---------------

Cuentos de la colina de Watership – Richard Adams

Cuentos de la colina de Watership - Richard Adams

Cuentos de la colina de Watership – Richard Adams 

Descargar libro   De Cuentos de la colina de Watership – Richard Adams En PDF
Corría una agradable tarde de mayo,
en la primavera que sucedió a la derrota
del general Vulneraria y los efrafanos en
la colina de Watership. Avellano y
varios de sus veteranos, aquellos que
estaban con él desde que dejaran la
madriguera de Sandleford, yacían
tumbados plácidamente sobre la cálida
hierba, con la panza llena. No muy lejos,
Kehaar picoteaba incansable entre las
matas de hierba, más para consumir su
inagotable energía que por hambre.
Los conejos habían estado
conversando, rememorando algunas de
las grandes aventuras del pasado año.
Cómo habían dejado la madriguera de
Sandleford después de que Quinto les
advirtiera del desastre inminente. Cómo
habían llegado a la colina de Watership
y cavaron sus primeros agujeros, para
descubrir que no tenían una sola hembra
con ellos. Avellano recordó su poco
juicio al planificar el asalto a la granja
de Nuthanger, que casi le había costado
la vida, lo que les llevó a su vez a
recordar el viaje al gran río. Por
enésima vez, Pelucón relató las
experiencias vividas en Éfrafa,

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar Cuentos de la colina de Watership – Richard Adams


