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La muerte visita la peluquería Los misterios de Marion 1 – Amy Andersen

La muerte visita la peluquería (Los misterios de Marion 1) – Amy Andersen

Libro La muerte visita la peluquería Los misterios de Marion 1 – Amy Andersen

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Era una mañana apacible de finales de primavera en la idílica y pequeña ciudad de Chippingville. Apenas unos cuantos lugareños empezaban a asomarse a las
calles, el ambiente estaba cargado de un cómodo frescor que invitaba a pasear y oler el embriagador aire a mar. El sol comenzaba su andadura hacia lo más alto y unas
cuantas gaviotas sobrevolaban las casas anunciando el nuevo día. En suma, se trataba de un día corriente, un sábado más en el tranquilo ritmo de vida de la pequeña
ciudad.
Chippingville se preparaba para afrontar un verano cargado de turistas y calor abrasador, pero muchos deseaban que empezase cuanto antes, ya que eso
significaba un buen negocio para ellos. Restauradores, hoteleros, tiendas de suvenires… triplicaban sus ventas en los meses de julio y agosto. Las calles se llenarían de
gente de la ciudad que son propietarios de una casa y donde se traen a toda la familia a disfrutar de un verano inolvidable. Chippingville era el típico lugar costero donde
los habitantes reciben con una sonrisa amable a todos los visitantes, y donde muchos adultos regresan para recordar su infancia llena de arena, pieles bronceadas y
nuevos amigos.
Pero aún quedaban unas cuantas semanas para que el verano llegara oficialmente a Chippingville. Bien lo sabía Marion Fox mientras abría con Whisky, su perro
labrador, su negocio en la calle principal. Volverían algunas clientas habituales que solo residen en verano y que suelen ser muy exigentes, pues vienen de la gran ciudad
con ideas fijas de lo que está y no está de moda. La medicina para tratar con ellas era sencilla: paciencia y simpatía. Marion confiaba en sus cualidades como peluquera
después de cinco años al frente de su negocio.
Al poco de entrar, mientras revisaba que todo estuviese orden, una voz familiar le hizo girarse.
—Buenos días, Marion, ¿cómo estás hoy? —preguntó Ruth Jones al franquear la puerta.
Whisky meneó el rabo alegremente y se acercó para saludar.
—De maravilla, dispuesta a afrontar un nuevo día con ilusión —respondió sonriendo de oreja a oreja—. Y tú, ¿cómo estás?
—¡Genial! Para esta tarde tengo unos planes estupendos con Andy —dijo mientras acariciaba la cabeza de Whisky—. Vamos a preparar una pequeña fiesta en
la playa. ¡Van a ir muchos amigos! ¿Quieres venir?
—Gracias, Ruth, pero es probable que esté cansada después cortar, secar y hacer unas cuantas mechas. Además, de hoy no pasa, tengo que lavar a Whisky.
El perro se apresuró a esconderse en un rincón, cerca de la caja.
—Te veo muy casera últimamente —dijo Ruth—, necesitas salir y divertirte. La próxima semana te arrastraré de los pelos si es necesario, pero vendrás con
nosotros. ¿Trato hecho?
—Está bien, pesada —respondió Marion guiñándole un ojo.
Ruth llevaba trabajando con Marion desde que abrió la peluquería. Era una chica talentosa que le daba un aire rebelde al negocio, con su pelo corto teñido de rojo.
De esta forma lograban atraer a públicos diferentes.
—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos como primer cliente del día, eh, Marion? —dijo Ruth mirando la agenda con las citas del día.
Marion suspiró por lo bajo, puesto que sabía lo que se le avecinaba.
—Es nuestro querido y guapo doctor Glenn Steel… —dijo con un tono de voz que dejaba a las claras que era alguien más que un cliente.
—Ni me había fijado, la verdad —dijo Marion con fingida indiferencia mientras agarraba una escoba y limpiaba el suelo.

