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De carne y hueso – Sylvia Day

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Descripción

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De carne y hueso – Sylvia Day

  ¿Está muerto, alteza?
Acuclillado, Wulfric, príncipe
heredero de D’Ashier, cerró el
bioescáner, se levantó y se quedó
observando el cadáver que yacía a sus
pies. La arena del desierto se
arremolinaba alrededor del cuerpo,
como si estuviera ansiosa por enterrarlo.
—Por desgracia, sí.
Alzó la vista y examinó los
terraplenes defensivos que los rodeaban.
—Informad cuando lleguéis al
próximo punto de vigilancia. No hace
falta dar la alarma antes de tiempo.
Podrían detectar la señal.
Estaban demasiado cerca de Sari
como para aventurarse a ser
descubiertos. El rey sariano
aprovechaba la menor oportunidad para
hacer la guerra, por eso las patrullas
fronterizas nunca bajaban la guardia.
Una vez cada dos meses, Wulf
acompañaba a un pelotón de soldados
de D’Ashier en su ronda. Su presencia
no era necesaria, pero para él era
importante. Un buen gobernante debía
compartir las penalidades de su pueblo;
así veía el mundo a través de sus ojos,

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a
su mismo nivel, no desde un trono tan
elevado que le hiciera perder el
contacto con sus necesidades.
—¿Entraba o salía del país, alteza?
Wulfric miró al joven teniente que
tenía al lado.
—No lo sé. Hace tanto calor hoy que
ni siquiera puedo determinar el tiempo
que lleva muerto. —El biotraje que
llevaba protegía a Wulf tanto del sol
como de la deshidratación, pero veía las
ondas de aire caliente que flotaban
sobre la arena.
Tras las recientes Confrontaciones,
se había cerrado la frontera
bruscamente, lo que dejó a muchas
familias divididas. La triste
consecuencia fue la muerte de muchos
ciudadanos que trataban de cruzarla para
reunirse con sus seres queridos. Wulf
intentaba reabrir las negociaciones con
Sari cada cierto tiempo, pero el rey
sariano siempre se negaba. A pesar de
los años que habían transcurrido, en Sari
no habían pasado página.
Dos siglos atrás, D’Ashier había
sido una grande y próspera colonia de
Sari dedicada a la minería. Después de
años de desacuerdos y de que ambas
partes denunciaran injusticias, el
territorio se había independizado tras
una sangrienta revolución que dejó como
consecuencia una gran hostilidad entre
ambos países. El pueblo de D’Ashier
coronó rey al gobernador, que era
popular y muy querido. Con el paso de
los años, los antepasados de Wulf
habían expandido y reforzado la nación
recién nacida, hasta que ésta había
superado a sus vecinos.
Pero la familia real de Sari seguía
mirando con desprecio a D’Ashier,
como un padre frustrado ante un hijo con
demasiadas ínfulas. Sari se mantenía
siempre firme en su negativa a
reconocer el poder y la soberanía de
D’Ashier. Las minas de talgorita de
este país eran las principales
productoras del codiciado mineral, que
era la principal fuente de energía del
universo conocido. Era un metal tan
valioso que las guerras para apoderarse
de las minas eran constantes.
—Algo no va bien. —Wulf se
levantó las gafas con visión de campo
para examinar el cielo.
El teniente y él estaban en un
montículo, a varios kilómetros de la
frontera. Su skipsbåt flotaba en el aire
cerca de ellos, esperando. Estaban
rodeados de soldados de D’Ashier,
protegiéndolos. En total eran una
docena, el número requerido para
formar una patrulla. Desde el
improvisado mirador, Wulf tenía una
buena vista del terreno y debería
haberse sentido relativamente seguro,
pero se notaba el vello de la nuca
erizado y hacía ya mucho tiempo que
había aprendido a fiarse de su instinto.
Tras volver a escrutar alrededor,
dijo:—
Hay algo artificial en todo esto.
Parece un montaje. Quedan demasiadas
preguntas sin respuesta. Este hombre no
pudo desplazarse hasta aquí sin un
medio de transporte. ¿Dónde está su
