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Libro PDF Omnia Todo lo que puedas soñar Laura Gallego

Omnia Todo lo que puedas soñar  Laura Gallego

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casa de Nico y Claudia tenían por costumbre hacer una gran limpieza justo antes de Navidad. Se vaciaban armarios, cajones y estanterías y se separaba lo que se
quería conservar de lo que no. Después, los trastos viejos se repartían en dos montones: lo que podía reciclarse de alguna forma y lo que iría a parar al contenedor de la
basura porque no podía servir a nadie más. A los niños no les entusiasmaba la perspectiva de hacer limpieza, pero siempre se animaban un poco al pensar que estaban
haciendo hueco para los regalos de Navidad.
Aquella tarde, Claudia había sacado todos sus muñecos del baúl para examinarlos uno por uno. La mayoría volvían a su sitio, pero otros terminaban en la montaña de
los juguetes prescindibles.
—Es que ya estás un poco rota, Coletas —se justificaba Claudia, mientras hacía que Trébol le diese a la muñeca un abrazo de despedida—. Y ya sabes que a Trufa no
le caes nada bien. Además…
Pero justo en ese momento la llamó su madre para merendar, y ella se levantó de un salto y soltó a Trébol y a Coletas sin prestar atención a lo que hacía. Salió
corriendo de su cuarto y no se dio cuenta de que los dos, muñeca y peluche, habían aterrizado con suavidad sobre la pila de juguetes desechados.
Un rato más tarde, Claudia merendaba ya frente a la tele, y su madre llamó a Nico y le pidió:
—¿Puedes ir a ver si tu hermana ha acabado ya con los muñecos? Si es así, los metes todos en una bolsa y me los traes, ¿de acuerdo?
—¿Por qué? —protestó Nico—. ¡Que recoja ella sus cosas, yo ya tengo bastante con las mías!
—Nico, que no lo tenga que volver a repetir.
El chico fue a cumplir con el recado, refunfuñando y arrastrando los pies. Al pasar por delante de su propio cuarto comprobó que estaba completamente revuelto y
que aún tenía mucho trabajo de limpieza por delante. La habitación de Claudia presentaba un aspecto similar, aunque ella había dejado ya un pequeño montón de
muñecos sobre la alfombra. Nico reconoció a Trébol y murmuró: «¡Hombre, ya era hora!». Empezó a echarlos en una bolsa, pero, por alguna razón, dejó para el final el
viejo conejo de peluche. Cuando por fin lo tuvo entre sus manos dudó un momento… pero luego se encogió de hombros y lo arrojó al interior de la bolsa para que hiciera
compañía a Coletas y al resto de muñecos que Claudia desterraba de su vida para siempre.
Ella no lo echó en falta hasta que llegó la hora de ir a dormir. Entonces, al no encontrarlo sobre la cama, se puso a dar vueltas por su habitación, desconcertada y en
pijama.
—Claudia, ¿qué pasa? —quiso saber su padre—. ¿Por qué no estás en la cama?
—No sé dónde está Trébol, papá… —se quejó ella.
—Pues seguramente estará donde lo dejaste, ¿no?
—Nooo…, que he buscado en el baúl y tampoco está…
—A ver, te ayudo a buscarlo.
Claudia y su padre vaciaron el baúl, se arrastraron bajo la cama y revolvieron en el armario, sin resultado. Finalmente, el padre se rascó la coronilla, pensativo.
—¿No te lo habrás dejado en el salón? —planteó.
—Que no, papá, que lo dejé aquí justo antes de merendar…
—Pues no sé…, le preguntaremos a mamá.
Momentos después, los tres habían iniciado una operación de búsqueda frenética, mientras Nico leía un cómic en su propio cuarto, sin prestar atención a nada más;
pero pronto el llanto de su hermana interrumpió su lectura. Se levantó de la cama y se asomó para ver qué ocurría.
—Pero yo no puedo dormir sin él… —gimoteaba Claudia.
—Claro que sí, no pasa nada. Hoy puedes dormir con otro peluche y mañana buscaremos a Trébol con calma hasta que lo encontremos, ¿vale?
Trébol… De pronto, una lucecita se encendió en la mente de Nico.
