---------------

Vilma tiene un son – Rocio Primo de Rivera

Vilma tiene un son – Rocio Primo de Rivera

Libro Vilma tiene un son – Rocio Primo de Rivera

Descargar Gratis    En PDF
—Toma, ¿quieres un chicle?
—¿Cuándo me has visto comer chicle, darling? —pregunta Molly.
—Bueno, siempre hay una primera vez, bobita —se ríe espontáneamente Vilma—. Prueba este, que es de mango, te va a encantar. Aunque sea solo en chicle. —
Vuelve a reír—. Te voy a poner un día polvo maqa en los zumos de tomate esos que te pides, sin que te des cuenta, y vas a arder como la candela, mijita.
Vilma todavía no entiende cómo Molly y ella son íntimas amigas. Tan tradicional, tan correcta, tan rígida, ¡tan inapetente! Siempre se ha preguntado cómo le
pueden gustar esa frikada de películas, en versión original, claro, que sales con un mal cuerpo que para qué, y ni con un par de tequilas te lo quitas.
¿Qué es lo que rondará por su cabeza?
El caso es que como no tiene ni tele, ni mucho menos chatea, ni bebe, ni sale por las noches, ni ha catado un hombre desde que se separó hace cinco años del
Troyano… Su vida es para ella como una ventana a un mundo lleno de tiovivos y fuegos artificiales. Y eso que lo de hacerlo en el funicular de Rosales está más visto
que el tebeo.
Inciso… Visto, visto… El día que subió al gallinero del Real de extranjis, con Dina, su otra íntima amiga, y un par de uruguachos del equipo de producción de
Tosca que conocieron en Huertas, se les acabó el chollo. Solo a Dina se le ocurrió superar la nota de la prima donna en plena «aria»… Vinieron los celadores, los de
seguridad, el director de sala… Y no salieron en los periódicos de milagro.
Cada vez que recuerda la escena de los cuatro corriendo —mejor ¡volando!— por los pasillos del teatro, tropezándose con parte de la ropa que se iba cayendo y
dejando las litronas donde podían, se parte de la risa.
Eso sí, desde que Vilma tiene novio no es lo mismo, pues las mascletás se han reducido considerablemente. Aun así, sus llamadas impacientes del domingo
posfinde se han convertido ya en un clásico. Lo mismo que los paseos de puesta al día como este, en el que, después de un largo verano, se quitan la palabra de la boca,
entre relatos y preguntas agolpadas, por contar.
Gesticulante e hiperactiva una, serena e impávida la otra. Los picnics y cabalgadas en la casa de campo familiar de Kent y los tranquilos días en Positano de una,
contrastan con el frenesí diurno, y sobre todo nocturno, de la otra. Donde las competiciones de a ver quién tiene más y mejor se suceden en la hilera de yates atracados
en los pantalanes de Saint Tropez y Cerdeña, con camareros desfilando a todas horas por las bañeras, entre cuberterías de plata, roedores, diamantes y perfume de
bronceadores caros.
Volviendo a Molly. Lo cierto es que el mundo se divide en gente caliente y gente fría. Suerte la suya que para nutrirse de cariño le basta con hacerle carantoñas en
inglés a Nimbo, su bulldog con piel de tigre y mirada de caniche. Que ya va a empezar a pensar mal.
¿Cómo ha podido estar casada con un nigeriano?
Otra incógnita al canto.
En fin, que la quiere, porque ante todo es amiga con mayúsculas, de las que siempre están y piensa que estará. Y sobre todo, que, aun con sus diferencias sobre
todo de forma, acaban siempre riéndose.
Siempre. Y mucho.
Ese sosiego que da la amistad incondicional no tiene precio. Además, ¿no dicen que los polos opuestos se complementan? Pues tomen yin y yan al canto. Y es
que, en el fondo, las dos son, a su manera, unas inadaptadas.
Es Amparo, su madre, tan tensa siempre, quien le insiste que sea puntual.
Le parece estar viéndola. Con esa mirada dura, impenetrable y gesto de perpetua preocupación, que solo cambia cuando está en un cóctel, donde se transforma con
