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Libro Despachos de guerra – Michael Herr

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PDF Descargar dividido en sus antiguos territorios de
Tonkín, Annam y Conchinchina y, al
oeste, después de Laos y Camboya, se
asentaba Siam, un reino. Esto es viejo,
les decía a los visitantes, un mapa muy
viejo, sí señor.
Si los países muertos pudiesen
volver y acosarnos como hacen los
muertos humanos, sin duda habrían
sido capaces de poner en mi mapa
ACTUAL y quemar los que se llevaban
utilizando desde el sesenta y cuatro;
pero, desde luego, nada parecido a esto
llegó a suceder. Era a finales del 67 y
hasta los mapas más detallados decían
ya muy poco; leerlos era como querer
leer en la cara de los vietnamitas, y eso
era como pretender leer en el viento.
Sabíamos que los objetos de la mayor
parte de la información eran
fragmentos de terreno flexibles y
diversos que decían historias
diferentes a las diferentes personas.
Sabíamos también que, desde hacía
años, allí no había ningún país, sólo la
guerra.
La Misión no hacía más que
hablarnos de unidades vietcongs
atacadas y barridas, que reaparecían
luego al cabo de un mes con toda su
fuerza, y no había nada fantasmal en
ello, pero cuando avanzábamos sobre
su territorio, solíamos tomarlo
definitivamente, y aunque no lo
conservásemos, siempre podías ver que
por lo menos habíamos estado allí. Al
final de la primera semana «de campo»
conocí a un oficial de información del
cuartel general de la División 25 de Cu
Chi, que me enseñó en su mapa, y luego
desde su helicóptero, lo que habían
hecho con los bosques Ho Bo, los
desaparecidos bosques Ho Bo,
arrasados con arados romanos
gigantes y productos químicos y fuego
prolongado y constante, destrozando
indiscriminadamente cientos de acres
de tierra cultivada y de selva virgen
«privando así al enemigo de valiosos
recursos y de protección».
Había sido parte de su trabajo

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desde hacía casi un año explicar
después a la gente aquella operación;
corresponsales, congresistas en gira,
estrellas de cine, presidentes de
grandes compañías, oficiales de estado
mayor de la mitad de los ejércitos del
mundo, y aún no había sido capaz de
superarlo. Parecía mantenerle joven, y
su entusiasmo le hacía pensar que
hasta las cartas que escribía a casa a
su mujer estaban llenas de aquello, te
enseñaba lo que podías hacer si tenías
los conocimientos y el material
necesarios. Y si en los meses que
siguieron a aquella operación habían
aumentado «significativamente» las
actividades del enemigo en el área más
amplia de la Zona de Guerra C, y las
bajas norteamericanas se habían
duplicado y duplicado después de
nuevo, eso no pasaba ya en los bosques
de Ho Bo, podías estar bien seguro…
1
Cuando salías de noche, los
médicos te daban pastillas, aliento de
dexedrina como serpientes muertas
guardadas demasiado tiempo en un tarro.
Yo, personalmente, nunca tuve
necesidad de ella, un pequeño contacto
con el enemigo o cualquier cosa incluso
que oliese a contacto me daba más
velocidad de la que podía aguantar.
Siempre que oía algo fuera de nuestro
apretado circulito me desmoronaba
prácticamente, rezando por que no fuese
el único que me había dado cuenta. Un
par de ráfagas en la oscuridad a un
kilómetro y allí aparecía el Elefante que
me ponía la rodilla en el pecho y me
hundía por un instante en las botas. En
una ocasión, creí ver una luz que se
movía en la selva y me atrapé cuando ya
susurraba «no estoy preparado para
esto, no estoy preparado para esto». Fue
entonces cuando decidí dejarlo y hacer
otra cosa con mis noches. Y no iba a ser
salir como los emboscadores nocturnos,
o los lurps, patrulleros de
reconocimiento de larga distancia, que
lo hacían noche tras noche, durante
semanas y meses, trepando a
campamentos base vietcong o rondando
columnas móviles de norvietnamitas. A
mí no me alcanzaba ya la piel a los
huesos tal como estaba, lo único que
tenía que hacer era aceptarlo. Lo cierto
es que yo guardaba siempre las pastillas
para después, para Saigón y las
espantosas depresiones que allí me
entraban.
Conocí a un lurp de la División IV
que tomaba las pastillas a puñados,
calmantes del bolsillo izquierdo del
uniforme y estimulantes del derecho,
unos para mantener la marcha y otros
para cortarla. Me contó que con ellas le
iba perfectamente, que podía ver en
aquella buena selva de noche como si
mirase con un telescopio de luz estelar.
«Con ellas seguro que no pierdes
blanco», decía.
Era su tercer período en Vietnam.
En 1965, había sido el único
superviviente de un pelotón barrido a la
entrada del valle de la Drang. En el 66,
había vuelto con las Fuerzas Especiales
y una mañana, después de una
emboscada, estuvo escondido bajo los
cadáveres de sus compañeros mientras
los vietcongs los repasaban, cuchillo en
mano, asegurándose. Quitaron a los
cadáveres los uniformes y el resto del
equipo, hasta las gorras, y por fin se
fueron, riendo. Después de esto, no le
quedaba ya en la guerra más que los
lurps.
—La verdad es que ya no consigo
acostumbrarme al Mundo —decía. Me
contó que cuando volvió la última vez a
casa de sus padres, se pasaba el día
sentado en su habitación, y a veces
sacaba un rifle de caza por la ventana y
apuntaba con él a la gente y a los coches
que pasaban por delante, hasta que la
única sensación consciente se centraba
en la punta de aquel único dedo.
—Los de casa se ponían muy
nerviosos —dijo. Pero también allí en la
guerra ponía nerviosa a la gente.
También allí.
—No, de ese tío paso, está
demasiado loco para mí —decía uno de
los hombres de su grupo—. Basta
mirarle a los ojos, lo lleva todo escrito
en ellos.
—Sí, pero es mejor mirar deprisa
—añadió otro—. Quiero decir que más
vale que no te cace haciéndolo.
Pero él estaba siempre alerta, no
debía cerrar los ojos ni para dormir, y a
mí, la verdad, también me asustaba.
Sólo pude echarle un vistazo de pasada
y fue como ver el fondo del mar.
Llevaba un pendiente de oro y una cinta
india cortada de una tela de paracaídas
de camuflaje, y, como nadie se animaba
a decirle que se cortara el pelo, lo
llevaba por los hombros, tapando una
ancha cicatriz rojiza. No iba a ninguna
parte, ni siquiera cuando estaba en la
división, sin por lo menos un 45 y un
cuchillo, y a mí me consideraba un tipo
raro por no llevar armas.
—¿Pero es que no has visto nunca
un corresponsal? —le pregunté.
—Son todos unos mierdas —dijo
—. Y no es nada personal.
Pero la historia que me contó, con
el mismo tono retumbante y monocorde
que las demás historias de guerra que oí,
tardé un año en entenderla.
—La patrulla subió al monte.

