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El amor empieza después del café – Xuso Jones

El amor empieza después del café – Xuso Jones

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Qué manía tiene la gente con las mayúsculas en la línea de asunto. Puedes oler su histeria antes de abrir el mensaje. El mail con menos mayúsculas es de Vanessa, su
novia. Aunque mejor dejarlo para el final, no sabe si tiene fuerzas para enfrentarse a ella, aún no se ha tomado el segundo café y ese «NI» atufa a mosqueo.
Paulo siempre había soñado con ser publicista. De pequeño se grababa las películas de la tele y rebobinaba hasta llegar a los anuncios. Se sabía la música de todos. Se
plantaba en medio del salón, todo orgulloso, y podía recitar de memoria el texto del Primo de Zumosol o la canción del Cola Cao. Recortaba los anuncios que más le
gustaban de las revistas de su madre y los coleccionaba en una carpetilla a la que había pegado tantos adhesivos que casi podía leerse en braille. Cuando acabó el
instituto y llegó el momento de decidir carrera, él no tuvo dudas: Publicidad. Se volcó con tanto entusiasmo en los estudios que consiguió hacer curso y medio por año.
Su expediente destacaba tanto que la conocidísima agencia Cool Partners le ofreció unas prácticas. Lo que le pagaban era tan mísero que lo llamaban «ayuda al
transporte». Tendrían que haberlo llamado «ayuda a la moral».
Pero Paulo no lo dudó. ¿Cómo le vas a decir que no a tu sueño por precario que sea? Si Cool Partners le quería en su equipo, él no iba a ponerse estupendo. Al fin y
al cabo, su familia no tenía problemas de dinero y allí vería cómo trabajaban las mentes brillantes de la publicidad, esa especie mágica de criaturas llamadas «creativos».
Aquel era el lugar donde se forjaban las grandes ideas, esas que te pegan un fogonazo en la cabeza al tenerlas. Averiguaría cómo nacen los grandes eslóganes que pasan a
la historia, como «La chispa de la vida» o el «Just Do It».
Y vaya si lo descubrió. Y vaya si vio «Just Do It». Pero con un significado distinto: más que «Hazlo sin pensar» era «Haz lo que yo te diga… ¡Y hazlo ya!». Desde el
primer momento fue el último mono: «Pásame esto a limpio», «Corrígeme este PowerPoint», «Llévame este Facebook sin cobrar ni un euro», «Ve a hacer lo que yo te
diga y sin cuestionarlo, que así es como trabajan los profesionales, ya te llegará tu turno». Pero el turno no llegaba, y cuando se animaba a tener una idea y decirla en voz
alta, podía oír los grillos en la habitación.
Así que lo que parecía un lugar ideal en el que aprender los entresijos del sector y pasarse el día teniendo ideas brillantes se convirtió a las pocas semanas en un
agujero negro de codazos entre compañeros, de campañas pensadas con dejadez, echando mano de las ideas de siempre, ciñéndose al gusto del cliente y sin una pizca de
imaginación o ganas de innovar. Paulo, además, ni tan siquiera rozaba de lejos estos proyectos, ya que, la mitad de las veces, su trabajo consistía en todo lo que se
quedaba detrás del anuncio: contratar el catering, avisar a los extras, confirmar a los eléctricos…
«Mierda, ¡los eléctricos!»

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Tenía que avisar del cambio de horario de rodaje del anuncio de Coca-Cola, si no, se iba a liar. Uf, menos mal que su cerebro le echaba un cable de vez en cuando. Al
lío. Volvió a abrir la bandeja de entrada. Ahí, debajo del marrón, había otro marrón: ahí estaba el mail de Vanessa, esperándole. Su chica llevaba unos días de morros por
una tontería que ocurrió el viernes.
La semana anterior había terminado igual de aburrida que comenzó, así que Paulo decidió invitarla a cenar a Tatel para intentar que el fin de semana tuviera otro sabor.
Ella llegó con un vestido ajustadísimo de color bronce que resaltaba aún más su eterno moreno y su figura de modelo. A los pies, unas sandalias de vértigo con tiras que
se cruzaban a lo gladiator, con un diminuto bolso a juego con tachuelas doradas. Estaba impresionante, como siempre. Impecable y sexi, parecía de verdad una
gladiadora, con un imán poderoso para atraer todas las miradas de su alrededor. Algunos mechones de su larga melena le caían afectadamente por la espalda, castaña y
espectacular.
El drama vino precisamente por el pelo…
—¿Te gusta? Me he tirado toda la tarde en la pelu, no me ha dado tiempo ni de comer. Tenía que repetirme la queratina, rehacerme las californianas, escalármelo un
poco… Y al final les he pedido que me hicieran este moño deshecho. Se ve un poco Alexa Chung, ¿no? Esa es la idea…
—Te queda precioso, pero tú eres más guapa que Alexa Chung.
A Paulo le alucinaba cada día más lo guapa que era Vanessa, su preciosa novia, y no podía evitar sonreír como un tonto mientras le hablaba. Lo hipnotizaba, por no
decir que se le ponía cara de bobo cada vez que la miraba…
—Paulo, te lo estoy preguntando en serio. —Sus labios carnosos se juntaron en una mueca que anunciaba que se estaba empezando a mosquear—. No estoy media
vida en la peluquería para que después no seas capaz ni de darme tu opinión…
Él sonreía de medio lado. El carácter malcriado de Vanessa le hacía más gracia que cualquier otra cosa. Decidió contraatacar con más amor. Si no puedes con el
enemigo, fríelo a besos.
—Pues te daré mi opinión: cuando más me gusta tu pelo es después de pasar la noche juntos, cuando te despiertas con la melena esparcida sobre la almohada,
enredado, alborotado… —Con la última palabra le cogió la mano a su chica.
—Es que no se puede hablar en serio contigo, de verdad. ¿Eso te parece una respuesta? —Vanessa le retiró la mirada y palpó sobre el mantel para coger su móvil.
—¿Qué pasa? Es la verdad, me encantas a primera hora de la mañana, un poquito antes de despertarte… No necesitas maquillaje, ni mechas… Eres la mujer más
bonita del mundo.
Y nada más decir esto, le estalló una bomba nuclear en todos los morros, que era justo todo lo contrario de lo que Paulo pretendía con su declaración de amor.
—¡No valoras nada todo mi esfuerzo! ¡Eres un egoísta y solo piensas en ti!
Los ocupantes de las mesas que rodeaban la de Paulo y Vanessa callaron de repente y se impuso un silencio más espeso que cualquiera de las salsas de sus platos.
—Vanessa, mi amor, no es eso. Solo te digo que me gustas de todas las maneras, que eres tan guapa que no necesitas…
—¡Ya estás otra vez! ¿Sabes cuánto dinero me he gastado esta tarde en la peluquería…? No

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