habilidosa cualidad de Jekyll y Hyde, en la más encantadora de las criaturas.
Con tal de guardar las apariencias.
Incluso a través de la pantalla, puede sentir ese tonito de reunión acentuado por su voz grave, que desde siempre le produce pavor. Sus llamadas, sus cartas, sus
discursos, sus toques de atención, han hecho siempre el efecto de un resorte que le hace martillear el corazón con más fuerza de lo normal. Ahora, con su entrenado
sexto sentido, predice que algo grave está por llegar.
—Me tengo que pirar… Bufff, qué calor hace —resopla Vilma.
—El mismo que todos los años, querida, lo que pasa es que se te olvida —dice Molly.
—Ya… Bueno, bye. ¡Hablamos! —replica Vilma.
Vilma se despide a la carrera tapándose bien las orejas con los cascos para adecuar el sonido, y enciende a todo volumen la última playlist que le ha grabado Óscar,
el DJ del Bohío.
Je prends le train de mès delices…
je couvert lui… me jettais dans ses bras…
rêvez toujours, attrapez le temps qui cours,
et sur le pont, me laisse embrasser,
emmène moi au pays d’Alice…1
Embelesada por el embrujo de la melodía, acelera a bordo de su Penny transparente, sorteando las zonas empedradas y arenosas.
En el parterre, eso sí, lo sujeta bajo el brazo, dejando de lado esos curiosos cipreses geométricos de perpetua hoja verde, escenario de infinidad de selfies, y que
guarda, como tantos rincones del Retiro, algún que otro beso furtivo en la adolescencia y muchos otros recuerdos. Como aquella picadura de oruga junto al inmenso
tronco del longevo ahuehuete mexicano, jugando al escondite con sus primos, que se complicó y la dejó sin ir al colegio durante varios días.
Vacación obligada que poco le importó.
Vuela Vilma, literalmente, entre aligustres de copas perfectamente redondeadas, olmos, coles blancas y moradas, cedros, laureles… Riquísima flora, que, como ella
misma, ha ido cambiando al ritmo de las estaciones. Y que desde que era bebé, ha visto cómo florecen, se pelan, nacen, maduran, bajo niebla, lluvia, nieve o calor
asfixiante, en cada rincón de las ciento dieciocho hectáreas que componen este parque centenario.
Su jardín.
Vilma siempre lleva encima algún elemento de la naturaleza. A la vista o no. Colgados a modo de collar, pinchado como broche en la ropa, como elemento
decorativo en el pelo o escondido en algún bolsillo. Conchitas, caracolillos, saquitos de playa, tierra de campo, plantas aromáticas en polvo.
La tierra y el mar.
Se sentiría indefensa de no hacerlo.
Porque su espíritu gira en torno a tres ejes fundamentales.
La naturaleza, la ciencia y el arte.
Piensa que sin ciencia, sin tecnología, sin investigación, no hay progreso. Y sin arte, sin creatividad, sin salirse del box, ello no es posible. Y que las semillas
necesitan su tiempo para germinar, para dar resultados. Y no siempre están dentro del ejercicio cortoplacista de los baremos económicos impuestos. Cree que basta con
observar atentamente la naturaleza e impregnarse de ella para encontrar las respuestas. A todo.
Ama la vida con arte, el arte de ver la vida con arte, con deleite, el arte de conseguir fórmulas innovadoras, el arte de diseñar un videojuego hiperreal, el arte de
cocinar un buen plato, el arte de un buen masaje, el arte de contemplar un crepúsculo. Distinto cada día. El arte de besar bien. El arte de componer una melodía que te
transporte a… El arte de hacer bailar al piano… El arte de…
El arte de vivir con autenticidad.
Con libertad.
Ha visto modelos de esclavitud y libertad desde que nació. Se aparta todo lo que puede de los primeros —estrictos, inamovibles, oscuros— y aprende e imita todo
lo que puede de los segundos —alegres, calientes, soleados—. Picoteando de aquí y de allá ejemplos de gente libre, de actitudes, de situaciones para alimentar lo que es
su máximo vicio.
La vida.
Para gozarla.
Y bailar, bailar, bailar, bailar…
