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Aunque me resista – Maria Border

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—Tiene que existir una manera. Tiene que haber una salida que nos permita desbaratar su estafa —dijo Laura Pueyrredón indignada.
—No la hay, Laura —aseguró Augusto—. Todo es legal.
—No me hagas reír. ¿Qué es legal? ¿Que la haya convertido en su esposa? ¿Hacer pasar a ese bastardo como hijo de Octavio?
—Es su hijo, lleva nuestro apellido. Igual que ella.
—¿Cómo pudo tener un hijo cuando vos y yo sabemos que era homosexual? —dijo ella gritando, apoyando los codos sobre la mesa y casi pegando su nariz con la de
él.
—¡Callate! —dijo él mientras miraba a su alrededor, tratando de confirmar que nadie en el restaurante la hubiera escuchado.
—¿No te das cuenta? ¿Puede ser que estés tan ciego? Armó toda esta farsa para sacarnos del medio. Para tenernos atados de pies y manos.
—Estás siendo fatalista. Estamos en la misma situación en la que nos encontrábamos antes de su muerte. Hacé como yo y conformate con lo que hay.
—Augusto, reaccioná, ¡por Dios! Esa puta y su hijo se quedaron con lo que es nuestro, con lo que siempre fue de nuestra familia.
—Hace años que no es así. Desde el momento en que accedimos a venderle a Octavio la mayoría de nuestras acciones, la editorial dejó de ser nuestra.
—Editorial Pueyrredón lleva nuestro apellido desde su fundación. Siempre fue dirigida por uno de nosotros. Al faltar Octavio, somos quienes debemos estar a cargo.
Tu postura tan cómoda —acusó Laura— es la que le permite a esa chiruza colgarse una Louis Vuitton del brazo y decir que su hijo lleva nuestra sangre.
—Octavio aseguró que era su hijo.
—Pidamos una prueba de ADN.
—No exageres. Ya una vez pretendiste desenmascararlos acusándolos de no consumar su matrimonio y te respondieron teniendo un hijo. Si llevás a Nina a ese

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terreno nos volverás a exponer en la vereda de enfrente. Ellos tienen la mayoría absoluta y Nina no es Octavio; si se le canta termina de borrarnos de un plumazo.
Laura agitó una mano en el aire, desechando esa posibilidad.
—Tenemos que arruinarla. Que no podamos demostrar la ilegitimidad del lugar que ocupa no nos impide sacarle mucha plata a cambio de silencio.
—¿Qué buscás, Laura? ¿Querés recobrar el lugar perdido en la empresa, o quedarte con el dinero de nuestro hermano?
Nina Bermúdez dejó a su hijo Ezequiel en el jardín de infantes, y lo observó dirigirse confiado y contento hacia la salita.
Sonrió enternecida. Era un nene feliz, a pesar de todo. A los cinco años su vida eran sus amigos, los juegos, y los cuentos que cada noche ella le contaba,
permitiéndole convertirse ayer en príncipe y hoy en gladiador. Pedro, el abuelo de Nina, era el referente masculino con quien el niño aprendía a jugar ajedrez y a pescar.
Sin dudas, Ezequiel era muy inteligente, pero, por sobre todas las cosas, tenía la sensibilidad y generosidad de Octavio, su padre.
Subió al auto para dirigirse a la empresa. Su día de trabajo comenzaba estrictamente luego de dejarlo a él en el colegio, y jamás sabía el horario en el que terminaría. Ya
no la movilizaba solamente la responsabilidad de cumplir con el legado de Octavio de mantener la editorial viva para Ezequiel; el deseo propio de superarse como
profesional se le había hecho carne. Era obsesiva con el trabajo, ambiciosa y competitiva. Cada día que pasaba comprendía mucho más los dichos de su esposo cuando
le advertía que la inoperancia de Laura y Augusto derribaría el prestigio de Editorial Pueyrredón si la dejaba en manos de ellos.
Sabía a la perfección que, para sus cuñados, ella era una usurpadora. Eran tan mediocres y envidiosos que no veían su propia ineficiencia y preferían creer que el
hermano los había desechado como directores para favorecer económicamente a ella, antes que asumir que no estaban capacitados para ocupar ese lugar. Nina trabajaba
por Octavio, por Ezequiel, por la editorial, por ella misma y por esos dos zánganos que solo pisaban la empresa para hacerle reclamos.
Darío besó el hombro desnudo de Marcela, se incorporó y estiró el brazo para alcanzar su bóxer. Para ella no eran suficientes los esporádicos encuentros donde
compartían mucho más que el simple hecho de saciar apetitos sexuales y, entre llantos, se acercó a él.
—¿Qué es lo que no te permite amarme?
—No armes una escena —le advirtió, terminando de calzarse los zapatos.
—Mi amor —suplicó, acariciándole la mejilla—, no quiero seguir siendo una alternativa. Te quiero para mí.
—Marcela, no nos arrastres a una conversación que no tiene sentido. Desde el principio lo dejamos claro, sabés cómo son las cosas.
—Sé que cuando empezamos a salir acepté tus términos, pero ya no puedo más. Yo te amo —confesó desesperada porque él admitiera lo mismo.
Tomó la mano de la mujer y con dulzura le entregó besos en la palma, la sentó sobre sus piernas, a horcajadas, retirándole un mechón de cabello que le impedía verle
los ojos, y le reiteró:
—Aceptamos estar juntos para disfrutar de temas comunes y también del sexo. Enamorarse no estaba contemplado en nuestro trato.
—Lo sé, pero cuando alguien te colma terminás enamorándote y…
—Te equivocás —expresó seguro y dejando caer los brazos fuera del cuerpo de ella.
—Te negás a admitirlo —insistió Marcela—. Conmigo sos feliz. Soy la mujer con la que podés hablar y que en la cama te responde como ninguna

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