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El rumor de las folias – Yara Medina

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El rumor de las folias – Yara Medinalibro Gratis    En PDF
con ansia las vacaciones, pues le
encantaba pasar varias semanas con sus
abuelos en Canarias. Su abuelo Tomás
se jactaba de decir que su nieta Catalina
era más canaria que el gofio, además de
la viva imagen de su abuela Luisa.
Quizá, por esa semejanza, tanto abuela
como nieta conectaban de manera
especial.
Ella era la única de la familia que se
sentaba en el patio, cubierto por una
parra, a tomar limonada junto a su
abuela. Esta, mientras la enseñaba a
coser, le relataba historias de su
juventud, de su vida en Cuba y de las
decisiones que había tenido que tomar a
lo largo de su vida. Pero lo que más le
gustaba a Catalina era escuchar la
historia de su romance con el abuelo
Tomás. Adoraba el momento en el que a
su abuela se le nublaba la vista por el
recuerdo, transportándose a los años
treinta. Al terminar, sonreía diciéndole:
—Cuando me vaya de este mundo, te
dejaré el arcón de madera con mi
historia dentro.
—Abuela, ¿y por qué no me lo
regalas ya? —preguntaba ansiosa.
—Porque todavía tienes que
aprender a valorar y cuidar las cosas.
Su amor por las islas Canarias le fue
legado por sus abuelos, por eso
Catalina, cuando sus padres y hermanos
buscaban destinos para pasar las
vacaciones, siempre pedía viajar a Gran
Tarajal. Allí aprendió a montar a
caballo, a pasear por las playas
desiertas y a respirar la tranquilidad
majorera. Con la mayoría de edad, le
dijo a su madre que quería irse a
estudiar a Canarias, generando un sinfín
de protestas por parte de su familia:
«Pudiendo estudiar en Inglaterra…»,

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«nunca será la misma formación en un
lado y en otro» o «no eches a perder los
mejores años de tu vida» fueron las
frases más escuchadas que Catalina
recordaba. Pero nada impidió, con
ayuda de su abuela, que se instalara en
la hacienda Verde Rama, que pertenecía
a la familia. Allí, en Gran Canaria,
comenzó sus estudios en medicina. En
ocasiones, bromeaba con su abuela
diciendo que tantos años aprendiendo a
coser le sirvieron para las suturas.
En la gran casa habitaban la tía
abuela María y la prima Eugenia junto a
su marido e hijos. Catalina fue recibida
con los brazos abiertos en Verde Rama.
El carácter enérgico de la prima de su
madre la hizo sentirse en casa en
cuestión de días. Era una mujer de baja
estatura; el pelo cano resaltaba su aire
bohemio y sus arrugas hablaban de más
de medio siglo. En los años de
universidad que había vivido allí,
continuó descubriendo los
acontecimientos más duros vividos por
la familia. Escuchaba con gran atención
las historias sobre su bisabuela doña
Eugenia, las aventuras de la tía María
con el movimiento obrero, y el legado
cedido a su hija Eugenia.
Es hora de volver a Gran Tarajal, se
dijo la joven. Al salir del salón del
norte, se topó con la enfermera que
llevaba en silla de ruedas a su tía abuela
María. En medio del patio, desde donde
se erigía la casa con una balconada en la
parte superior cerrada con vidrieras,
Catalina se arrodilló para darle la
noticia. Observó cómo la última
superviviente de una generación de
valientes se daba cuenta de que ya pocos
quedaban como ella.
Al anochecer, la prima Eugenia y
ella aterrizaron en el aeropuerto de
Puerto del Rosario. Catalina había
avisado a su madre y quedaron en
encontrarse en Fuerteventura. Su madre
y su hermano Antonio, que vivían en
Londres, tomarían el primer vuelo a
Canarias.
Una vez en Fuerteventura, Catalina y
Eugenia alquilaron un coche y tomaron
rumbo al sur de la isla; en menos de una
hora llegaron a Gran Tarajal. La prima
Eugenia fue la primera en bajar.
Catalina, al ir a aparcar el coche, tardó
varios minutos más en llegar a la puerta
de la casa, situada en la misma avenida
de la playa.
Con una mochila sobre el hombro,
vestida con pantalones vaqueros

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