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La catedral del Anticristo – Fabio Delizzos

 La catedral del Anticristo - Fabio Delizzos

La catedral del Anticristo – Fabio Delizzos

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El manso fluir del Dora, que en aquel punto se deslizaba entre dos orillas de arena gris, parecía haberse interrumpido de repente. Nadie oía ya el leve chapoteo de las
aguas, el perpetuo borboteo de la corriente.
El río parecía haber desaparecido.
La atención de todos estaba concentrada en un pequeño bulto blanco, del que sobresalía la cabeza de un recién nacido; tenía la cara contraída de dolor. Parecía aún
presa de una pesadilla espantosa.
Como si se tratara de una cuna, las miradas incrédulas de los carabinieri estaban clavadas en la criatura que acababan de encontrar; sus ojos atónitos desprendían
destellos de angustia.
—Levántalo —ordenó el coronel Pural al teniente Coretti, el cual se arrodilló, deslizó delicadamente los brazos por debajo del cuerpecito y lo levantó, dejando en el
suelo la sábana que lo envolvía.
El médico forense, doctor Ugo Rossini, lo examinó con detenimiento.
—Presenta numerosas quemaduras en la espalda. Levántelo más, por favor.
El teniente obedeció.
—Aquí hay signos evidentes… —Agarró con dos dedos un bracito y lo giró para verlo por todas partes—. Estas huellas… —Después examinó el cuello—. Estos
signos… —Y así siguió un buen rato, murmurando pensativo, incierto, explorando cada milímetro de piel del bebé, un varón, desnudo e inmóvil entre las manos de
Coretti.
—Signos, huellas…, pero ¿de qué? —preguntó bruscamente el coronel Pural con el rostro sombrío y unos ojos recorridos por varios hilillos de sangre.
El doctor Rossini se lo llevó aparte y dijo entre suspiros:
—El pobrecito ha muerto como consecuencia de unas torturas horribles.
—Intenta ser más claro.
—Presenta quemaduras por todo el cuerpo, especialmente en la espalda y en la parte posterior de las piernas. En los brazos hay marcas de manos adultas, que le han
producido numerosas fracturas.
Pural miró las articulaciones del niño, que se balanceaban de manera antinatural, para confirmar lo que le estaba diciendo Rossini.
—Lo han debido apretar con mucha fuerza.
—¿Podrías determinar la hora y causa de la muerte?
—En cuanto termine la autopsia…
Pural lo interrumpió para volver a preguntarle:
—De lo que acabas de ver, ¿puedes sacar ya alguna conclusión?
—El médico dirigió la mirada hacia el pequeño cadáver y se puso a meditar; era evidente que le costaba trabajo dar una respuesta racional.
—Se diría que unos adultos han estado torturándolo antes de intentar asarlo. Tiene el pelo completamente quemado, también en la parte frontal del cráneo. La parte
posterior es la que aparece más quemada. —Se llevó una mano a la barbilla y sacudió la cabeza—. No puedo afirmar nada con seguridad. En mi vida había visto nada
parecido. Una cosa es cierta: no se trata de un accidente. Si un niño así de pequeño cae en el fuego, se queda ahí hasta carbonizarse. Además, las marcas lívidas, las
numerosas fracturas… Sinceramente, no sé qué decir.
En aquel instante, proveniente del río, por entre los ramajos que se plegaban sobre el agua, se oyó un grito sofocado.
—¡Coronel, coronel!
Pural se volvió y se dirigió corriendo hacia la orilla hendiendo la niebla baja que se le arremolinaba alrededor de los tobillos.
—¿De qué se trata? —gritó.
—¡Otro más! —le respondió desde una barca rastreadora un carabiniere agitando un remo para señalar la posición exacta.
A Pural se le heló la sangre en las venas.
—¿Puedes cogerlo?
—Creo que sí, coronel.
De repente, el cielo, como para impedir el hallazgo de un segundo bebé muerto, de una segunda vergüenza, de una segunda afrenta a la eficacia de Pural, o al menos
para hacerlo más difícil como castigo, se nubló por completo, al tiempo que se levantaba un viento lleno de polvo, y el sol declinante, ya parcialmente engullido por el
horizonte, quedaba velado por un enorme párpado plúmbeo.
El primer trueno se oyó tan cerca que hizo que todas las miradas se elevaran al cielo.
Una gota le cayó en la frente.
Otra en los labios.
Otra en un ojo, que se cerró de repente.
Una ráfaga de viento y una cascada de gotas, cual perlas desprendidas desde un collar roto.
El temporal arreció.
Subiendo, sin ayudarse de las manos, por el follaje viscoso, Coretti, con el cuerpo del bebé aún en los brazos, fue corriendo a ponerlo al abrigo hasta el carruaje que
había acudido desde la morgue.
Se acercaba la navidad, y el teniente Coretti, que era un católico ferviente hasta la ostentación, posó sobre el asiento de madera el cuerpecito envuelto en la sábana
arrugada, tristemente inmóvil y entumecido en la oscuridad de aquella especie de gruta que era el habitáculo del vehículo, y vio un pesebre de muerte.
2
Las nubes bailaban en lo alto de la Mole Antonelliana, la edificación más alta del mundo.
Debajo, los rayos temblaban en la niebla cual ascuas debajo de la ceniza. Una sombra deforme se deslizaba rápida sobre los muros.
El espectro de un hombre vestido con una ajustada capa negra, la cara casi completamente cubierta por una bufanda, la cabeza baja y cubierta por una chistera,
avanzaba deprisa pero se detenía a menudo, amenazando con caerse a cada paso en la calle mojada. Se confundía con la oscuridad húmeda, fragmentada aquí y allí por