—¿Estáis buscando al conejo de Claudia? Pero si ella misma lo echó al montón de juguetes que no quería…
Se calló al ver que su madre se ponía pálida. Su hermana dejó de llorar y los miró sin comprender.
—No, Trébol no estaba en el montón —replicó, secándose las lágrimas—. Allí eché a Coletas, a Minnie, al Señor Narizotas y al Duende… Pero a Trébol, no. Yo
quiero a Trébol.
Nico empezó a ponerse nervioso.
—Estaba en el montón de muñecos, os lo juro. Yo lo vi.
—Bueno, a ver, que no cunda el pánico —terció su padre—. ¿Qué ha pasado con esos muñecos, Nico? ¿Dónde están ahora?
—Nico, dime que no metiste a Trébol en la bolsa de juguetes para donar —intervino su madre, muy seria.
El chico vaciló.
—Pero tú me dijiste… —empezó.
—¡Nico! —interrumpió ella, furiosa—. ¿Me estás diciendo que has tirado a Trébol? ¿¡A Trébol!?
—¡Yo no fui! —se defendió él, también levantando la voz—. ¡Me dijiste que metiera los muñecos en la bolsa, y ese conejo estaba en el montón para donar! ¡Si
Claudia lo quería, que no lo hubiese tirado!
—¡Yo no lo tiré! —protestó la niña.
—¡Podías haber preguntado primero! —seguía riñéndolo su madre.
—¡Yo solo hice lo que tú me dijiste!
—Mamá, mamá, saca a Trébol de la bolsa —pidió Claudia, angustiada, tirando de la manga de su madre—. Los otros muñecos no los quiero, pero a Trébol sí.
Pero ella sacudió la cabeza, respiró hondo para calmarse y respondió a media voz:
—La he llevado esta tarde a la parroquia, cielo. Pero no te preocupes; mañana iré a buscarlo, ¿vale?
Claudia empezó a llorar otra vez; mientras sus padres trataban de consolarla, Nico se escabulló de vuelta a su habitación, resentido por haber recibido una regañina
que consideraba que no merecía; sin embargo, por debajo de la rabia notaba un extraño y angustioso peso en el corazón.
«Pero ella dejó al conejo en el montón de juguetes para donar —se repetía a sí mismo—. No es culpa mía que ya no se acuerde. No es justo que mamá se haya
enfadado conmigo por eso.»

2
Todo el mundo ha oído hablar de Omnia
Al día siguiente, en el colegio, Nico no le contó a Mei Ling que se había deshecho del querido peluche de su hermana pequeña. En parte porque aún esperaba que su
madre consiguiera recuperarlo, pero también porque seguía molesto con su familia por hacerle responsable de su pérdida.
—Oye, estás muy callado hoy —le dijo Mei Ling en el primer recreo—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, es que Claudia no nos ha dejado dormir —respondió él, resentido.
A la niña le había costado mucho conciliar el sueño porque echaba de menos a Trébol.
Mei Ling se rió.
—¡Es lo que tiene tener una hermanita!
—Sí, es un poco pesada —murmuró Nico—. Y muy llorona.
Pasó el resto del día tratando de convencerse a sí mismo de que su madre recuperaría a Trébol sin mayores complicaciones y aquel pequeño drama acabaría por
desinflarse hasta convertirse en una anécdota sin importancia.
Por la tarde, cuando su madre llegó a casa, Claudia salió disparada a recibirla:
—¿Dónde está Trébol? Mamá, mamá, ¿y Trébol? ¿No me traes a Trébol?
—Lo siento, cariño —empezó ella con delicadeza—. En la parroquia no estaba.
Claudia la miró con incredulidad.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Dónde está?
—Claudia, lo hemos perdido —trató de explicarle su madre—. No sabemos dónde está. Quizá se lo haya llevado otro niño.
Ella se quedó muy quieta, con los ojos muy abiertos, como si no pudiese concebir una vida sin su peluche. Y Nico casi pudo oír el chasquido de su pequeño corazón
al partirse en dos.
Pero Claudia no lloró. Respiró hondo, miró a su familia muy seria y dijo:
—Habrá que poner carteles.
Así que recorrieron el barrio para empapelarlo con anuncios que mostraban la foto de Trébol.
