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Soundtrack La banda sonora de nuestra vida – Elena Castillo

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Tan solo llevaba una semana en Greenwich cuando él apareció en mi vida. Fue un encuentro fugaz, repentino y confuso.
Aquella ciudad del estado de Connecticut estaba a unos cuarenta minutos en tren de Manhattan, lo que me hacía sentir muy cerca del centro
del universo. Aquel no solo era el lugar favorito de Hollywood para hacer caer los meteoritos exterminadores de la humanidad o desembarcar a los

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extraterrestres violentos, también era donde la gente marcaba la moda al pasear por sus calles y, sin duda, donde junto con Nashville se
encontraban las sedes de las discográficas más importantes del país.
La casa que habían alquilado mis padres parecía un almacén de muebles con un montón de paquetes a medio abrir. Mamá estaba siempre con
los ojos en blanco: un jarrón roto, una caja mal cerrada que esparcía por el suelo todo su contenido, el «maldito» cargador del móvil que no
aparecía… Papá ya había comenzado en su nuevo trabajo y, cuando por aquellos días regresaba a casa, estoy segura de que se arrepentía de
hacerlo y deseaba salir huyendo hacia el motel más cercano. Quizás, incluso, lamentó durante un tiempo haber dejado Essex.
Se suponía que debía poner en orden mi cuarto nuevo, pero lo que básicamente me importaba con quince años (mi colección de CDs y
vinilos) ya estaba colocado por orden alfabético en su estantería, y aquel era un precioso día de verano.
Me rodeaba una explosión de tonalidades verdes, que componían el bosque en el que a partir de entonces iba a vivir, por lo que no pude
evitar escabullirme escaleras abajo hasta el porche, con la guitarra colgada al hombro y mi quinto cuaderno de letras.
—Sissi, tu ropa no se va a colocar sola en el armario, ¿sabes?
Mi hermana Nenne, a quien mis padres ayudarían todo un fin de semana en su traslado a Columbia, había sacado la cabeza por la ventana de
mi cuarto para decirme esa obviedad. En lugar de contestarle, recoloqué la guitarra entre mis brazos y comencé a juguetear con las cuerdas en un
punteo primitivo que en mi cabeza prometía convertirse en un buen rif.*
Estar allí era como vivir aislada del mundo, la casa más cercana se encontraba a cinco minutos en coche, pero era imposible divisarla engullida
por su arboleda, al igual que el resto de las construcciones vecinas. Por aquel entonces, esa sensación de aislamiento me confortaba, pero a la vez
temía que por las noches el «asesino de la sierra eléctrica» entrara en casa y nos matase a todos. Fue por ello que el ruido de un motor me
sobresaltó al aproximarse por la carretera e hizo que me agarrara a mi instrumento musical como si fuera un arma defensiva. A los cinco segundos
una camioneta oscura pasó por delante de casa. En la parte trasera de la Chevrolet iba sentado un chico con auriculares, al que calculé más o
menos mi edad. Al volante iba otro casi idéntico, pero con unos cuantos años más y con medio brazo relajado por fuera de la ventanilla. El
atractivo conductor me guiñó un ojo y un escalofrío recorrió mi columna. Me quedé inmóvil, solo pude pensar en que ambos tenían el pelo rapado
al cero y la tez siniestramente pálida y, a pesar de que los dos me habían dedicado una sonrisa, sentí resquemor.
Aquella fue la primera vez que lo vi, sentada sobre el escalón con mis largas piernas ladeadas y a medio cubrir por uno de los inocentes vestidos
que solía ponerme. Recoloqué a un lado mi larga melena lacia que se había alborotado con la brisa de agosto y me levanté alarmada.
—Mamá, creo que acabo de ver a nuestros vecinos —le dije apabullada tras entrar en casa saltando obstáculos con los pies descalzos.
—¿Sí? ¿Y qué tal son?
—Es horrible, mamá, creo que son skinheads, o si no, deben de ser harekrisnas o algo de eso. Tienen la cabeza rapada y conducen una
camioneta.
—Bueno, no fantasees otra vez, Sissi. Estamos en Estados Unidos, aquí mucha gente conduce camionetas.
—Sí… supongo que en Arkansas, pero no en Connecticut —le repliqué nada convencida.
Mi madre dejó en el suelo un montón de paños de cocina y se acercó a mí con la sonrisa ladeada.
—Venga, inténtalo —me reclamó con ambas manos y un gesto de autoconfianza.
—Oh, déjalo, mamá. No voy a atacarte.
Mi madre se había pasado los dos últimos meses, antes de venir a Estados Unidos, en clases de defensa personal a petición de

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