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Sangre, destrucción y gloria Yo, conquistador 3 – David W. Sanchez

Sangre, destrucción y gloria Yo, conquistador 3 – David W. Sanchez

Sangre, destrucción y gloria Yo, conquistador 3 – David W. Sanchez

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―¡María!
La joven se giró rápidamente. Su rostro adoptó el gesto de la sorpresa.
―¡Farfán! ―dijo atropelladamente― No os vi llegar. Pensé que…
Sus palabras quedaron en el aire porque el sevillano, dando varias zancadas, la aferró con fuerza por la cintura y la nuca y la besó con pasión. Había echado tanto
de menos aquellos labios, los había anhelado con tanta vehemencia durante el regreso a Tenochtitlán que, de nuevo, aquel beso lo transportó al paraíso. De repente todo
había desaparecido. Los aliados indígenas seguían desfilando, los cañones maniobraban en la puerta para ser introducidos en el palacio y los dos vigías sonrieron e
hicieron algún comentario jocoso, pero nada de ello parecía importar a los dos amantes.
―María, estaba muy preocupado ―alcanzó a murmurar Farfán sin dejar de besarla.
―Callad…
Sus respiraciones se fundieron al compás del frenesí mientras sus labios bailaban aquella melodía. Farfán quería sentirla todavía más cerca, y aquel peto metálico
parecía interponerse entre ellos. Con un hábil movimiento soltó las correas que lo aseguraban y, tras alejarse un palmo de la joven, lo dejó caer al suelo. Bajo la coraza
María llevaba una camisa blanca que se encontraba humedecida por el sudor. Sus pechos se delimitaban finamente en la tela, que transparentaba tenuemente sus areolas
dando a entender que aquella era el último bastión que le separaba de su piel.
―¿Dónde…? ―preguntó jadeando Farfán.
María se despegó de su boca durante unos instantes. Sus labios se encontraban ligeramente enrojecidos por el contacto con la barba de Farfán. Miró a derecha e
izquierda y, tras recordar algo, le hizo un gesto para que la siguiera. Cogiéndole de la mano lo arrastró hasta una pequeña puerta que se encontraba a escasa distancia de
allí. De camino se quitó el casco y lo lanzó contra el suelo, emitiendo un sonoro tintineo metálico.
Atravesaron una cortina de color pajizo y se introdujeron en una pequeña estancia. Se trataba de un recoveco que se encontraba en una de las paredes. Una ventana
rectangular a la altura de sus cabezas era la otra abertura que tenía. Farfán recapacitó sobre si otrora pudo haber sido un cobertizo para guardar cosas o quizá alguna
especie de cámara para realizar rituales. En aquellos momentos, por otro lado, se había convertido en un diminuto resguardo para los centinelas españoles. Diversas
marcas en la pared daban a entender que de allí se habían extraído algunos objetos o estructuras que habían estado adheridos a la pared. Un pequeño lecho que se
asemejaba a una alfombra se disponía en el suelo.
―Aquí guardamos la vela ―dijo María―. Cuando llueve nos guarecemos aquí y vigilamos por esa ventana si vuelven los indios.
Farfán observó compungido durante unos segundos más el suelo. No quería saber de las penurias que había pasado María, no todavía. Sintiendo el calor del
contacto en su mano volvió a acercarse a ella y la rodeó entre sus brazos. Los besos, de nuevo, volvieron a repetirse. María se desabrochó el cinturón y dejó caer la
espada al suelo mientras Farfán hacía lo mismo con la suya. En ello, el hombre comprimió a la mujer contra la pared, aplastando sus pechos contra su cuerpo. Les
sobraba todo, pues solo querían estar el uno con el otro. Torpemente, y sin dejar de besarse, fueron desnudándose. La camisa de Farfán voló, y mientras tanto se quitó
los pantalones. No era la primera vez que María lo veía semidesnudo, pero nunca lo había tenido tan cerca y solo para ella. El bulto que había aparecido bajo sus
calzones resultó otra novedad. Quería mirarlo, quería que fuera suyo.
El sevillano se acercó a ella y le puso las manos en los hombros. María gimió y esbozó una mueca de dolor.
―¿Qué os pasa?
―Nada ―respondió regalándole una de sus fantásticas sonrisas―. Son solo heridas de guerra.
Farfán le desabrochó con delicadeza las cuerdas del escote y dejó caer su camisa por uno de los lados. La fina piel del cuello de la joven se convirtió en un
espantoso moratón que le cubría parte del pecho y el hombro.
―¿Quién…?
―Fue hace tiempo. Yo misma lo maté.
―¿Os duele?
―¿Queréis que os cuente los detalles? ―preguntó María fingiendo cierto enfado―. Farfán… ¡hacedme vuestra!
Y tras ello se bajó la camisa hasta que quedó relegada a una especie de cinturón a la altura de las caderas. La visión de aquellos pechos fue demasiado para Farfán.
Su pulso se desbocó, su boca se secó y la pujanza de su miembro latía con frenesí. María frunció las cejas en aquella seductora y jovial expresión que solía gastar. Tener
a su hombre en aquel estado de idolatría la excitó. El sevillano parecía boquiabierto, pero cuando sintió las manos de María aferrándole los brazos volvió en sí. Sin
dudarlo, acercó su boca a sus pechos, para besarlos y sentir su calor en la cara. La joven gimió ante aquel contacto. El soldado olía a tierra y sudor, pero ella también,
por lo que nada importaba. Incluso aquel viril olor la estimulaba, ya que estaba experimentando sensaciones que nunca antes había vivido.