Claudia estaba convencida de que el nuevo dueño de Trébol comprendería al ver los carteles que de ninguna manera podía quedarse un conejo que no era suyo. Nico y
sus padres no le llevaron la contraria, aunque sabían que la realidad era muy distinta. La tarde anterior, cuando Claudia no podía oírlos, su madre les había confesado
que, en realidad, en la parroquia habían tirado el peluche a la basura. Estaba demasiado viejo como para que pudiesen regalárselo a nadie.
—Pero no se lo digáis —les pidió—. Se sentirá mejor si piensa que Trébol está con otro niño.
—Para ella será como si ese otro niño se lo hubiese quitado, mamá —objetó Nico.
—Bueno, siempre es mejor que creer que lo han tirado a la basura, Nico —observó su padre.
Lo dijo con tono neutro, pero para él fue como una acusación. Aunque sus padres no habían vuelto a mencionar el tema, el chico sabía que su familia lo hacía
responsable de la pérdida de Trébol. Claudia, de hecho, estaba enfadada con él y no le dirigía la palabra si podía evitarlo.
Todo aquello irritaba a Nico. ¿Por qué montaban tanto escándalo por un simple peluche?
—Pues yo creo que tenemos que decirle que Trébol no va a volver —opinó—. Para que se vaya haciendo a la idea y lo supere de una vez. Porque si no, seguirá
buscándolo hasta que lo encuentre.
—O hasta que se canse, Nico. Porque no lo va a encontrar —le recordó su madre.
Nico no respondió.
Un par de días después, Mei Ling le preguntó en un recreo:
—Oye, ¿qué ha pasado? ¿Tu hermana ha perdido su peluche?
—Has visto los anuncios, ¿no? —murmuró él, alicaído.
—Pues sí, la verdad; era difícil no verlos, porque los habéis pegado por todas partes.
Parecía algo desconcertada, y no era para menos; Nico sabía que a menudo se repartían carteles con fotos de perros o gatos perdidos, pero… ¿peluches? Los peluches
no se escapaban de casa. Salvo en el caso de que algún niño estúpido los metiese en la bolsa equivocada, claro.
—Pero ha sido una buena idea —prosiguió Mei Ling, malinterpretando el gesto desconsolado de su amigo—, porque así seguro que lo encontraréis tarde o temprano.
Nico hundió la cara entre las manos, suspiró y por fin le contó que, en realidad, jamás encontrarían al pobre Trébol, porque él lo había metido en la bolsa de los
juguetes reciclables, y en la parroquia lo habían tirado a la basura por error.
—¿Y sabes lo que hacen con la basura en los vertederos? ¡La queman! —gimió—. ¿Cómo voy a decirle a Claudia que he matado a su peluche?
—Eh, eh, no dramatices. No has matado a su peluche, porque los peluches no están vivos.
Nico se encontraba mucho mejor ahora que se había sincerado con Mei Ling; hacía tiempo que se le había pasado el enfado, se sentía muy angustiado por el lío que
había organizado y no se lo había contado a nadie.
—Ha sido culpa mía —insistió, tozudo—. Yo pensaba que era una chorrada, que no era más que un peluche viejo y que Claudia se olvidaría de él…, pero está triste
porque lo echa de menos, no me habla y encima está insoportable porque no duerme por las noches.
—¿No duerme nada?
—Muy poco. Es que se había acostumbrado a dormir con Trébol. Tiene más peluches pero no hay manera, da vueltas y vueltas y no encuentra la postura. Además
está enfadada conmigo, y eso que no sabe que su peluche ha acabado en la basura. Piensa que se lo hemos dado a otro niño.
Mei Ling lo miró, pensativa.
—¿Y por qué no pides a tus padres que le compren otro peluche igual?
—Ya se lo he dicho, pero es imposible. Trébol tenía más de treinta años. Ya no venden peluches como él en ninguna parte. Claudia nunca volverá a verlo.
De hecho, su madre había comprobado que la empresa que los fabricaba ni siquiera existía ya.
Mei Ling calló un momento y después preguntó:
—¿Habéis mirado en Omnia?
—¿Omnia? —repitió Nico.