Del pulmón verde a la humareda de tubos de escape de Alfonso XII. Vilma mira de izquierda a derecha asegurándose de que no pasa ningún coche y llega corriendo
por las cocheras, donde lo primero que hace es entrar en la cocina, atraída por oleadas de rico olor a crema de coco.
A Jeidy, la muchacha dominicana, dicharachera y voluptuosa, se la ve en una esquina, tirando los restos a la basura y enjuagando los platos amontonados bajo el
agua corriente para meterlos en un friegaplatos sideral. Mientras prepara la cubertería para llevar a la mesa, se contonea al ritmo del yambeque que su novio, Royer, el
chófer de la casa, negro zaino y arrollador de simpático, entona con unos palillos sobre la silla:
Cómo mueve la cintura, mamayeè yamba,
yambeque, la negra baila, mira…,
yambeque… mueve los pies, mi rumba,
si es africana, yamba, yambeque,
si no me quieres por qué me lloras,
yambeque, viene la conga.
De vez en cuando, tratando de sorprenderla, le toca los «cueros», y le canta al oído un «Tú sí estás sabrosa…», que la hace estallar de risa. El dial latino siempre
enchufado. Y «Cossinando en el piano… apágalo que se quema, ¡piano al holno…!».
Cuando yo llego a mi casa
ella me mima y me abraza.
«Oye, papito», me dice,
«qué quieres comer de papa hoy
para empezártelo a hacer».
«Yo quiero que tú me hagas
esos platitos sabrosos como tú sabes, mi prieta,
que a tu papito le gusta, camina y prende el fogón».
En el centro de la cocina, hay una enorme mesa rectangular, de madera pintada en blanco, con todos los cajoncitos, llenos del instrumental necesario para el ritual
diario de elaborar recetas. Como base, una pieza entera de piedra blanca rayada y deforme en algunas zonas por los miles de golpes, repiques, fileteados, cortes, donde
se han extendido unas treinta pechugas Villaroy y cientos de croquetas de varios sabores —carne mechada, huevo duro, rabo de toro, de cocido, ibéricas—, que, una vez
frías, se guardarán en bolsas herméticas en el congelador.
La costumbre familiar de autoabastecerse de casi todo, salvo el pescado, los chocolates y la harina, viene de lejos. Las frutas y hortalizas, los huevos, el aceite, la
leche, la carne, el azúcar, el arroz, incluso el vino, procede de las fincas familiares. Norte, sur, este y oeste de España. Con toda la riqueza de variedades que esas tierras
producen. Valencia, Andalucía, Extremadura y Cantabria y del delta del Ebro. Bueno, justamente de ahí, de la almadraba, sí que vienen los atunes frescos, exquisitos.
Tan cotizados por los nipones.
Durante unas horas al día, esta cocina industrial de amplios ventanales y suelo hidráulico con greca, funciona a todo gas, bajo una coreografía de luces titilantes,
fuegos lanzando llamas, crepitar del horno, cascadas de grifos, perfectamente sincronizada. Y por la que circulan y han circulado, muchachas, camareros, mayordomos y
verdaderos chefs. Como la inolvidable Lola, aquella extraordinaria cocinera palentina, que pesaba casi ciento veinte kilos, y a la que tuvieron que echar por los
chanchullos que se traía con el carnicero del colmado de la esquina, una fama poco justa. También es cierto que es difícil no hacer albóndigas riquísimas con solomillo de
primera.
Estrellada sí acabó.
Demasiado michelín.
Cuántas horas ha ejercido Vilma de «pinche» de Romelia, que aunque su labor principal era la de cuidar a la niña, le encanta cocinar y en muchas ocasiones regala su
toque caribeño a los platos. Y la niña feliz, con su delantal de dalias petit point que en su día bordó en el colegio, colaborando con las masas de las tartas, haciendo
madalenas, dando el visto bueno a las salsas, desplumando perdices que luego quemaban para no dejar rastro de pluma alguna, o rascando con la cuchara el fondo de la
