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Aquí te esperaré por siempre – Claudia Cortez

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Los ladridos me devolvieron al mundo real. Byron sin duda, pero más furioso que de costumbre.
Salí rápidamente mientras lo llamaba. Era tan pequeño que si se enfrentaba a algún congénere llevaría las de perder.
En la puerta del jardín se encontraban tres personas: María, mi vecina, un hombre que sostenía una bicicleta en sus manos, y un joven sentado en la acera que tironeaba
de Byron quien gruñía prendido a sus zapatos deportivos.

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Tomé al perro en mis brazos, no sin cierta dificultad ya que estaba bien asido al zapato.
–¿Te ha mordido? –preguntó María.
–No–contestó–, parecía endemoniado. Se cruzó entre mis piernas ladrando.
Se miraba los deportivos con el ceño fruncido, analizando los daños. Tenía desgarrada parte de la suela, increíble que unos dientes tan pequeños hubieran hecho eso. Vi
que una de sus rodillas sangraba. Parecía no sufrir otro daño grave, pero si estaba bastante furioso.
–No sé qué le ha pasado, es un perro muy tranquilo– insistió María, y me miró ya que yo permanecía en silencio observando al joven.
Solo se escuchó un gruñido, más grave que el de Byron, que dejaba ver a las claras que el muchacho no estaba de acuerdo con ella.
Estaba visiblemente molesto, y con razón.
–Puedo comprarte otros deportivos…–comencé a decir.
Al escuchar mi voz levantó la cabeza y me buscó con la mirada.
Cuando nuestros ojos se encontraron, mantuvo unos segundos los suyos fijos, como hipnotizado. Luego abrió la boca para decir algo y volvió a cerrarla.
Parecía que todo el enojo se había esfumado. Sonrió sin dejar de mirarme, fueron solo unos instantes.
–No, no importa–dijo y se puso de pie.
–Creo que es lo que corresponde…
–De verdad, no importa.
Una mirada más, luego se dio la vuelta y retomó su trote hacia la colina.
A lo lejos se levantaba el imponente castillo medieval, reinando con absoluta majestad desde lo alto, con el pequeño pueblo a sus pies. Lo vi correr sin esfuerzo por el
sendero que subía hasta el castillo. Cuando me di cuenta que María me observaba sonriendo, desvié la vista fingiendo indiferencia.
El perro me miraba arrepentido, parecía decirme que no sabía qué le había pasado. Lo dejé en el suelo y se dirigió con un suave gemido hacia su almohadón.
Entré en la casa y volví a mi historia.
…lejos de Isabel, la persona a la que más quería y en quién más confiaba.
Cómo si supiera cuánto la necesitaba, su hermana pequeña entró en la habitación.
–¿Estáis llorando? ¿Qué ha sucedido?
La miró con cariño mientras se secaba los ojos. ¿Cómo se lo diría? Ella sí que no podría soportarlo.
–¡Oh, Isabel!…¡Si supierais lo que ha hecho nuestro padre!
La observó sin comprender, esperando que ella le diera la noticia, sin saber que sería la más amarga que pudiera recibir jamás.
–¡Decídmelo, hermana, decídmelo por favor!
–Debo partir mañana mismo para casarme con lord Baker! ¡Me prometió a él hace más de seis meses!
–¡Lord Baker! ¡Ese monstruo! ¡No! Eso no es posible ¡No podemos permitírselo!
–No hay nada que hacer, Isabel.
La jovencita se arrodilló a su lado.
–¡Os matará! Tú sabes que ya lo ha hecho antes…
–Lo sé. He escuchado más de una vez acerca de su crueldad. Pero si no acepto casarme con él, quizás venga con su ejército y destruya este castillo, quizás os mate a
vos y a nuestro padre. Debo ir –Secó sus lágrimas con determinación–. De todos modos si me aleja de quienes más amo ya estaré muerta.
Isabel escondió la cabeza en el regazo de su hermana, llorando.
Laura acarició con ternura la cabecita de rizos dorados y con las lágrimas resbalando por sus mejillas miró hacia la ventana.
“Madre, cuidad de ella” rogó en su corazón. “Allí donde estéis, velad por nuestra niña”
Con un gesto de decisión, secó sus lágrimas.
Era verdad, no había mucho que ella pudiera hacer, pero se enfrentaría a ese salvaje y no le permitiría que la doblegara. Podría golpearla, ultrajarla, hasta matarla,
pero nunca conseguiría someter su corazón…
Miré la pantalla. El cursor titilaba llamándome a la cordura.
–Suficiente por hoy –dije y cerré el portátil sin guardar los cambios.
Me acosté temprano.
Llevé un vaso de leche y unas galletas a la cama, me acomodé sobre las almohadas y me dispuse a leer el folleto del castillo que me habían entregado en la oficina de
turismo esa mañana.
Las fotos eran muy buenas y mostraban partes del interior del edificio y de los jardines. La planta baja y el primer piso de la Torre de Homenaje habían sido totalmente
remodelados para el uso de los dueños. Tenían allí todas las comodidades: desde internet hasta jacuzzi y ducha de masajes en los cuartos de baño.
Los otros pisos, así como las habitaciones y salones del ala norte y sur, se mantenían fieles a la construcción original, allá por el año 1130, con los antiquísimos
muebles, tapices, alfombras, y hasta los utensilios y adornos.
Lo más asombroso era que esa incomparable belleza arquitectónica era conservada por sus propios dueños, descendientes de los originales condes de L., quienes
solo permitían que una vez al año un tour compuesto por un grupo muy selecto de especialistas en arte, arquitectos e historiadores, recorriera toda la fortaleza. Fuera de
esa fecha no se admitían visitas de ningún tipo, ni siquiera para conocer los parques y los jardines. Habían tenido la amabilidad de permitir que se tomasen fotos, unos
cinco años atrás, y eso era todo.
Devoré las partes que hablaban de la arquitectura y diseño de los jardines, aunque la información era, obviamente muy básica, adaptada al lector común. Eché solo una
mirada a los párrafos que mencionaba las numerosas obras de arte que se encontraban en los distintos salones, y pasé a lo que me interesaba, la historia de Sir Owein.
Compartí un trocito de galleta con Byron.
“Quizás lo que añade misterio a este precioso castillo medieval es la historia de amor que tuvo lugar entre sus muros hace cerca de ochocientos años y que aún llena de
magia los bosques de los alrededores.
El joven sir Owein, Vizconde de L. , guerrero temerario y valeroso, había rechazado a todas las bellas nobles que le habían ofrecido como esposa, desafiando una y otra
vez a su padre que le presionaba para que contrajera matrimonio…”
Sonreí e hice una mueca.
–Típico–dije burlona.
Byron me miró con cara inocente.
“…y, ante la desesperación del viejo conde, solo se dedicaba a su deporte favorito

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