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El imperio – Bia Namaran

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– ¿Vendías relojes Eternium?
Se encogió de hombros:
– Más o menos.
A partir de ese momento me empezó a contar su historia. Descubrí que era una persona muy habladora, y muy inteligente, que utilizaba expresiones muy cuidadas y
rebuscabas. Nada que ver con su imagen, de una riqueza intelectual inmensa. También pude percibir que era más accesible de lo que en un primer momento parecía, y
que tras superar la primera impresión de su imagen era una persona muy abierta y agradable. Por desgracia, su aspecto la hacía mostrarse cohibida, y se trataba de
proteger a sí misma del daño que las personas, y sus prejuicios, ejercían sobre ella y le hacían sentirse herida. A mí, sin embargo, me importaba mucho más su interior.
Sabía que su belleza o defectos estéticos poco tenían que ver con la auténtica persona que tenía que sobrellevarlos como podía. Era algo circunstancial, y donde cada uno
poco podía hacer frente al destino que en suerte le había tocado en la vida como mejor pudiese.
– Su hermana Ingrid tiene otro, pero en color dorado.
– ¿Cuánto vale cada reloj de esos? -Quise saber. Ella suspiró:
– No se sabe. No están en venta, así que nadie lo sabe. Solo los utilizan ellas.
– ¿Desde cuando?

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– Se dice que fue un regalo de sus padres.
– ¡Quién pudiera tener padres así! -Bromeé.
– Sí… Dímelo a mí. -Musitó mi interlocutora.
Se produjo un silencio y volví sobre las notas de mi cuaderno. Ella parecía interesada viéndome escribir números y realizar líneas formando lo que parecía un dibujo de
puntos, de manera que señalé con la punta de mi bolígrafo la nota que acababa de escribir:
– Esto podría ser una sucesión de números que podría indicar una clave matemática… O bien una constelación, alguna de ellas al menos, el Arquero o Sagitario… No sé…
Colocó su dedo sobre mi hoja de papel, en un gesto tan familiar que pareció sorprenderle hasta a ella misma, de manera que lo retiró de inmediato, velozmente, como si
mi pequeño bloc quemara. Pude alcanzar a ver una cortísima pero coqueta uña mal pintada, con restos de laca de uñas de color rojo oscuro. Preguntó:
– ¿Qué es eso?
– El dibujo de la esfera del reloj.
Se echó a reír a carcajadas, sin poder evitarlo, colocando su cabeza a la altura de las rodillas, ocultándosela con las manos e inclinándose hacia adelante para que no la
viera. Era evidente que se sentía muy acomplejada debido a su rostro deforme. Sonreí:
– ¡Es sólo un dibujo! ¡Los índices del reloj!
No paraba de reírse, de manera que suspiré:
– ¡Vale! Tampoco tiene que ser perfecto…
Alzó su mano hacia mí, pidiéndome tiempo. Se cubrió de nuevo el rostro con el gorro:
– ¡No, no! ¡Me parece bien, perdona!
– Es sólo un boceto. -Insistí.
El tren reducía la velocidad y parecía dar traspiés a medida que se acercaba a una de las estaciones, en donde un pequeño y cuidado andén esperaba con unos pocos
ancianos como viajeros, que miraban con expectación al ferrocarril. No era nuestra estación, y mientras reemprendíamos la marcha mi acompañante me preguntó:
– ¿Qué piensas obtener de ahí?
– No lo sé, ¿no crees que signifique algo?
– Si crees que para ti tiene un significado…
– Tengo que averiguar desde cuándo llevan las hermanas Sjoberg ese reloj. Es curioso que lleven el mismo modelo…
Se volvió a partir de risa:
– ¡Son gemelas! Siempre visten igual.
Caí en la cuenta de esa obviedad y también sonreí:
– Ostras, pues es verdad…
Nuestro tren se acercaba a nuestro destino. Mi acompañante miró al exterior y recuperó su habitual indiferencia:
– Bueno, si averiguas algo cuéntamelo.
Me pareció demasiado atrevido pedirle su número de teléfono cuando ni siquiera me había dado su nombre, pero se me ocurrió una solución:
– Tengo un blog. Se llama electrada.blogspot.com, iré poniendo toda la información allí si averiguo algo. O como curiosidad; lo que se me vaya ocurriendo.
Sacó su smartphone para anotar la dirección. Tecleó sobre su pantalla con agilidad asombrosa. Observé:
– ¡Vaya! ¡Tu teléfono también es Electrada!
Lo agitó ligeramente, mostrándomelo:
– Sí. -Respondió con una gentil y fantástica vocecita femenina. Me hechizaban aquellas pequeñas variaciones de

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