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Libro PDF Culebrón yeyé Parte 1 – Camargo Rain

Culebrón yeyé (Parte 1) – Camargo Rain

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No eran sólo tres, claro, porque por allí
iban otros que debían de conocerlos, y
algunos días, al final, éramos quince o
veinte personas las que gritábamos y
reíamos como si estuviéramos
disfrutando del nuevo verano, el verano
de nuestra vida, que acabábamos de
estrenar.
Esto del baile hay que explicarlo.
Entonces se bailaba agarrado, no suelto,
como se ha hecho después, sino
agarrado. Lo de bailar suelto, que
entonces empezaba con el twist y el rock
and roll, era cosa de locas y lanzadas y
nosotras íbamos de prudentes, muy
prudentes, aparte de que no sabíamos,
así que nos agarrábamos a quien nos
tocara, le metíamos los codos, por si un
aquél, y esperábamos dando vueltas a
que acabara la canción. Ellos bailaban
fatal, aquello no era bailar, pero
intentaban hacerse los graciosos y
algunos lo conseguían. Entonces yo no
conocía a ninguno, para mí todo eran
caras nuevas, pero cuando ya habíamos
ido a tres o cuatro guateques descubrí
que casi toda la música que ponían la
había oído durante nuestros inviernos en
la ciudad nueva, en la época del colegio.
A mí me gustaba sobre todo una canción
de Cliff Richard que se llamaba Los
jóvenes, y una vez que la pusieron y
vino Charli y me dijo, ¿vamos a bailar?,
el corazón me dio un vuelco, y eso que
el que me gustaba era su hermano, pero
me dio un vuelco, y yo creo que fue la
primera vez en toda mi vida que me
sucedió tal fenómeno. Charli era más
tímido, en apariencia más parado, pero
tenía algo en los ojos que no tenía
ninguno, y cuando te miraba sentías
cosas nuevas. ¿Cómo era aquello? Aún
ahora sigo sin saber en qué consiste lo
que digo, pero luego he oído decir lo
mismo a otras chicas, así que imagino
que estoy en lo cierto. Además, tampoco
sabía bailar, en eso no se diferenciaba
mucho del resto de la tropa, y te cogía,
sí, pero con poca gracia; él tenía la
gracia en los ojos.
Luego ponían aquella de Ciao ciao
bambina y otras del mismo estilo, que
entonces se llamaba para arrimar, y así,
entre bromas y veras, se desarrollaba la
sesión de bailongo, y durante ella y
como los Freak Brothers, seguramente
más de uno, con la mirada entornada
forjaba sus planes y pensaba, ahora voy
a sacar a bailar a Fulana; hoy la cosa
está fácil: ha venido sin faja…
Más tarde el entusiasmo decaía, o
quizá era que comenzaban las
discusiones sobre qué disco poner, y
entonces decían, ahora vamos a tocar, y
se ponían a ello con gran estruendo de
chisporroteos, y cuando Pancho cantaba
una que se llamaba Tell me, era una de
los Rolling que ya conocíamos porque
mi madre solía traernos discos cuando
iba al extranjero, sobre todo a Francia e
Inglaterra, algunas de nosotras poníamos
los ojos en blanco sin poderlo evitar y
yo se lo decía a Anabella, ¡es que es tan
guapo…!, pues su hermano tampoco está
mal, ¡jo, no, desde luego!
PANCHO
El lugar en el que mi hermano y yo
nacimos y pasamos los primeros años,
la infancia y eso que llaman
adolescencia, era la ciudad vieja, o
quizá sea preferible decir la ciudad
antigua porque ciudades viejas lo son
casi todas y al resto es preferible no
acercarse. Nuestra ciudad no era sólo
una ciudad sino que se componía de tres
ciudades: la primera era la ciudad
antigua de la que he hecho mención, la
de la puebla y el ensanche; la siguiente,
el parque hollywoodiense adonde
modernamente la gente va a tomarse
ácidos mentales, y la última, la parte
comercial, la más grande, que se
extiende hasta el infinito. Allí, en la
última, es donde se hacen los negocios,
pero las apariencias engañan y los
negocios son cosa de personas serias,
que no es nuestro caso.
