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El brillo del águila – Felipe Blasco Patiño

El brillo del águila – Felipe Blasco Patiño

Libro El brillo del águila – Felipe Blasco Patiño

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El joven Antonio se había encaramado a uno de los pilares del templo pues desde esta altura era fácil ver la llegada de aquel al que esperaba. Oteaba el horizonte con
la mano derecha formando una visera, pues a esa hora el sol se encontraba en pleno apogeo y cegaba sus ojos. En sus gestos se percibía cierta impaciencia.
A pesar de ser todavía un niño ya mostraba cierta virtud en lo de golpear y embestir, y no en otros menesteres más provechosos, no existiendo rincón de Bílbilis
Augusta
1
que no hubiese pateado a conciencia, sin otro fin que saber dónde se podía o no se podía pelear.
Con tan sólo diez años destacaba sobre el resto de los niños por su estatura y la tremenda contundencia que empleaba en el manejo de los puños, lo que le había
granjeado gran respeto entre pequeños y mayores. Se le podía reconocer a distancia por el pequeño gladius de madera que, despierto y en sueños, llevaba enganchado al
cincho de su correa.
Ganduleaba de un lado a otro sin oficio ni beneficio, esperando a que transcurriese el tiempo para llegado el momento cumplir su sueño. Su mayor ilusión, por no
decir la única, era ser legionario. Deseaba, ansiaba servir en una de las legiones.
Su joven corazón albergaba sueños de grandeza, por eso, todas las noches antes de cerrar los ojos, miraba la inmensidad del oscuro cielo. Su madre, desde que él
alcanzaba a recordar, le había dicho que todos los hombres tenían una estrella que desde lo alto del firmamento velaba por ellos. La suya era la que más brillaba. Hora
tras hora permanecía ensimismado con la mirada fija en el cielo de la noche. No había día en el que no le pidiera a su estrella, tal y como le había enseñado su madre, que
le permitiera cumplir su sueño. Cerraba los ojos y arropado por la sombra de la noche dejaba que la tenue luz de la luna iluminase su rostro. De cara al cielo repetía con
suma concentración: «Astro protector protege a mi familia y haz de mí el mejor». Lo repetía decenas de veces hasta que el sueño lo vencía.
Había un solo rincón dentro de su pequeño mundo en el que el joven Antonio calmaba sus ansias guerreras. La mayor parte de los días, al terminar sus clases, acudía a
la taberna donde se reunían los veteranos, soldados que tras años de servicio habían obtenido la licencia. El pequeño niño veía en este grupo de hombres desdentados,
magullados, mutilados, desfigurados, de pobladas barbas y calvas incipientes, a los héroes de antaño. Se reía cuando se peleaban por demostrar quién de entre ellos era el
que tenía la herida más grande, como si eso fuera motivo de orgullo.
Los otrora legionarios, ahora en el remanso del final de sus vidas, se pasaban el día apostando a los dados y fanfarroneando de antiguas hazañas y aunque sus gestos
rudos y el lenguaje áspero podría intimidar a cualquier hijo de vecino, con la llegada del niño todo cambiaba. Habían cogido gran cariño al pequeño Antonio, y todos
esperaban el momento en el que aparecía en la entrada del tugurio para sentarlo en sus rodillas y contarle cientos de historias. Era sin duda el momento favorito del
pequeño que permanecía callado y embobado escuchándolas una de tras de otra, aunque algunas ya las había oído decenas de veces.
Hacía ya más de dos lustros que los soldados habían llegado a la ciudad y con ellos su padre. La mayoría habían sido licenciados tras veinte años de servicio en el
ejército pateando caminos de un extremo a otro del Imperio. Casi todos procedían de las seis legiones que habían combatido contra los feroces cántabros y astures en el
norte de la península, legiones marcadas por un nombre de guerra; Vernácula, Augusta, Macedónica, Hispana, Victrix y Gemina 2, Nunca le quedó claro cuál era la mejor
de estas, y desde luego hubiese costado una guerra entre veteranos el decidirlo.
Tras sucesivos desastres militares que mermaron el orgullo de los ejércitos romanos y la moral de la tropa, se otorgó el mando de las legiones al general Marco
Agripa
3
, íntimo amigo y mano derecha del divino Octavio. Agripa tras una campaña de destrucción y aniquilación consiguió acabar con la resistencia de las tribus del
norte. Su padre le contó que esa fue la única ocasión en la que no se sintió orgulloso de ser un soldado romano: «Quien mata a mujeres y niños, destruye sus casas y
quema sus campos, no puede considerarse así mismo como un soldado, es un asesino. No debes olvidarlo nunca hijo mío». Con la paz llegó el retiro de muchos

