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La venganza de Pandora y otros relatos – Brenda Moran

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huellas tras sus crímenes porque hacía muchos años que había dejado de existir realmente en este mundo.
Y ahí estaba ella, en la azotea del edificio de enfrente al que vivía su víctima, tumbada sobre el duro cemento, dejándose envolver por la oscuridad nocturna.
Observaba por el visor del rifle cómo su víctima preparaba la cena en el interior de su casa sin ser consciente de que esa iba a ser la última que hiciese en su vida.
Cuando las Nornas del Destino le daban una fotografía con la siguiente víctima y la dirección en el reverso de ésta, ella no hacía preguntas.

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No las necesitaba, simplemente se dedicaba a hacer su trabajo, aquel para el cual las Nornas la habían traído de vuelta de entre los muertos.
Todavía no podía creerse la suerte que había tenido al haber sido elegida por ellas. Pandora, que había ido a parar a los infiernos por haber acabado con su existencia
tirándose por un acantilado al mar, no desaprovechó la oportunidad que le brindaron éstas parar volver a la vida.
Pero con una condición: ser su mano ejecutora. Mientras ellas tejían los hilos del destino de la humanidad a su antojo y diversión. En pocas palabras, ella era la
encargada de hacer el trabajo sucio, ¡y cómo disfrutaba con ello!
Las Nornas no la habían elegido por casualidad, sino que sabían de antemano que ella iba a ser la mejor en su trabajo. Y no se equivocaron, ya que Pandora tenía
una gran y buena motivación.
Quien aceptaba ser la mano ejecutora de las Nornas jamás iba a poder dejar el puesto, ya que éste era de por vida, como forma de pago en agradecimiento por
haberlos traído de vuelta al mundo de los vivos.
Pero ese era solo uno de los motivos por los que la asesina había aceptado el regalo de regresar. El otro motivo era la venganza.
La venganza era lo único que la había motivado todo este tiempo. Vengarse de todos aquellos que la habían llevado a terminar con su vida en el fondo del mar era
una tentación demasiado grande como para dejarla pasar.
Por eso, cada vez que miraba por ese visor y apretaba el gatillo de ese rifle, su alma descansaba un poco más, aunque nunca lo haría en paz.
Las Nornas cumplieron su parte del trato y le ofrecieron en bandeja de plata la venganza que tanto ansiaba Pandora. Ellas movían los hilos y los humanos sufrían
las consecuencias a través de su rifle.
Ya había acabado con aquel amigo del colegio, tan solitario y aislado que ella fue la única niña que se acercó a jugar con él. Hasta el momento en que ella más lo
necesitaba pero él decidió que era mejor jugar con los matones de la escuela y abandonarla.
Las Nornas se lo habían dado y Pandora había apretado el gatillo. Lo vio morir solo, rodeado de sus propios orines y vómitos.
También había matado a la amiga que había hecho en el instituto. Esa que había querido tener una relación más íntima con su novio que con ella y que al final, los
había pillado intimando en la casa de ésta.
Las Nornas movieron sus hilos y Pandora había saboreado, una vez más, su venganza viendo como su amiga había muerto sola, mientras su novio, el mismo que le
robó en el instituto, se revolcaba con media ciudad.
Además, estaba el asesinato del tipo que conoció en la universidad y con el que tonteó más de lo que debía. Un día, su esposa apareció en la puerta de su
apartamento para explicarle que la temporada de caza en el coto de su marido se había cerrado hacía más de diez años. El mismo tiempo que llevaban casados.
Y una vez más, las Nornas jugaron con el destino de un hombre y Pandora se limitó a cumplir con su trabajo, observando entre las sombras cómo la esposa lloraba
desconsolada al lado del cuerpo inerte de su marido. Aunque no tenía muy claro si eran lágrimas de pena o de alegría por haberse librado de semejante hijo de puta.
Y por último, había que sumar a su lista negra de la venganza al hombre que la enamoró prometiéndole el cielo y las estrellas, para luego solo recibir infierno y
llamas.
De nuevo, las Nornas hicieron su parte y Pandora impartió su propia justicia acabando con su miserable vida delante de todas las amantes con las que él la había
engañado.
Al final, todos habían muerto solos. Tan solos como la habían dejado a ella cada vez que la hirieron en su maldita vida. Pero no se arrepentía del dolor que había