La mejor es la parte vieja, la de las
callejas retorcidas que devoró un
incendio de tu imaginación un día de
viento sur huracanado, aunque aquello
sucedió algún tiempo después y por
fortuna sólo en tu cabeza, ¡pues buena os
habría caído si os quedáis sin la ciudad
vieja!, escenario de vuestras primeras
hazañas, la calle del Arcillero y la de la
Blanca y el puente de las Atarazanas que
conectaba los barrios antiguos, la puebla
y el ensanche que dije, la Ruamayor y la
Ruamenor de arruinadas construcciones
que siempre hablaban de derribar
aunque el sentir general era de dejar las
cosas como estaban, edificios asentados
sobre piedra y de continuos miradores y
al fin coronados por techumbres que la
labor de las termes y el salitre de la
bahía corrompían poco a poco, y la
Plaza Vieja que tantas veces
atravesasteis sin sentirla como si ella no
os contemplara, ahí van los héroes del
siglo XX haciendo eses, Señor, por
favor, perdónalos porque ni sienten lo
que hacen. La Plaza Vieja era el centro
de la población, y a su alrededor se
extendían las calles comerciales que
entonces ya empezaban a llenarse de
bares nuevos, el bar de La Resaca, que
al principio no se llamaba así, fue uno
de los primeros, no lo abrió un amigo
vuestro y poco os fijasteis en él, pero
luego, con los años, pasó a formar parte
de la leyenda que se fraguó no se sabe
cómo en aquellas callejas oscuras y
húmedas por donde discurrió durante las
noches de tormenta el que con los años
llegaría a ser Comité del Tigre, de los
tejados caía agua a chorros como si
fueran duchas y había que ir
sorteándolos, pero a quién le importa
cuando es joven, las callejas del Rincón
y del Infierno, sí, el callejón del
Infierno, en cuyos aledaños se
escribieron buena parte de las hazañas
del mencionado Comité del Tigre, pues
no éramos entonces nada ni decíamos
tonterías, tres sin sacarla, ja ja, eso no te
lo crees ni tú, venga, vamos a tomar una
cerveza que nunca seremos más jóvenes
que ahora, pero todo aquello sucedió
algo después, cuando ya salíais por la
noche y volvíais a casa a las tantas las
ocasiones en que volvíais, que algunas
de ellas os vieron pernoctar en los
arenales de la bahía, en el barco, en
casa de algún amigo o en la de la playa.
La ciudad antigua era de resbaladizas
calles soladas de piedra de Escobedo,
la puebla que había sido guarida de
pescadores desde tiempos
inmemoriales, a lo mejor desde antes de
los romanos aunque eso no consta en
ninguna parte, sólo que ellos lo
l l a ma ba n Portus Victoriae, y sus
casuchas, las de los mareantes, se
cobijaban a la sombra de la colegiata,
después catedral de pocos vuelos y
menor mérito pero siempre torre
sobresaliente en aquel conglomerado de
estrechas y torcidas callejas que no
fueron planeadas para vehículos
mayores que los carros que traían el
pescado desde la cercana ribera, los
pocos coches que se atrevían a entrar se
las veían y deseaban para transitar por
sus vericuetos, pero los automovilistas
siempre se han significado por su
atrevimiento y no querer dar un paso. En
la época que digo había pocos bares,
sólo algunos en la Plaza Vieja, en la
calle Alta, en la del Arrabal y en
Ruamayor, y no los conocíais porque no
era costumbre entrar en ellos y ni
siquiera recuerdas si os hubieran dejado
entrar, ¿nos dejaban entrar?,
probablemente no porque en aquellos
entonces eran muy estrictos y nosotros
aún muy pequeños, quizá tomabais cañas
en el Capitol, adonde os llevaba vuestro
padre al mediodía, que las tiraban muy
bien, las tiraban como en los sitios en
los que hace calor y la gente bebe mucha
cerveza, pero allí no era el caso, la
gente era más de vino y cerveza se bebía
poca, y a veces, cuando os cuadraba
porque los jefes no estaban en casa y os
habían dado dinero, os acercabais a
comer al Trasmiera, en donde hacían
unas alubias buenísimas, Charli se
comía tres o cuatro platos y rebañaba la
salsa con pan, Ríchar y yo éramos más
de calamares y bacalao aunque también
comíamos alubias, y además estaba el
Salón Pradera, un edificio entero,
debajo había tiendas pero encima estaba
el café, que no era un café cualquiera
sino el casino de la ciudad, el lugar en
el que se reunían los personajes más
señalados, las fuerzas vivas, que se
decía entonces, en cuyos salones tenían
las tertulias asistidos por criados que
debían de llevar toda la vida en el
establecimiento, ¿habéis visto lo que
d i c e ABC?, en Madrid venden a los
niños cajas de cerillas llenas de
droga…, ¡peor que asesinos!
