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La corona La Seleccion 5– Kiera Cass

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—Lo siento —murmuré, y me preparé para lo peor.
Reconozco que cuando empezó mi Selección imaginé que acabaría justo así, con decenas de pretendientes expulsados al mismo tiempo, abandonando el palacio a
regañadientes porque su momento de gloria había pasado. Pero después de las últimas semanas, tras darme cuenta de lo amables, inteligentes y generosos que eran,
aquella eliminación en masa me partía el corazón.
Habían sido justos conmigo y ahora yo estaba a punto de ser muy injusta con ellos. El anuncio se haría en directo. En cuanto se emitiera, la eliminación sería oficial.
Tendrían que armarse de paciencia y esperar hasta entonces.
—Sé que es una decisión muy repentina, pero como bien sabéis mi madre sigue grave, por lo que mi padre me ha pedido que asuma más responsabilidades. Lo
siento, pero para cumplir con mi promesa no me queda más remedio que acelerar la Selección.
—¿Cómo se encuentra la reina? —preguntó Hale con voz temblorosa.
Solté un suspiro.
—Pues… bastante mal.
Papá habría preferido que no la viera en tales condiciones, pero insistí tanto que al final dio su brazo a torcer. Comprendí su reticencia cuando entré en la habitación.
Estaba dormida. El metrónomo que controlaba sus latidos estaba en sintonía con el monitor que habían instalado. Acababa de salir del quirófano. Los médicos habían
tenido que extraerle una vena de la pierna para sustituir la que casi le provoca la muerte.
Uno de los doctores aseguró que, durante unos instantes, la habíamos perdido. Por suerte, el equipo médico logró reanimarla. Me senté a su lado y le cogí la mano.
Fue una ingenuidad por mi parte, pero creí que, si me veía sentada de cualquier manera, se despertaría y me mandaría corregir la postura. Por supuesto, no ocurrió tal
cosa.—
Está viva, que ya es mucho. Y mi padre… Bueno, él…
Raoul trató de consolarme y apoyó una mano sobre mi hombro.
—No se preocupe, alteza. Todos lo entendemos.
Miré a mi alrededor y me fijé en todos y cada uno de mis pretendientes. Quería conservar esa imagen en mi memoria para siempre.

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—Deseo que sepáis que me teníais aterrorizada —confesé. Se oyeron varias risas en la sala—. Muchas gracias por haber aceptado el reto y, sobre todo, por haber
sido tan atentos conmigo.
De pronto apareció un guardia. El hombre se aclaró la garganta para anunciar su presencia.
—Lo siento, alteza. Pero el programa está a punto de empezar y el equipo quiere dar unos últimos retoques…, bueno… —murmuró, e hizo un gesto con la mano—,
al pelo y esas cosas.
Asentí.
—Muchas gracias. Iré dentro de un momento.
Cuando se marchó, me volví hacia los chicos.
—Espero que me perdonéis por esta despedida en grupo. Os deseo toda la suerte del mundo en el futuro.
Todos murmuraron a coro sus adioses y luego me fui. En cuanto crucé el umbral del Salón de Hombres, respiré hondo y me preparé para lo que se avecinaba.
«Eres Eadlyn Schreave. Nadie, absolutamente nadie sobre la faz de la Tierra tiene más poder que tú», me dije.
Sin mamá y todas sus doncellas pululando por los pasillos, además de sin la risa de Ahren retumbando en los salones, el silencio que reinaba en palacio era casi
espeluznante. Uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde.
Mantuve la compostura y fui hacia el estudio de grabación.
—Alteza —saludaron varias personas a la vez.
Al verme, todos se inclinaron en una pomposa reverencia. Con suma discreción, se fueron apartando de mi camino. Nadie se atrevía a mirarme directamente a los
ojos, tal vez por compasión o porque sabían lo que se acercaba.
—Oh —exclamé al verme en el espejo—. Demasiados brillos. ¿Podrías…?
—Por supuesto, alteza —farfulló una de las maquilladoras. Con mano ágil y experta, me aplicó unos polvos que me dejaron una tez mate y perfecta.
Me coloqué bien el collar de encaje. Esa mañana, frente al vestidor, me había decantado por un vestido negro. Me había parecido lo más apropiado, sobre todo
teniendo en cuenta el ambiente que se respiraba en palacio. Pero ahora, al verme reflejada en el espejo, pensé que quizá me había equivocado.
—Es un vestido demasiado serio —dije un tanto preocupada—. No serio respetable, sino serio tristón. He metido la pata.
—Está preciosa, alteza —respondió la maquilladora, que me dio un toque de color en los labios—. Igual que su madre.
—Ojalá —me lamenté—. No me parezco en nada a ella. Ni en el pelo, ni en la piel, ni en los ojos.
—No me refiero a eso —replicó. Aquella muchacha rolliza, corpulenta y sobre cuyos hombros caían varios rizos se colocó a mi lado y ambas contemplamos el
espejo—. Fíjese bien. —Señaló mis ojos—. No son del mismo color, es verdad, pero son profundos y penetrantes, como los de su madre. Y los labios, ambas tiene la
misma sonrisa. Una sonrisa que desborda ilusión. Sé que tiene el pelo igual que su abuela, pero es hija de su madre, de los pies a la cabeza.
Observé mi reflejo y vi a qué se refería. En aquel momento, me sentí un poco menos sola.
—Muchas gracias. Significa muchísimo para mí.
—Todos estamos rezando por ella, alteza. La reina es fuerte como un roble.
Aquel comentario me arrancó una sonrisa.
—Sí, la verdad es que sí.
—¡Dos minutos! —gritó el director del programa.
Entré en el estudio, me recoloqué el vestido y me retoqué el peinado. Estaba muerta de frío. Tomé asiento en el único sillón que había en el plató. Ni siquiera debajo
de todos aquellos focos logré entrar en calor. Se me puso la piel de gallina.
Gavril, menos elegante de lo habitual, pero pulcro y refinado, me dedicó una sonrisa compasiva

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