mejor de mí porque opino que ya está bien de admitir que la peor enemiga de una
mujer es otra mujer. He conocido a mujeres fantásticas en mi programa, y me enorgullece gritar a los cuatro vientos que siempre saco algo positivo de cada capítulo
─entonces la miró a la cara. No con cualquier mirada, sino con la mirada pasional que lanzaba a la cámara cada vez que iba a enunciar un discurso. Con la mirada del
amor hacia su trabajo, convincente e irrefutable─. Sí, soy culpable de sentir empatía hacia quienes lo pasan mal. De otro modo, no podría ayudar a quienes me lo piden.
Tal vez sea feminista, pero todas las noches me acuesto pensando que, si he conseguido que una mujer se quiera más a sí misma e ignore la opinión de los demás, ha
sido una dulce victoria.
***
Salió disparada del hotel, pero en cuanto puso los pies en Times Square, se quedó parada de golpe. Mareada por la realidad. Una parte de ella quería creer que había
salido airosa de la entrevista, pero su autoexigencia la obligaba a flagelarse.
Holly Turner era la abeja reina del cotilleo, debería haberlo previsto y preparar aquella entrevista con antelación. O al menos, ser lo suficiente insistente como para
que le hubieran asignado otro periodista. Sabía de sobra que el entusiasmo de Holly por ser la encargada de entrevistarla sólo se debía a sus ganas de destrozarla, pero su
ego le había hecho creer que podía plantarle cara, ¡Qué podía vencerla!
Se abanicó con las manos, pese a que en pleno Febrero hacía un frío glacial. Le sudaban las sienes y estaba al borde de la taquicardia. Hasta que no contemplara la
entrevista publicada con sus propios ojos no se quedaría tranquila. Porque Holly manipularía sus palabras todo lo que le viniera en gana. No sería ni el primer ni el
último periodista que lo hacía.
Tampoco quería ser una víctima despedaza por las fauces de Holly, de eso estaba segura. Esperaba haber sonado contundente, una digna contrincante sin resultar
demasiado agresiva, ni tampoco sonar apocada.
Qué difícil es ser políticamente correcta…
Contentar a la opinión pública era complicado. Mantener un programa en prime time durante cuatro largos años lo era aún más. La televisión estaba llena de altos y
bajos, y en los índices de audiencia se fraguaba una guerra diaria. La gente quería contenidos nuevos, sorpresas constantes. Debby trataba de reciclarse en cada
programa, pero no era suficiente.
Nunca lo era.
─¿Debby, eres Debby Parker? ─la voz de una chica joven le habló a su espalda.
Ella se giró, todavía dispersa con sus pensamientos.
─Sí, soy yo.
El rostro de la chica se transformó, de la sorpresa a la perplejidad. Rondaba los dieciséis años, y llevaba las puntas del cabello decoloradas en un tono fucsia. A
Debby le encantaba que su programa tuviera un público tan variopinto;
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