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El cazador de tormentas – Christopher Peña

El cazador de tormentas – Christopher Peña

Libro El cazador de tormentas – Christopher Peña

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semanas sin baño; es gorda y, por sus labios, la saliva le escurre espesa hacia la barbilla. Se viste con harapos que huelen a inmundicia y a hierbas. Ella vive lejos, en
un bosque encantado del que muchos hombres jamás han vuelto. Fue ella quien, tras haber leído el destino mostrado en el corazón palpitante, recién extraído, de una
loba, se dio cuenta de lo importante que sería conservar la vida de aquel niño. Por esto, ahora Orich camina por los pasillos en penumbras de un castillo británico. Los
guardias encargados de la seguridad de quienes viven en él, pasan a su lado, aprisa, sin siquiera mirarla; y no es que no reparen en ella por algún embrujo; la situación,
ahora mismo, es sumamente delicada: una batalla voraz se está librando a los alrededores, por lo que tienen que resguardar las entradas. Ella sigue caminando por los
corredores hasta llegar a una puerta que conduce a la torre este del castillo. Dos gárgolas resguardan la entrada; animales feroces en otro tiempo; sin embargo, ahora, es
sólo piedra lo que custodia el camino hacia la torre de los sabios. Atraviesa las dos gárgolas, cruza por un pasillo, completamente a oscuras, y llega hasta las escaleras
que conducen a las alturas de la torre; las sube. Son escaleras de caracol. Sube un peldaño, luego el otro, luego otro y otro y otro… hasta que por fin llega, apurada y en
extremo fastidiada por el esfuerzo, al portón. Tras esa entrada cerrada, hecha de la madera más resistente, se encuentran los astrólogos, quizás una nodriza y un
pequeño bebé. Es por él, por el bebé, por quien ella viene. Entra con disimulo y magia, atravesando el umbral de la entrada, inadvertida. Es una estancia con olor a viejo.
En las paredes se encuentran trozos de pieles con mapas astrales tatuados en cuero. Hay un mueble, también, en el que se encuentran todo tipo de gemas y piedras
preciosas, polvos y cachos de minerales. Se desliza con la agilidad de una serpiente por entre las sombras que atiborran la estancia, sombras ora grandes, ora estrechas,
pues son debidas al pequeño y danzante fuego que manan de las antorchas de la pared. Son cinco las antorchas, fuentes de luz que rodean a los astrólogos, y, en sus
mesas, donde están trabajando, hay varias velas, encendidas también. Ella trata de hallarle; el bebé sin duda está aquí; sin embargo, sólo logra vislumbrar a los astrólogos
que se encuentran perdidos entre una carta astral y varias revoluciones solares, tratando de descifrar una vida, tratando de descubrir sus secretos.
Lo ha visto ella.
Orich ha visto al bebé.
Está tras una especie de jaula de metal oxidado, en una esquina, entre la luz de dos antorchas; bajo llave, pero esto no es problema para la bruja, además, ahora la
nodriza no se encuentra; seguramente los sabios le mandaron salir y esperar, pues algún descubrimiento habrán hecho. Saca de sus ropas un utensilio de hueso tallado y
se encamina para allá. Abre con cuidado la puerta de la jaula, se ha acercado lo suficiente a la criatura como para tan sólo tomarla y largarse; pero es imposible, algún
movimiento en falso, o un sonido que emita el bebé y ella perdería, al instante, la vida. Orich, entonces, derrama una sustancia sobre la cara del niño, sustancia que lo
mantendrá inconsciente; después, arroja al centro del cuarto un trozo de planta que arde, dejando todo en penumbras. El humo salido de esta planta es impenetrable,

