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Hombre de hielo – Michelle Willingham

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Descargar libro Gratis    En PDFSu hermana iba a morir.
Killian MacDubh se daba cuenta de ello, pese a que todo el mundo a su alrededor se empeñaba en negarlo. Aunque Carice seguía siendo la mujer más bella de todo
Éireann, su cuerpo era frágil. Rara vez abandonaba el lecho y, cuando lo hacía, a menudo tenían que cargarla en brazos para llevarla de vuelta. La enfermedad la había
golpeado con fuerza, varios años atrás, y ella se había ido consumiendo desde entonces. Aquella tarde le había mandado recado de que necesitaba hablar con él, pero
Killian no sabía para qué.
Fuera, la lluvia repiqueteaba en el barro, pero otra tormenta se agitaba en el interior de Killian. Sentía una especie de inquieta expectación, como si una invisible
amenaza pendiera en el aire sobre ellos. No podía identificarla, pero durante todo el día había estado paseando inquieto de un lado a otro.
Con la túnica y las medias empapadas, esperaba de pie al fondo del gran salón. Desde el momento en que entró, el rostro de Brian Faoilin se había tornado agrio de
disgusto, como si un chucho descarriado acabara de penetrar en su casa. El jefe del clan aborrecía de Killian hasta el mismo aire que respiraba. Aunque había consentido
que Iona conservara al hijo bastardo que había traído consigo, Brian los había obligado a los dos a vivir entre los fuidir. Durante toda su vida, Killian había dormido entre
los perros y comido de las migajas que caían de la mesa. Carecía de derecho alguno como miembro del clan y tenía prohibido poseer tierras. Eso debería haberle
enseñado cuál era su lugar en el mundo, pero, en vez de ello, había alimentado su resentimiento. Se había prometido a sí mismo que, algún día, ningún hombre le llamaría
esclavo. Anhelaba desesperadamente una vida en la que los demás lo miraran con respeto, y no con desdén.
Había pasado mucho tiempo entrenándose con los mejores guerreros de Éireann, con la idea de abandonar el clan y convertirse en mercenario. Mejor era llevar una
vida nómada por su propia cuenta que aquello. Pero fue entonces cuando Carice cayó enferma. Había por tanto retrasado sus planes de partida, por el bien de ella,
después de que le suplicara que no se marchara. De no haber sido por Carice, hacía mucho tiempo que habría desaparecido de allí. Ella era el único familiar que le
quedaba, y sabía que la vida la estaba abandonando. Por esa razón se había jurado permanecer a su lado hasta el final.
El jefe se acercó a uno de los guardias, indudablemente para ordenarle que echara de allí a Killian. Segundos después, su amigo Seorse atravesó el gran salón con una
expresión de tristeza en el rostro.
—Sabes que no puedes entrar aquí a no ser que te lo ordenen, Killian.
—Por supuesto que lo sé.
Se suponía que tenía que permanecer fuera, bajo la lluvia, entre el barro y el estiércol de los animales. Brian se negaba en redondo a dejarle formar parte de su clan. Se
esperaba de él que trabajara en los establos, obedeciendo todas las órdenes que le dieran.
Pero, en esa ocasión, Killian cruzó los brazos y se quedó donde estaba.
—¿Serás tú quien me eche? —su voz tenía un acento helado, porque estaba cansado de que le trataran como el bastardo que era. La frustración le atenazaba el
estómago mientras se mantenía inmóvil.
—No busques pelea —le advirtió Seorse—. Refúgiate en la torre si quieres, pero no causes más problemas. Yo te llevaré la comida después.
Killian esbozó una débil sonrisa.
—¿Crees que me a mí me importa causar problemas?
Disfrutaba luchando y ya se había ganado un lugar entre los hombres del clan como uno de los mejores guerreros. Bajo su túnica festoneada de pieles, llevaba una cota
de malla que había pertenecido a un invasor normando, muerto durante una incursión. No poseía espada, pero sabía usar los puños y había roto unos cuantos huesos
durante el transcurso de los años. Cada vez que ganaba un combate o vencía a un hombre del clan, era como una espina clavada en el costado de Brian.
Seorse bajó la voz.
—¿A qué has venido, Killian?
—Carice mandó a buscarme.
Su amigo sacudió la cabeza.
—Hoy está peor. No creo que pueda abandonar su cámara. Estuvo vomitando durante la mayor parte de la noche y no puede probar bocado
Una dolorosa opresión se extendió por el pecho de Killian. Sufría terriblemente de ver cómo Carice se moría de hambre ante sus ojos, incapaz de tolerar comida
alguna. El curandero había ordenado que solamente comiera pan y los platos más sencillos, para no forzar su estómago. Pero nada de todo aquello parecía estar
funcionando.
—Llévame con ella.

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—No puedo y lo sabes. Brian me ordenó que te escoltara hasta la salida.
No estaba dispuesto a marcharse. Todavía no. Pero mientras se dirigía hacia la puerta, volvió la mirada y detectó un movimiento cerca de las escaleras de la torre. La
atención de Brian estaba centrada en otra parte, así que subió apresuradamente la escalera de caracol. Brian le lanzó una mirada de advertencia, aunque su tácito mensaje
estaba claro. No le diría a Brian que aún seguía allí.
Carice se estaba esforzando por bajar los escalones. Su piel tenía el color de la nieve y se apoyaba en el hombro de su doncella, mientras deslizaba la otra mano por la
pared opuesta en busca de apoyo. Al instante, Killian le ofreció su brazo.
—¿Necesitáis ayuda, señora?
—Vuelve a dirigirte así a mí y haré que sangres por la nariz, Killian.
Llevaba el cabello castaño oscuro recogido detrás de la cabeza y sus ojos azules desbordaban calidez. Estaba demasiado delgada; Killian podía distinguir los huesos de
sus muñecas. Pero su espíritu era tan recio como siempre.
—No debiste haber abandonado tu cámara, Clarice —subió los escalones y ella hizo un gesto a la doncella, ordenándole que se retirase.
—Me sentaré aquí un momento para hablar contigo —dijo—. Luego podrás llevarme de vuelta a la cama.
—Estás demasiado enferma —protestó él—. Necesitas volver al lecho ahora mismo.
Pero ella sacudió la cabeza y levantó una mano.
—Déjame hablar. Esto es importante.
Killian subió un par de escalones más para situarse junto a ella. Carice se sentó, recomponiéndose.
—Mi padre no debería tratarte de esta manera. Tú eres mi hermano, siempre lo has sido, aunque no compartamos la misma sangre —le tomó una mano y le apretó la
palma.
Le recordaba en tantas maneras a su madre… Dulce y tenaz, se había consagrado a la tarea de cuidarlo.
—Tú te mereces una vida mejor que esta, Killian. Fue injusto por mi parte pedirte que te quedaras.
No lo negó, pero sabía que una vez que se marchara, no volvería ya a Carrickmeath.
—Un día me marcharé. Quizá cuando tú ya estés casada y no tengas que librar más batallas por mí.
Ella se retrajo entonces, con expresión seria.
—Yo no voy a casarme con nadie, Killian. Este va a ser mi último invierno. Puede que no llegue al verano.
La inquietud se apoderó de Killian, porque aquella aseveración no era ninguna

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