olla para lamer salsas y tragarse restos de socarrat de la bechamel, paellas o los cientos de exquisiteces que se han cocinado en este santuario del placer.
Cuantísimas horas contándole sus cositas después del colegio, en la merienda, o desvelada por alguna pesadilla nocturna, mientras sus padres estaban de viaje, de
cena o en alguna fiesta. Sus primeras mariposas en el estómago, las peleas con los amiguitos, disgustos, sueños, anhelos, pesadillas, traiciones, sorpresas y demás
vaivenes que su inmenso corazón ha sabido bandear. Secretos guardados bajo la llave del tiempo.
Treinta y cuatro años ya.
Ahí está ella hoy, en los fogones, como una emperatriz india, sonriente, femenina, terminando de cocinar un arroz de coco con pollo, al tiempo que mueve el
cucharón de madera y la cadera al son de uno de sus montunos preferidos.
Anacaona, areito de Anacaona,
india de raza cautiva, alma de blanca paloma…
Esa negra que es de raza noble y abatida,
pero que fue valentona, ¡Anacaona!
A juzgar por el aroma dulzón que desprende, y las burbujas brotando dentro de la olla de barro bajo tapas de pyrex saltarinas, el guiso debe de estar casi a punto.
—¡Mmm, qué hambre, qué bien huele! —aspira Vilma todo lo que puede con las fosas nasales cerrando los ojos y una media sonrisa.
—Mamita te ha dehado un paquetico en tu habitassión, me paresse que es de Alfonso —le dice Romelia con delicadeza y acento floral.
Vilma se lo agradece con un sonoro beso en la mejilla que le ilumina el rostro. Sube en el ascensor hasta la azotea. Se quita el top y los shorts y se tira desnuda a la
piscina. Total, no hay invitados. Al salir, saca del congelador una jarra de vidrio macizo congelada y se sirve una birra para beberla mientras se cambia. A su habitación,
que estrenó al cumplir dieciocho años, se entra por la misma terraza. Un torreón de inspiración parisina que mira de reojo a la Puerta de Alcalá.
La piscina, que se usa tanto en verano como en invierno, está custodiada por una fila de palmitos y ficus. Por suelo, un mar oscuro de láminas de la misma teca que
las tumbonas. En un rincón, un chill out con aire marroquí, totalmente tapizado de kilims tejidos en el Atlas, que el sol y el tiempo han marchitado dotándolo de una
pátina retro de aura colonial. Míticas son las fiestas que Vilma ha improvisado desde su adolescencia. Siempre que estuviera en Madrid. Precisamente, esa es una de las
costumbres de ella que menos molestan a su madre, quien ha procurado que la nevera y la despensa estén siempre llenas de comida y bebida.
Que, en recibir, ella es sin duda la número uno de Madrid.
El resto de la terraza está revestida de un exuberante jardín de trepadoras enredadas en maderas nobles y un laberinto de árboles frutales y plantas aromáticas, que
se encarga de supervisar don Beltrán. Afición esta de la jardinería de la que se impregnó siendo niño en Gordonstoun, donde coincidió con el príncipe Carlos, con quien
comparte, además de impecable estilo, una ferviente pasión por el teatro. Es más, la idea de bautizar a su hija con el nombre de Vilma-William viene de ahí. Por
Shakespeare. Esta fue una de las pocas decisiones que a lo largo de su matrimonio ha sido capaz de tomar.
Mirando al sur, hacia el cerro de los Ángeles, un cubo acristalado con jacuzzi, sauna y gimnasio dotado de sofisticados aparatos. Todos los días viene Balti, el
entrenador personal de Amparo. Vilma se une cuando llueve y no puede hacer ejercicio al aire libre, también tiene una barra donde hace un mix de ballet y otros
ejercicios de fuerza y equilibrio.
El gimnasio se comunica por una escalera de caracol con la sala de cine. La cueva en la que Vilma no ha dejado de soñar. Sola o con sus amigos. En esa planta está
también la glamurosa biblioteca recubierta de latón, donde su padre pasa las horas en invierno. Las estancias de «los señores», independientes y totalmente

