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El bosque de laurel – Alexandra Risley

El bosque de laurel – Alexandra Risley

El bosque de laurel – Alexandra Risley

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Más tarde, con el sol en su cénit, había alcanzado su objetivo: la majestuosa mansión de piedra de Costwolds del siglo XVI que era su hogar desde que contrajo
matrimonio con Aldous Tame, el vizconde de Colvile. La visión de aquel lugar, tan frío como ostentoso, fue un recordatorio de su tedioso presente. Dando un largo
suspiro, se retiró el capuz y comenzó a acortar el camino hasta la casa.
Kempshall Court era conocido por sus fastuosos jardines, que evocaban el encanto y simpleza de una pintura clásica. Una verde planicie recibía a los visitantes, antes
de sumergirlos en una rica conjunción de árboles y ornamentos. Los antepasados de Colvile habían mandado a construir un estanque con cascadas y puentes de piedra,
que junto con los cinturones de árboles, macizos y arriates de plantas y flores, conformaban una atmosfera de ensueño.
Semejantes dominios, que eran la devoción del señor de la casa, estaban bajo el prolijo cuidado del señor North, un campesino de Charlton Abbotts entrado en años,
pero tan robusto como un gladiador, y su nieto de dieciséis años, Jeremy, quien le ayudaba con un afán que compensaba su falta de habilidad. O al menos eso decía su
abuelo cuando debía justificar sus faltas.
Laurel apenas se adentraba en la arboleda cuando vio al muchacho a lo lejos, haciendo denodados esfuerzos para manipular la azadilla con la que pretendía cavar un
agujero en el suelo. Se detuvo detrás de un árbol para observarlo. Era casi como ver a un niño tratando de blandir una espada medieval.
Jeremy era delgado como un junco, y tan pálido que a veces le parecía estar contemplando a un espectro. Tenía manos pequeñas y vacilantes, y se movía con torpeza
entre los aparejos de la profesión que su abuelo le había endosado. El señor North lo había traído como ayudante hacía menos de un año, y se había ofrecido a enseñarle
los gajes del oficio para que los vizcondes le emplearan en la gran casa.
Colvile había estado de acuerdo con la nueva adquisición del viejo jardinero; Laurel no había opinado al respecto. Como sucedía con casi todos los asuntos
domésticos, prefirió mantenerse al margen. Tan solo se había limitado a señalar que un muchachito con semejante complexión no estaba hecho para el trabajo pesado del
jardín.
Si en aquel entonces hubiera sido un poco más observadora, se habría percatado de la verdadera razón por la que Jeremy North trabajaba en Kempshall Court.
La joven se recogió las faldas e ignorando lo que sabía sobre el joven aprendiz de jardinero, retomó su camino hacia la mansión.
Y entonces reconoció el carruaje de lady Burghill, su hermana, detenido frente a la majestuosa entrada. Frunció el ceño con disgusto. Becky sabía cuánto odiaba la
improvisación, por ello siempre se anunciaba antes de hacerle una de sus frecuentes visitas. Pero no había sido así en esta ocasión.
Se la encontró despidiéndose de Colvile a las puertas de la mansión, y no pudo evitar notar un gesto inusual tiñendo sus bellas facciones. A Laurel no se le daba bien
interpretar la gestualidad de la gente, pero en esa ocasión se aventuró a presumir que su hermana estaba triste. No era extraño, siendo que Becky siempre había sido la
más emotiva de las Kirkeby.
—¡Oh, hermana! —Exclamó lady Burghill no bien vio a Laurel aproximarse por el jardín—. Ahí estás. ¡Gracias al cielo!
Becky la atrapó en un ceñido abrazo. Como era costumbre, Laurel dejó que la estrujara mientras permanecía tensa e inmóvil. La estrechó con aquellos brazos
particularmente ansiosos y le pareció escuchar un gemido ahogado, mientras trataba de ignorar su propia dificultad para respirar.
La razón para aquella invasiva muestra de afecto, inventada no sabía por quién, seguía siendo un misterio.
—Cariño, le decía a tus hermanas que has ido a dar un paseo—, farfulló su marido lanzándole una de sus miradas tan significativas—. Te has demorado bastante.
Se suponía que no regresaría hasta dentro de varios días, así que su presencia allí debió haber sorprendido a Colvile. Ni ella misma habría sospechado que se pelearía
con Gretty y que antes de marcharse de su choza le gritaría su supuesto odio.
Mientras se separaba de la afligida Becky, Laurel notó asombrada que Clementine también había venido. Estaba habituada a las visitas de su hermana más cercana en
edad y trato, pero ¿qué rayos hacía allí Clementine?
Aquellos ojos azules la observaban con la misma petulancia que le habían mostrado toda una vida. Para su desagrado, Laurel compartía el tono mediterráneo de esos
ojos, y el dorado vivaz de aquella cabellera, levantada en un tocado discreto y presuntuoso. Había, de hecho, múltiples similitudes físicas entre las tres hermanas, cuya
gracia era conocida a lo largo y ancho del condado, pero aun no había nadie que pudiera objetar que Laurel era, sin dura, la más hermosa.
«Es una pena que esté como una cabra», solía murmurar la gente tras reconocer este hecho.
La joven advirtió que sus dos hermanas vestían de negro. Una elección un tanto tétrica para una visita meridiana, pensó.
—Laurel… hemos venido a informarte que… —Becky sollozó. Sus palabras se desparramaron con un ligero gorjeo— que nuestro querido padre ha fallecido.