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tan
denso que, incluso, el mismo fuego se pierde de vista, por lo que las antorchas que alumbraban la estancia se vuelven inservibles; y, además, afecta a quien lo respire,
atrofiando los músculos; por lo que los viejos sabios, los astrólogos, quedan inmóviles.
Ella está bajando ya a toda prisa las escaleras, baja toda la torre en tan sólo un instante; luego, cruza los pasillos del castillo, dando vueltas por aquí y por allá.
Los sonidos de la batalla se van acentuando. Cómo quisiera ella poder ver la batalla, con suerte, quizás, alcance a ver a algunos luchando. Las campanas suenan, lo que
significa que los salvajes han entrado y vienen hacia el castillo. Ella sale del castillo pero, apenas tocan sus pies descalzos la tierra húmeda, su deseo se le cumple y tiene
que agacharse por completo esquivando flechas; y, arrastrándose hacia los matorrales, se refugia por unos momentos bajo los arbustos. Orich alcanza a mirar a dos
vikingos que despedazan a hachazos a los guardias, entrando por donde ella acababa de salir.
-¡BERSERKERS! –grita un guardia, desgarrándose la garganta desde el pánico; después, la cabeza le es cortada con un golpe seco de metal filoso.
Mira, también, a lo lejos, a otros tantos en plena lucha; observa cómo, a pesar que las hojas de metal de las espadas de los guardias se entierran en la piel de uno
de los vikingos, del vikingo, éste sigue en plena lucha como si nada. Destrozando a los británicos, atacándolos con un hacha en cada mano. Trabado de esa tristeza que,
segándolo todo, mata asquerosamente; desde la ira. Rabia y sed de muerte en los corazones de todo el clan…
Orich aprovecha el instante en que nadie, al parecer nadie, la está observando; se levanta un poco y se apresura hacia el bosque, corriendo sin escatimar en
fuerzas, desvaneciéndose de la realidad, como si desapareciera, esfumando su cuerpo y apareciéndose metros más adelante. Consigo, ella lleva al niño, alternándolo de
un brazo al otro, ya que por la velocidad en que se desplaza pierde el equilibrio y se ve obligada a sostenerse de alguna rama o de alguna piedra, quizás del suelo, al
tiempo en que sigue la carrera hacia su guarida. Es sinuoso y complejo el camino que lleva del castillo al bosque y de éste a la cueva. Es oscuro en demasía, la tierra se
vuelve resbalosa, las raíces de los grandes árboles se elevan por el fango incrustándose, después, bajo las hierbas; las ramas se entrecruzan, los troncos se alzan como
muros, y las fieras esperan a la primer criatura que se atraviese por su camino. Sin embargo, no es ésa la preocupación de Orich, ella maneja a las bestias a su antojo; lo
que realmente atormenta a la bruja es que tienen que llegar a la cueva a tiempo para que el antídoto le sea suministrado al niño. Los sonidos de batalla se van aligerando
al pasar de las distancias; los olores a guerra, en cambio, se le van acentuando en la mormada nariz a la bruja.
Llegan por fin a la guarida, entrando por unas gigantescas fauces de tierra, entre la nieve que espera, con ansia, la llegada inevitable del invierno. Dentro, en la
cueva, los primeros metros parecen ser un cementerio de animales; huesos y esqueletos de fieras por todos lados. Casi al final, en un recodo un tanto escondido, se
encuentra la verdadera entrada al hogar de Orich. Apresurada la volva, corre hasta el centro mismo del corazón de la cueva, donde están sus pertenencias más estimadas,
donde están su comida y utensilios. Ella deja al bebé en su lecho, que es simplemente un montón de hierbas y paja, corre rápidamente a encender el fuego en una especie
de chimenea que deja salir el humo por uno de los conductos del techo; y, nerviosa, enciende tres antorchas. La guarida se ve iluminada al instante, es un lugar
asqueroso; escarabajos y gusanos se arrastran por los suelos, comiéndose unos a otros; manojos de hierbas y raíces están almacenados en los rincones; ollas, sartenes y
odres se acumulan por docenas en las pequeñas mesas. Orich busca rápidamente entre los aceites el remedio para que el niño no perezca. Lo encuentra, corre hasta su
lecho y, con la punta de una raíz venenosa, embarra al niño con el ungüento. Al instante empieza a llorar; no hay más peligro. Por primera vez, Orich repara en lo bello
que es, es la criatura más hermosa que jamás haya visto; él, el bebé, con su piel delicada, yace allí en contraste con su entorno. Él es hermoso, de facciones finas, cabellos
blancos y ojos color violeta. La bruja se le queda mirando y él estalla en pequeñas risas. Orich busca, de otro frasco, algo para que el niño coma, leche de loba es lo que
encuentra, el bebé la acepta gustoso, bebe y duerme.
La tercera noche después de la batalla, Orich deja al niño y sale de la cueva. Camina, lento, hacia el castillo; pasando por el suelo fangoso, entre ramas y raíces.
Camina por horas y horas hasta que por fin regresa a aquel lugar. Devastados, la aldea y el castillo, se han

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