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legionarios y la ciudad y las tierras que la rodeaban fueron el premio a sus años de servicio.
En las horas que pasaban a su lado lo instruían en los quehaceres de la vida militar, en las técnicas de combate. Muchas veces perdían la noción de que hablaban ante
un niño. Para darle más énfasis a sus palabras desplegaban enormes ejércitos sobre terrenos imaginarios. Aunque habitualmente eran bromistas y burlones cuando
hablaban de la guerra se tornaban serios, si bien siempre acababan siendo los héroes de todas las batallas.
En honor a la verdad no todos los legionarios eran tan amigables. Había un veterano que pese a tener la edad de su padre aparentaba ya estar en plena senectud.
Permanecía los días sentado a solas junto al fuego, en silencio y con los ojos entrecerrados. Su fragilidad era aparente y aún conservaba el aspecto fiero en su semblante.
El pequeño Antonio no osaba mirarlo, su presencia bastaba para aterrorizarlo.
Una tarde tormentosa, como tantas otras tardes, asomó el hocico por la taberna. Ese día apenas había audiencia, pero como su padre se encontraba allí apurando un
vino decidió quedarse. Se sentó en un rincón cerca de la ventana a verlas caer. De repente, al levantar la vista, sus ojos se encontraron con los del anciano:
–Tú debes de ser el hijo del centurión Hevio –Antonio no se atrevió a mover ni un poro de su cuerpo. El anciano lo seguía mirando.
–Hijo, nunca abuses de la paciencia. No dejes que los cadáveres de tus enemigos bajen flotando por el río. Acaba con ellos cuando tengas la oportunidad de hacerlo.
¿Me has oído? –Antonio estaba muy asustado. Mientras le hablaba él permanecía en silencio, sin atreverse ni tan siquiera a pestañear
–¿Acaso eres sordo? O es que tu padre no te ha enseñado a hablar. Responde –Bramó–. Acaba con ellos, con todos ellos –Y comenzó a zarandearlo como a un
guiñapo. El niño estaba a punto de llorar, y lo hubiera hecho de no mediar la intervención de su padre, que lo cogió de la mano y lo apartó de sus zarpas. Su padre se
encaró con el anciano y lo miró como nunca antes le había visto mirar a nadie. En sus ojos había furia, pero ni una sola palabra salió de sus labios.
Más tarde, en el regazo de su madre, Antonio supo la historia de aquel desgraciado. Un valiente legionario, un hombre de buen corazón, cuya alma había sido víctima
de las Furias. Sus ojos habían tenido que presenciar como su esposa y su hijo eran primero torturados y después asesinados a manos de un hombre al que días antes, y
como gesto de caballerosidad y honor, perdonó la vida en combate. Desde entonces los demonios atormentaban su mente.
Pero no todo era guerra y muerte, los legionarios también le enseñaban otros «oficios militares» que era el nombre que en jerga militar usaban para jugar y apostar, y
sin saber por qué pronto se convirtió en un experto en el juego con los talus.
Los talus, eran dados de cuatro caras, cada una con un número diferente. Las reglas del juego eran de una sencillez tal que hasta un bobo podía jugar, con lo que para
un niño de su edad no resultaba muy difícil enfrentarse a los veteranos. No entendía como un juego tan simple podía divertir a la gente mayor. Algunos se volvían locos
de alegría cuando al tirar los cuatro dados sacaban un número diferente en cada uno de ellos, entonces gritaban como energúmenos, ¡Venus!
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, ¡Venus! La diosa no podía
sentirse muy dichosa al ver su nombre utilizado tan a la ligera, pero en verdad no se podía haber elegido un nombre más notable para designar a la mejor jugada posible.
Pronto empezó a sospechar que el motivo real de tanta alegría no era otro que los sestercios
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que el resto de jugadores le entregaban, de muy mala gana, a este
afortunado. Y en el mismo ámbito debemos colocar el nombre dado a la peor jugada. ¡Canis6!, ¡canis! aullaban los compañeros de juego cuando uno de ellos

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