Así que la nuestra era la ciudad vieja,
o la ciudad antigua, la que ardió por
completo durante una ventosa noche de
invierno, o quizá estés confundido y
todo se redujo a un sueño, uno de tus
sueños, porque aquello no sucedió
nunca, fue sólo una de las situaciones
enloquecidas de tus típicos pasmos (no
se me nota mucho; esto es un decir), y ni
siquiera sucedió allí, tú estabas muy
lejos entonces, vamos, quiero decir que
yo estaba muy lejos entonces, sí, estaba
a no menos de doscientas millas de ella
en línea recta ante la ventana de una
habitación oscura que daba directamente
a la llanura amarilla, aquel era mi
entorno, la llanura pajiza, amarilla, o
eso era lo que veía cuando me
despertaba, y al fondo la sierra, no
importa qué sierra, sierras hay muchas,
la sierra de Guadarrama, la de Gredos,
la de Gata y la de la Peña de Francia,
célebres en su momento por diversos
motivos, aunque todas pertenecen al
Sistema Central. ¿Hay ciudades viejas
también? Por supuesto que las hay,
aunque hoy nadie habla de ellas porque
les da vergüenza, pero eso aquí no
cuenta, ¿qué nos importa?, lo pasado,
pasado. Además, las ciudades viejas,
como Nínive, Menfis, Babilonia, Ilión y
tantas otras, son las mejores.
Los muelles estaban igualmente allí,
al alcance de la mano, el muelle de las
Naos y el del Martillo que formaban una
dársena en la que había multitud de
botes, y un poco más lejos las playas,
porque la nuestra era una ciudad
marítima con diques, riberas, atarazanas
y arenales que bordeaban la gran bahía
que usábamos para bañarnos, pero
asimismo para ir en bote y pasar la tarde
pescando calamares (¡qué tiempos
aquellos!) que luego llevábamos a casa,
aunque esto lo solía hacer yo solo, pues
Charli prefería la tierra firme, y nunca
se me olvidará lo que un día me dijo la
jefa cuando volví con varios de los
grandes que chorreaban tinta y
cambiaban continuamente de color, se
quedó extasiada y luego pronunció con
énfasis, pero, Pancho…, ¡qué buenos!, y
es que en casa nos gustaban muchísimo
los calamares, y si eran de guadañeta los
cocinaba ella, no se los dejaba hacer a
la cocinera.
Nuestra madre, a la que nosotros
llamábamos la jefa, era una señora que
en su juventud había sido campeona de
tenis en algunos certámenes importantes,
y además había sido muy guapa, prueba
de lo cual eran varias portadas de
revistas de años atrás que, dentro de
marcos, estaban colocadas en el pasillo.
Entonces seguía siéndolo, pero, como es
lógico, a nosotros nos parecía muy
mayor y no reparábamos en ello; era
nuestra madre, y nosotros sus únicos
hijos, y siempre nos entendimos a las
mil maravillas, porque la realidad es
que era una auténtica señora, incluso en
lo del spleen.
Nuestra madre encontró un día a su
príncipe encantado, aunque más bien era
un rey porque le llevaba veinte años, se
casó con él y le hizo dos hijos de la
primera tacada. Aquello sucedió cuando
él tenía cincuenta y cinco años y sólo
llevaban dos de casados, y obligado por
nuestra madre, que quién sabe qué artes
puso para ello, había renunciado a su
anterior vida de solterón, en la que
había alcanzado harta fama de juerguista
y bebedor que nunca abandona la partida
y va dejando atrás a quienes se
derrumban por los efectos de los
vapores del alcohol etílico. Era
ingeniero industrial, que entonces era un
título, y tenía una empresa que se
dedicaba a hacer instalaciones
eléctricas de altos vuelos, pues
trabajaban en todo el país. También
había inventado algo relacionado con
los motores diésel (era una bancada de
pruebas), y lo había patentado en los
Estados Unidos, de donde todos los
años le llegaban buenos dividendos.