skip? ¿Y sus provisiones? ¿Por qué no
está todavía cubierto por la arena?
Al oír un sonido por los auriculares,
se bajó las gafas.
—No hay nada reseñable en los
alrededores, alteza. Lo hemos registrado
todo en un radio de dos kilómetros —le
informaron por el altavoz.
—¿Alguna otra información,
capitán?
—Nada.
Wulf se volvió hacia el joven
teniente, que aguardaba expectante a su
lado. En las patrullas de Wulf siempre
había más de un oficial, normalmente
varios oficiales recién graduados. El
general había establecido ese sistema
años atrás, para demostrar a los
subordinados cómo debía ejercerse el
poder. Wulf estaba acostumbrado a él,
como un manto, desde el día en que
nació.—
Vámonos.
Se desplazaron rápidamente hasta
s u s skips, con la economía de
movimientos que caracteriza a los
habitantes de un planeta desértico.
Mientras se preparaban para montar en
las motocicletas de esbeltas líneas, el
suelo empezó a temblar de manera
amenazadora. La fuente de los temblores
era fácil de reconocer y Wulf renegó por
no haberse dado cuenta antes de la
trampa. Soltó el cierre de la funda de la
espada láser que llevaba sujeta al muslo
y gritó para advertir a los demás. Subió
a l skip de un salto, encendió el motor,
tiró con fuerza de los mandos y salió
volando un segundo antes de que el
pequeño perforador enemigo emergiera
de la arena.
—¡No puedo enviar un mensaje de
socorro! —gritó el teniente,
aterrorizado.
El resto de la patrulla se colocó en
formación en forma de uve y aceleró en
dirección a D’Ashier.
—La están bloqueando —dijo Wulf,
muy serio—. Joder, seguro que llevan
días agujereando la arena.
—¿Y por qué no los han detectado
los escáneres? —dijo la voz del teniente
por el auricular—. Estábamos justo
encima de ellos.
—Tenían el motor apagado y eso los
hace casi indetectables.
Wulf era muy consciente del potente
zumbido de la perforadora a su espalda.
La señal de alerta que les había
aparecido en el radar y que había dado
pie a la expedición debió de causarla la
nave de transporte cuando entró en
D’Ashier desde Sari, antes de que
apagaran los motores. El cadáver no era
más que un cebo para que no pensaran
que había sido una falsa alarma.
—¿Cómo demonios han podido
aguantar ahí abajo sin controles
medioambientales?
—Con desesperación —murmuró el
capitán, volando hacia arriba al notar
que un disparo de la perforadora
levantaba arena a su lado—. Esa
perforadora no es sariana. Son
mercenarios.
Estudiando los alrededores a través
del navegador, Wulf dijo:
—Son más rápidos que nosotros.
Separaos al llegar a lo alto del
promontorio y rodeadlo.
Al llegar al final del terraplén, la
patrulla se dividió en dos. La nave
perforadora volvió a disparar. Esta vez
alcanzó su objetivo. La moto voladora
dio varias vueltas de campana antes de
explotar, y el soldado que la conducía
murió. El resto de los hombres se
agacharon un poco más y siguieron
dirigiéndose a toda velocidad hacia la
formación rocosa compuesta por varios
monolitos.
Wulf soltó una maldición cuando un
disparo bien dirigido hizo caer un
pináculo de roca rojiza, levantando
polvo del color de la sangre, mientras un
espantoso crujido rasgaba el aire. Una
mirada a su consola le hizo saber que
varias rocas del tamaño de naves
estaban cayendo sobre los miembros de
la otra mitad de la patrulla. La pérdida
de varias señales le informó de que sólo
unos pocos habían sobrevivido.
Al rodear las rocas, vio una abertura
que les podría dar una posibilidad de
defenderse.
—Desmontad —ordenó, metiendo su
skip entre los monolitos—. Atraerlos
para que salgan a la superficie.

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En el centro de las rocas había una
zona arenosa circular. Detuvieron las
motos, desmontaron y se dispersaron
formando un círculo alrededor. Sacaron
las espadas, encendieron los poderosos
rayos láser y aguardaron. La tensión era
palpable.

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