cuando
se hizo pasar por oficial del general
Vulneraria y convenció a Hyzenthlay de
que formara el grupo de hembras que
escaparían en medio de la tormenta. Y
de nuevo intentó Zarzamora explicar el
truco de la batea, que les había
permitido escapar por el río, aunque
tuvo tan poca fortuna como en ocasiones
anteriores. Pelucón rehusó dar detalles
sobre su enfrentamiento con Vulneraria,
pues, según dijo, aquello prefería
olvidarlo; así es que Diente de León
tomó el relevo y habló sobre el perro de
la granja de Nuthanger, sobre el modo en
que Avellano lo había dejado suelto y él
y Zarzamora hicieron que les persiguiera
para llevarlo directamente a los
efrafanos que había reunidos en la
colina. Apenas había terminado de
relatar esta aventura cuando escuchó la
vieja y conocida exclamación:
—¡Cuéntanos una historia, Diente de
León! ¡Cuéntanos una historia!
Diente de León no respondió en
seguida. Parecía reflexionar. Se puso a
mordisquear briznas de hierba por aquí
y por allá y, tras dar unos brincos, se
aposentó en un lugar algo más soleado.
Al cabo replicó:
—Creo que hoy os contaré una
historia nueva. Una que nunca antes
habéis oído. Es sobre una de las más
grandes aventuras de El-ahrairah.
Hizo una pausa para frotarse la nariz
con las patas delanteras. Nadie apremió
al maestro narrador, que con aquella
pausa parecía reafirmar su posición
entre ellos. Una leve brisa agitó la
hierba. Una alondra que había terminado
su canción descendió para posarse cerca
de ellos y, tras unos instantes, volvió a
elevarse. Diente de León empezó.
Tiempo atrás hubo una época en que
los conejos no tenían olfato. Vivían
como ahora, pero no tener olfato suponía
un terrible lastre. Buena parte del placer
de las mañanas de estío se perdía para
ellos, y no podían descubrir su comida
hasta que la tenían encima. Peor aún, no
podían oler a sus enemigos, y por esta
causa muchos morían bajo las zarpas de
armiños y zorros.
Pues bien, lo cierto es que
El-ahrairah se dio cuenta de que, aunque
sus conejos no tenían olfato, sus
enemigos y las otras criaturas, incluso
los pájaros, sí lo tenían, y se hizo el
propósito de encontrarlo al precio que
fuera. Empezó a buscar consejo por
todas partes y por doquier preguntaba
dónde podía encontrar aquel sentido,
pero nadie supo darle una respuesta.
Hasta que un día preguntó a un conejo
muy viejo y sabio de su madriguera,
llamado Trinitaria.
—Recuerdo que, cuando era joven
—le dijo Trinitaria—, dimos cobijo en
nuestra madriguera a una golondrina
herida, una golondrina que había viajado
a lo largo y ancho del mundo. Nos
compadecía por no tener olfato, y dijo
que el camino que conduce a ese sentido
se encuentra en una tierra de perpetua
oscuridad, bajo la custodia de unas
criaturas fieras y peligrosas, conocidas
como ílipos, que viven en una cueva.
Más no supo decirnos.
El-ahrairah le dio las gracias y, tras
deliberar largamente, fue a ver al
príncipe Arco Iris. Expuso ante el
príncipe su deseo de viajar a aquella
tierra, y solicitó después su consejo.
—Harías mejor en no intentarlo,
El-ahrairah —le dijo el príncipe—.
¿Cómo supones que podrás encontrar el
camino hacia un lugar que no conoces a
través de una tierra de perpetua
oscuridad? Ni siquiera yo he estado allí,
y no desearía hacerlo por nada del
mundo. Echarás a perder tu vida
tontamente.
—Es por mi gente —replicó
El-ahrairah—. No puedo seguir
contemplando impasible cómo los matan
día tras día por culpa del olfato. ¿No
tienes ningún consejo que pueda
ayudarme?
—Solo puedo decirte una cosa. Si
encuentras a alguien en tu camino, no
reveles bajo ningún concepto el motivo
de tu viaje. Son extrañas las criaturas
que pueblan aquel país, y si se
difundiera la noticia de que no tienes
olfato podría ser peligroso. Inventa
algún otro propósito. Espera… te daré
este collar astral para que lo lleves
alrededor de tu cuello. Es un presente
del Señor Frith. Tal vez te sea de ayuda.
El-ahrairah dio las gracias al
príncipe Arco Iris y partió al día
siguiente. Y llegó por fin un día a la
frontera del país de perpetua oscuridad,
una frontera de luz crepuscular que iba
oscureciéndose hasta que la negrura
resultaba impenetrable. No sabía hacia
dónde tenía que ir, ni tenía manera de
orientarse, por lo que hubiera podido
muy bien suceder que estuviera andando
en círculos. Oía a su alrededor a otras
criaturas que se movían en la oscuridad
y se le antojaba que sabían lo que
hacían. Pero ¿serían amigas, sería
prudente hablarles? Al cabo, lleno de
desesperación, se sentó en la oscuridad
y aguardó en silencio hasta que oyó a
una criatura que andaba cerca. Entonces
dijo:—
Estoy perdido. ¿Puedes
ayudarme?
La criatura se detuvo y, tras unos
momentos, le respondió en una lengua
que le era extraña pero podía
comprender.
—¿Por qué estás perdido? ¿De
dónde vienes y adónde te diriges?
—Vengo de una tierra donde brilla
el sol, y estoy perdido porque no puedo
ver y no estoy acostumbrado a esta