Tras aquella revelación, Becky se echó a llorar. Hacía un ruido curioso, como de gripa flemosa y un ataque respiratorio. Su hermana pequeña la observó con creciente
ansiedad, deseando tener un pañuelo a la mano.
Gracias a Dios, Colvile se le adelantó y le entregó el suyo.
Las lloronas la ponían nerviosa. En realidad muchas cosas la ponían nerviosa.
—¿No lo has oído, acaso? —Gruñó Clementine, que se enjugaba una lágrima furiosa mientras seguía taladrándola con la mirada—. Padre ha muerto. Anoche se puso
peor y mandamos a buscar al doctor, que no le dio ni veinticuatro horas de vida. Se nos ha ido en la madrugada. Madre está destrozada; nos ha pedido que vengamos a
darte parte.
Laurel seguía sin mostrar otra reacción más que la incomodidad por el llanto de su hermana. Su padre llevaba muchos años enfermo; era de esperarse que algún día se
fuera «al otro mundo», como llamaba la gente al cementerio. La gente moría todo el tiempo. Incluso Gretty quería ser parte de la tradición, aunque antes de tiempo.
Mientras deshojaba aquel pensamiento, sintió tres miradas posadas en ella y sintió un escalofrío de expectación. Todos aguardaban por algún comentario suyo. Aquel
era uno de esos momentos en los que se esperaba que hiciese un movimiento convencional o dijera lo correcto; esos momentos que tanta frustración le causaban. Las
manos le sudaban, la boca se le secó de pronto.
—Lo siento —dijo al fin. Y entonces la mandíbula de Clementine se desencajó de su rostro—. Le enviaré a madre una cesta de frutas… —agregó de prisa pues, por la
expresión de su hermana, sabía que había dicho algo inapropiado.
Dos pares de ojos la observaron brotados, colmados de indignante escepticismo; y otro par, con soberano aburrimiento. De inmediato supo que aquella tampoco
había sido la reacción esperada. ¿Las personas enviaban frutas o flores cuando alguien moría?
O quizá… ¿un pudín?
—¡Esto es intolerable! ¡Ahí lo tienes, Rebecca! ¿Pensabas que conmoverías a una loca con la noticia de padre? ¿Para eso vinimos hasta aquí? ¿Para ver cómo se burla
de nuestra desgracia?
Maldita sea. Odiaba los gritos, pensó la joven mientras se tapaba los oídos con los dedos. Los alaridos de su hermana eran como púas filosas rascando su cerebro y
que la transportaban a su niñez. Clementine despotricaba y sacudía el dedo índice enfurecido en dirección a Becky, y luego hacia Laurel, que escuchaba a medias.
—Laurel, tu padre ha muerto, por el amor de Dios —masculló Colvile—. ¿No sientes pena, acaso? ¿Qué clase de ser humano eres?
—No le pidamos demasiado a la princesita —gruñó Clementine.
—Déjenla en paz —Con gesto protector, Becky le rodeó la cintura con un brazo. Como siempre, era ella la única que salía en defensa de Laurel—. No comprende lo
que está pasando. Su estado no le permite asimilar la noticia. ¿Es que no lo ven?
—Esto es insólito, Rebecca. ¿Vas a justificar este comportamiento tan ofensivo?
—¡Laurel está enferma! —Aulló lady Burghill—. ¿No lo ves? ¡¿Acaso aun no comprendes que nuestra hermana es como una niña?!
—¡Eso ya lo sé! Y también sé que es la persona más egoísta que ha existido jamás. Apuesto a que está contenta por lo que le sucedió a nuestro padre. A ella nunca le
ha importado ninguno de nosotros.
La joven, que escuchaba en silencio la discusión entre sus hermanas mayores, se sintió repentinamente exhausta. Era como volver a la época en la que Clementine se
quejaba de «la retrasada» de su hermana y exigía al servicio que la mantuvieran bajo llave cuando sus distinguidas amigas venían a jugar a casa. Solía escuchar cómo las
otras niñas se burlaban de ella y de cómo prefería jugar sola, corretear a los pavorreales por el jardín o masticar el cabello de sus muñecas, en lugar de peinarlas o
ponerles ropita. Clementine, entre avergonzada y nerviosa, celebraba las burlas crueles de las niñas.
A Laurel, todo el desprecio que Clementine y sus amigas le mostraban le tenía sin cuidado, y quizá era esa la razón por la que ella se enfadaba tanto.
Era una suerte que aquellos momentos hubieran quedado atrás.
Poco después, Becky y Clementine se habían marchado, y Kempshall Court había quedado otra vez en silencio, para alivio de Laurel.
Estaba deseando llegar hasta el cuarto de dibujo para pintar una curiosa flor que había visto de camino al bosque. La recordaba con asombrosa nitidez, como todo lo
que sus ojos percibían. Era amarilla, con diminutas motas magenta y café, y sus pétalos se ondulaban hacia afuera con coquetería. Iba a costarle trabajo lograr el tono de
amarillo perfectamente degradado, pero no le importaba. Tenía suficientes latas de pintura para mezclar, y tiempo de sobra para perderlo en su pasatiempo favorito.
Se puso manos a la obra. Cogió un botecito de porcelana y comenzó a mezclar el contenido de varios envases de pintura con la prolijidad de una cocinera
experimentada.
Estaba enfrascada en su tarea, cuando Colvile entró en la habitación sin llamar a la puerta.
—Así que ni una lágrima por el viejo —masculló con una sonrisa ladeada. Laurel le echó una mirada de fastidio, sin dejar de batir los colores con su pincel de pelo de
cerdo—. ¿Sabes, querida? Lo mejor de estar casado contigo es la continua novedad. Había apostado a que te quebrarías, que gritarías y que sufrirías una de tus
populares crisis de nervios…