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las manchas de luz amarilla que bajaban del alumbrado urbano.
Al final de la calle, dos pequeños cubos luminosos, oscilantes, se volvían cada vez más grandes. Tras calcular con fatiga, el hombre dedujo que se trataba de unos
faroles que se dirigían hacia él. Supuso que se trataba de dos guardias urbanos. Tenía unas ganas enormes de vomitar, de arrancarse la cabeza para que le cesara el dolor.
Vaciló. Impactó con el hombro en la pared, llevándose ipso facto varios trozos de cal desprendida. Haciendo un esfuerzo extremo, consiguió enderezar la espalda. Se
apartó de la boca la bufanda negra y tomó aire; unas respiraciones muy pequeñas, precursoras infalibles de la muerte. Escupió al suelo y miró hacia delante. Los cubos
amarillos tenían ahora un color más intenso; casi se podía distinguir la llama en su interior. Le quedaba una esperanza: que no fueran guardias. Pero las lágrimas densas
que le inundaban los ojos le nublaron la imagen. Tambaleándose, fue a dar a la otra parte: unos desconchones se despegaron de la pared como —y junto a— las
salpicaduras de vómito que le salían de la boca, por debajo de la bufanda. Tenía los labios lívidos, la lengua mojada de saliva fría y salada. El estómago le ardía, le
oprimía.
Los faroles seguían acercándose a ritmo lento, cansino: dos hombres con botas. Sí, eran guardias urbanos.
Su respiración se volvió más entrecortada todavía. Las piernas ya no obedecían a su mandato de caminar; cedían con cada paso. Casi rozaba el suelo con las rodillas; a
ese paso, tendría que andar a gatas para conseguir avanzar un poco. Tropezó. Unos resplandores débiles se encendieron en su conciencia, unas conexiones exhaustas del
pensamiento; se dio cuenta de que iba a caer de bruces; o tal vez no: tal vez iba a caer de lado y a desplomarse junto a la pared en aquella parte más oscura de la calle.
Tal vez con un poco de suerte iba a terminar en aquella parte de la pared más oscura, un rectángulo negro que parecía una puerta, antes de la siguiente farola.
Eso esperaba, pues si superaba aquella farola sería el final.
En aquel momento, lo único que importaba era impedir que un haz de luz lo revelara a los guardias. Habrían encontrado un cuerpo sin vida y, al acercarse más,
habrían visto.
Hizo un último esfuerzo. Se dejó caer con todo su peso; se le entrelazaron los pies, pero consiguió dar dos pasos más… laterales, por suerte. Bajo la bufanda llena de
espuma amarillenta que le subía del estómago afloró una débil sonrisa: se desplomaría en medio de la sombra. Una vez en el suelo, los guardias lo confundirían con un
vagabundo o un borracho y tal vez pasarían de largo.
Se estaba cayendo, consciente de que ya no volvería a levantarse.
Caía, y al chocar su cuerpo contra el muro, siguió cayendo. Y siguió cayendo también con la pared a sus espaldas; consiguió adelantar un pie y prolongar así la caída
unos metros. Ahora veía la realidad invertida con respecto a unos segundos antes. En lugar de una pared clara con un rectángulo oscuro en el centro, veía una pared negra
con un rectángulo luminoso. Se percató: estaba viendo un segmento de callejón iluminado por las farolas. Había entrado en un porche sin luz.
Cayó golpeándose la cabeza y vomitando materia luminiscente. El sombrero cayó rodando.

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