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12 entendimientos de la carne – Alfonso Themeliadou

12 entendimientos de la carne – Alfonso Themeliadou

Libro 12 entendimientos de la carne – Alfonso Themeliadou

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de vacaciones, la ciudadanía se encontró un cataclismo económico que, como solía suceder, parecía desbocado e incontrolable. Los Juegos, con los
sorprendentes y numerosos logros de los atletas nacionales, desviaba la atención de los marcadores económicos y nadie previó la debacle posterior, y los
que debieron haberlo previsto, encogieron los hombros respondiendo con una pedorreta de boca.
Barcelona había sido reformada a marcha martillo y, aunque algunas instalaciones y viviendas olímpicas se desmigajaban antes de lo esperado
por la precariedad de los materiales y la subcontratación precipitada, se cumplieron plazos y pudieron inaugurar los Juegos a tiempo, para muestra de
rigurosidad y organización, amén de improvisación y desmadre de gestores y políticos; y si ciento cuatro años antes la ciudad organizó la Exposición
Universal para asombro del mundo civilizado, y organizara otra cuarenta y un años después con aceptable nivel de errores, para entonces no se esperaban
menos felicitaciones y albricias.
Ese verano, el anticiclón de las Azores lamía los aires íberos con sus calores y vapores sumiendo a la ciudad en un sopor denso que ralentizaba la
acción y el pensamiento de sus habitantes.
Era el momento del capítulo de “Engaños furtivos”, culebrón cuyo principio nadie recordaba y final no se intuía. María miraba el televisor,
ataviada con la más mínima expresión indumental que puede concebirse: un tampón. Y mientras admiraba lo que consideraba un caribeño dandy de
bronce lustroso, repasaba su clítoris con una maestría aprendida a fuerza de desamores e intercambio de información con vecinas y revistas. Después,
satisfecha por lo que consideró tocamiento ajustado a derecho, y estimulada por las infinitas truculencias del serial, trasladó su satisfacción, energía y
sabiduría a algo en lo que se consideraba igualmente experta: el macramé; en ambos casos se necesita precisión, templanza y dedos desenvueltos. Se dejó
absorber por la filigrana de tan vetusto entretenimiento hasta que la certidumbre de que su soledad terminaba la devolvió al aprendido protocolo de todos
los días; Pepe, su marido, no tardaría en llegar. Guardó en un cajón las cuerdas que habían de convertirse algún día en funda de maceta y se vistió con
una falda y blusa de tema floral. Preparó la mesa, fregó los cacharros y rebañó con la bayeta los aceites y las migas del mármol de la cocina, sabiendo que
Pepe la sorprendería en tal tesitura sin sospechar los entretenimientos a los que se entregaba en su ausencia.
Piticlinearon unas llaves en el rellano de la escalera y María quedó avisada de la llegada de su marido. No había cumplido veinte años cuando se
casó con él, aparcarcándosele obligaciones de persona mayor nada más quedar ensartado el anillo en el dedo. Se agrietaron inocencias y niñerías y
rezumaron por las rendijas de la vida purulencias de responsabilidad. La causa fue una preñez fraguada en la temeridad de una bragueta y ejecutada
entre unos zarzales de Montjuic, antes de ser remozada y convertida en área de pabellones olímpicos y pelotazo constructor. Se acabó el zascandileo
improductivo, se diluyó el desafío al futuro y la vida de púberes insensatos, y todo porque Pepe y María, en conjunción copulativa, se dejaron llevar por sus
hervores hormonales y el trueque de salivas y otros fluidos; sin que la prudencia o cordura asomara en esos cachondos momentos.
Se mudaron a un pequeño piso de alquiler en el extrarradio y con toda la caridad que familia y amigos les ofrecieron amueblaron su nuevo
hogar. La boda los ubicó irremisiblemente en la mayoría de edad, quedando atrapados en asuntos y preocupaciones de adultos. La madre de María cedió su
turno de tarde como fregona en International Condoms Company -fabricante de los reconocidísimos profilácticos “Acorazados Potemkin”-, y Pepe acabó
montando felpudos y alfombras en un taller de confección. Pero el hijo que había de venir no llegó, volatilizándose el día del banquete de bodas para
asombro de comadres e inmortalización de compadres pertrechados ya con VHS, ya con 8mm, de lo que ya se hablará más adelante. Así se vieron María y
José, casados y sin hijo, compuestos y con cónyuge, sin que ni siquiera recuerdos comunes les pudieran ayudar a soportar el susto de verse las caras al
despertar por las mañanas.
Años después continuaban tan perplejos y guardianes de sus secretos de niños como el primer instante en que les arrebataron la inverosímil
perspectiva de la paternidad. Ahora, cada día era tan igual como el anterior y el siguiente, como los eslabones de un collar: sin principio ni fin.
Pepe llegó con el habitual resuello de cansancio letal y se descalzó lanzando sus zapatos al final del pasillo.
¿Qué hay para comer?
¡Vaya olor a pies! A María le parecía inconcebible que Roberto Carlos, galán de “Engaños furtivos”, y él pertenecieran al mismo género. Uno
podría arrastrarse por el desierto y no perder la compostura, el donaire y el aroma a cocoteros y papaya, el otro necesitaba solamente media jornada
laboral para oler como una mofeta con colon irritable.
Lentejas.
Veinte minutos más tarde, la comida había sido ingerida y los platos fregados. Y después de un rápido cigarrillo, Pepe volvía al tajo y María a las
oficinas en las que, a mochazo limpio, algo de ella quedaría.
❖❖❖❖
La consciencia real de los actos pasados y sus consecuencias sólo llega con la reflexión desde el futuro. Sé que suena lapidario y pretencioso pero es lo
que creo. ¡Qué le vamos a hacer! Sólo ahora, desde esta guarida enrejada, soy capaz de entender el porqué de los hechos que me llevaron a ser un preso de La
Modelo.
Dispongo de mucho tiempo, aunque no me hace falta tanto para explicar mi historia. Nadie me interrumpirá, salvo el funcionario de turno para
avisarme de que es hora de salir al patio, comer o ducharme.
Empezaré desde el principio.
Fui concebido un día cualquiera al final de una primavera en el asiento trasero de un “dos caballos”. Puedo dar tantos detalles porque soy meticuloso
en la recopilación de datos e imaginativo en sus adornos. Traicionado por unos óvulos demasiado fértiles, mi padre no concibió más desquite a su mala suerte que
odiar al hijo fruto de aquellos calentones. Sin el amor que mi padre me negaba, mi madre hubo de doblar el suyo y criarme con superávit de cariño. Era ella mujer
mansa y paciente; mansedumbre callada. De ella me vienen imágenes de caricias mimosas, lágrimas escondidas, de su asombro por la carestía de precios, la escoba
como adarga de quijote transmutado y el incesante fluir de palabras que borbotaban sin contención posible. No entendió jamás por qué se desvanecieron las altas
promesas que su marido juró antes de su embarazo. ¿Es que no la amó jamás? ¿Será que todos los hombres son iguales? Me quiso con la pasión de su única razón
para palpitar, y perdonó todas mis fechorías de niño y torcimientos de juventud. Así que cuando me sorprendió llorando en mi habitación, sólo ella supo darme
alivio. Me abrazó y besó, e intuyendo las causas supo que eran sollozos de amor. Mesándome los cabellos trató de consolar mi dolor diciendo que la mujer por la
que lloraba no me merecía. Y explotó mi llanto. Se le llenó la cara de ira y abrazándome con fuerza me dijo que sólo una arpía le haría daño a su niño.
Olvídala.
No puedo.
Cómo se llama esa golfa.
Sin levantar la mirada para buscar la suya, contesté:
Jesús.
Quedó quieta. Arqueó las cejas y miró fijamente el encaje de una funda de almohada que con la técnica del punto de cruz había confeccionado.
¿Jesús? preguntó.
Jesús respondí.
Asimilada mi condición, me abrazó y balanceando su cuerpo con el mío me consoló con ternura.
Recuerda Toribio: todos los hombres son iguales.

