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Las mentiras de mi vida – Rose B. Loren

Las mentiras de mi vida – Rose B. Loren

Las mentiras de mi vida – Rose B. Loren

 

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18 de Agosto de 2.000
Al despertar aquella mañana, todo mi mundo se vino abajo. Mi madre nos había abandonado, solo había dejado unas líneas como despedida:
Ya no puedo aguantar más, necesito un tiempo de reflexión. Os llevo en mi corazón, hijos míos.
Con tan solo doce años, me convertí en la mujer de la casa. Mi padre, un pequeño empresario de software que despuntaba en la realización de sistemas de
comunicación, había conseguido un contrato con el Ministerio de Defensa para diseñar un software específico de comunicación; como carecía de mucho personal,

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dedicaba prácticamente todo su tiempo a ese proyecto.
Tuve que cuidar a mi hermano pequeño, que tenía ocho años, con la tía Sofía, la hermana de mi padre. Mi hermano y yo nos convertimos en unas víctimas de la
vida sentimental de nuestros padres que, desde sus orígenes, no había sido buena; la diferencia de edad, trece años, y la enemistad entre mi abuela paterna y mi madre,
fueron el detonante de que ella, un buen día, harta de reproches, decidiera escapar dejándonos a nuestra suerte.
Mi padre apenas nos dedicaba unos minutos al final del día. Gracias a Sofía, que fue lo más parecido a una madre para nosotros, conseguimos no volvernos unos
niños fríos y distantes.
***
13 de Mayo de 2.015
Sentada en mi despacho veo cómo mi padre habla por teléfono, discutiendo con mi hermano. Lo sé porque, siempre que este llama, lo hace a cobro revertido. Patri,
la recepcionista, me ha avisado de la llamada, pero me ha comunicado que hoy solo quiere hablar con mi padre, al que oigo chillarle desde su despacho. Al finalizar la
conversación, entra como una exhalación en el mío.
—Claudia, no quiero que le mandes más dinero a tu hermano. ¡Es una orden! Otra vez lo han expulsado de la facultad, este chico va a acabar con mi paciencia. No
llego a entender cómo con veintitrés años aún no ha terminado la carrera.
—Papá, tranquilízate, al final te va a dar un ataque. Sabes que es un poco disperso con los estudios, pero tengo fe en que algún día termine su carrera de
periodismo. Es algo que le gusta. ¿Por qué le han expulsado esta vez?
—Por ir fumado a clase. Claudia, sé que le quieres, pero le proteges demasiado. Tiene que escarmentar, sino no será nadie de provecho en su vida.
—Papá, le restringiré el dinero y hablaré con él. Pero no seas tan duro. Cuando mamá nos abandonó era aún muy pequeño, jamás ha llegado a entender el porqué.
Es algo que le ha marcado durante toda su vida. Se siente inferior y hace las cosas, en muchas ocasiones, para llamar nuestra atención.
—Hija, nos abandonó a los tres; yo seguí con mi vida y tú has conseguido ser una prestigiosa auditora de cuentas. Algo falla con Pablo.
—Hablaré con él —digo para zanjar el tema; cuando se trata de mi hermano, no soy nada objetiva, lo sé. Es cierto que lo protejo, pero es como si fuera un poco su
madre, me siento responsable de él, antepondría su vida a la mía.
Mi padre entra en su despacho, maldiciendo en bajo; yo sigo centrada en mi trabajo. Al finalizar la jornada, después de haber intentado hablar con Pablo más de
diez veces y no tener noticias suyas, me voy a casa, ceno algo rápido y decido acudir al pub donde, de vez en cuando, suelo ir en busca de algún hombre que me haga
olvidar durante unas horas. Mi vida es así de triste, nunca he tenido una relación seria, no creo en el amor. La ruptura de mis padres me hizo ver que no existe la pareja
perfecta.
Cojo mi moto, una Daytona 675R color blanco y negro, salgo del garaje chirriando las ruedas por la velocidad, esquivando los coches hasta llegar al Gina Pub, el bar