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pero mira qué equivocado que estaba —una risa ronca brotó de su garganta—. Eres una desalmada, esposa mía.
Aldous era un hombre pulcro y atractivo, para quien la belleza y la buena imagen poseían un valor más allá de lo usual. Tenía la edad para ser el padre de Laurel, pero
se conservaba tan bien que algunos desconocidos no llegaban a notar este hecho. Ello era porque ponía un especial cuidado en su apariencia y su cuidado personal, al
punto que, desde la juventud se había ganado el mote de dandi. Con su cabello rojizo, ligeramente entrecano, ojos verdes gentiles, barba acicalada, modales fascinantes y
atuendo siempre a la moda, Aldous Tame era un verdadero encantador de serpientes que acaparaba la escena y robaba las miradas, allí donde iba.
Antes de su muy comentado matrimonio con Laurel, muchas cotillas en Londres se preguntaban qué clase de dama podría ser la esposa idónea para un caballero tan
excepcional. Los rostros más cínicos de la buena sociedad de Londres torcieron el gesto al enterarse de que la hija menor de los Kirkeby, la pequeña y hermosa demente
que se hacía por igual con la lástima y la envidia de las otras muchachas casaderas, había sido la elegida.
—Estoy ocupada —musitó la joven sin apartar la vista de su tarea.
—Eres un cofrecito de monerías —apuntó él al tiempo que revisaba sus uñas, prolijamente arregladas por el mozo de cámara—. A veces creo que no estás tan loca
como dice tu familia o los médicos. Pienso que tan solo eres una niña grande, profundamente egoísta, caprichosa y algo histérica cuando le quitan su juguete favorito de
turno. Aparte de eso eres bastante práctica, debo reconocerlo.
—No estoy segura si me estás halagando o insultando, pero no me molestaré en averiguarlo —masculló mientras continuaba batiendo los colores.
—¿Ves lo que digo? —Aldous volvió a reír al tiempo que se acercaba—. Siempre dices algo que nadie ve venir, chica lista.
Laurel frunció el ceño al recordar las insólitas condiciones de su enlace con aquel hombre al que había terminado conociendo bien. Demasiado bien.
—Lo de mi padre no me sorprende. Estaba enfermo y algún día tenía que morir. No sé qué es lo que todo el mundo espera que haga o diga.
Laurel examinó el resultado de su mezcla. No estaba mal; un amarillo un poco más pardo de lo que hubiera deseado, pero de igual manera, útil. Era el momento de
comenzar, se dijo. Tomó un pincel limpio de cerdas naturales, lo remojó en la mezcla de color y empezó a dejar sobre el lienzo virgen trazos cortos y firmes. Era una
artista entusiasta, más proclive a la reproducción exacta de sus modelos que a la subjetividad, y a veces también tremendamente impaciente.
Colvile le arrancó e pincel para reclamar su atención; ella soltó un resoplido de profundo hastío. Él era perfectamente consciente de que la pintura era su vía de escape
a la realidad, a las conversaciones insustanciales, y ahora le negaba ese derecho.
—No te estoy juzgando —musitó—. Jamás lo he hecho. ¿Por qué habría de empezar a hacerlo ahora? Este matrimonio es justo lo que pretendíamos que fuera. Tú
tienes licencia de dar rienda suelta a tus excentricidades, como visitar a tu loca niñera en el bosque, y yo… —echó un vistazo significativo, más allá de la ventana, donde
sus gloriosos jardines se extendían hasta perderse de vista— yo puedo hacer lo mismo. Un trato justo.
Ella no podía estar más de acuerdo. Otro hombre habría frenado en seco sus acostumbradas escapadas que duraban días, semanas incluso. Aldous era, la mayor parte
del tiempo, un marido útil que miraba hacia otro lado cuando Laurel necesitaba que

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