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❖❖❖❖
En su adolescencia, los hinchamientos del cuerpo de María, y el efímero hálito de una polución nocturna de Pepe, se presentaron como un
familiar desconocido que ha venido a quedarse. Intuyendo el final de una época, se agarraron a las novedades del sexo como si los otros asideros fueran
clavos ardiendo. María comprobaba maravillada los crecientes moldes de sus pechos, el gradual aplomo de sus glúteos y un rumor desconocido que le
nacía entre las piernas. A Pepe le olía el cuerpo a hombre, un cuerpo que se le cubría de vello en una metamorfosis licántropa algo más larga y menos
peliculera. Atrincherado en el lavabo se le desbordaba la lujuria con más frecuencia que antes. Recordaba un tiempo en que un remordimiento sacro y
penitente le roía el entendimiento con las primeras masturbaciones. Los tiernos años de la adolescencia asombrosa pasaron por ellos como un quejido y,
si ninguno de los signos de cambio les convencieron de su ineludible principio de envejecimiento, sí se percataron, cuando se casaron, que ya no eran tan
niños como cuando coleccionaban cromos o dibujos animados. Los anillos de boda completaron el vertiginoso ciclo de la crisálida.
Así que con tantas prisas y nuevas sensaciones, no existía entre Pepe y María más vínculo que el mutuo desconocimiento.
La fiesta de fin de curso mostraba por última vez los cuerpos tibios y redondos y las caras barbilampiñas y

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