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Madre de mentira – Sophie Saint Rose

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Edeline se sobresaltó al oír el
teléfono, como le ocurría desde esa
horrible noche. La noche en la que murió
su padre.
Suspirando dejó en el fregadero el
plato que estaba lavando y rápidamente
se secó las manos, antes de coger el
móvil de encima de la mesa de la
cocina. Descolgó poniéndose el teléfono
al oído— ¿Diga?
— ¿Señorita Wilkings? — preguntó
una voz poco amistosa de hombre.
Ella tembló y se sentó en una silla
derrotada antes de contestar— Sí, soy
yo.
—Soy James Thompson. — dijo
levantando la voz— ¿Le suena mi
nombre? — preguntó con ironía.
—Sí, el del banco.
—Exacto. Le recuerdo que tiene
hasta el día treinta de este mes para
realizar el pago pendiente o sino
tendremos que iniciar acciones legales
para embargar su casa. —el labio
inferior de Edeline tembló
escuchándole, pues se sentía humillada
— ¿Tiene pensado realizar el pago?
—Le puedo asegurar que no hay
nadie en esta ciudad que tenga más
interés en realizar un pago que yo. ¡Así
me quitaría a gentuza como usted de la
chepa!—
¿Cómo se atreve? ¡Estoy harto
de intentar comunicarme con usted!
— ¡Mi padre pidió cien mil dólares
y sólo quedan por pagar veinte! ¿Acaso
cree que no quiero pagarlos? Estaría
encargada de saldar esa deuda, pero
ocurre que mi padre ha fallecido, ¿sabe?
—Lo sé muy bien. — dijo molesto
— Y usted y su hermano ahora son
responsables de la deuda. No es culpa
mía que no haya conservado su trabajo.
Esto son negocios.
— ¡Negocios! ¡Y una mierda! —
gritó fuera de sí— ¡En cuanto se
enteraron en la fábrica que mi padre
había fallecido, me despidieron! ¡Y lo
hicieron precisamente por este maldito
pago, porque el dueño quiere los
terrenos y espera comprarlos en la
subasta! ¡Sois unos carroñeros de
mierda, que sólo os aprovecháis del mal
ajeno!—
¿Me está acusando de algo?
La burla de su voz hizo que se
sintiera impotente y sus ojos se llenaron
de lágrimas. Carraspeó porque lo que
menos quería era que ese hombre la
oyera llorar— Tengo hasta el día treinta.
Eso son veintiún días. ¡Hasta entonces,
deje de molestarme! ¿Me ha entendido,
buitre asqueroso? — gritó antes de
colgar.
Tiró el teléfono sobre la mesa y
apoyándose en la mesa se tapó la cara
con las manos llorando de rabia. Y al
cerrar los ojos, la cara de su padre
sonriendo apareció en su mente.
Una noche ella estaba dormida en
su casa del pueblo cuando el teléfono
sonó. El sheriff le comunicó que su
padre había fallecido de un infarto. Al
parecer se encontró mal a mitad de la
tarde, pero en lugar de ir al médico,
esperó a terminar la jornada de trabajo
para que le atendieran. Se desmayó en
cuanto entró en la consulta del médico y
ya no despertó nunca. Edeline, que se
acostaba muy temprano porque entraba
en la fábrica en el turno de noche, no se
lo podía creer. Parecía que su padre
viviría para siempre y que se hubiera
ido, había sido un golpe durísimo para
ella y para su hermano Simon.
Su hermano estaba en la
universidad y cuando enterraron a su
padre, ella casi le tuvo que obligar a que
volviera y siguiera estudiando. Le había
asegurado que ella se encargaría de
todo. Pero cuando fue a hablar con el
abogado, se dio cuenta en el pozo que
estaban metidos. Su padre había pedido
un crédito de cien mil dólares,
seguramente para pagar la universidad
de su hijo del que estaba tan orgulloso.
Edeline sabía que estaban obligados a
hacer frente a ese pago y despidió a dos
de los peones, dejando únicamente a
Bill, a quien conocía de toda la vida y
que era como de la familia. Siguió
trabajando en la fábrica y después de
trabajar como una mula durante dos
semanas, pues tenía que hacer el trabajo
en la fábrica y después cuando llegaba a
casa el de la granja, se encontró
despedida. Al pedir explicaciones, el
encargado le dijo en confidencia que
había oído rumores sobre que el dueño
de la fábrica de piensos quería sus
terrenos para ampliar debido a la
demanda. Ella sabía que el señor
Michaels y el director del banco eran
muy amigos. Dos más dos son cuatro, así
que todo estaba más que claro.

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Estaba agotada de tanto trabajar y
no sabía si podría conseguir el dinero.
Seguramente no, porque tenía que
recoger el maíz, pero el precio de los
cereales había caído en picado. Para el
pago final de veinte mil dólares, le
faltaban quince mil. Suspiró apartando
las manos y limpiándose las lágrimas
porque llorando no llegaría a ningún
sitio. Se recogió sus rizos pelirrojos en
una cola alta y se levantó de la silla
dispuesta a terminar de lavar los platos.
Tenía que ir a vender los huevos a la
pastelería y tenía que estar allí antes de
las tres. Sus ojos verdes enrojecidos de
tanto llorar, miraron el reloj de la
cocina. Le quedaba una hora.
Escuchó que se abría la mosquitera
de la puerta de la cocina y forzó una
sonrisa— ¿Ya has acabado con la valla?
—Bill dejó la cesta de los huevos sobre
la mesa de la cocina y sonrió de verdad
— Gracias. Iba a ir por ellos ahora.
—No puedes seguir así, Lini.
El amigo de su padre la miró con
pena y Edeline se volvió apoyando la
cadera en el fregadero. Bill se acercó y
le acarició la mejilla— Mi niña. No
tienes que llevar sobre tus hombros el
peso del mundo. Si tienes que llamar a
Simon para que eche una mano…
—No. Él tiene que seguir
estudiando. Si tengo que perder la casa,
pues la ponemos a la venta.
—Puede que sea lo mejor. —Bill
apretó los labios y ella sintió pena por
él. Aquel era su hogar y ya tenía sesenta
años. Nadie le contrataría. No podía
dejarle en la calle.
—No te preocupes. Si vendo la
casa, te vendrás a vivir conmigo. — le
abrazó por la cintura pegándose a él.
Bill la abrazó suspirando— No,
niña. Debes seguir tu camino y yo el
mío. Si vendes la granja, buscaré otra
cosa hasta la jubilación. No es
responsabilidad tuya.
—Necesito una manera rápida de
encontrar dinero. La recogida del maíz
no creo que llegue para el plazo.
Bill la apartó por los hombros para
mirarla a los ojos— No estará a tiempo.
No ha madurado como debe.
Ella gimió apartándose y su amigo
se pasó una mano por su pelo blanco
preocupado por ella.
— Entonces tendré que vender la
casa. —dijo derrotada — Pero dudo que
alguien me la compre en veinte días.
Fue hasta la ventana

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