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Déjame quererte – Jud Baltimore

Déjame quererte – Jud Baltimore

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importa. Lo que es realmente relevante
es lo que se cuenta en estas páginas. Yo
sólo voy a limitarme a hacer un prólogo
que puede que leas o puede que no, que
puede que te guste o que te resulte
demasiado tedioso. Si ése es el caso, te
pido disculpas desde este instante. El
libro que tienes ahora mismo entre las
manos contiene una historia muy
especial y espero que te haga disfrutar,
querido lector, tanto como a mí. Se trata
de la primera novela de Jud Baltimore y,
antes que nada, quiero agradecerle a ella
la confianza que depositó en mí cuando
me permitió cuidar a su pequeño
mientras estaba creciendo. El mismo que
tú, en este momento, sostienes.
¿Qué puedes encontrar en esta
novela? Sentimientos y una buena
narración. A través de la magia del
circo, la autora nos cuenta la historia de
Sol y de Iván. ¿Quién no se ha dejado
atrapar por el encanto del circo cuando
era niño? Sus espectáculos son una
mezcla perfecta de misterio y
sensaciones. Y Jud sabe plasmar eso
perfectamente, haciendo que, poco a
poco, necesitemos saber más sobre los
protagonistas. Ponte cómodo,

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disfruta
del silencio o, por el contrario, de tu
música favorita. Relájate. Goza de la
lectura y, sobre todo, ten tiempo. Porque
te aseguro que no podrás dejar de leer.
La autora nos sorprende con un
historia cuidada al detalle, mimada. Una
historia en la que los sentimientos están
a flor de piel y las emociones aumentan
a cada página. Consigue sin dificultad
alguna que nos pongamos en el lugar de
los protagonistas, que compartamos todo
lo que les ocurre. La temperatura sube
con facilidad cuando Jud está a cargo de
narrar, eso es indudable, pero también
tengo que mencionar unos diálogos y
unas escenas que son, simple y
llanamente, extraordinarios. Su forma de
escribir es ocurrente, ácida y muy
adictiva. Los personajes son como tú y
como yo. Se expresan y piensan de la
misma forma, lo que facilita que
conectemos con ellos.
La novela está envuelta por la
pasión, por los celos, por el miedo…
Por sentimientos tan terrenales que nos
facilitan mimetizarnos con el personaje
sin ningún tipo de problema. Reímos,
sufrimos y hasta respiramos con ellos. Y
es que es imposible que no sea de esa
forma. La historia nos atrapa, haciendo
inviable que podamos apartar la vista de
las palabras que se suceden. La
temperamental Sol y el misterioso Iván
son, realmente, una mezcla explosiva
que da pie a muchos momentos en los
que disfrutaremos de unas discusiones
más que entretenidas, pero los
secundarios no se quedan atrás. Ellos
son el pegamento de toda la trama, los
que logran que gocemos de escenas más
que curiosas que nos sacaran más de una
sonrisa.
Jud Baltimore, autora de varios
relatos, nos sorprende con la que es su
primera novela. Y lo hace de una forma
inmejorable, con unos personajes
pensados al milímetro y una historia en
la que se notan las horas de dedicación,
el sudor y las noches que ha invertido en
ella. Yo poco más tengo que decir, ahora
te dejo que comiences la lectura. Sólo
una cosa más: ¡Bienvenido al circo!
MARÍA GARDEY
Capítulo 1
Frente al espejo, Sol se miró con
satisfacción. No era una top model, sino
más bien una chica normal, del montón,
pero agradable a la vista. Le gustó la
imagen proyectada en el espejo y
decidió dejarse tal cual estaba.
Una fina capa de maquillaje en nude
tapó las imperfecciones de su rostro y un
poco de liner hizo que sus ojos verdes
resaltaran. Llevaba el pelo hasta los
hombros, así que se limitó a despeinarlo
un poco para darle un toque más
desenfadado a su look. Cogió su bolso y
salió pitando, llegaba tarde y hoy era la
excursión al circo.
Los inquietos niños esperaban
impacientes mientras intentaban adivinar
qué animales encontrarían en el interior.
Sol detestaba que utilizaran los animales
para sus funciones, pero el año anterior
llevaron a los pequeños a un
espectáculo alternativo y salieron muy
disgustados, por lo que, en éste, el
colegio había decidido ir a lo seguro.