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―¡Joder, María, sois una diosa! ―rompió Farfán cogiéndola por la cintura y levantándola en el aire.
La muchacha fue a caer de espaldas contra el suelo, emitiendo un pequeño gemido por el golpe. El soldado se abalanzó sobre ella, depositando toda la presión de su
miembro sobre sus partes. Pese a encontrarse su vestido en medio, María sintió aquel contacto como la mayor invasión que nadie había hecho nunca de su espacio. Con
la respiración entrecortada aferró con fuerza al joven y comenzó a besarle. Farfán acariciaba su espalda, sus brazos y sus pechos imprimiendo cierto deje de delicada
violencia en sus movimientos.
―Más cerca―le susurró la joven al oído.
Farfán entendió que aquellas eran las palabras. Deslizó su mano por su cintura y, pasando por encima del vestido, llegó a palpar la carne de sus esbeltas piernas.
Con un rápido gesto le levantó la falda hasta la altura de las caderas. Sus calzones desaparecieron en un segundo. María le miraba a los ojos. Había cierta expresión de
preocupación en su rostro, pero se encontraba prácticamente sepultada por aquel estado de febril excitación en el que se encontraba.
La penetración fue la mejor experiencia de sus vidas. Ambos soltaron una honda exhalación. María sintió aquel íntimo contacto en lo más profundo de su ser.
Farfán notó el calor de su vientre como una unión perenne con ella. La pasión se había fundido con el amor, y ambos sabían que a partir de ese instante sus vidas ya no
tendrían sentido sin la del otro.
―¡Farfán…, hacedme mujer!― le gimió de nuevo en el oído.
Aquel comentario recorrió el cuerpo del joven en forma de escalofrío, que acabó acentuando su erección. Sus embestidas comenzaron a incrementarse en velocidad
y potencia, notando cómo María se retorcía bajo él con cada una de ellas. La muchacha había cerrado los ojos y, poco a poco, fue extendiendo su cuerpo. De su boca,
que se encontraba abierta en señal de placer, iban emanando gemidos entrecortados. Farfán no perdía detalle de aquel cuerpo que tantas veces había imaginado desnudo.
Sus pechos oscilaban con cada movimiento. Su estrecha cintura se recortaba sobre la alfombra, pudiendo ser rodeada cuando quería por sus manos. Sus caderas se
perfilaban bajo la camisa arrugada, que se entremezclaba con aquel vestido hecho jirones. Farfán no podía ver los genitales de María, ya que sus ropas los tapaban,
aunque creyó que aquello hacía que las sensaciones que bullían en su miembro fueran todavía mayores.
Repentinamente, María comenzó a gritar. Farfán se asustó en un principio, pero cuando notó como se contraían sus músculos y cómo detenía la respiración
entendió que estaba llegando al clímax. Con voz potente dijo:
―¡Dádmelo todo, María!
―¡Farfán, por Dios…! ―acertó a gemir la muchacha.
Aquella visión fue demasiado para el joven, que sintió cómo toda su fuerza se concentraba en su miembro. Un escalofrío febril volvió a recorrer su cuerpo y un
nuevo gemido brusco fueron la antesala de su orgasmo.
―¡María…! ―exclamó.
La joven fue consciente de las emociones del sevillano, por lo que, incorporándose ligeramente, se aferró con fuerza a él. Farfán sucumbió tras varias sacudidas en
las que selló aquel contacto definitivamente. Durante

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