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Tan sutil como la brisa Boreal Róis 1 – Rosa Alcántara

Tan sutil como la brisa Boreal Róis 1 – Rosa Alcántara

Tan sutil como la brisa Boreal Róis 1 – Rosa Alcántara

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hotel Sheraton Terranova, esperaba un joven y uniformado botones que, en ese momento, se quitó de la cabeza una ridícula gorra azul marino observando una comitiva
de vehículos encabezada por un coche fúnebre.
—Bienvenido, señor —saludó el chico con una expresión simpática, en un tono de voz que sugería una gentileza exquisita.
Sin corresponderle, Gabriel desvió la mirada de la carretera. Inclinó la cabeza apretando los labios mientras se desentendió del equipaje y entró en la
recepción para registrarse. Absorto minutos después en los pensamientos negativos que no podía remediar, seguido de cerca por el botones acostumbrado a la altivez de
algunos clientes, Gabriel se detuvo en la puerta del dormitorio. Del bolsillo interior de la chaqueta, sacó la cartera y un billete de veinte dólares.
—Muchas gracias por la ayuda —dijo Gabriel, dándole la propina—. Muy amable.
De repente, la resignación del chico mutó agradeciendo esa inesperada generosidad con una sonrisa enorme. Gabriel dejó la maleta en la cama y, admirando la
vista del puerto, se quitó el abrigo y la bufanda. Acorde a un gusto excesivo por la moda, vestía un traje de lana inglesa hecho a medida que proyectaba una sobriedad
tan elevada como el precio pagado al sastre que solía visitar en Londres cuando, por motivos laborales, viajaba a Europa varias veces al año. Apreciaba la calidad de los
tejidos y el esmero del trabajo artesano. Se desnudó y colocó la ropa de manera cuidadosa en unas perchas de madera. Luego tomó una ducha y, más tarde, con las
caderas rodeadas por una toalla blanca, repasó los datos de la reunión que tenía programada para el día siguiente.
Durante varios minutos habló de finanzas con su padre, John, actual presidente y director ejecutivo del Nova Scotia Bank. Gabriel gestionaba la inversión
del banco en empresas y la obtención de capital o crédito. Ahí debía asesorar a ExxonMobil, el accionista principal de la mayor petrolera canadiense, que bajo un
consorcio de varias empresas explotaban en mar abierto el yacimiento Hibernia. Debido a que llevaban tiempo con una extracción limitada de crudo, pretendían
construir otra plataforma a pocos kilómetros, con unas características similares pero optimizadas a los avances que la ingeniería actual podía ofrecer. Gabriel tenía que
visitar Hibernia para hablar con los responsables en cuanto tomara posesión de su nuevo cargo como director financiero en la sucursal de esa pequeña ciudad apartada
del mundo. Era un gran reto; no obstante, contaba con la ventaja de haber dedicado los últimos diez años a consolidar su carrera en el banco de forma brillante y también
tenía una actitud resolutiva loable, aparte de las terribles ganas de aislamiento que sentía o la distancia que necesitaba para ordenar su vida y olvidar un matrimonio tan
real como ficticio.
En el cementerio de San Francisco de Asís, una buena cantidad de amigos y vecinos se acercaron a Claire Merritt para darle el pésame. Su madre había
fallecido a los cincuenta y cinco años después de una ardua lucha contra el Parkinson. Tras la misa en la Catedral de San Juan Bautista, solo quedaba despedirla por
última vez. Entre árboles cubiertos de nieve, en ese instante, menos fría que su corazón, desfiló Claire sujetando el brazo del viejo Harry, andando al ritmo lento que
marcaban el cansancio y la tristeza. Asumió que Grace estaba muerta y con ella desaparecía la única familia que le quedaba. No se percató de una figura masculina,
encorvada, medio oculta a una distancia prudente. Aquel anciano no apartaba la vista de ella; vigilaba como un halcón. No salió de las sombras y nadie reparó en él. Y si
alguien lo hizo, probablemente, lo pasó por alto, ya que la amistad entre Alec Barn, Charles y Chris Merritt, el abuelo y el padre de Claire, fue conocida por la mayoría
de los asistentes al entierro.
Cuando llegó Claire a su casa, Boreal Róis, subiendo la escalera observó con detenimiento la impresionante fachada: una solidez a prueba de fuego por la
piedra rojiza traída expresamente de una cantera inglesa, algunas columnas de hierro con formas ondulantes, tres cuerpos con tres plantas cada uno, dinteles en las
ventanas grabados con ornamentaciones vegetales y unos tejados verdes cerámicos a alturas diferentes coronados por una rosa de los vientos dorada, única, e
inconfundible como punto de referencia muy usado por sus vecinos. El caserón sugería un opulento pasado; sin embargo, la decadencia visible clamaba por una
renovación urgente. La misma que Claire debería realizar para aumentar el número de clientes que se hospedaban durante largas temporadas, casi siempre ejecutivos de
empresas extranjeras. Llevaba varios meses sopesando los presupuestos de varios contratistas, pero con el empeoramiento de la enfermedad de Grace quedaron
relegados. Pensó que ese era el momento para reformarlo o para dejar definitivamente el negocio; aunque desconocía a qué otra cosa podría dedicarse.
Cansada tras días agotadores, entró, colgó el abrigo en el perchero del vestíbulo y atravesó el pasillo hacia su dormitorio en la planta baja, donde dos
ventanas con arcos dejaban pasar la claridad unas escasas horas en esa época. Encendió la luz, escuchando el crujir de sus andares en las viejas tablas de madera. Sentada
en la cama, se quitó los zapatos de tacón y se masajeó los pies por encima de las tupidas medias negras. Del cajón superior de la cómoda antigua que había entre las
ventanas, sacó un pijama de dos piezas de franela y se bajó la falda negra. Desabrochándose la camisa beige entró en el cuarto de baño para llenar la bañera.
En poco tiempo probó con la mano la temperatura. Satisfecha por el grado de calor, terminó de desnudarse y se metió dentro, sintiendo la piel arder
conforme se sumergía. Aguantó un par de minutos la respiración con la cabeza bajo el agua, recordando su infancia; aquel tiempo feliz sin secretos ni temores; sin dolor
ni pesadillas.
Once años atrás, Claire pudo sobrellevar la repentina muerte de su padre en un accidente aéreo gracias a Grace; en cambio, para asimilar su pérdida estaba
sola. Pese a haber tenido tiempo por el lento deterioro de la enfermedad, lloró desconsolada por su madre, que fue un bastión contra la pena, un acicate

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Unos zapatos italianos de piel marrón remataban unas largas piernas enfundadas en un elegante pantalón gris oscuro. Nada más tocar el hielo de la acera, fueron con
rapidez al maletero del taxi que acababa de llegar del aeropuerto. Gabriel Drake agradeció al conductor la carrera con una ligera caída de párpados, que ocultó durante un
breve segundo unos distantes ojos grisáceos, y agarró la maleta enorme donde guardaba una abundante selección de su vestuario más las fundas con varios trajes. Miró
alrededor, ajustándose en el cuello una bufanda de lana negra, y se subió las solapas del abrigo oscuro que completaba una estudiada imagen. Tras él, bajo el pórtico del
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