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Furias de venganza Sinfonía en París 2 – Carmen Torrico

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Furias de venganza Sinfonía en París 2 – Carmen Torrico

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Jean Pierre, no bien salió de la vieja casona, arrancó el coche con intención de reunirse con Marie. Serían cerca de las nueve de la noche cuando entró por la puerta del
apartamento. Ella, solo mirar su semblante, supo de inmediato que algo grave acababa de suceder. No se engañó. Él contó lo recién ocurrido con Sophie y su firme
decisión de enviarle a sus abogados para iniciar los trámites del divorcio.
Marie se asustó ante el cariz que, de forma tan precipitada, habían tomado los acontecimientos. Se sintió invadida por sentimientos enfrentados. Por una parte, aquel

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nuevo rayo de esperanza venía a iluminar su futuro brindándoles la posibilidad de, una vez conseguida la separación, unir sus vidas bajo los lazos del matrimonio en
completa libertad. ¿Podría imaginarse mayor felicidad?
Pero, al mismo tiempo, en lo más profundo de sí misma, unas calladas voces parecían empeñadas en ensombrecer esa naciente alegría. Ambos sabían que no resultaría
fácil que Sophie aceptara aquella disolución de matrimonio. Que pondría todo su empeño en entorpecer el proceso, aun sin querer pensar en las más que posibles
represalias de la orgullosa esposa.
De todos modos, supo guardarse de expresar estos oscuros temores. Veía a su amado tan alterado y hundido que no se atrevió a disgustarle con ningún inoportuno
comentario. Era mucho lo que llevaba soportado desde el regreso de Budapest. Centró la atención en calmar su desasosiego, sin escatimar palabras, caricias o mimos
hasta conseguirlo.
―Mon chéri! ¿Estás más tranquilo? ―Marie no dejaba de observarlo, preocupada.
―Creo que sí. Es esta una decisión que debí haber afrontado hace muchos años. ¡Me hubiera ahorrado tantos sinsabores!
―No tienes que culparte por ello. La vida, a veces, nos impide actuar como quisiéramos. Si no lo has hecho hasta ahora habrá sido por algún oculto motivo, estoy
segura.
Él se incorporó en busca de la caricia de aquella dulce mirada que conseguía embelesarlo.
―Ma chérie! Mi único motivo eres tú. Sin ti arrastraría de por vida mi triste miseria, sometido al tirano despotismo de Sophie y su padre, soportando mi vergüenza
y humillación encumbrado en el elevado pedestal de la fama.
Buscó su boca e inhaló el almibarado perfume de su aliento hasta saciar la voraz necesidad de cariño que le invadía al sentirla junto a él. Aquel beso no hizo sino
avivar los mal apagados rescoldos de su deseo.
―Mi pequeña… ―susurró mientras acariciaba con mimo el contorno de sus caderas―. Mi diosa… Tú me has convertido en un hombre libre y a la vez esclavo. El
vivir a tu lado es una dulce esclavitud. No me liberes nunca de tus cadenas.
Marie no contestó, rodeó con sus brazos el cuello de Jean Pierre y lo atrajo hacia ella; quiso expresar con caricias las silenciosas palabras que fueron a morir a las
puertas de sus labios, sellados y enmudecidos por los del ardoroso amante.
Aquel nuevo juego amoroso no hizo sino alimentar los desatados deseos de cercanía y cariño. Como consecuencia, vivieron de nuevo su unión, con tal fuerza y
expresividad que ambos hubieron de reconocer que nunca, hasta el momento, habían sentido su amor de manera tan intensa y pasional, llegando a fundir en uno sus
cuerpos y emociones. Tal vez tuviera algo que ver el naciente sentimiento que acababa de brotar dentro de ellos, en la parte más recóndita y perdida de su ser, y que
parecía prometer una débil y vaga esperanza respecto al futuro.
