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Dados del destino – Robyn Carr

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Descargar Dados del destino En PDF Katie Malone se despidió del trabajo
y recogió su pequeña casa de Vermont.
Los últimos años habían sido duros y los
últimos meses, separada de su hermano
Conner, su única familia, horribles. De
hecho, se había sentido tan sola que
había estado a punto de inscribirse en un
servicio de citas por Internet.
Pero el momento más lacrimógeno
llegó cuando empezó a albergar
esperanzas de una relación romántica
con su jefe, el odontopediatra más dulce
sobre la faz de la tierra. Un hombre que
nunca la había besado. Y por un buen
motivo: era gay. Ella era la última
persona a la que desearía besar.
Había llegado el momento de
olvidarse de los hombres y reforzar su
espíritu independiente regresando a
California. Uno de los gemelos, de cinco
años, Andy, había dicho algo que casi le
había roto el corazón y le había hecho
comprender que la familia necesitaba
comenzar de cero.
—¿Vamos a huir otra vez en medio de
la noche? —había preguntado Andy
mientras ella llenaba una caja para
enviar a California.
Katie se había quedado perpleja. Ella
se preocupaba por los besos y su
soledad mientras los chicos temían huir
en medio de la noche a algún lugar
extraño. Un lugar cada vez más lejos de
la única familia que habían conocido.
—¡No, cielo! —ella abrazó a su hijo
con fuerza—. Os voy a llevar a Mitch y
a ti con el tío Conner.
Andy y Mitch eran gemelos idénticos.
—¿El tío Conner? —Mitch llegó
corriendo al oír las palabras de su
madre.
—Sí —contestó Katie, de repente
viéndolo todo claro. Tenía que reunir a
la familia, hacer que los gemelos se
sintieran a salvo—. Pero eso será
después de dar un pequeño rodeo. ¿Qué
os parece pasar antes por Disney
World?
—¡Sí! —los niños empezaron a saltar
de alegría—. ¡Qué guay!
Como de costumbre, la celebración
concluyó con una lucha cuerpo a cuerpo
en el suelo.
Katie puso los ojos en blanco y
continuó llenando cajas.
El invierno anterior, su hermano había
sufrido una horrible experiencia que
había desembocado en una crisis
familiar. Un hombre había sido
asesinado junto a la ferretería propiedad
de la familia. Conner había llamado de
inmediato a la policía y se había
convertido en el único testigo de un caso
de asesinato. Poco después de que el
responsable fuera detenido, la ferretería
había sufrido un incendio y Conner
había empezado a recibir amenazas por
teléfono. El fiscal había decidido que lo
mejor, por el bien de la familia, sería
que se separaran. Katie y sus chicos
habían sido enviados a Vermont, lo más
lejos posible de Sacramento sin tener
que abandonar el país, mientras que
Conner se escondía en un pequeño
pueblo de montaña al norte de
California.
Y por fin todo había acabado. El
sospechoso de asesinato había sido a su
vez asesinado antes de llegar a juicio.
Conner ya no era un testigo y su familia
ya no estaba en peligro. Había llegado
el momento de curar las heridas y
restablecer los lazos.
En Virgin River, Conner había
conocido a una mujer, Leslie, de quien
se había enamorado y había decidido
formar una familia con ella.
A Katie le hubiera gustado darle una
sorpresa a su hermano, pero tenían por
costumbre hablar todos los días. Conner
hablaba con los chicos al menos cada
dos días. Era lo más parecido a un padre
para ellos. Era imposible ocultarle sus
planes. Aunque él no sospechara, los

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chicos sin duda se lo contarían todo.
—Casi estamos en verano —le dijo
ella a su hermano—. Prácticamente
junio y, ahora que ya no hay peligro,
podemos movernos por donde
queramos. Voy a devolverles a los niños
una vida más o menos estable. Te
necesitan, Conner. Si te parece bien, me
gustaría pasar el verano en Virgin River.
Quiero alquilar una casa, pero que esté
cerca de la tuya.
—Iré a buscaros —se ofreció él de
inmediato.
—No —contestó ella tajante—.
Primero nos vamos de vacaciones, los
tres solos. Nos lo hemos ganado.
Pasaremos unos días en Disney World.
Haré que envíen el coche desde allí y
nosotros volaremos a Sacramento.
Después conduciré hasta Virgin River.
Solo serán unas horas, y me encanta
conducir viendo ese paisaje.
—Me reuniré con vosotros en
Sacramento —insistió su hermano.
Katie respiró hondo. La
sobreprotección de Conner se había
intensificado tras la muerte de sus
padres. Siempre estaba disponible para
ella y lo adoraba, pero a veces resultaba
agobiante.
—No. Ya no soy una niña. Tengo
treinta y dos años y estoy muy
capacitada. Y quiero pasar algún tiempo
con mis chicos. Han pasado mucho
miedo y necesitamos divertirnos un
poco.
—Yo solo quiero ayudar —protestó
Conner.
—Y te quiero por ello, pero voy a
hacer esto a mi manera.
—De acuerdo —al fin él cedió—, me
parece justo.
—¡Vaya! —exclamó Katie—. ¿Quién
eres tú y qué le has hecho a mi hermano
mayor?
—Muy graciosa.
—Aunque te respeto profundamente,
le concedo todo el mérito a Leslie. Dile
que le debo una.
Al huir a Vermont en el mes de marzo,
Katie había dejado atrás su furgoneta,
cuya matrícula podría delatarla. Tras
venderla, Conner le había conseguido un
SUV Lincoln Navigator último modelo
que la había aguardado en Vermont. Era
un coche enorme que apenas conseguía
aparcar. Aficionada a los viajes en
familia, había añorado su furgoneta,
ligera y fácil de manejar, casi una
extensión de su persona. Sin embargo,
enseguida se enamoró del enorme
zampagasolina. Al volante del SUV se
sentía invulnerable, la reina de la
carretera. Lo veía todo desde arriba y
tenía ganas de pasar algún tiempo
conduciendo mientras reflexionaba y
consideraba sus opciones. El hecho de
ver desaparecer los kilómetros por el
espejo retrovisor era un buen modo de
dejar atrás el pasado y dar la bienvenida
a un nuevo comienzo.
No le llevó mucho tiempo salir de la
ciudad. Hizo que una empresa de
transportes se llevara las cajas el lunes,
telefoneó al colegio y pidió que le
enviaran por correo electrónico los
expedientes académicos de los gemelos,
llamó al casero para que evaluara el
estado de la vivienda e invitó a los
vecinos a que se llevaran todo lo que
fuera perecedero. Después lo organizó
todo para que el Lincoln fuera recogido
en Orlando y llevado a Sacramento
mientras ella y los niños disfrutaban con
Disney. No solo se llevó ropa, también
la nevera de camping y la cesta de
picnic. El cinturón de herramientas, de
color rosa, regalo de su difunto marido,
Charlie, la acompañaba a todas partes.
Armada con un DVD portátil, discos,
películas, iPad y cargadores, llenó el
SUV y se dirigió al

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