—Ya sabes, la tienda virtual donde puedes encontrar cualquier cosa. «Todo lo que puedas soñar.» —Mei Ling recitó así el lema de la compañía.
—Ya sé lo que es Omnia —replicó su amigo.
Todo el mundo lo sabía, aunque él nunca había comprado nada a través de su web. Pero su madre sí que había hecho diversos pedidos, normalmente de cosas que no
podía encontrar con facilidad en las tiendas o que necesitaba con cierta urgencia; los mensajeros de Omnia eran escrupulosamente puntuales y le llevaban sus pedidos al
día siguiente a primera hora, sin falta.
—Pero no creo que vendan peluches viejos —objetó sin embargo.
—¡Venden de todo! Mira, mi abuela encontró en su web la figurita de porcelana que hacía juego con otra que ella tenía, y que le regalaron el día de su boda, hace por
lo menos cincuenta años.
—¿Habláis de Omnia? —preguntó otro niño, acercándose a ellos—. Es verdad que lo tienen todo. Mi tío consiguió gracias a ellos el último cromo que le faltaba de
una colección que empezó cuando tenía nuestra edad. En el buscador de la tienda le salió que el cromo que quería estaba dentro de un sobre en concreto, él lo compró…
¡y era verdad! Y eso que el sobre estaba cerrado cuando lo recibió…
—Es imposible —saltó Nico—; sería una casualidad.
Pero su compañero hablaba muy en serio y, además, no tardaron en intervenir más niños para contar sus propias historias sobre la extraordinaria tienda virtual:
—Allí es donde venden los patines que vuelan, ¿verdad? Lo he visto por la tele.
—¡Eso no es nada! También tienen una guía de viaje de Saturno con mapas y fotos a todo color.
—Eso es un bulo, hombre. Lo tendrán en la sección de ciencia ficción.
—El otro día salió en el periódico un hombre que decía que había comprado en Omnia un casco romano auténtico. Quiso reclamar a la tienda porque parecía nuevo,
pero los expertos le hicieron pruebas y dijeron que tiene más de dos mil años.
—Otro bulo. Como ese de la mujer que devolvió un libro porque no le gustaba el final y se lo cambiaron por otro exactamente igual, pero en el que no moría su
personaje favorito.
En aquel momento sonó el timbre y puso fin a la conversación. Mientras todos regresaban a clase, Mei Ling comentó:
—Seguro que casi todo lo que cuentan de Omnia es mentira. Pero, si quieres encontrar un peluche como el que ha perdido Claudia… yo en tu lugar empezaría por ahí.

3
Una inteligencia artificial en una tienda virtual
Aquella tarde, Nico se acercó a su padre cuando lo vio delante del portátil. Después de echar una mirada a su alrededor para comprobar que Claudia no estaba por allí
cerca, el niño le planteó:
—Oye, papá, he pensado… que a lo mejor en Omnia tienen algún peluche parecido a Trébol.
Su padre se quedó pensativo un instante y luego dijo:
—¿Sabes…?, no es una mala idea; hay gente que vende cosas de segunda mano a través de esa web. Es poco probable que alguien tenga un peluche como Trébol y
quiera venderlo, pero por mirar…
Mientras hablaba, tecleó en el navegador la dirección de la web de Omnia. Nico contuvo el aliento al ver el logotipo: una esfera que rotaba sobre sí misma, envuelta en
una maraña de cables de aspecto tubular. Sustituía a la O inicial del nombre de la tienda; el resto de las letras aparecieron después, una tras otra, como dibujadas por una
mano invisible:
Su padre accedió al buscador y escribió «conejo de peluche». Inmediatamente, la pantalla se llenó de fotos de adorables conejitos. Los había de todas clases: grandes,
pequeños, de felpa, de trapo, con las orejas caídas, sonrientes, tristones, con lazos, con ropita, azules, rosas, blancos…, pero ninguno de ellos se parecía a Trébol.
Pasaron a la siguiente página de resultados… y después a la siguiente…
En aquel momento sonó un teléfono. Los dos estaban tan concentrados en su búsqueda que dieron un respingo, sobresaltados.
—Es mi móvil —dijo el padre de Nico, levantándose para cogerlo—. Sigue tú, a ver si hay suerte.
