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Maldad latente – Sandra Brown

Maldad latente – Sandra Brown

Libro Maldad latente – Sandra Brown

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A Emory le dolía todo. Hasta
respirar.
En el aire brumoso parecía flotar
algo invisible pero penetrante,
como fragmentos de hielo o cristal.
No llevaba suficiente ropa. El frío
glacial le quemaba la cara allí
donde la piel quedaba al
descubierto. También hacía que le
lloraran los ojos, y tenía que
parpadear continuamente para
evitar que las lágrimas le nublaran
la vista y le impidieran ver por
dónde andaba.
Sentía una punzada en el
costado que la atenazaba con saña.
Se había fracturado el pie derecho
por sobrecarga y el dolor le subía
hasta la espinilla.
Pero dominar el dolor, correr con
dolor, superarlo, era una mera
cuestión de voluntad y disciplina.
Siempre le habían dicho que poseía
ambas cosas en abundancia, en
exceso incluso. Para eso
precisamente se entrenaba con
tanto empeño. Podía hacerlo. Tenía
que hacerlo.
«Sigue adelante, Emory. Pon un
pie delante del otro. Sigue
caminando, primero un metro y
luego el siguiente…»
¿Cuánto tiempo tendría que
continuar así?
«Dios mío, que no falte mucho.»
Acicateada por la determinación
y el miedo al fracaso, avivó el paso.
Entonces, desde las profundas
sombras del bosque que se
extendía detrás de ella, le llegó un
crujido, seguido de una ráfaga de
aire. Un mal presentimiento le
encogió el corazón, pero antes de
que pudiera reaccionar, sintió un
estallido de dolor en el cráneo.
1
—¿Te duele tanto como aquí? —
La doctora Emory Charbonneau
señalaba el dibujo de una cara
infantil crispada por el dolor y con
lágrimas en los ojos—. ¿O como
aquí? —Señaló otra caricatura, en la
que una cara ceñuda ilustraba una
molestia moderada.
La niña de tres años indicó el
peor de los dos casos.
—Lo siento, cariño. —Emory
insertó el otoscopio en el oído
derecho de la niña, que empezó a
chillar. Le examinó los oídos con la
mayor delicadeza posible y
dirigiéndole palabras
tranquilizadoras—. Los dos están
infectados —comunicó a la agotada
madre de la niña.
—No ha dejado de llorar desde
que despertó esta mañana. Esta es
la segunda otitis de la temporada.
No conseguí hora para traérsela a
usted la última vez, así que la llevé
a Urgencias. El médico le recetó
unos medicamentos y se curó, pero
ahora volvemos a estar en las
mismas.

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—Las infecciones crónicas
pueden provocar pérdidas de
audición. Es mejor prevenirlas que
limitarse a tratarlas cuando se
producen. Tal vez debería llevarla a
un otorrino pediátrico.
—Lo he intentado. No hay
ninguno que acepte pacientes
nuevos.
—Puedo conseguirle hora para
que la examine uno de los mejores.
—No presumía en balde. Emory
estaba segura de que cualquiera de
sus colegas aceptaría a una
paciente recomendada por ella—.
Esperaremos seis semanas para
que esta infección se cure por
completo, y luego pediré cita para
ella. Por el momento, le recetaré un
antibiótico, además de un
antihistamínico para limpiar el
fluido del tímpano. Puede darle un
analgésico infantil para el dolor,
pero en cuanto hagan efecto los
medicamentos, el dolor disminuirá.
»No la obligue a comer, pero
que esté bien hidratada. Si no
mejora en unos días, o si le sube la
fiebre, llame al teléfono de esta
tarjeta. Yo estaré fuera el fin de
semana, pero me sustituirá otro
médico. No creo que vaya a
necesitarlo, pero si se produjera
una urgencia, estará en muy
buenas manos hasta que yo vuelva.
—Gracias, doctora Charbonneau.
Emory sonrió a la madre con
expresión compasiva.
—Cuando enferma un niño,
nadie lo pasa bien. Procure
descansar usted también.
—Espero que disfrute de su fin
de semana.
—Me voy a

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