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Le costaba reconocerlo, pero Marion sentía mariposas en el estómago cada vez que lo veía. Hacía unos pocos meses que había llegado a Chippingville, y
enseguida le había llamado la atención por su porte elegante, su barba de tres días y un pelo castaño brillante y sedoso peinado con raya. Su última relación seria se
remontaba a Matthew, un viejo amigo de su hermano, pero habían cortado hacía ya un par de años después de un largo noviazgo. Glenn era distinto a Matthew, un
hombre de ciudad, refinado y culto. Por eso, Marion pensaba que sencillamente no era su tipo de mujer, así que más valía no ilusionarse para nada.
Quedaban cinco minutos para abrir la peluquería, por lo que Marion y Ruth se tomaron a toda prisa un café y unos bollos que había guardado Marion en una
pequeña nevera bajo el mostrador.
—Creo que Andy y tú haríais una buena pareja, Marion, ¿por qué no te lanzas y le pides una cita? —insistió Ruth dándole un codazo amistoso.
—Acaba de llegar, no sé nada de él, ¿y si está casado o tiene novia?
—A estas alturas ya lo sabríamos, ¿no te parece? No te duermas en los laureles, Marion. Un hombre como Andy seguro que tiene muchas pretendientes en este
pueblo.
—Estoy bien sola, déjame en paz —dijo Marion sin excesiva convicción.
—Parece que en vez de treinta, tienes ochenta años.
—¡Ya es la hora de abrir! —exclamó Marion triunfante deseando cambiar de tema. Conversar de su vida amorosa con una veinteañera le avergonzaba.
Whisky salió de su escondite y acompañó a Marion hasta la entrada. Entre Ruth y ella levantaron la persiana metálica con lo que oficialmente abría la
peluquería. El resto de los negocios de la calle también abrían sus puertas en ese mismo instante. Chippingville estaba lista para empezar un sábado más.
Marion no puedo evitar mirar hacia la calle a través del escaparate, deseando que apareciera Andy doblando la esquina, con una mano en el bolsillo y la otra
balanceándose elegantemente al costado, con la mirada despreocupada. Le parecía fabuloso que fuera su primer cliente, de esa forma los demás clientes no la
importunaban con sus miradas curiosas.
De repente, una sombra cayó del cielo al asfalto con un sonido sordo. Marion soltó un respingo y se llevó la mano al pecho.
—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó Ruth sobresaltada desde el fondo de la peluquería.
Lo que vio Marion a través del escaparate la dejó helada. Un hombre trajeado yacía sobre la acera boca abajo. En la mano sujetaba un teléfono móvil. Y no se
movía.
Capítulo 2
Marion estaba paralizada mirando el cuerpo inerte sobre la acera, cuando apareció Glenn de la nada y se acercó a socorrer al hombre poniéndose de cuclillas.
Entonces Marion y Ruth salieron a la calle por si se requería ayuda. Parecía que solo ellos tres se hubieran percatado del suceso, pues Chippingville continuaba con su
serena rutina.
—Glenn… —dijo Marion, asustada.
El médico tomó el pulso en la yugular del hombre, pero movió la cabeza. Estaba todo perdido.
—Está muerto —dijo mirando tristemente a Marion, frustrado por no poder hacer nada más.
—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó Ruth con los brazos cruzados sobre el pecho y con expresión de asombro. Era la primera vez en su vida que veía un
cadáver. Sin darse cuenta, estaba un paso atrás de Marion.
—Llama a mi hermano, Ruth —ordenó Marion. Ruth salió disparada hacia el mostrador de la peluquería donde tenían un teléfono fijo con el número grabado de
Carter Fox.
Glenn se incorporó y miró hacia arriba junto con Marion.
—Ha debido caer de ahí —dijo él señalando una ventana abierta con la cortina ondeando. Se trataba del tercer piso del edificio más alto del pueblo: el hotel
Internacional, situado justo encima.
A pesar del momento trágico, Marion no pudo más que admirar una vez más el atractivo físico de Glenn, así como su elegancia

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