de una amiga.
Al entrar, un hombre con ojos azules, pelo castaño, barba de tres o cuatro días, vaqueros y una camisa blanca, fija su mirada en mi cuerpo; cubierta con el mono de
cuero, me quito el casco y muevo la cabeza para que mi larga melena vuelva a su sitio. Me siento en la barra cerca de él. Es muy atractivo, creo que puede ser el hombre
indicado para olvidarme de todo hoy.
—Buenos noches, Gina, ¿puedes guardarme esto? —digo entregándole el casco.
—Claro, ¿qué te sirvo, guapa?
—Un mojito de Sandía —contesto a mi amiga.
—Que sean dos, por favor —interviene—, por supuesto, corren de mi cuenta.
—Muchas gracias por la invitación, pero no acepto ninguna copa de desconocidos —increpo con voz sensual.
—Mi nombre es Marco. Encantado de conocerte —dice acercándose y dándome dos besos.
—Yo soy Ariana Grande —contesto intentado no desvelar mi verdadero nombre.
—¡Mmmm! La verdad es que un aire sí que tienes, con este traje tan ajustado y tu larga melena; te falla el color de pelo, ella es morena.
—¡Ja, ja! Es que me lo teñí, para evitar a los admiradores.
—Pues te queda muy bien, Ariana. Ahora que ya nos conocemos, ¿puedo invitarte a ese mojito?
—Solo a uno, ¿o pretendes emborracharme para sobrepasarte?
—No soy de esa clase de hombres, me gusta que las mujeres con las que me acuesto estén totalmente sobrias para que recuerden la maravillosa noche que pasaron
conmigo.
—¡Mira el engreído! ¡Por tu maravillosa noche con la mujer que te acepte!—digo cogiendo el mojito y chocándolo contra el suyo.
Cojo la pajita, comienzo a sorber despacio, saboreándolo y lamiendo mis labios para no perder el sabor. Veo como su cuerpo se tensa, sus ojos, cada vez más
abiertos, comienza a oscurecerse. Se levanta de la banqueta y se acerca por detrás, agarra mi cintura, susurrándome:
—Si estás intentando ponerme cachondo, lo estás consiguiendo.
Me giro, nuestras bocas están a escasos milímetros, casi diría que se están tocando.
—No es mi estilo, solamente disfruto de mi bebida —expongo con un hilo de voz apenas perceptible para el resto de la gente.
—Me alojo en el hotel de enfrente. Quizás…
—¿Qué te hace pensar que quiero subir contigo a tu habitación? —pregunto ladina.
Sin responderme, devora mi boca; su dulce sabor a mojito, unido a su hábil lengua, encienden mi cuerpo. No creo que pueda soportar más las caricias de su mano en
mi cintura. Separa sus labios de los míos, me mira interrogante.
—¿Te he convencido? —pregunta.
—Quiero terminar el mojito, quizás después…—contesto haciéndole maldecir por dentro.
—Ariana, eres una mujer difícil, pero debes saber que me gustan los retos; quiero que sepas que no desisto en mi empeño. Cuando deseo algo, lo consigo.
—¿Te gustan los retos? Está bien, vamos a jugar. Si adivinas mi verdadero nombre subiré contigo a esa habitación. Tienes tres oportunidades.
—¡Mmmm! Un reto difícil. Pero necesitaré algo de ayuda. Quizás la primera y última letra. Sino, será imposible.
—Está bien, pero te daré solo la primera. No pretendas jugar con ventaja —comento juguetona—. Mi nombre empieza por C.
Durante unos minutos comienza a observarme, analizándome con la mirada.
—Veamos, ¿Cristina? —dice expectante.
—¡No!, frío, frío.

Vuelve a mirarme y se aventura con un segundo nombre.
—¿Quizás Carolina?
Niego riéndome, al final va a necesitar una pequeña ayuda. Como si me leyera la mente, Gina se acerca despacio, la veo con el rabillo del ojo, pero no quiero decirle
nada; en verdad deseo irme con él, pero quiero que se lo curre un poquito más. Marco la mira y ella vocaliza mi nombre, sin voz. Su desesperación aumenta por
momentos, poniendo gestos de no entender nada.
—¿Ni con ayuda consigues adivinarlo? —pregunto ladina.
—No, creo que me rindo.
—¿Así, sin más? ¿No decías que te gustaban los retos? ¿O es que realmente no te
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