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Colores y silencios – Mariano Velasco

Colores y silencios – Mariano Velasco

Libro Colores y silencios – Mariano Velasco

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pueblo era el mundo, y fuera de él no había nada más. En el pueblo vivíamos, jugábamos, soñábamos, inventábamos mil diabluras cada día hasta alcanzar una extraña
euforia —¿Felicidad?—, entre calles embarradas y desconchados paredones de tierra; soñando con llegar a ser como «Pirri» o «Amancio» en el Madrid, porque quizá
estos fueran los únicos seres que fuera del barrio nos podían importar. Bueno, a decir verdad, también había cierto personaje que por entonces sonaba mucho en el
pueblo, un tal Fraga Iribarne, que cualquiera sabía lo que había hecho o era capaz de hacer; lo que si estaba claro es que lo trajeron para inaugurar los molinos que se
habían restaurado en el cercano cerro de San Antón —cosa de un nuevo invento que llamaban turismo—, y aquello fue el no va más, que hasta autobuses gratis puso el
Ayuntamiento para que todos nos pudiéramos acercar. Así que pensamos, o mejor yo pensé, que tampoco estaría mal ser como ese señor; aunque, claro, eso quedaría
para luego, para cuando uno se hiciera mayor, y eso todavía quedaba lejos, vamos que parecía que nunca iba a llegar. Así que por entonces de lo que se trataba era de
seguir con el «pan nuestro de cada día»; esto es, seguir inventando, divertirnos y jugar.
Los sábados solía venir de Madrid el padre de Oscar y Jesús. Y ellos, al verlo, corrían a recibirlo encantados porque siempre les traía alguna chuchería, algún dulce
que comer. Después se pavoneaban entre nosotros con aires de cierta importancia, pues aquello de tener un padre que viajaba era un lujo excepcional. Que el hombre las
pasara fatal, toda la semana solo, separado de los suyos, bregando en un corte de albañil, eso era lo de menos. Lo que contaba era ir a Madrid, aquella «Meca»
incuestionable tan lejana de nuestro mundo, y sin embargo tan cercana, a no más de dos horas y media de tren.
Luego, con el paso del tiempo, la gran urbe nos absorbería y todos acabamos allí. Unos llamados por las obligaciones militares o para trabajar. Otros, los menos,
para cursar estudios en la universidad. Al final, de la pandilla, salvo un servidor, ninguno volvió a los viejos barrios. Y estos, supongo, pasarían a ser como un etéreo
recuerdo perdido en la mente de cada cual. Y los amigos de entonces: Paco, Amancio, Ramón, Oscar, Jesús, Juan; algo poco inmanente, como una mueca de sonrisa en
un etéreo recuerdo difuso y circunstancial.
Y sin embargo, ahora, cuando ha transcurrido toda una
vida me gusta imaginar que vuelven, y que todos juntos recorremos aquellas calles barridas por gélidos vientos: callejuela Cerrada —¿Por qué se llamaría Cerrada si tenía
salida por ambos extremos: estrecha, sí, pero cerrada, no?—; callejón del Toro, plazoleta San José, calle Morón —¡Menudo debió ser el moro que la habitara para
ponerle «morón»!
Y es que en estos tiempos que vivimos ya casi nadie se acuerda, pero entonces los chavales nos dividíamos en dos tipos: los hombres, y los demás. Los hombres
éramos los que con diez o doce años nos esforzábamos por hacer todo aquello que hacían los hombres de verdad. Y lo que hacían los hombres de verdad, a todas horas,
era fumar y fumar. De modo que la perenne obsesión era obtener unas «perrillas» para comprar cigarrillos sueltos. La «mina» solía ser las vías del tren, donde siempre
A
podíamos «encontrar» algo de metal que vender al chatarrero. Después debía ser cosa de vernos con un «celtas» en la boca. Aunque había otra cosa que también hacían
los hombres: era tener novia y pasar horas en la puerta de su casa tratando de «charlar». Así que nosotros siempre andábamos detrás de todas las chicas del barrio
intentando que nos dejaran «charlar». Algo que nunca, ni por milagro, ocurrió.
Alguna vez he vuelto atrás con la imaginación y entonces he mirado los viejos retratos
llenos de polvo, y las viejas esquinas apenas inexistentes, y he rememorado las guerrillas callejeras, y la tienda de Santiago, algo así como el Hipercor en la actualidad,
sólo que en cutre y con cuatro metros de pared a pared; y los guateques, y la figura de mi padre subido en su «Montesa», y el carro de Fermín, y las maletas que un día
hiciéramos cuando nos tuvimos que marchar, y la ilusión imposible de querer volver porque cuando nos fuimos aquí se quedó un pedazo del corazón. Y entonces pienso
que quizá nunca debí dejar el pueblo, y que cuando volví lo hice para quedarme siempre. Porque es bueno tener algún lugar donde poder volver —¡Volver a casa!—, si,
aún a despecho de Montaigne, al que no se le ocurrió otra cosa que decir que «Nunca estamos en casa». Claro que eso lo escribió alguien que jamás tuvo, por fuerza,
que marchar… ¡Así cualquiera!
CALLES CON DENOMINACIÓN
veces me pregunto el porqué de que el callejero de este pueblo se encuentre como sumido en un mar de nombres sin significado local alguno; asunto,
desde luego, nada baladí, puesto que todas las calles tienen su propia personalidad formada con el paso del tiempo, con el vivir, y con su recorrerlas,
permanecer en ellas o dejarlas atrás. Porque las calles, por antonomasia, siempre fueron el lugar de encuentro del que todos los chavales podíamos
disponer, una especie de «Juegos Reunidos» de libre disposición. En ellas se encontraba y de ellas se aprovechaba todo lo que el medio podía ofrecer:
anchuras, espacios ilimitados, carros, remolques, maderas, barro para moldear, toda clase de residuos; en definitiva, mil formas de estimular diariamente
nuestra inquieta imaginación.
Así, pues, los barrios, con su concreto entramado callejeril, eran nuestros castillos, fortalezas prestas a ser defendidas de cualquier intruso invasor. Y sus nombres,
por tanto, cosa relevante: Rubio, Castellanos, Tirso de Molina, Pozo Cardona, Salitre, Paloma, callejuela Cerrada, lugares de la niñez.
Entonces yo nunca me paré a pensar en la trascendencia y
procedencia de sus nombres. Hoy, gracias a las reflexiones y apuntes de doctos paisanos, sé que muchas de ellas han mantenido su denominación primitiva, expresión
espontánea surgida del instinto popular. Son nombres que indican las cualidades primigenias del lugar, como Pozo Cardona, Salitre, Paloma o Castellanos. Otras eran
vías auxiliares, como la callejuela Cerrada, indicando su propio nombre su rango inferior. Lo que siempre me chocó, y aún ahora lo hace, fue lo de Tirso de Molina: un
nombre tan literato y cultural no cuadraba entre tanta portada y corralón ¿A quién se le ocurriría?
Pero con todo, éste era mi barrio. Aquí vivió y creció nuestra pandilla, desharrapados y faltos de cualquier lujo, pero henchidos de juego y emoción. Y ahora que han
pasado tantos años, que soy el único de todos ellos que aún vivo en las mismas calles, la nostalgia me persigue y atenaza, pues basta asomarme a la ventana para ver y
recordar… Y me acuerdo, Dios, me acuerdo…
Me acuerdo de ese inmenso barrizal que era la calle Castellanos, de sus inacabables charcos, como lagunas, de sus labriegas casonas con portadas, de su oscuridad
nocturna apenas atenuada por dos bombillas del alumbrado público, una a cada extremo, y de los partidos de fútbol que en ella echábamos todas las primaveras

