---------------

La sombra de la araña – Amaya Felices

La sombra de la araña – Amaya Felices

La sombra de la araña – Amaya Felices

Descargar libro Gratis    En PDF
CERO
No tengo muy claro por qué corro. Solo sé que me estoy jugando mucho más que una nota. Quizá mis piernas hayan cobrado vida por los gritos apagados de mis
compañeras o, a lo mejor, por la sensación de que no estamos solas en este pasillo del ala prohibida. Hay algo en el ambiente, algo que lleva semanas fraguándose, que
me hace sentir que el mal ya no está de vacaciones.
No recuerdo que las paredes fueran tan estrechas, ni las sombras entre las lámparas tan densas. Por suerte Kate avanza delante de mí. No nos llevamos muy bien
pero juntas quizá logremos salir del internado.
—Kate, espérame —grito.
Y no puedo evitar asustarme ante el tono agudo de mi voz, como si llamar la atención fuera peligroso.
—Olvídame, perdedora —me contesta, tan odiosa como siempre, mi compañera de cuarto—. No tienes ni idea de lo que es esto.
Ni siquiera se vuelve a mirarme.
Abro la boca para protestar. Y la cierro. Poco a poco, mis piernas dejan de impulsarme hacia delante, las baldosas del suelo parecen aumentar su densidad alrededor
de mis deportivas. Es un visto y no visto. Algo, de una forma demasiado aberrante para poder entenderla, sale de una de las sombras del techo, dispara un apéndice con
garras hacia Kate, le secciona la garganta y la arrastra hacia arriba. Desaparece en la oscuridad que se apodera aún más de las desperdigadas luces, en medio de un
escalofriante «glup». Otra de esas criaturas se descuelga cerca de mí.
Grito. Grito y recupero el control de mis piernas, dejándome parte de las suelas en las baldosas. Pero aquello es rápido. Me giro. Estoy asustada. No entiendo lo
que está pasando pero no pienso morir como una cobarde. Aprieto los dientes. Entonces aparece él. Él. Que me empuja, que se coloca entre ese ser y yo.
Él…
Está tan imposiblemente arrebatador como siempre. Mi corazón palpita traidor con la idea de que va a salvarme. Lleva una espada y con un tajo demuestra que
sabe usarla. La cosa se desintegra en una nube que huele a huevos podridos.
«Víctor…» —suspiro, como una boba.
No puedo evitar fijarme en la soltura con la que porta el arma o en el brillo de sus ojos azules mientras extiende el brazo hacia mí, ofreciéndome una salida.
—¿Otra vez? —Retira burlón su mano tendida antes de que la mía la alcance—. ¿De verdad crees que voy a sacarte de aquí? Solo venía a despedirme. Me de-cepcio-
nas —silabea desdeñoso—, esperaba mucho más de ti. ¿No sabes enfrentarte a un demonio menor? Después de todo, va a ser cierto lo que dice Paula. Que no eres
digna de mí.
Me sonríe. Un gesto sarcástico que pese a todo hace que los nervios revoloteen en mi pecho, bajando hacia mi desayuno. Es tan guapo… incluso cuando lo odio. Y
tan silencioso como ha venido se va, apenas resonando sus confiadas pisadas por el pasillo.
Un demonio… Absurdo. Las lágrimas mojan mi jersey, gotas de humillación. No debería haber vuelto a pensar que le importo. Y corro. Sin rumbo. En vano.
Aparece otro de esos seres delante de mí, esgrimiendo una sonrisa hambrienta en las desdentadas encías de su agonizante boca. Él me ha rechazado, ese cretino engreído
ha vuelto a burlarse de mí. La rabia se pelea con el miedo en mi estómago. Me doblo hacia delante apretándome la tripa con un brazo. Voy a vomitar. Mientras unos
tentáculos se alargan hacia mí, no puedo evitar preguntarme qué será más difícil de limpiar de mi ropa, si el vómito o la sangre. Aunque tampoco es que nadie vaya a
querer de recuerdo lo que quede de ella.
*****
UNO
—… sobre todo, recordad que mañana corregiremos los problemas del dieciséis al veintitrés y os preguntaré las fórmulas —está diciendo el profesor de física,
momentos después de que suene el timbre de las dos, el que marca el final de la clase.
Como siempre, solo los de la primera fila le estamos escuchando todavía. Deberíamos estar sentados por orden alfabético, pero lo cierto es que nos deja colocarnos
a nuestro aire siempre que no molestemos demasiado. En cuanto a los demás, están recogiendo o abalanzándose con sus mochilas hacia la puerta. Acabo de anotar los
deberes en la agenda y la guardo junto con el boli, el cuaderno de física y el libro. Me despido con un impersonal «hasta el lunes» del profesor y me reúno con mis
amigas que, para variar, me están esperando en el pasillo.
—¡Por fin Tory!, qué lenta eres… —se queja Ana, mi mejor amiga, al tiempo que alisa su falda con sus uñas nacaradas—. Si te sentaras detrás con nosotras, no
tendríamos que esperarte.
—¿Y privarte del placer de quejarte a gusto? —Le sonrío.
Me llamo Victoria pero, desde que a los doce Ana decidió que era un nombre demasiado serio, todos me llaman Tory. Menos mis padres, claro.
—Tía, eso sí que sería grave, ¿eh? —bromea ella mientras me da un codazo amistoso.
—¡Menudas amigas que tengo! —protesto poniendo los ojos en blanco—. Venga, ¡a casa a comer rapidito que después tenemos la fiesta!
—¿Fiesta?, ¿así llamas a una aburrida entrega de becas? ¿O quizá a ver como «las clónicas» se pavonean delante de todos para demostrar lo dignas que son de ir al
internado?
La verdad es que desde que se ha hecho público que la prestigiosa academia para señoritas Belynda ha abierto un nuevo centro en el Pirineo oscense y que el único
modo de acceder es mediante becas… bueno, estamos todas preguntándonos si seremos una de las afortunadas que logren entrar. Me gustaría poder dármelas de adulta y
decir que yo estoy por encima de todo eso, que entrar en una institución cuyas sedes en Francia, Inglaterra, Alemania y Suiza han llegado a tener incluso alumnas de la
realeza no me importa en absoluto. Pero lo cierto es que, por muy madura que quiera parecer (más que nada para complacer a mi madre), no lo soy. Así que sí. No me
importaría en absoluto ser admitida en un internado donde a lo mejor podría conocer a la hija de algún artista famoso. Y para no avergonzar a esa parte racional que
tanto se esfuerzan por cultivar mis padres, valoro el hecho de que todas sus graduadas obtengan muy buenos trabajos. En fin, no es que crea que vaya a acabar
trabajando como directora de una revista de moda o ejecutiva de una gran compañía, pero tampoco puedo negar que pensar en una beca que me permita estar allí durante
cinco años acelera mi pulso. Además, dudo que allí tengan tantas normas como en mi casa.
María, la otra integrante de nuestro trío inseparable, interrumpe mis, por llamarlas de algún modo, elucubraciones.

