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Barridos por el salitre – Lena Moreno

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mezclaban en perfecta armonía con la arquitectura y todo el diseño estaba basado en entramados en forma de ramas y hojas de diferentes tipos y tamaños.
Predominaban el verde, los tonos marrones y el beige, mezclados con el color blanco sobre toda la decoración, para conformar un ambiente natural, incluso salvaje, en la
totalidad del espacio. Como resultado, el recinto, que estaba impregnado hasta el último de sus rincones de un aroma entre jazmín y vainilla, invitaba a la relajación.
Tan pronto como puso un pie en su interior, Mónica comprendió el entusiasmo de Rosa, era como un oasis en medio de la ciudad. Absolutamente maravilloso. No se
parecía a nada que hubiese visto antes, ni siquiera en el cine.
El edificio formaba un cubo perfecto y el interior estaba presidido por un inmenso jardín con cascadas y cientos de flores diferentes, en el que desembocaban todos
los locales de las dos plantas. El techo, una placa de cristal enorme, cubría el perímetro de todo el jardín, que, a su vez, estaba iluminado con pequeñas luces, como si
miles de luciérnagas pulularan por su interior.
Subieron por unas escaleras mecánicas, que imitaban un árbol caído, a la segunda planta, donde se encontraba el restaurante. Los cuatro estaban maravillados y
comentaban a cada paso los detalles de la decoración. El conjunto resultaba impresionante, era como entrar en otro mundo.
Al entrar en el restaurante, una joven vestida con un traje chaqueta gris, con cuello Mao, les dio la bienvenida. Se encontraban en un hall redondo, rodeado de
columnas, con las paredes revestidas en mármol travertino y suelos de microcemento pulido, que reflejaban la estancia como lo haría un espejo. La decoración se reducía
a una lámpara de cristales ‘Swarovsky’, que caían en una espiral de unos dos metros y a una mesa redonda de madera de roble, que sostenía un centro de flores blancas
enorme.
La joven los acompaño hasta el fondo del local, donde se abría una terraza, acotada con una barandilla de cristal y desde la que se podía apreciar como el restaurante
formaba una circunferencia perfecta, coronada por una cúpula translucida de unos cuarenta metros de altura. La sala, estructurada en dos alturas, era imponente. Las
mesas estaban distribuidas en círculo en la parte inferior y, en la superior, ocupando ciento ochenta grados de la circunferencia, en el interior de cómodos palcos.
Mónica estaba disfrutando del exquisito gusto con el que se había decorado el local cuando, atónita, reparó en la fotografía de cinco metros de altura, que se
encontraba frente a los palcos y presidía toda la estancia solemne… No daba crédito, por un segundo experimentó como sus pulmones dejaban de transformar el
oxígeno en dióxido de carbono… Se trataba de su lugar favorito. Las vistas de la ciudad desde la piedra, donde se había sentado cientos de veces en su juventud. Siempre
había acudido allí, desde niña, cuando necesitaba pensar o cuando precisaba huir de sus problemas. La fotografía se había tomado —estaba dispuesta a poner la mano en
el fuego— desde el mismo ángulo que le brindaba la piedra, su piedra, en la que absorta, había mirado el horizonte en un sinfín de ocasiones al atardecer, para
contemplar esa imagen que tanta paz y tranquilidad le reportaba. Después de unos segundos, logró sobreponerse, era toda una colosal casualidad, se prometió a si
misma volver a aquel lugar en cuanto tuviese ocasión y comenzó a relajarse.
Se sentía bien en el restaurante, contemplando las mesas impecablemente dispuestas, con centros de flores blancas, colocadas con exquisitez en torno a velas. Todo
era cálido y acogedor pese a su magnificencia y no podía evitar sentirse como si se encontrara en el interior de un cuento.
Un camarero les acompañó a su mesa, vestida con un mantel blanco roto, con ramas de cerezo bordadas en hilo del mismo color. La vajilla era marrón, con los bordes
dorados; las copas de cristal ámbar y el centro estaba decorado con una enorme orquídea blanca, su flor favorita. Se sentaron, sin poder parar de mirar a su alrededor. La
excitación se había ido apoderando de los cuatro desde la entrada, pero en vez de decrecer, se dilataba con cada detalle del lugar.
Como eran invitados de Rosa, que celebraba su cumpleaños, dejaron que ella eligiera los platos que más le apetecían y le cedieron la carta. Se decantó por “Lomos de
ciervo marinado, con castañas, hojas de cacao y helado de boniato asado”; “Espárragos blancos a la mantequilla negra, con emulsión de leche de oveja, cierva y
salmonete”; “Raviolis vegetales de parmesano, piñones y albahaca”; y “Lubina marinada con ginebra y patatas de colores”.
Antes de que llegara el primer plato a la mesa, un camarero se acercó a ellos con una botella de vino y les indicó que se trataba de un obsequio de la casa. Les sirvió el
vino, mientras a Roberto se le ponían los ojos como platos, y apenas acertaba a darle las gracias. Tan pronto como el camarero se hubo marchado, Roberto cogió la
botella para examinarla con detenimiento.
Una de sus aficiones era el vino y disfrutaba, tanto o más bebiéndolo como leyendo todo lo que sobre este tema, llegaba a sus manos. Rosa le había regalado varios
cursos de enología y le gustaba visitar las bodegas de la zona cuando tenía ocasión.
—¿Sabéis lo que es esto? —les preguntó, sosteniendo cuidadosamente la botella de vino entre sus manos, como si fuese un recién nacido.
—Evidentemente, nosotros no, pero tú nos lo vas a explicar, amor —le respondió Rosa con cariño, observando el entusiasmo de su marido.
—No te lo puedes imaginar, mi vida, este vino es una joya, Aurum red, no puedo creer que nos lo regalen, es inaudito —explicó con una mezcla de misterio y
consternación en la voz.
—Amor, seguro que saben que es mi cumpleaños. Sabes que soy una mujer muy importante —dijo Rosa irónicamente.
—Rosa, no estoy de broma. Estamos hablando de una botella que cuesta mucho dinero.
—Hombre, según se mire, ¿Qué es para ti mucho dinero? —preguntó Rosa sonriendo, divertida por la cara de su marido.
—Unos cuatrocientos euros la botella. No creo que se la vayan regalando a todos los que vienen a cenar —sentenció Roberto sombrío.
Un silencio sepulcral recorrió la mesa. Todos miraron atónitos la botella. Un segundo antes, los tres estaban sonriendo, mirando a Roberto que se había puesto
incluso un poco pálido, pensando lo exagerado que era. Pero en ese instante, todos dejaron de sonreír y se miraron expectantes.
—No puede ser, debe tratarse de algún error —apuntó Ángel sin dar crédito—. No es que dude de tus conocimientos en cuanto a vinos, Roberto, pero lo que estás
diciendo es una locura.
Por toda respuesta, Roberto puso su móvil sobre la mesa:
—Mirad, ahí lo tenéis. Esta es la página web en la que suelo comprar vino, aquí lo tenéis, éste es el precio —esgrimió Roberto, mostrándoles la pantalla.
—Bueno, puede ser una edición más barata, a veces hacen esas cosas con algunos productos —explicó Mónica incrédula.
—Sí, ésta es la serie plata, la de oro son dieciséis mil euros la botella —le contestó Roberto, casi sin aliento.
—No me puedo creer que una botella de vino cueste eso —sentenció Rosa.
—Entonces tenemos que hablar con el camarero, porque está claro que se ha confundido —dijo Ángel con semblante serio.

