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Lejos de la luz de la farola – Araceli Gutierrez

Lejos de la luz de la farola – Araceli Gutierrez

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Cuando ya todo ha pasado, ahora
que el protagonista y hasta los
personajes de reparto por fin se han
desprendido de algunos de sus
misterios, me atrevo a compartir,
autorizada por aquellos que quedamos y
pudiéramos sentirnos afectados, lo que
sé e incluso lo que he imaginado, tras
tanta mentira y ocultación, de la vida
extraordinaria de un hombre ordinario.
Se entiende esto último como un
sinónimo de normal y pienso en la
acepción «fuera de orden o regla
común» como definición del primer
adjetivo.

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No desearía que alguien se viera
engañado o defraudado, como yo me
sentí por mi propia familia, al esperar
certidumbres y hechos esclarecidos
sobre acontecimientos y personas cuyas
existencias han permanecido
camufladas, maquilladas o
enmascaradas durante décadas. No
confíen en encontrarse ante un trabajo
exhaustivo de investigación puesto que
lo que hallarán en su inmensa mayoría es
un cúmulo de conjeturas más o menos
atinadas.
Hice muchos intentos, algunos de
ellos fallidos, para recomponer la
trayectoria de una persona, de un
desconocido, que como por arte de
magia un buen día pasó a formar parte
de mi árbol genealógico, de eso que
comúnmente llamamos raíces. De él
quise saber más de lo permitido. Hube
de escuchar para asomarme a su vida,
testimonios de recuerdos difusos,
documentos borrosos, archivos
incompletos, fotografías amarillentas,
acertijos, vericuetos y hasta mentiras.
Fui también en busca de algunos lugares
extinguidos y de otros que, aunque
existentes todavía, estaban cambiados
por el paso de siete décadas. Las
mismas que se habían llevado ya a
algunas de las personas que un día
tuvieron la fortuna o desgracia de cruzar
sus caminos mientras transitaban
aquellos tiempos difíciles.
La incipiente, más tarde
omnipresente, crisis económica en mi
país me llevó a formar parte de eso que
eufemísticamente vienen llamando
movilidad internacional, que no es más
que ocultar una palabra tabú, que los
españoles conocemos bien en toda su
extensión… emigración. Ya no viajamos
en trenes abarrotados con nuestras
maletas vacías de conocimientos. Ahora
lo hacemos en vuelos low cost y con el
valor incalculable por equipaje de una
sobrada formación. El «lejos» de los
que se iban antes es un «ahí al lado»
para los que emigramos modernamente.
Internet y sus redes nos aproximan, pero
eso no quiere decir que emigrar haya
dejado de significar comenzar de cero.
Nunca me asustó volver a empezar, es
más, lo había hecho en varias ocasiones
tanto profesional como
sentimentalmente. Lo que de irritante
tenía mi nuevo «recomenzar» era tener
que hacerlo forzada superados los
cuarenta. Ahí estaba la edad para
aumentar las dificultades.
Convencida de no poder recuperar
jamás en España el empleo perdido y
tener que resignarme a esas alturas de
mi vida a vivir de los ahorros y pensión
de mi anciana madre, postulé a una
oferta de profesora suplente de español
como segunda lengua en el parisino
Lycée Buffon. A los franceses aún les
sigue interesando nuestro idioma por lo
que éste supone de conexión económica
con América Latina. Mi Curriculum
Vitae les pareció adecuado y que
controlara su lengua, todavía más.
Obtuve el puesto y a él intentaba
adaptarme cuando al cuarto mes de mi
estancia en París, después de no pocos
draconianos requerimientos para
alquilar un micro apartamento al que me
mudaba, recibí la llamada de mi madre.
Como cabía esperar por el carácter de
aquella mujer de 84 años, no era para
prestar ayuda o interesarse por mis
dificultades, se trataba una vez más,
como siempre, de evadir
responsabilidades. Continuamente
intentó, y consiguió, que otros le
hicieran el trabajo desagradable. Si
nunca tuve valor para negarme no lo iba
a hacer ahora, con la avanzada edad
jugando a su favor.
Mi madre había logrado con
maestría que los que la rodeaban
cumplieran con las tareas más o menos
escabrosas que le correspondían.
Mientras los demás nos rebozábamos en
el barro, ella era capaz de permanecer
impecable, sin despeinarse, como si nos
contemplara desde su burbuja protectora
de niña de familia acomodada.
Inicialmente se ocuparon sus padres,
bien situados gracias a una farmacia
ubicada en el barrio más elitista de
Madrid y centrados en su única hija.
Luego llegó mi padre, un hombre que en
mi opinión, forjada con la escasa
fiabilidad que da una ausencia temprana,
ganaba en seguridad a medida que creía
proteger y solventar la vida de una
delicada y dependiente mujer. Ella le
dejaba hacer porque siempre supo que
colocándose en el espacio de los
débiles podía tener tiranizados a los que
se creían en el bando de los fuertes.
Tremenda ironía. Mi padre murió
prematuramente, así que fue mi único
hermano, Manolo, el

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