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Volvió un hombre. Murió antes de poder
contarnos lo sucedido.
Yo esperé el resto, pero al parecer
no era de esa clase de historias. Cuando
le pregunté qué había pasado, se limitó a
mirarme como si le pareciese
lamentable y no estuviese dispuesto, al
parecer, a perder el tiempo contándole
cosas a un memo como yo.
Se había pintado toda la cara con
camuflaje nocturno, como una
alucinación espantosa, no como las
caras pintadas que yo había visto en San
Francisco hacía sólo unas semanas, al
otro extremo del mismo teatro. En las
horas siguientes, en la selva, se
mantendría tan anónimo y quieto como
un árbol caído, y que Dios protegiese a
sus adversarios, a menos que fuesen un
mínimo de medio escuadrón, pues era un
buen matador, uno de los mejores que
teníamos. El resto de su grupo estaba
reunido fuera de la tienda, un poco
aparte de las otras unidades de la
división, con su propia letrina de diseño
lurp y sus propias y selectas raciones
seco-congeladas, comida de guerra de
tres estrellas, el mismo material que
vendían en Abercrombie & Fitch. Los
soldados regulares de la división casi se
desviaban del camino avergonzados
cuando pasaban por allí al ir y venir del
rancho. Por mucho que les hubiese
endurecido la guerra, aún tenían un aire
inocente comparados con los lurps. Una
vez agrupados todos, bajaron en fila la
colina hasta la LZ [1] y cruzaron la pista
hasta el límite del perímetro y se
perdieron entre los árboles.
Nunca volví a hablar con él, pero
le vi. Cuando volvieron a la mañana
siguiente, traían consigo un prisionero,
los ojos vendados y los brazos atados a
la espalda con los codos muy juntos.
Evidentemente, quedaría prohibida la
entrada al sector lurp, durante el
interrogatorio y, de todos modos, yo
estaba ya en la pista esperando que
llegara un helicóptero y me sacara de
allí.
—Eh, muchachos, ¿sois de los
USO? Lo parecéis con ese pelo tan
largo. Page le sacó una foto, yo anoté lo
que decía y Flynn se echó a reír y le dijo
que éramos los Rolling Stones.
Anduvimos viajando los tres juntos
cerca de un mes aquel verano. En una
LZ, el helicóptero de la brigada llegó
con una cola de zorro auténtica colgando
de la antena; al pasar el comandante
junto a nosotros casi le da un infarto.
—¿Ustedes no saludan a los
oficiales, soldados?
—Nosotros no somos soldados —
dijo Page—. Somos corresponsales.
Cuando el comandante oyó esto,
quiso improvisar una operación en
nuestro honor, poner en marcha toda la
brigada y matar a unos cuantos. Tuvimos
que largarnos en el helicóptero siguiente
para que no siguiera adelante con
aquello, es asombroso lo que eran
capaces de hacer algunos por un poco de
tinta. A Page le gustaba complementar
sus prendas de campo con extraños
adornos, pañuelos y cuentas, además era
inglés, los tipos le miraban como si
acabase de descolgarse de Marte por
una pared. Sean Flynn era capaz de
parecer más increíblemente guapo aún
que su padre, Errol, treinta años atrás,
como capitán Blood, pero a veces
parecía más bien Artaud saliendo de
algún espeso viaje corazón-de-lastinieblas,
sobrecargado de información,
el input. ¡El input! Y sudaba sin parar, y
se pasaba horas sentado, peinándose el
bigote con la hoja de filo de sierra de su
cuchillo del ejército suizo. Llevábamos
yerba y cintas: «Have You Seen Your
Mother Baby Standing in the Shadows»,
«Best of the Animals», «Strange Days»,
«Purple Haze», «Archie Bell and the
Drells», «
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