No sería hasta muy avanzada la noche en que el cansancio y las emociones vividas a lo largo del día lograran envolverles con el benefactor letargo del sueño, luego de
gozar y disfrutar de su amor en completa y hasta entonces desconocida libertad.
**********
Desde el instante en que Jean Pierre expuso ante su esposa la firme decisión de solicitar el divorcio, estuviera ella o no de acuerdo, tuvo el convencimiento de que, en
cualquier momento, los acontecimientos cambiarían de manera inesperada y traumática para él. No sabía cuándo, cómo ni dónde saltaría la chispa que encendería el
voraz fuego que quemaría tantos logros alcanzados a lo largo de su vida. Lo único cierto era que sería tan virulento y destructor que poco, o nada, quedaría que pudiera
salvarse tras el paso de aquel huracán de venganza. Tendría que arrancar de los cimientos, si es que estos no quedaban de igual modo dañados.
No quiso exponer tan pesimistas reflexiones a Marie. Sabía que sufría sobremanera con aquel asunto. Si por ella hubiera sido, todo habría continuado como al inicio
de su relación. Él nunca estuvo dispuesto a sacrificar su vida y permitir que viviera de aquella mezquina manera. Saboreando apenas las escasas migajas que la despótica
Sophie les permitiera disfrutar. Estaba seguro de que su maldad no se refrenaría, cada día intentaría, con mayor ahínco, evitar que estuvieran juntos y buscaría mil y una
formas distintas hasta lograr conseguirlo. Además, existía otra razón que él conocía y no quiso revelar a la amante, por no aumentar su preocupación. La venganza de la
esposa no se detendría en su persona, en cuanto conociera la identidad de su amada arremetería contra ella con mayor fiereza, si cabe, que lo hubiera hecho con él.
¡Jamás consentiría ver triunfante y feliz a la rival!
Desde el día siguiente a la ruptura conyugal vivió con la continua zozobra de encontrar en cada llamada una amenaza. La traición detrás de una sonrisa. La sospecha
oculta en cualquier mirada. La mentira en cada frase o la duda escondida en los lazos de un abrazo.
Pasaron los tres primeros días sin que nada anómalo sucediera en la agradable rutina de su nueva vida. Inició los ensayos para la grabación de la ópera Madame
Butterfly, del insigne compositor lucchese[1] Giacomo Puccini, sin que ningún acontecimiento extraño, fuera de los propios del trabajo, viniera a alterar su ánimo.
Permaneció durante este corto periodo en casa de Marie, lo cual les permitió vivir en cotidiana intimidad, semejante a cualquier matrimonio o pareja que decide unir
sus destinos. Cada uno se dedicaba a su trabajo en las horas centrales del día, aprovechando el más mínimo descanso para contactar, ya fuera por teléfono o en persona.
Desayunaban, comían y cenaban juntos, sin guardarse demasiado por ser vistos o no en aquellos lugares públicos a los que asistían; si bien, ella, intentaba que fueran lo
bastante alejados del centro y dentro de una justa normalidad. Evitaban, sobre todo, los espacios más lujosos, frecuentados por la élite social a la que pertenecía Sophie.
Él no acababa de estar de acuerdo, pero aceptaba con tal de no disgustarla. Al fin y al cabo, lo importante era tenerla cerca, fuera donde fuese.
En otras ocasiones comían en el apartamento. Marie se había revelado como una excelente cocinera, no solo a nivel nacional, sino internacional. Preparaba suculentos
platos tradicionales, alemanes, italianos o españoles, que hacían las delicias de su rendido enamorado. Al final de la jornada, la noche les pertenecía…
Ninguno de ellos se habría atrevido a imaginar, apenas una semana antes, una manera de vida tan sencilla y deliciosa.
Pasados tres días, decidió acercarse a la mansión. Necesitaba ropa y algunos de los objetos más personales y cotidianos, amén de partituras y documentos varios. Al
salir del ensayo de la tarde se dirigió a la casa, sin dejar de pensar en aquel aparente e inexplicable mutismo de su mujer. Entró con su propia llave.