Ella intentaba inculcar a sus alumnos los
que consideraba eran buenos valores,
entre ellos el completo rechazo a todo
tipo de maltrato animal.
El circo WonderLand era el mejor
que llegaba a la ciudad, contaba con
artistas de diversas nacionalidades y, sin
duda, lo más llamativo era la gran
variedad de modalidades.
—Silencio peques, que va a
comenzar.
Los pequeños lo observaban todo
con gran admiración; sus miradas no
cesaban de viajar a lo largo y ancho de
toda la carpa en busca de cualquier
detalle.
Sol tomó asiento dispuesta a ver las
partes de la representación que sus
alumnos le permitieran.
Salió a la pista un hombre con
sombrero negro; vestía una camisa
blanca con pajarita granate, un chaleco
dorado y, encima, un abrigo largo rojo
con detalles en dorado; en la parte
inferior, unos pantalones negros
acompañados de unas botas altas en el
mismo color.
Sus pasos y su porte se veían
majestuosos. Se notaba que había
presentado la función miles de veces,
que las palabras que salían de su boca
no eran algo improvisado; al contrario,
estaban estudiadas para causar el mayor
impacto.

Déjame quererte – Jud Baltimore

Uno a uno fue dando paso a todos
los artistas. El público aplaudía
entusiasmado. Niños y mayores reían y
disfrutaban de las actuaciones. Las caras
de sorpresa se sucedían en las
representaciones más llamativas, y las
de tristeza cuando el presentador dio por
finalizado el espectáculo.
Sol salió tan maravillada que sacó
una entrada en primera fila para el día
siguiente. Quería volver a verlo y
disfrutar de los pequeños detalles que
no había podido observar. Los alumnos
no pudieron hablar de otra cosa durante
la vuelta al colegio. Les había encantado
y deseaban poder volver con sus padres.
La excursión había resultado ser un
éxito.
***
Cada año intentaban renovarse:
conservar a los mismos empleados pero
que el espectáculo resultase diferente e
innovador. Los artistas circenses
disfrutaban con las sonrisas de los niños
y con las bocas abiertas de padres y
madres. Los aplausos eran un aliciente,
y es que, una vez los recibes, se hace
difícil prescindir de ellos.
Nadie quería perderse a los mejores
artistas del mundo, por lo que todos los
colegios de la ciudad acudían en
autobuses repletos de sonrisas y
fantasías. Diciembre se había convertido
en el mes preferido de todos los
pequeños.
Tras convencer a su amigo Carlos,
ambos fueron hasta la entrada de la
colorida carpa. La oscuridad de la calle
daba paso a las luces llamativas que
conformaban el nombre del circo. El
conjunto era un escenario mágico que
invitaba a dejarse llevar y volver a la
niñez.
Agarrada del brazo de su amigo,
pasaron y se sentaron en los asientos
asignados. Sol sonreía de oreja a oreja.
—Pareces una niña de tu clase.
Menuda cara de pánfila tienes. —Rió
hasta que le dolió la barriga.
—Anda, cállate, sólo falta que ahora
tampoco tú me dejes disfrutar de la
función. —Le sonrió frotándose los
brazos. Estaba muerta de frío. Miró a su
alrededor e hizo una mueca al ver al
resto de asistentes con guantes, gorros y
bufandas. Ellos habían sido más
previsores.
—Compra tú las palomitas, no
puedo ni moverme. Se me ha congelado
el cuerpo —le pidió a su amigo
fingiendo haberse quedado pegada al
asiento. Éste refunfuñó, pero al final fue
en su busca, así como de un buen café
caliente para su amiga.
—¡Jopé, cómo echo de menos la
calefacción, no sé cómo pueden ir con
esos trajes tan finos! —le dijo a Carlos
al verle aparecer con el café—. Claro,
como hay nórdicos, esto les parecerá el
Caribe.
—Pues que me tiren un nórdico a mí
—ordenó Carlos entre risas.
El presentador salió para dar
comienzo al show. Atónita, disfrutó de
los trapecistas, contorsionistas y
malabaristas, pero su mente se nubló en
cuanto un chico entró en escena con su
tela mágica simulando las alas de un
ángel. Sol apenas podía apartar la
mirada del rubio de tez blanca como la
nieve.—
Cierra la boca o te va a entrar un
león en lugar de una mosca, nena —le
susurró Carlos. Sol ni se inmutó, apenas
advirtió el murmullo de la gente. No
podía apartar los ojos del escenario.