Cuando nosotros nacimos vendió la
empresa a un conocido y se jubiló, decía
que entonces comenzaba su segunda
vida, y de la noche a la mañana cambió
su disipada existencia por la de padre
de familia, que nunca había probado,
tengo una mujer joven y guapa, dos hijos
pequeños, ¡a mi edad…!, así que, ¿qué
más quiero?, yo ya no vuelvo a trabajar,
y los impuestos que los pague el Estado,
que a mí ya me han explotado suficiente.
Nosotros vivíamos en una casa muy
grande y antigua que por lo visto había
sido de nuestros abuelos y estaba en el
primer ensanche de la primitiva puebla,
a la misma distancia de la Plaza Vieja,
que era el centro de la ciudad, que de
las aguas de la bahía, de forma que
nuestro barrio, el que nos acogió cuando
éramos pequeños, se componía de una
sucesión de manzanas de vetustos
edificios cuyas fachadas, que miraban al
sur, estaban cubiertas por inacabables
filas de balcones y miradores que se
asomaban al paseo de La Ribera, pero
nuestros padres tenían también otra, una
casa en el mismo borde de una de las
playas que había en la bahía, a la que
íbamos a vivir en verano. A ellos les
gustaba mucho, seguramente porque a
los niños se les aguanta mejor en la
playa, pero decían que aquel barrio no
era para todo el año porque estaba lejos,
aunque en realidad estaba cerca pues
andando sólo se tardaba una hora, y
además había tranvías que te dejaban al
lado. Para nosotros, cuando teníamos
cuatro o cinco años, aquel viaje en el
tranvía amarillo era el no va más, y
hacíamos el trayecto, como si fuéramos
al fin del mundo, en la jardinera sin
dejar de preguntar qué era todo lo que
podíamos contemplar, y aquello un año
tras otro. Luego crecimos y el paisaje
dejó de tener el encanto que los niños
encuentran en lo desconocido, pero así y
todo la frecuentamos asiduamente y la
convertimos en uno de nuestros cuarteles
generales, y fueron innumerables las
noches que, cuando éramos algo
mayores, acabamos allí. A la mañana
siguiente nos zambullíamos en las aguas
de la siempre cambiante playa, y con
ello dejábamos atrás los malestares y
resacas que suelen acompañar a los
excesos. Pancho, Charli, ¿dónde habéis
estado esta noche…?, y yo torcía el gesto
y decía, no, es que nos hemos quedado
en la casa de la playa…, fuimos a tocar
y…, y nuestra madre decía, ya, ya…,
tened cuidado cuando vayáis allí, que
algunos grifos de un baño no funcionan
bien.
Esto de Pancho y Charli venía de
cuando éramos pequeños y nos lo
pusieron nuestros padres, que a todo le
sacaban punta, nuestro padre se inventó
lo de Pancho y la jefa lo de Charli, un
día ella le dijo, ¿por qué llamas Pancho
al niño?, y nuestro padre contestó,
porque si no le van a acabar llamando
Paco, como a mí, que es un nombre que
no me gusta nada, y nuestra madre dijo,
¡ah!, pues entonces yo voy a bautizar a
Carlitos, ¡Charli, ven aquí y dame un
beso!, que esto tenemos que
formalizarlo, y Charli hizo como le
decía, aunque yo creo que ninguno
entendimos aquella ceremonia en su
justo significado.
Nosotros nos apellidábamos Santana,
de forma que Charli se llamaba Carlos
Santana, como el músico, pero pocas
cosas tenía en común con él, como no
fueran los pelos que llevó durante una
temporada. Charli nunca quiso ir al
Conservatorio, como hice yo, y el
resultado fue que nunca tocó ni medio
bien ninguno de los instrumentos a los
que se enfrentó, y eso que era listo y
hábil, aunque en nuestra agrupación
musical, a la que llamábamos conjunto,
poco importaba, pues peor tocaba
Ríchar, que al principio

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