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Con un gesto, Ángel llamó la atención del camarero que les había llevado la botella, y el muchacho se acercó a su mesa.
—Disculpa, creo que hay un error, nosotros no hemos pedido esta botella —le expuso Ángel.
—No señor, la casa tiene el placer de invitarles y deseamos que la disfruten. Es un vino excelente y creo que les encantará.
Cuando el camarero se hubo marchado, todos se quedaron mirando sin saber que decir. Fue Rosa la que rompió el hielo:
—Roberto, haz el favor de llenarme hasta arriba la copa, que no podemos dejar una gota —dijo riéndose, mientras se la tendía.
—Lo que tú digas cariño, no vas a verte en otra igual en toda tu vida, saboréalo.
—La verdad, es que yo habría preferido que me regalasen unos zapatos ‘Magrit’, absolutamente fabulosos que vi ayer. Hubiesen salido mucho más baratos, y yo los
habría disfrutado encantada —explicó Rosa entusiasmada.
—Rosa, puedes comprarte los zapatos cuando tú quieras, considéralo mi regalo de cumpleaños —le respondió Roberto afectuosamente.
—Esta todo delicioso Rosa, muchas gracias por la invitación, el sitio es formidable —le agradeció Mónica.
—No tienes por qué darlas, yo encantada de compartir mi cumpleaños con mi familia, vosotros y las niñas sois muy importantes para mí, ya lo sabes.
La velada discurrió entre risas y bromas. Mónica atendió todos los chismorreos que Rosa le contaba. Como de costumbre, la hizo reír con cada anécdota. Se notaba
que el vino empezaba a surtir efecto y la conversación empezó a subir de tono y volumen. Todo estaba riquísimo y el postre, croissant de frutos rojos y queso, un
festín para todos los sentidos a la altura de los platos que lo habían precedido.
Cuando terminaron, se trasladaron al local de al lado, una discoteca con grandes sofás donde sentarse a tomar una copa. Toda la decoración era de madera clara y piel
blanca, las mesas estaban divididas en compartimentos, lo que permitía disfrutar de cierta intimidad. Había una enorme barra cerca de la entrada y el local terminaba
abierto a una enorme terraza, en la que también había sitio para sentarse y desde donde se podía ver el mar. Se acomodaron en la terraza y pidieron tres gin tonics y un
ron con limón para Rosa. La noche era preciosa y la temperatura muy agradable. Estaban en

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