—¿Has visto el mismo ángel que yo?
—preguntó con la respiración
entrecortada.
—No, bonita, lo que he visto es
cómo le remirabas el paquete y abrías la
boca como a punto de comerte un buen
chuletón.
Ella suspiró y lo dejó hablando solo.
Aprovechó el intermedio para ir en
busca de otro café. Todavía sentía la
electricidad por el cuerpo. Las piernas
le temblaban y, la duda de si lo que
había visto era real o bien su mente le
había jugado una mala pasada, le
azotaba. Se tomó el café de un trago y
corrió a refugiarse a la comodidad de su
asiento, donde, gracias a que la carpa
estaba completa, el frío parecía
disminuir.
—¡Qué asco de frío! —refunfuñó
para sí misma.
El espectáculo finalizó y el
presentador de voz grave se despidió de
los visitantes. A decir verdad, Sol
apenas había prestado atención a lo que
sucedió en la segunda parte. Sólo podía
pensar en el ángel de las telas.
Estaba tiritando de frío. De pronto
creyó recordar que, en el bolso, había
metido unos guantes e intentó dar con
ellos entre todo lo que tenía.
—No sé para qué llevas bolsos tan
grandes si luego no encuentras nada,
parece la chistera de un mago.
—Y saldrá de aquí un conejo que te
va a llevar al país de las maravillas
como no dejes de fastidiarme. —Se
rieron; ambos sabían que Carlos tenía
razón.
Allí, helada de frío y en busca de
unos guantes que no estaba segura de
tener, la electricidad se volvió a
apoderar del ambiente. Se olvidó del
frío, de los guantes y de su amigo.
Quedó petrificada, estática. El corazón
le latía de manera feroz. Sintió la
garganta seca de nuevo, la sentía arder
al tragar su propia saliva.
Ivánov hablaba tranquilamente con
Kenneth, un canadiense de treinta y
cinco años muy bien llevados que había
pasado media vida en España. Cuando
estaban juntos hablaban en inglés, pues
se les hacía extraño hacerlo en español.
Oyó un castañeteo de dientes y se
giró mientras le decía a su amigo: «Los
españoles no sobrevivirían en Rusia ni
medio segundo». Pero la sonrisa se le
borró al verla allí muerta de frío. Tuvo
ganas de correr hasta donde se
encontraban y pegar a su acompañante
por ser tan descortés. ¡¿Cómo podía ser
tan poco caballero y permitir que se
helara?!
—¡Está buena! —dijo Kenneth
observando a Sol. Ivánov sacudió la
cabeza, molesto por no ser el único que
se había fijado en ella.
Con pasos decididos, se acercó a la
muchacha.
—Take —le dijo tendiéndole sus
cálidos guantes.
—Oh, thank you! I have some,
somewhere —respondió con su escaso
nivel de inglés.
Carlos le propinó tal codazo que Sol
se giró para dedicarle una de sus
miradas de aviso.
—Well, thanks. I promise to return.
—Regalo de la casa —dijo en un
español al que Sol llamaba «típico
cagaspañol de guiri».
Y sin más, cada uno siguió su
camino. Ivánov continuó charlando con
su amigo y ella con el suyo, aunque
ninguno de los dos pudo centrarse en sus
interlocutores.
***
—¡Por fin unos días de vacaciones,
qué ganas tengo! —gritó Quim, el
profesor de gimnasia.
—Sí, la verdad es que estoy
deseando tener un poco de tranquilidad
—apostilló Sol.
Quim era un atractivo chico rubio de
ojos marrón chocolate; tenía unos
abdominales con los que se podía lavar
la ropa a mano y que, además, eran la
envidia del profesor de matemáticas. En
definitiva, era un joven dulce que las
volvía loquitas a todas y causaba
envidias entre los hombres. Antes de
terminar la carrera, Sol y Quim
estuvieron saliendo, pero la cosa no
cuajó; él quería un noviazgo estable y
ella no estaba preparada, deseaba
divertirse y no enfrascarse en una
relación, ni atarse a una persona. Pero
eso no significó que se rompiera la
amistad e incluso, con el tiempo, ésta
aumentó y se volvieron confidentes.