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar 

enmoquetadas, disponen de camas extralarge importadas, en cuartos separados, amplios vestidores perfectamente iluminados y zonas de baño forradas de travertino,
con sala de masaje incluida y camastros de madera indonesios.
De diseño libre y adelantado a su tiempo, la casa, que da la vuelta a la manzana, fue proyectada por su bisabuelo paterno Pedro, visionario, filántropo y muy
querido, cuya creatividad era de todos conocida.
Beltrán, que nació ahí, pudo, de niño, disfrutar de las caballerizas, que más tarde se convertirían en garaje.
A la muerte de sus padres, la casa se dividió en lotes iguales y se rehabilitó como edificio de pisos. Sus dos hermanos alquilaron o vendieron su parte con el
tiempo. A él le tocó la zona superior, mil doscientos metros cuadrados que, con los años y el especial ímpetu de Amparo, han ido transformando en un cuatríplex
domotizado, cuajado de antigüedades y arte contemporáneo. Techos altísimos, mucho espejo y varias chimeneas por planta, incluso en la cocina para cuando toca hacer
asado criollo.
La primera de ellas es la zona destinada a los cócteles y tertulias. Salones abiertos comunicados entre sí, empapelados, entelados, paneles de piel, con varias
texturas en verde esmeralda, el color preferido de Amparo, quien desde el principio asumió el papel de dueña de la casa por encima de su marido, que siempre ha sido
más discreto. Últimamente se ha lanzado a experimentar con el corcho sobrante de las podas del alcornocal andaluz para forrar algunas paredes.
No en vano, esta zona es para ella la más importante de la casa y es en la que se ha implicado de forma más personal en decorarla, tanto con objetos que a lo largo
de los años han ido comprando en galerías, anticuarios y tiendas de Londres, Nueva York, Suiza y otras mecas del mercadeo snooty del arte, como los sugeridos por
decoradores y artistas, de su entorno más íntimo, decidiendo al alimón qué es lo que mejor encaja en cada rincón, sin dejar nada en el aire. Como con todo.
Muebles con historias heredadas de generación en generación junto a piezas exclusivas, de los cincuenta o de los sesenta, de diseño italiano, escandinavo,
contemporáneo, y firmados entre otros por Paul Evans, Vladimir Kagan y, cómo no, Axel Vervoordt, también con cuentos que contar a sus espaldas. Y donde un
Picasso y un par de Anglada Camarasa compiten con un «perro churro» de Jeff Koons, una lava arenosa fucsia, que brota de una pared, serpenteando por toda la
estancia, creada por Anish Kapoor, y un urogallo nadando en formol dentro de una urna firmado por Damien Hirst. Obras maestras de dream team del arte
contemporáneo que no pueden estar fuera de la lista de… invitados de piedra de un palacio que se precie como este, del XXI.
El siglo del clon.
Especialmente en los círculos galácticos clásicos donde, si no estás en la pomada o no tienes uno de esos, no eres nadie.
Algo que a la nueva aristocracia geeky no es que les quite el sueño. A ellos, con tal de que no les falten los colorines legos, les basta. Para qué tanta historia.
Al fondo, un comedor de paredes, suelos y techo totalmente cubiertos de cuarzo mate estriado rosa empolvado, que recuerda a las piedras fosilizadas brasileñas.
En él se celebran grandes cenas al menos una vez al mes, en torno a una mesa de caoba brillante como una patena, con su forma original de rodajas del tronco en bruto,
para veinticuatro personas, y cuya balconada da al Retiro.
En conjunto, una atmósfera de impecable decoración con poca vida, más

Leer En Online

descargar Vilma tiene un son – Rocio Primo de Rivera

transporte a… El arte de hacer bailar al piano… El arte de…
El arte de vivir con autenticidad.
Con libertad.
gratis Vilma tiene un son – Rocio Primo de Rivera

de los años han ido comprando en galerías, anticuarios y tiendas de Londres, Nueva York, Suiza y otras mecas del mercadeo snooty del arte, como los sugeridos por

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

Leer en Online Vilma tiene un son – Rocio Primo de Rivera

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------