El niño ocupó su lugar y continuó examinando los resultados mientras su padre hablaba por teléfono. Cerró los ojos un momento, cansado ya de ver conejos, y tuvo
la sensación de que los peluches bailaban ante él, como si se burlaran de sus esperanzas. Abrió de nuevo los ojos, dispuesto a rendirse y a cerrar el navegador, cuando,
de pronto…
Allí estaba Trébol.
O un conejo de peluche muy parecido a él.
Nico pinchó en la foto para verla en grande. En efecto, era como Trébol, pero un poco mejor cuidado; como si, a pesar de las décadas que habían pasado por él,
ningún niño hubiese mordisqueado sus orejas ni vomitado sobre él tras un empacho de chuches en una fiesta de cumpleaños.
Nico dejó escapar una exclamación emocionada: no solo era como Trébol; era incluso mejor. Se apresuró a pinchar en el enlace que lo llevaría hasta la ficha del
peluche…
… pero ante él se abrió una página de error:
Nico contempló el mensaje, horrorizado, y lo leyó varias veces para comprobar que no se había equivocado.
—No, no, no… —murmuró, mientras pinchaba en el botón para retroceder.
La pantalla le mostró de nuevo la página de resultados. Nico la repasó una docena de veces, cada vez más desesperado, pero no volvió a ver al doble de Trébol.
—¿Todavía estás con eso? —preguntó de pronto su padre tras él.
—¡Lo he encontrado, papá! —exclamó Nico, muy nervioso—. ¡Un conejo igual que Trébol!
—¿Qué? Déjame ver.
Nico se hizo a un lado para que su padre tomara asiento junto a él. Juntos examinaron una vez más la cuadrícula de resultados…, pero Trébol no apareció.
—¿Dónde dices que lo has visto? —inquirió su padre, dudoso.
—Estaba ahí, papá, de verdad. Era como Trébol, pero menos hecho polvo…
—Bueno, eso no es difícil.
Los dos se rieron.
—Pobre Trébol —murmuró Nico después, con una sonrisa melancólica.
Su padre le revolvió el pelo con cariño.
—Venga, no le des más vueltas. Ha sido un palo para Claudia, pero ya se le pasará.
—Pero, papá…, si encuentro ese conejo en la web, ¿lo comprarás?
—Depende del precio… Puede que sea muy barato porque es un peluche muy viejo o que lo vendan muy caro por tratarse de una antigüedad… Con estas cosas nunca
se sabe.
Nico siguió buscando en la web, decidido a encontrar aquel conejo costara lo que costase.
Sabía muy bien que lo había visto. Tenía que estar en alguna parte. Pero, aunque revisó los resultados una y otra vez, no volvió a ver al peluche que buscaba.
Al día siguiente compartió su frustración con Mei Ling mientras hacían juntos los deberes en casa de ella.
—Te juro que lo vi —le aseguró—. Igualito a Trébol. Pero ahora ya no lo encuentro.
—A lo mejor lo vendieron en ese mismo momento.
—Ya, es lo que dice mi padre; pero sería demasiada casualidad…
—Hay mucha gente que compra cosas en Omnia todos los días, desde todos los rincones del mundo —señaló Mei Ling.
—Pero, aunque solo tuviesen un peluche como ese y lo hubiesen vendido en ese momento…, no habría desaparecido de la web, ¿no? Quedaría su ficha con un cartel
de «Agotado» o algo así.
—Quizá ellos no quieran que se sepa cuándo se les ha agotado alguna cosa —planteó ella con picardía—. Ya sabes, porque siempre lo tienen todo. O eso dicen.
—¿Y cómo puedo saber si se les ha agotado o es un error?
—No sé…, habría que preguntar a los responsables de la tienda.
Nico frunció el ceño. ¿Cómo preguntas a los responsables de una tienda virtual, en la que no puedes encontrar ningún rostro humano al que dirigirte?
—Por teléfono o por correo electrónico —dijo Mei Ling como si le hubiese leído la mente—. Habrá algún formulario de contacto en la web, digo yo.
—Vamos a ver —propuso Nico, súbitamente animado.
Los dos corrieron al ordenador y entraron en la página de Omnia. Mei Ling localizó un interrogante en una esquina, y cuando pasó el cursor por encima, un elegante
rótulo apareció sobre él:
La niña pinchó con decisión y la pantalla fundió en blanco.
