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Angélica – Nicola Barrios

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Las doce criadas son muchachas de mucha belleza; las hay morenas, pelirrojas, blancas con cabellos castaños y rubias. Son damitas de bustos proporcionados,
redondos y estables; cinturas curvas, piernas lisas, pieles suaves, rostros angelicales; voces dulces y energías bondadosas.
Todas son escogidas por el obispo Henríquez, quien al saber la labor que deben ejercer en casa de los Verdini, toma muy en cuenta la moralidad y castidad de las
siervas.
Luego de los tres días de menstruación, Adela retorna con hermosos vestidos rosas y púrpuras para su hija. Esta desfila uno tras otro los numerosos ropajes;
deleitando a las sirvientas, insinuándose como la mujer perfecta, realzándose como la magnificencia de la naturaleza femenina. Todo ese cuarto día hace de sus vestidos
exquisitas obras de arte.
Al quinto amanecer, Pedro vuelve y ejerce de nuevo sus labores de riego, siembra y limpieza del enorme jardín.
El patio de los Verdini cuenta con un riachuelo cristalino en el que se puede beber, por lo que no es necesario buscar agua en los ríos adyacentes. Grandes árboles
caducifolios y coníferos que sirven de hogar a muchas aves que decoran el paisaje con sus colores y cánticos. A veces se puede ver un conejo saltando por el pasto; la
señorita lo toma con sutileza del suelo, lo postra sobre sus pechos y desliza sus mejillas por el pelaje del animal.
Las flores hacen de la residencia un paraíso: hortensias rosas, moradas y azules; flores de pascua; gladiolos amarillos, blancos, rosados y naranjas; y agrupamientos
de lavandas que colorean de púrpura.
En la morada más pequeña duerme Pedro con los perros. Dos pastores alemanes que cuidan la propiedad, un gran danés y un lobo siberiano. Este último, además de
acompañar a Angélica, vierte sus caricias sobre la damita, que muy alegre despide risitas de satisfacción.
La casa principal es de piedra y madera, posee veinte habitaciones, una para Adela, seis para las criadas, por lo que cada una de ella posee una compañera de cuarto,
y otra que sólo puede ser utilizada por Leandro.
La alcoba de Leandro expulsa mucho polvo, causado por el agrupamiento de armas y libros viejos. Según Adela la recamara está repleta de insignias e implementos
de guerra; más uno que otro tomo de estrategia y caballería. Todos estos objetos son muy importantes para el señor Verdini, por lo que el cuarto se mantiene cerrado
con llave, y está prohibida la incursión de cualquier persona en él.
En las salas hay pinturas impresionistas, renacentistas y realistas. Muebles lujosos por doquier –de estilo isabelino y Alfonsino- un espacioso comedor, una
inmensa cocina dotada de todos los implementos necesarios para preparar los mejores manjares. Alfombras, esculturas, ornamentos cristianos, títulos; un piano y un
violín.
La casa tiene dos pisos y un cuarto por cada materia que estudia Angélica. Grandes ventanas, imponentes puertas, salones de plática. Siete baños, habitaciones para
los invitados, y la recamara de Angélica. Esta última es la más grande y bella, posee paredes rosas, dibujos de pegasos y su propio baño. La cama, hecha de caoba, es
confortante e inmensa, la vista da con el riachuelo, por lo que el acto de relajación previo al sueño se genera con facilidad.
La habitación está ornamentada con rosas rojas y blancas. Por la mañana una carraca se asienta en la ventana, despertando con su canto a la señorita. El aroma es una
combinación entre flores, fragancias de vegetaciones y el sudor de Angélica.
El sudor supurado por las glándulas de Angélica, es una esencia que sin duda alguna podría servir de perfume a cualquier dama de la alta sociedad. Bucólico,
filántropo, sublime y meloso, podría extasiar a cualquier hombre o mujer.
Bianca -la criada preferida de la señorita-, tiene la osadía de abrazar a su ama e inhalar profundamente su aroma en repetidas ocasiones. En la medida que el oxigeno
colma sus pulmones, las células de la asistente se van regenerando. Poco a poco Bianca se entrega por completo a un estado de paz que se extiende desde el aura de
ambas hasta la eternidad.
Al terminar el afecto, Bianca, enmarcando un magnífico placer, suspira profundo. No quiere mediar palabra, en cambio se ahoga lentamente en la estela que le deja el
amor de Angélica, como tratando de aprovechar la afluencia de cada residuo que Verdini le ha depositado en su interior.
Bianca se retira con paso firme y consciente. Al encontrarse sola, toma con serenidad un pañito blanco, se desnuda y seca su bajo vientre. En ningún momento desea
a Angélica, lo que siente es una sensación intangible de compenetración que la realza hasta la morada de los Dioses.
Días después, en la noche del 13 de mayo, la madre de Bianca se encuentra en su lecho de muerte, y la vasalla tiene que adelantar algunas horas el comienzo de sus
días libres.
Cada criada tiene la oportunidad de tomar mensualmente dos días para estar con sus familiares. Al culminar las fechas estipuladas, deben dirigirse de inmediato a la
residencia de los Verdini a seguir con sus labores.
Cuidar a la señorita es el trabajo más prestigioso que cualquier persona de la clase baja puede ejecutar, por lo que resulta imperativo el cumplimiento exacto de las
órdenes de Adela.

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Sin embargo, Bianca, por el precario estado de salud de su madre, sale de la mansión de los Verdini a las diez de la noche, cuando la luna nueva presume de su
imagen, el río quieto vocifera el sonido de los renacuajos, la brisa apenas danza con el polvo del camino y el aleteo de los murciélagos marca el tiempo del reloj.
El padre de Bianca la habría buscado en su caballo como de costumbre, pero el grave estado de su esposa le impidió hacerlo. Por tal motivo, Bianca tuvo que
emprender el largo camino sola, a pie, sin ningún tipo de compañía, más que las oraciones que decía Angélica hincada de rodillas en su recamara.
Al principio todo parece normal; la regadera de sonidos nocturnos, el silencio de voces humanas, la difícil visión de los obstáculos, la ansiedad de la mente que se
postra en el futuro y poco presta atención al presente.
En cierto momento Bianca siente escalofríos, por tal razón acurruca sus brazos, aumenta la velocidad y mira hacia los lados. Entre las sombras aparece un hombre
de unos dos metros de alto; robusto, fornido, con un hedor espantoso y una mirada que aunque no puede avistar, se percibe pesada.
Bianca se detiene al frente de esa monstruosidad humana. Quedose quieta, pasmada, muy atenta; la desesperación inunda su consciencia. Decide ir lentamente hacia
atrás, sin dejar de observar al canalla. Éste da algunos pasos al frente, hasta que la luna descubre por completo su rostro; una cara sucia, con barba larga y blanca, unos
dientes picados por las bacterias y una mirada sádica.
Bianca resuelve correr en dirección a casa de su ama, pero la oscuridad no deja distinguir

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