Carlos y él eran los únicos que
sabían de la existencia del ángel pálido,
como lo habían apodado. Y es que Sol
iba una vez a la semana al circo sólo
para poder verlo durante los escasos
minutos que duraba su espectáculo. No
se quedaba después, lo contemplaba
actuar y se iba, evitando de paso asistir
a la parte en la que utilizaban a los
pobres animales.
Era absurdo y lo sabía, por eso sólo
se lo había contado a Quim, a quien le
había suplicado que no comentara nada
delante de Carlos, pues sabía que, de
enterarse éste, las bromas se sucederían
sin cesar.
El primer día de vacaciones
amaneció con el astro rey en todo su
esplendor; pegaba con tanta fuerza que
hacía un calor extraordinariamente
anormal para el mes de diciembre; por
eso decidió aprovecharlo al máximo.
Cogió sus patines y metió en la mochila
un libro, agua y sus zapatillas. Se cargó
la mochila a los hombros y se fue
patinando hasta el parque al que siempre
acudía al ritmo de la música de Adele.
—Cómo se nota que hace buen día
—dijo seguido de una blasfemia al
comprobar que no había ni una mesita
libre. Pero no iba a permitir que
semejante nimiedad le arruinara su
pacífica jornada.
Vio un espacio en el césped, junto al
lago de los patos, y allí se sentó. Sacó
su libro de Olivia Ardey y se dispuso a
pasar un rato de relax y muchas risas; no
había nada que la relajara más que leer.
Tan enfrascada estaba en la lectura
que no se percató de que un par de ojos
la miraban embelesados.
Al cabo de un rato, levantó los ojos
del libro para descansar la vista y
disfrutar del paisaje. Adoraba ese
parque. Se quedó embobada mirando los
patos, arrugando el entrecejo para que el
sol no la cegara.
Los ojos grises, que la observaban a
una distancia prudente, no perdían
detalle de cada gesto.
—Un bonito perfil —lo sorprendió
Anielka.
Ivánov se giró, asombrado de la
perspicacia de su hermana mayor; jamás
se le escapaba una.
—La veo todos los miércoles en el
circo —le comentó. Ivánov fingió no
haberse dado cuenta—. No disimules, sé
que la has visto, y… fíjate qué
casualidad que nunca se queda al final.
Es raro, ¿verdad? —preguntó suspicaz.
—Será que le ha gustado el
espectáculo —dijo con sequedad, y se
volvió a contemplar a la chica que
miraba los patos como si jamás hubiese
visto animal semejante.
Le maravilló la manera en la que
parecía gozar de un día tan inusual y, sin
duda, le llamó la atención esa preciosa
sonrisa que se dibujaba en su cara
mientras leía. Anielka se levantó con
tanta decisión que Ivánov tembló. La vio
acercarse a la joven y mantener una
conversación animada. Su hermana
hablaba muy bien el español, mucho
mejor que él. Se había esforzado por
aprender la lengua del país que
visitaban cada año desde que era una
niña. En cambio, Iván apenas llevaba
cinco años en el circo y le costaba
mucho dejar su querido Moscú, sus
costumbres y su idioma.
—Hola, me llamo Anielka. —Le
tendió la mano a una Sol desconcertada
que intentaba ubicar de qué la conocía
—. Trabajo en el WonderLand, soy una
de las trapecistas.
—Ah, encantada —saludó
avergonzada; no entendía a cuento de
qué se acercaba a saludarla.
—Te veo todas las semanas en el
circo. —Al ver lo colorada que Sol se
empezaba a poner, la muchacha añadió
—: No eres una chica que pase
desapercibida para muchos de mi
familia.
Sol sentía que se asfixiaba. Siempre
había intentado pasar inadvertida y, pese
a las sonrisas de la chica de la cafetería,
nunca imaginó que alguien más se había
percatado de su presencia. ¡Menuda
vergüenza! Rogó a Dios y a todos los
santos habidos y por haber que se
abriera una enorme brecha en la tierra y
se la tragara. No le importaba dónde
aterrizar mientras fuera muy lejos de
allí, pero cuando reaccionó ya era tarde:
no sabía en qué momento había aceptado
la mano de aquella extraña y

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