Sophie no se encontraba en la mansión, había salido de compras con el chófer, tal y como le informó el charlatán mayordomo que no pareció extrañarse en lo más
mínimo por su repentina aparición, después de tres días de ausencia. Subió a la habitación, la que encontró limpia y ordenada, como cualquier día corriente. Todo
estaba en su lugar: las camisas y trajes alineados y planchados, pendientes de sus perchas; la mesa de trabajo recogida, con los bloques de libros y partituras en cuidada
formación. Cada cosa mantenía idéntica colocación que la última vez que estuvo allí. Tuvo una extraña sensación. Cogió varias mudas, ropa de sport y un par de trajes,
pues la noche de la precipitada salida apenas si guardó en la bolsa de viaje lo necesario para pasar un breve espacio de tiempo fuera de casa.
Salió del que hasta hacía unos días fuera su dormitorio, más bien su refugio, y bajó las escaleras con rapidez. Deseaba alejarse de allí cuanto antes. Al llegar al
vestíbulo se abrió la puerta de improviso y apareció Sophie que daba órdenes al chófer para que entregara los paquetes a su doncella, una vez hubiera aparcado el coche
en el garaje. Se hallaron frente a frente, en un primer encuentro, luego de la violenta discusión de días atrás. Si existió sorpresa por parte de ambos resultaría un misterio
para cualquier observador extraño. Ni ella ni él hicieron gesto alguno por el que adivinar las emociones que, en aquellos instantes, alteraron su ánimo.
Sophie avanzó, sin cerrar la puerta tras sí. Apenas lo miró al cruzar por su lado, solo cuando lo hubo sobrepasado se dignó preguntar:
―¿Cenarás hoy en casa?
―¡No! ―respondió lacónico, sin volverse siquiera.
Cerró la puerta y se dirigió al coche que dejara aparcado en el garaje. Luego de introducir la maleta y el «portatrajes» arrancó y se alejó hacia su nueva casa, junto a
Marie.
**********
Los días avanzaban con vertiginosa rapidez. Jean Pierre esperaba impaciente a su enamorada, que volvía después de la última actuación en la Sala Tchaikovsky de la
capital rusa, en la puerta de llegadas del aeropuerto De Gaulle. Apenas llevaban separados cinco días, pero a él le habían parecido eternos. Deambulaba por el piso,
desconocedor como era de los secretos entresijos del mismo. Ella procuró dejar comida de sobra en el frigorífico, pero apenas si cenó la primera noche; el resto de días
decidió comer fuera, incapaz de averiguar dónde estaban las cucharillas, el azucarero o las humildes servilletas de papel. Todo le era desconocido. Desde que se trasladó
a vivir al apartamento, Marie había sido la encargada de organizar las comidas y la casa en general. Él siempre fue un auténtico desastre para los temas caseros. Aún
podía recordar los consejos de su madre que le advertía de la importancia de ser autónomo en cualquier apartado de la vida. Siempre tuvo razón, pero ahora estaba más
convencido de ello.
En realidad la cosa no hubiera sido tan traumática si no la extrañara tanto. Mientras se encontraba en el estudio de grabación, su mente, distraída por el trabajo, estaba
ocupada, sumergida en la febril efervescencia del esfuerzo mental propio de tan absorbente labor. El alto grado de superación y exigencia personal le obligaba a ir
siempre un paso por delante, exigiéndose un esfuerzo superior al que sabía que debería realizar. Lo peor venía durante las largas noches, cuando llegaba al casi
desconocido piso, solitario y silencioso. Era entonces cuando tomaba conciencia de la importancia que ella había llegado a adquirir en su vida. Se sentía vacío,
incompleto, solo cuando sonaba el móvil y oía de nuevo su clara y cantarina voz volvía la alegría

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