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Un daiquiri a la italiana – Paula Rivers

Un daiquiri a la italiana – Paula Rivers

Libro Un daiquiri a la italiana – Paula Rivers

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Ya no había vuelta atrás. No sabía si era
una locura o no, pero mi vuelo salía en
apenas tres horas, mi equipaje estaba
preparado y mi taxi en camino. De mis
innumerables viajes, éste sin duda era el
más largo hasta la fecha, al menos sola.
Únicamente me quedaba cerrar las
maletas, pero me era imposible no
repasarlo de nuevo todo para no olvidar
nada en casa.
—¿Quieres dejar de revisar tu
equipaje? ¡Ya lo has hecho una docena
de veces! ¿Es que quieres perder el
avión? —me gritó Míriam, mi editora y
mejor amiga, y con toda la razón del
mundo.
—Es verdad, son los nervios. A
ver…, tengo el pasaporte, los billetes…
—¿Las vacunas?
—Míriam, ¿qué vacunas? ¡Me voy a
Hawái, no a Sudáfrica!
—Cierto, tengo que viajar más al
extranjero…, ¿verdad? —dijo ella
mientras se acercaba a la ventana
después de oír el ruido de un motor.
Echó un ojo a la calle principal y
anunció—: El taxi acaba de llegar.
Yo todavía me aguantaba la risa por
su comentario sobre vacunarme, pero
luego, pensando en lo que estaba a punto
de hacer, mi sonrisa se esfumó al
instante.
—Oh, no sé si podré sobrevivir sin
ti —le dije mientras la abrazaba.
—Sólo son unos meses, claro que
podrás. Siento no poder llevarte al
aeropuerto, pero… —se disculpó ella.
—Estás a tope de trabajo, lo sé,
tranquila. Prometo traerte un manuscrito
bueno y grueso a mi vuelta. Ayúdame a
bajar las maletas.
—No te impongas nada, tú relájate
primero y cena algo en el aeropuerto;
después de facturar, te sobrará tiempo
antes de embarcar, ¿de acuerdo?
—No he podido comer nada con los
nervios, pero cenaré algo, te lo prometo.
¿He apagado todas las luces?
—El taxi se va a ir, pesada, lo has
comprobado ya cuatro veces, todo
apagado y desenchufado. Sólo falta la
luz del salón, la apagaremos en cuanto
salgas o… No te estarás arrepintiendo,
¿verdad?

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—No, ¡qué va! Tengo la reserva de
hotel hecha y todo, no podría aunque
quisiera, cuida de mis plantas, porfa.
—Que sí, y te cogeré el correo,
anda, baja ya. Al final, Bianca no va a
presentarse para despedirse, ¿verdad?
—No. Sabes que no está de acuerdo
con este viaje, a la vuelta tendré una
larga conversación con ella y sobre el
hecho de que me siga programando la
vida. —A veces creo que necesita unas
vacaciones más que nadie —dijo
Míriam mientras se echaba a reír.
Bianca era mi hermana, no de
sangre, ya que yo fui adoptada dos años
antes de que ella llegara. Había nacido
cuando mis padres adoptivos habían
perdido toda esperanza de tener hijos
biológicos, de ahí que me adoptasen a
mí, y, para sorpresa de todos y
desconcierto de los médicos,
concibieron a Bianca contra todo
pronóstico. Bianca era también mi
agente literaria, y a veces se tomaba su
trabajo demasiado en serio
arrastrándome por toda Europa a
eventos y conferencias que ella misma
me organizaba, sin dejarme apenas
tiempo para escribir. ¿Cómo demonios
quería que lo hiciese con tanto viaje? Y
ya era el colmo cuando me reprochaba
que no hubiese terminado un trabajo en
el plazo que ella estimaba. Ni siquiera
Míriam era tan exigente, y eso que era
mi editora. Por supuesto, Bianca no
estaba de acuerdo con que me ausentase
varios meses, y eso había derivado en
fuertes discusiones con ella hasta ese
día, el día de mi marcha.
Míriam me ayudó con las maletas y
nos despedimos a pie de taxi. Aún no me
creía que hubiese tomado aquella
decisión, en parte por culpa de mi
editora y por cómo me dejaba
influenciar por sus ideas.
En el aeropuerto de Milán, después
de facturar mis maletas y de la inmensa
cola de embarque, por fin llegué a mi
ansiado asiento dentro del enorme
avión. Allí estaba, después de un
bloqueo literario de más de ocho meses
que desgraciadamente continuaba.
Míriam me había aconsejado que hiciera
un viaje largo, que cambiara de aires
radicalmente. Según ella, eso me
vendría bien, como una huida, alejarme
de la presión a la que me tenía sometida
mi hermana. Y, siguiendo

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