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar 

—Andaaa, ¿es que no te gustaría ser elegida? Imagina la cara de Paula «soy súper-guay-importante» —matiza con voz de falsete— si te eligieran en vez de a ella.
La imagen de Paula, la autoproclamada líder de su grupo de clónicas, frunciendo su impecable rostro maquillado, me hace sonreír. Pero de inmediato imagino a Ana
y a María como nuevas víctimas de sus bromas crueles en lo que resta de curso, solo por ser mis amigas, y la diversión se corta de raíz. Siempre es mejor que esas
brujas no se fijen en una.
—En todo caso, no sabemos qué criterios han seguido para dar las becas —les recuerdo—. Puede que hayan comunicado que van a elegir a varias alumnas de este
instituto, pero si se fijan en cosas como el dinero las candidatas son Paula y sus amigas, no nosotras.
—Te recuerdo, guapa, que es absurdo dar una beca a alguien que ya tiene dinero —me comenta Ana mientras se dirige hacia la salida del instituto.
—Vale, pero no hay otro modo de entrar y no creo que a sus influyentes padres les agrade que se quede fuera.
Todos sabemos que, en realidad, ella es la única de familia realmente adinerada de su grupo. Las demás, exceptuando quizás a Gema se limitan a intentar imitarla.
De ahí que nosotras las llamemos las clónicas.
—Puede —está de acuerdo María—. Pero que abran el centro en España nos da una oportunidad que no teníamos. Y estudiar allí es como mínimo un trabajo muy,
muy bien pagado. Y estatus social. ¿Qué te crees que le debe recordar a esa su mamá desde que usa sostén? Y aunque ya sé que a ti no, la mía lleva un par de años la mar
de pesada: «destaca en algo, hija, en lo que sea, a ver si cuando abran el internado les llamas la atención y te dan una beca» —parodia, aminorando aún más el paso.
En ese momento, estamos pasando por delante de los baños, cuya puerta está abierta. Nos veo reflejadas en el espejo: yo algo más alta que ellas, María un poco
«menos delgada» (como le gusta matizar) y yo la única castaña. Las dos tienen la suerte de tener un precioso pelo rubio oscuro.
—Tía, que tu madre se pasa… —bufa Ana.
—Además —continúo yo con su línea de pensamiento—, no creo que obsesionarse con entrar a una institución tan exclusiva sea bueno. Primero porque seguro
que no lo conseguimos y segundo ¿se te ha ocurrido que si te eligen no nos verías, ni tampoco a tu familia, durante cinco años? —me pongo seria de repente.
Si María va a comenzar a hacer caso a su madre, más vale que no sea en esto.
—¡Qué tonta eres, guapa! Ya sé que no voy a entrar pero soñar es gratis. Y a vosotras os echaría de menos. ¡Pero a nadie más! Como si no ver a la petarda de mi
hermana que siempre está intentando jugar con mis cosas fuera algo malo… Claro, que tanto tiempo sin chicos es otro cantar.
—¡ María….! —finge escandalizarse Ana—. Tú siempre pensando en

image host image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

La sombra de la araña – Amaya Felices

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------