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y
veranos. Y recuerdo el terror que nos imponían los guardias urbanos, siempre dispuestos a requisar balones y a multar. Después, cuando llegó el progreso —
alcantarillado y asfalto— dejaron de patrullar. Pero para entonces ya nos la habían jugado bien —«¡Pues con su pan se lo coman!»—, dicho sea de paso y sin rencor.
En la confluencia de Castellanos, Tirso de Molina y Pozo Cardona, el chaflán de la bodeguilla nos permitía un asomo de expansión. A modo de plazoleta, era el
verdadero lugar de encuentro, auténtico centro neurálgico de nuestra trayectoria vital. Allí nos reuníamos, allí cavilábamos, allí nos moríamos de frío en invierno y nos
asábamos con el calor. Allí aprendimos de boca de cada cual todo lo que los «hombres» debían saber, allí fumamos por primera vez, planeamos deshonestas intenciones
de arrimo a las chavalas, allí nos peleábamos, nos dividíamos según las filias y fobias del momento, y por fin, allí nos reconciliábamos y volvíamos a empezar, día tras
día, año tras año, dejando pasar un tiempo que avanzaba lentamente. Los cambios eran ínfimos y se realizaban muy, pero que muy a largo plazo. Por eso, quizá, uno de
los que más nos entusiasmó fue el de la acometida del alcantarillado. De pronto las calles se llenaron de unas zanjas que sólo pudieron concluirse a fuerza de barrenos:
chapas y traviesas para controlar la fuerza expansiva de la explosión. Fue un mundo de nuevas posibilidades que estimuló al máximo nuestra imaginación: picos y palas,
galerías, refugios, verdaderamente aquel acontecimiento nos cambió. Pero luego, cuando las zanjas se taparon todo volvió a su ser. Bueno, todo no, porque ya la mayor
parte de la pandilla había empezado a trabajar. Así que ahora las calles estaban mucho más solas, y más tristes también.
Quizá por eso tengo grabado como a fuego en la memoria aquel a mediodía en que bajo un sol de justicia caminaba hacia la casa. Me sorprendió la presencia de un
individuo en pantalón corto, con sombrero de tela, evidentemente extranjero y con cámara fotográfica al cuello. En ese momento se abrió una de las portadas e hizo su
aparición la consabida yunta de mulas tirada por su gañán, remolque en candelero. El de los pantalones cortos, asombrado y contento, exclamaba con una «jeringoncia»
ininteligible salvo por sus gestos, que subiera al carro mostrándole su cámara en un afán de fotografiar. El buen hombre, sin prisas, cerró su portada, subió al pescante,
se caló su sombrero de paja y se dejo retratar. Mi mente no alcanzaba a comprender que importancia podía tener aquello que yo veía todos los días hasta la saciedad, ni
qué hacía por allí perdido tan estrafalario ser. Luego, años después, supe que ese fue el primer «turista» que pude ver. Lo que no supe entonces es que su llegada
presagiaba que ya pronto todo iba a cambiar. Todo, menos los nombres

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