tenido que padecer si con ello había podido vengarse de todos y cada uno de ellos personalmente.
Por esa razón no entendía que hacía exactamente en esa azotea. Las Nornas le habían dicho que aún quedaba una persona que tenía que morir para completar del
todo su venganza. Pero ella ya había matado a todos.
Así que, por primera vez desde que la habían sacado del Averno, Pandora se cuestionó quien sería en realidad su víctima, si la conocía o no de su vida pasada y
mortal.
Había repasado mentalmente cientos de veces su lista negra, pero ya no tenía ningún nombre más por tachar. No sabía quién era la mujer que veía a través del visor
de su rifle, pero le era extrañamente familiar.
Su pelo, su color de piel, sus ojos, su manera de caminar; todo ello ya lo había visto antes en otra persona, sólo que no recordaba en quién.
De repente, un hombre entró en la casa llevando consigo en brazos a un niño de apenas tres años de edad. El niño saltó de los brazos del hombre y salió corriendo
hacía los brazos de su víctima, que lo recibió y acunó contra su cuerpo con absoluta ternura y cariño. ¡Maldita sea!
Su víctima tenía un hijo, ya que los ojos marrones del niño eran los mismos que los de la mujer. Nunca antes había matado delante de un niño, pero si tenía que
hacerlo, lo haría. Era su trabajo y jamás se cuestionaba los porqués que quedaban detrás de un asesinato.
Deslizó lentamente el dedo sobre el gatillo del rifle pero algo la hizo detenerse. El rostro del hombre había entrado en su campo de visión y se quedó observando
cómo éste besaba a su víctima con absoluta devoción.
¿Era amor lo que reflejaban sus ojos al mirarla? Por la enorme sonrisa que le dedicó la mujer en señal de respuesta, Pandora así lo creía. Pero ella conocía a ese
hombre, lo había visto antes, justo el día en que decidió quitarse la vida tirándose por aquel acantilado al turbulento mar.
Ella estaba en la costa, acercándose poco a poco al borde del precipicio, cuando el claxon de un coche la sobresaltó y la hizo girarse en busca del lugar de donde
procedía ese sonido.
Y ahí estaba él, ese mismo hombre que años atrás la había intentado convencer de que se alejara del mar.
—No deberías saltar con el mar tan revuelto. Eso puede ser peligroso. —Le había dicho él.
Pero ella no tenía por qué escucharlo, no era más que un desconocido. Pero un desconocido que se había parado de propio para intentar convencerla de que se
alejara de esas aguas tan traicioneras.
Pandora no quería seguir oyendo sus advertencias. ¿En verdad estaba preocupado por ella? ¿Qué le importaba a él si ella se suicidaba o no?
—¡Vete, lárgate de aquí! Déjame sola. —Le había respondido ella, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
—Si me voy, sé que te tirarás por el acantilado. —Le había replicado él.
—Y si te quedas, también lo haré. Así que tú decides, aunque mi decisión será la misma. —Le había contestado ella dando un paso más hacia el borde—. No
necesito ser salvada por nadie.
—Todo el mundo necesita ser salvado alguna vez en su vida para poder disfrutar de las segundas oportunidades que se nos presentan en nuestro camino. —Siguió
hablando él mientras se acercaba lentamente hacia ella.
—Para mí, ya nunca habrá más segundas oportunidades. Se acabó, ya no tengo fuerzas para seguir viviendo en un mundo que no hace más que darme un
sufrimiento tras otro. —Se lamentó ella.
—Cuando abrieron la caja de Pandora, a pesar de todo el caos que surgió, en el fondo quedó la esperanza. Aún hay esperanza para ti también. —Le tendió la mano
cuando llegó a su lado para que ella se aferrase a él—. Déjame demostrarte que estás equivocada.
¿Esperanza? ¿Para ella? No, ya no. Como tampoco se daría la oportunidad de hacer lo que le estaba pidiendo él. ¿Qué le dejase demostrarle que estaba equivocada?
Jamás volvería a confiar en alguien, y mucho menos si ese alguien era un hombre.
—Lo siento, pero ya no soportaría un engaño más. —Había susurrado ella sin apenas voz.
Y sin más, saltó precipitándose al vacío, dejando a aquel hombre gritando al aire que hasta ese momento había estado ocupando Pandora.
¿Qué hubiera pasado si no hubiese saltado? ¿Cómo habría sido su vida dándose esa segunda oportunidad de que la que había hablado aquel hombre?
La asesina tan sólo tenía que seguir mirando por el visor de su rifle para responderse a todas esas preguntas, ya que la mujer a la que habían encomendado matar era
ella misma.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se miró en un espejo que el reflejo

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