oscuridad.
—Pero supongo que podrás oler, ¿no
es cierto?
El-ahrairah a punto estuvo de decir
que no tenía olfato, pero recordó el
consejo del príncipe Arco Iris. Así es
que dijo:
—Aquí los olores son diferentes.
Me confunden.
—Entonces, ¿no tienes idea de qué
clase de criatura soy?
—Ni la más remota. Pero no pareces
peligroso, eso es bueno.
El-ahrairah oyó que la criatura se
sentaba. Y al poco dijo:
—Soy un glanbrin. ¿Hay glanbrin en
el lugar de donde vienes?
—No. Nunca he oído hablar de los
glanbrin. Yo soy un conejo.
—Nunca he oído hablar de los
conejos. Deja que te huela.
El-ahrairah permaneció tan quieto
como pudo mientras el glanbrin, que era
peludo y parecía tener más o menos el
mismo tamaño que él, olisqueaba su
cuerpo de arriba abajo. Finalmente dijo:
—Bueno, yo diría que nos
parecemos bastante. No eres un animal
de presa y tienes un oído muy agudo.
¿Qué comes?
—Hierba.
—Aquí no hay. La hierba no crece
en la oscuridad. Nosotros comemos
raíces. Pero de todos modos creo que
nos parecemos mucho. ¿No quieres
olerme?
El-ahrairah hizo ver que lo
olisqueaba de arriba abajo y, mientras lo
hacía, se dio cuenta de que aquel animal
no tenía ojos; es decir, que lo que debían
ser los ojos estaban duros, eran
pequeños y estaban muy hundidos, casi
perdidos en el interior de la cabeza.
Pero a pesar de ello pensó: «Si esto no
es un conejo, yo soy un tejón». Y dijo:
—No me parece que seamos muy
diferentes. Con la excepción del… —
iba a decir olfato, pero se detuvo a
tiempo y concluyó—: de que yo me
siento completamente desorientado y
perdido en esta oscuridad.
—Pero si tu lugar está en el país de
la luz, ¿por qué has venido?
—Quiero hablar con los ílipos.
El glanbrin pegó un bote del susto.
—¿Has dicho los ílipos?
—Sí.
—Pero nadie se acerca nunca a los
ílipos. Te matarán.
—¿Por qué?
—Te matarán porque comen carne, y
son muy fieros. Pero incluso si no fuera
así, son las criaturas más temidas de
estas tierras. Tienen poderes malignos y
oscuros conjuros. ¿Por qué quieres
hablar con ellos? Sería como tirarse de
cabeza al río Negro.
Entonces El-ahrairah, no viendo qué
otra cosa podía hacer, explicó al
glanbrin por qué había venido a la
Tierra Oscura y qué era aquello que
tanto necesitaba su gente. El glanbrin
escuchó en silencio y después dijo:
—Eres valiente y bondadoso, lo
reconozco. Pero lo que pretendes es
imposible. Harías mejor en volver a tu
casa.—
¿Puedes guiarme hasta los ílipos?
—dijo El-ahrairah—. Estoy
determinado a ir de todos modos.
Tras una larga discusión, el glanbrin
accedió finalmente a conducir a
El-ahrairah tan cerca de los ílipos como
pudiera. Eran dos días de viaje por
parajes donde nunca antes había estado.
—Entonces, ¿cómo sabrás el
camino? —le preguntó El-ahrairah.
—Por el olor, por supuesto. Estas
tierras están impregnadas del olor de los
ílipos. ¿No hueles nada de nada?
—Nada —dijo El-ahrairah.
—Bueno, ahora sé que de verdad no
puedes oler. Si yo no oliera estaría tan
tranquilo como tú. Por lo menos no
tendrás que aguantar el tufo.
Y, con esto, se pusieron en marcha.
Por el camino, el glanbrin le explicó
muchas cosas sobre las costumbres de
su gente que, así se lo pareció a
El-ahrairah, no diferían mucho de las de
sus conejos.
—Por lo que veo, vivís como
nosotros —le dijo—. Vivís en grupos.
¿Cómo es que estabas solo cuando me
encontraste?
—Es triste —le respondió el otro—.
Había escogido a una compañera, una
hermosa hembra. Su nombre es
Flairdora, y todo el mundo la admira.
Íbamos a cavar una conejera para tener
nuestra camada, pero entonces llegó un
extraño, un glanbrin grande y corpulento
que se hace llamar Camorro. Dijo que
lucharía conmigo y tomaría a Flairdora
para sí. Luchamos y él ganó, así es que
tuve que marcharme. Mi corazón está
roto. Mi vida ya no tiene sentido. No sé
qué hacer. Cuando nos encontramos, iba
vagando de un lado a otro. Por eso he
accedido a guiarte. En estos momentos,
tanto me da hacer una cosa como otra.
El-ahrairah le dijo que lo sentía.
—Conozco esa historia. En el lugar
de donde procedo eso sucede
continuamente. Si te sirve de consuelo,
no eres el único.
El glanbrin había dicho dos días,
pero en aquel terrible lugar, El-ahrairah
era incapaz de contar los días.
Trastabillaba continuamente y se
lastimaba, pues ni podía ver ni podía
oler. Su cuerpo se llenó de magulladuras
y moratones. El glanbrin se mostraba
paciente y comprensivo, pero
El-ahrairah intuía que hubiera deseado
poder ir más deprisa. Estaba
visiblemente nervioso y ansiaba
terminar aquel viaje lo antes posible.
Después de recorrer un largo
camino, durante lo que a El-ahrairah le
parecieron muchos días, el glanbrin se
detuvo en un lugar donde había varios
montones de piedras diseminadas.
El-ahrairah no las veía

Cuentos de la colina de Watership – Richard Adams 

Cuentos de la colina de Watership - Richard Adams image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------