Y entonces, de pronto, un rostro de mujer se materializó en ella. Tenía el cabello corto y azul, y unos extraños ojos plateados. Cuando les sonrió, no se formó ni una
sola arruga sobre su piel perfecta, de un suave color tostado.
—Es una IA —comprendió Nico.
—¿Una qué?
—Una inteligencia artificial, un programa de ordenador. No es una persona de verdad.
Como si hubiese podido escucharlos y entenderlos, la mujer sonrió de nuevo.
—Bienvenidos a Omnia —dijo, y su voz fluyó a través de los altavoces como un río de plata—. Me llamo Nia. ¿En qué puedo ayudarlos?
Nico se aclaró la garganta y cruzó una breve mirada con Mei Ling antes de responder:
—Sí, estooo…, buscamos un conejo de peluche.
—Actualmente disponemos de un catálogo de ciento treinta y siete mil cuatrocientos doce conejos de peluche —informó Nia con amabilidad—. Si quieren ampliar su
búsqueda a otro tipo de animales de peluche, podemos ofrecerles cuatro millones trescientos setenta y ocho mil doscientos tres modelos diferentes de ositos,
setecientos cuarenta…
—No, muchas gracias —se apresuró a interrumpir Nico—. Solo busco un conejo… Lo vi el otro día en la web pero ahora no lo puedo encontrar.
—Entiendo. ¿Cuál es el número de referencia?
—¿El… qué?
—Todos nuestros artículos están catalogados según un número de referencia que nos permite localizarlos rápida y eficazmente en nuestro extenso catálogo. Si usted
es tan amable de…
—Perdón —cortó de nuevo Nico, alarmado—, pero no sé cuál es ese número. Yo vi un conejo de peluche en la web y quise comprarlo, y cuando pinché en el enlace
me salió una página de error.
Nia parpadeó lentamente, sin perder la sonrisa, como si no pudiese procesar la expresión «página de error».
—Era un conejo como este —colaboró Mei Ling, plantando ante la pantalla uno de los carteles de la búsqueda de Trébol.

—Disculpe; su webcam no está operativa y no puedo visualizar lo que usted intenta mostrarme.
—Ah. Oh —dijo Mei Ling muy cortada—. Claro. Lo siento.
—Disculpe usted, pero sin el número de referencia no puedo localizar el artículo que está buscando —insistió Nia—. Si tiene alguna imagen que mostrar para
orientarnos en la búsqueda, deberá contactar con el Servicio de Atención al Cliente de su ciudad. Ellos procesarán su imagen y la introducirán en un buscador específico
que la comparará con los más de cien millones de fotografías que almacenamos en la base de datos de nuestro servidor…
—Vale, muchas gracias —la cortó Mei Ling, aturdida.
Cerró la ventana del navegador y Nia desapareció en mitad de la frase.
—Eso ha sido un poco grosero por tu parte —opinó Nico.
—Es que me ponía nerviosa —se justificó su amiga.
—Pero si no es una persona de verdad.
—Pues por eso. —Mei Ling inspiró hondo y preguntó, un poco más animada—: ¿Crees que en el Servicio de Atención al Cliente habrá gente de verdad?
—Supongo que sí, ¿no?
Navegaron por la web de Omnia hasta dar con la página de Atención al Cliente. Había una larga lista de direcciones, y los niños tardaron un poco en localizar la de la
oficina que estaban buscando. El inventario de lugares donde existía una sucursal de Omnia parecía interminable, y además estaba salpicado de extrañas direcciones que
llamaban su atención una y otra vez.
—Aquí dice que tienen una oficina en Laponia —comentó Mei Ling con admiración—. Y otra en la isla de Pascua y…, espera…, ¿Babilonia? «Jardines Colgantes,
planta baja, local número doce.»
—«Liliput» —leyó Nico; se le escapó una risita nerviosa—. «Calle Principal, junto al Parque Real, Mildendo.» «Camelot, calle de los Mercaderes.» «La Atlántida.»
«El País de las Maravillas»…
—Deja de perder el tiempo con eso —cortó Mei Ling, un poco molesta—. Está

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